Renovar nuestros días (Nitzavim-Vaielej 5786)

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El momento había llegado. Moshé estaba a punto de morir. Había visto morir antes que él a su hermana Miriam y a su hermano Aarón. Le había rezado a Dios, no para vivir eternamente, ni siquiera para vivir más tiempo, sino simplemente: «Por favor, déjame cruzar y ver la buena tierra que está más allá del Jordán, esa buena región montañosa y el Líbano» (Deut. 3:25). Su pedido era sencillo. Por favor, déjame completar el viaje. Déjame llegar al destino. Pero Dios dijo que no:

«¡Es suficiente!», dijo el Señor… «¡No vuelvas a hablarme de esto!». (Deut. 3:26)

Dios, que había accedido a casi todas las demás plegarias de Moshé, le negó esta.(1)

¿Qué hizo entonces Moshé durante los últimos días de su vida? Le dijo al pueblo:

«Al final de cada séptimo año, el año de la remisión, de la cancelación de las deudas, durante la festividad de Sucot, cuando todo Israel venga a presentarse ante el Señor tu Dios en el lugar que Él haya elegido, leerás esta Ley ante todo Israel, para que la escuchen. Reúne al pueblo, hombres, mujeres y niños, incluyendo a los extranjeros que viven en tus ciudades, para que escuchen y aprendan a temer al Señor tu Dios y cumplan cuidadosamente todas las palabras de esta Ley, y para que sus hijos, que no la conocen, escuchen y aprendan a venerar al Señor tu Dios todos los días que vivan en la tierra que estás cruzando el Jordán para poseer». (Deut. 31:10-13)

No hay una referencia específica a este mandamiento en los libros posteriores del Tanaj, pero encontramos relatos de reuniones muy similares, ceremonias de renovación del pacto, en las que el rey, o su equivalente, reunía a la nación, leía de la Torá o recordaba al pueblo su historia y lo convocaba a reafirmar los términos de su destino como pueblo en pacto con Dios.

Eso, de hecho, es lo que Moshé había estado haciendo durante el último mes de su vida. Todo el libro de Devarim es una reafirmación del pacto, casi cuarenta años y una generación después del pacto original en el monte Sinaí. Hay un episodio similar en el Tanaj, después de que Ieoshúa cumple su mandato como sucesor de Moshé, lleva al pueblo a través del Jordán, lo guía en sus batallas y establece al pueblo en la tierra.(2) Otro ocurrió muchos siglos después, durante el reinado del rey Josías. Su abuelo, Menashé, que reinó durante cincuenta y cinco años, fue uno de los peores reyes de Iehudá, introduciendo diversas formas de idolatría, incluido el sacrificio de niños. Josías procuró devolver a la nación a su fe y ordenó, entre otras cosas, la limpieza y reparación del Templo. Fue durante esta restauración que se descubrió una copia de la Torá(3), escondida en un lugar secreto para evitar que fuera destruida durante las muchas décadas en las que floreció la idolatría y la Torá había sido prácticamente olvidada. El rey, profundamente conmovido por este descubrimiento, convocó una asamblea nacional al estilo de Hakhel:

«Entonces el rey convocó a todos los ancianos de Iehudá y Jerusalem. Subió al Templo del Señor acompañado por todo el pueblo de Iehudá, los habitantes de Jerusalem, los sacerdotes y los profetas, todo el pueblo, desde el más pequeño hasta el más grande. Leyó ante ellos todas las palabras del Libro del Pacto que había sido encontrado en el Templo del Señor. El rey se puso junto a la columna y renovó el pacto en presencia del Señor: seguir al Señor y cumplir Sus mandamientos, estatutos y decretos con todo su corazón y toda su alma, confirmando así las palabras del pacto escritas en este libro. Entonces todo el pueblo se comprometió con el pacto». (II Reyes 23:1-3)

La ceremonia de tipo Hakhel más famosa fue la asamblea nacional convocada por Ezra y Nehemías después de la segunda ola de retornados de Babilonia (Neh. 8-10). De pie sobre una plataforma junto a una de las puertas del Templo, Ezra leyó la Torá, después de haber distribuido a los levitas entre la multitud para que pudieran explicar al pueblo lo que se estaba diciendo. La ceremonia, que comenzó en Rosh Hashaná, culminó después de Sucot, cuando el pueblo colectivamente «se comprometió bajo maldición y juramento a seguir la Ley de Dios dada por medio de Moshé, siervo de Dios, y a obedecer cuidadosamente todos los mandamientos, reglamentos y decretos del Señor, nuestro Dios» (Neh. 10:29).

El otro mandamiento de nuestra parashá, el último que Moshé dio al pueblo, estaba contenido en las palabras: «Ahora escriban esta canción y enséñensela a los israelitas», entendidas por la tradición rabínica como el mandamiento de escribir, o al menos participar en la escritura, de un Sefer Torá. ¿Por qué específicamente estos dos mandamientos, en este momento?

Aquí estaba ocurriendo algo profundo. Recordemos que Dios había parecido brusco al rechazar la petición de Moshé de que se le permitiera cruzar el Jordán. «¡Es suficiente!… ¡No vuelvas a hablarme de esto!». ¿Es esta la Torá y esta su recompensa? ¿Así es como Dios recompensó al más grande de los profetas? Seguramente no.

