Mi Maestro: In Memoriam (Matot-Masei 5780)

Descarga aquí el ensayo en PDF.


Haz clic aquí para descargar la Edición Familiar de esta semana.


Hay momentos en los que la Divina Providencia nos toca el hombro y nos hace ver ciertas verdades con  una claridad diáfana. Permítanme compartir con ustedes un momento así que me ocurrió esta mañana.

Por razones técnicas debo preparar mis ensayos para Convenio y Conversación con muchas semanas de anticipación. Había llegado a Matot-Masei y decidí escribir sobre las ciudades-refugio, pero no estaba seguro de qué aspecto enfatizar. Súbita e inconteniblemente, sentí un impulso de escribir sobre una ley muy inusual.

Las ciudades fueron creadas para la protección de los culpables de homicidio culposo, o sea haber matado a una persona en forma accidental, sin previa intención. La protección era necesaria debido a la práctica universal de venganza por hechos de sangre.

El objetivo de las ciudades era el de tener la certeza de que si alguna persona era juzgada inocente de un homicidio podía estar seguro de no ser ultimado. Como lo expresa Shofetim: “Y él huirá a una de esas ciudades y vivirá.” (Deuteronomio 19:5) Este concepto aparentemente simple mereció una notable interpretación del Talmud.

 Los Sabios enseñaron: si un estudiante era exiliado, su maestro se exiliaba con él, como está dicho: “Y él huirá a una de esas ciudades, y vivirá,” o sea, haciendo las tareas que le permitan vivir.[1]

Maimónides explica: “La vida sin estudio es como una muerte para los estudiosos en busca de sabiduría.”[2] En el judaísmo el estudio es la vida misma y estudiar sin un maestro es imposible. Los maestros nos transmiten algo más que conocimientos, nos dan vida. Observen que este no es un pasaje hagádico, un texto moralizante que no está destinado a tomarse literalmente. Es una regla halájica codificada como tal. Los maestros son como los padres,  más incluso. Los padres nos dan la vida física, los maestros la espiritual.[3]  La vida física es mortal, transitoria. La vida espiritual es eterna. Por lo tanto le debemos la vida al maestro en su sentido más profundo.

Había escrito este texto cuando sonó el teléfono. Era un llamado de mi hermano desde Jerusalem para avisarme que mi maestro, Rab Najum Eleazar Rabinovitch zejer tzadik librajá había fallecido. Raramente en este “mundo de ocultamiento”[4] sentimos la mano de la Providencia, pero este caso fue indudable. Para mí, y sospecho que para todos los que han tenido el privilegio de estudiar con él, fue el más grande maestro de nuestra generación.

Fue un maestro posek, como lo sabrán  los que hayan leído su Responsa. Conocía toda la literatura rabínica, Babli, Yerushalmi, Midrash Halajá y Hagadá, comentarios bíblicos, filosofía, códigos y responsa. Su creatividad, halájica y hagádica, no tenía límite. Era máster de casi todas las disciplinas seculares, especialmente las ciencias. Había sido profesor de matemáticas en la Universidad de Toronto y escribió un libro sobre probabilidad e inferencia estadística. Su pasión suprema fue Rambam en todos sus aspectos, especialmente el Mishné Torá al cual dedicó alrededor de cincuenta años de su vida para escribir el comentario en varios volúmenes, Iad Peshutá.

Cuando fui a estudiar con el Rab yo ya había cursado en Oxford y Cambridge con algunos de los intelectos más grandes de nuestro tiempo, entre otros Sir Roger Scruton  y Sir Bernard Williams. El Rabí Rabinovitch fue mucho más exigente que cualquiera de ellos. Solo siendo su alumno pude aprender el verdadero significado del rigor intelectual, shetihyu amelim ba-Torá, “trabajando” la Torá. Para sobrevivir a su exigencia había que hacer tres cosas: primero, leer todo lo escrito sobre el tema; segundo, analizarlo con absoluta lucidez buscando el omek ha-peshat, o sea el sentido simple y profundo; y tercero, pensar en forma crítica e independiente. Recuerdo haberle presentado un ensayo en el cual cité a uno de los estudiosos del Talmud más famosos del siglo XIX. Leyó lo que yo había escrito, me miró y me dijo: “¡Pero no criticaste lo que escribió!” Pensaba que en este caso el autor no había hecho la interpretación correcta y que yo debería haberlo notado y expresado.  Para él, la honestidad intelectual y la independencia mental eran inseparables de la búsqueda de la verdad, que es lo que siempre debe ser el Talmud Torá.

Algunas de las lecciones más importantes que aprendí de él ocurrieron casi por accidente. Recuerdo una ocasión en que su auto estaba en el taller, por lo que tuve el privilegio de llevarlo a su casa. Era un día muy caluroso, y en una rotonda muy transitada de Hampstead mi auto dejó de andar y no arrancó más. Sin inmutarse, el Rab me dijo, “Aprovechemos el tiempo para estudiar Torá.” Después procedió a darme un shiur sobre el Hiljot Shemitá ve-Yovel de Rambam. Cerca de nosotros los autos tocaban sus bocinas. Estábamos bloqueando el tráfico y se formó una  considerable caravana de autos. El Rab permaneció completamente impasible, terminó su exposición y me dijo, “Ahora gira la llave.” Lo hice, el auto arrancó y seguimos nuestro camino.

En otra ocasión le mencioné mi problema de insomnio. Me resultaba imposible dormir. Me replicó, entusiasmado, “¿Me puedes enseñar cómo lograrlo?” y citó a Rambam quien afirmó que uno adquiere mayor sabiduría de noche, basado en un mensaje talmúdico que dice que la noche fue hecha para el estudio.[5]

Él y el ya fallecido Rab Aarón Lichtenstein zt”l eran los Guedolei ha-Dor los líderes y modelos de su generación. Eran muy distintos: uno científico, el otro artístico; uno directo, el otro, oblicuo; uno audaz, el otro, cauteloso, pero eran dos gigantes, intelectual, moral y espiritualmente. Feliz la generación que fue bendecida por personas como las mencionadas.

Es difícil transmitir lo que es tener un maestro como el Rab Rabinovitch. Él sabía, por ejemplo, que yo tenía que aprender con rapidez porque después de una carrera de filosofía académica entraba tarde al rabinato. Lo que hizo fue muy audaz. Me explicó que la manera mejor y más veloz de aprender algo es enseñándolo. Así que el primer día que entré en el Jews’ College como estudiante, también entré como profesor. ¿Cuántas personas habrían tenido esa idea y corrido ese riesgo?

También comprendió lo solitario que puede resultar vivir de acuerdo a los principios de integridad intelectual e independencia. Desde el comienzo me recalcó: “No te sorprendas si sólo seis personas en el mundo son capaces de entender lo que estás intentando hacer.” Cuando le pregunté si debía aceptar el cargo de Gran Rabino, me contestó lacónicamente: “¿Por qué no? Después de todo quizás puedas enseñar algo de Torá.”

A él mismo, cuando promediaba los treinta años, le ofrecieron la jefatura del rabinato de Johannesburgo, cargo que rechazó porque se negó a vivir en un estado de apartheid. Me comentó que lo visitó en Toronto el rabino Louis Rabinowicz, que había detentado ese cargo en Johannesburgo hasta entonces. Al ver la modesta vivienda del Rav comparada con la sede palaciega de Sudáfrica  le dijo: “¿Rechazaste ese cargo por esto?” Pero el Rab jamás pondría en juego su integridad y además nunca le interesaron las cosas materiales.

Al final, encontró plena felicidad en los 37 años en que dirigió la Yeshivat Birkat Moshé de Maalé Adumim. La yeshivá había sido fundada seis años antes por los Rabinos Haim Sabato e Ytzjak Sheilat. Se comenta que cuando el Rab Sabato escuchó al Rav dictar un shiur, inmediatamente le propuso ser Rosh Yeshivá. Resulta difícil describir el orgullo que sentía cuando hablaba de sus alumnos, todos los cuales participaron de las Fuerzas de Defensa de Israel. Es igualmente difícil de describir el asombro que les producía a ellos la figura del Rab. No todo el mundo judío supo de su grandeza, pero sí los supieron todos los que estudiaron con él.

Yo creo que el judaísmo tomó una decisión extraordinaria cuando convirtió a sus maestros en héroes, y al estudio de por vida, su pasión. Nosotros no adoramos el poder ni la riqueza. Esas cosas tienen su lugar, pero no en la cima de la jerarquía de los valores. El poder nos fuerza. La riqueza nos induce. Pero los maestros nos desarrollan. Nos abren las puertas a la sabiduría de todos los tiempos, ayudándonos a ver el mundo con más claridad, pensar más profundamente, discutir con coherencia y decidir más sabiamente.

“Que la reverencia por su maestro sea como la reverencia al Cielo.” dijeron los Sabios.[6] En otras palabras, si quieres acercarte al Cielo, no busques a reyes, sacerdotes, santos o aún profetas. Puede que sean grandes, pero un maestro te ayudará a ti a ser grande, y eso es algo completamente distinto. Yo fui bendecido por tener uno de los más grandes maestros de nuestra generación. El mejor consejo que puedo dar a cualquiera es que busque un maestro y se convierta en su alumno.

Descarga aquí el ensayo en PDF.


[1] Macot 10a.

[2] Mishné Torá, Hiljot Rotzeaj, 7:1.

[3] Mishné Torá, Talmud Torá, 5:1.

[4] Esta frase proviene del Zohar.

[5] Rambam, Hiljot Talmud Torá 3:13, basado en (un texto ligeramente diferente de) Eruvin 65a.

[6] Avot 4:12.

Traductores

Carlos Betesh