En estos dos últimos mandamientos, Dios estaba enseñando a Moshé, y a través de él a los judíos de todas las generaciones, qué significa la inmortalidad en la tierra, no solo en el cielo. Somos mortales porque somos físicos, y ningún organismo físico vive para siempre. Crecemos, envejecemos, nos debilitamos, morimos. Pero no somos solamente seres físicos. También somos seres espirituales. En estos dos últimos mandamientos se nos enseña lo que significa formar parte de un espíritu que no ha muerto en cuatro mil años y que no morirá mientras haya sol, luna y estrellas.(4)

Dios mostró a Moshé, y a nosotros, cómo formar parte de una civilización que nunca envejece. Permanece joven porque se renueva constantemente. Los dos últimos mandamientos de la Torá hablan de renovación: primero, colectiva; después, individual.

Hakhel, la ceremonia de renovación del pacto que tiene lugar cada siete años, garantizaba que la nación volviera periódicamente a consagrarse a su misión. He sostenido muchas veces que existe un lugar en el mundo donde esta ceremonia de renovación del pacto todavía tiene lugar: los Estados Unidos de América.

El concepto de pacto desempeñó un papel decisivo en la política europea de los siglos XVI y XVII, especialmente en la Ginebra de Calvino y en Escocia, Holanda e Inglaterra. Sin embargo, su impacto más duradero se produjo en Estados Unidos, donde fue llevado por los primeros colonos puritanos y sigue formando parte de su cultura política incluso hoy. Casi todos los discursos inaugurales de los presidentes, cada cuatro años desde 1789, han sido explícita o implícitamente ceremonias de renovación del pacto, una forma contemporánea de Hakhel. En 1987, durante la celebración del bicentenario de la Constitución estadounidense, el presidente Ronald Reagan describió la Constitución como una especie de «pacto que hemos hecho no solo entre nosotros, sino con toda la humanidad… Es un pacto humano; sí, y más allá de eso, un pacto con el Ser Supremo, a quien nuestros padres fundadores apelaron constantemente en busca de ayuda». El deber de Estados Unidos, dijo, es «renovar constantemente su pacto con la humanidad… completar la obra iniciada hace 200 años, esa gran y noble obra que constituye el llamado particular de Estados Unidos: el triunfo de la libertad humana, el triunfo de la libertad humana bajo Dios».(5)

Si Hakhel es renovación nacional, el mandamiento de que cada uno de nosotros participe en la escritura de un nuevo Sefer Torá es renovación personal. Era la manera de Moshé de decir a todas las generaciones futuras: no basta con decir: recibí la Torá de mis padres, abuelos o bisabuelos. Debes tomarla y hacerla nueva en cada generación.

Una de las características más sorprendentes de la vida judía es que, desde Israel hasta Palo Alto, los judíos se encuentran entre los usuarios más entusiastas de las tecnologías de la información del mundo y han contribuido de manera desproporcionada a su desarrollo (Google, Facebook, Waze). Y, sin embargo, seguimos escribiendo la Torá exactamente como se hacía hace miles de años: a mano, con una pluma, sobre un rollo de pergamino. Esto no es una paradoja; es una verdad profunda. Las personas que llevan consigo su pasado pueden construir el futuro sin miedo.

La renovación es una de las empresas humanas más difíciles. Hace algunos años, me senté con el hombre que estaba a punto de convertirse en primer ministro de Gran Bretaña. Durante nuestra conversación me dijo: «Lo que más le pido a Dios es que cuando lleguemos allí (se refería al número 10 de Downing Street), nunca olvide por qué quería llegar allí». Sospecho que tenía en mente las famosas palabras de Harold Macmillan, primer ministro británico entre 1957 y 1963, quien, cuando le preguntaron qué era lo que más temía de la política, respondió: «Los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos».

Las cosas suceden. Nos arrastran los vientos pasajeros, quedamos atrapados en problemas que no hemos creado y nos desviamos. Cuando eso sucede, ya sea a individuos, instituciones o naciones, envejecemos. Olvidamos quiénes somos y por qué. Finalmente, somos superados por personas, organizaciones o culturas que son más jóvenes, tienen más hambre o están más impulsadas que nosotros.

La única manera de permanecer jóvenes, hambrientos y motivados es mediante una renovación periódica, recordándonos de dónde venimos, hacia dónde vamos y por qué. ¿A qué ideales estamos comprometidos? ¿Qué viaje estamos llamados a continuar? ¿De qué historia formamos parte?

Qué oportuno, por tanto, y qué hermoso, que precisamente en el momento en que el más grande de los profetas enfrentaba su propia mortalidad, Dios le diera a él, y a nosotros, el secreto de la inmortalidad, no sólo en el cielo, sino aquí abajo, en la tierra. Porque cuando cumplimos los términos del pacto y volvemos a hacerlo nuevo en nuestras vidas, seguimos viviendo en quienes vienen después de nosotros, ya sea a través de nuestros hijos, de nuestros discípulos o de aquellos a quienes hemos ayudado o influido. «Renueva nuestros días como en los tiempos de antaño» (Lamentaciones 5:21). Moshé murió, pero lo que enseñó y aquello que buscó sigue vivo.


PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Por qué es importante la renovación?
  2. ¿Cómo puede ayudarnos recordar de dónde venimos a no perder de vista hacia dónde vamos?
  3. ¿Es suficiente preservar la tradición, o cada generación tiene la responsabilidad de renovarla y reinterpretarla?

Fuentes

  1. Hay aquí una lección importante: son las plegarias que rezamos por los demás, y las que los demás rezan por nosotros, las que son respondidas, no siempre aquellas que rezamos por nosotros mismos. Por eso, cuando rezamos por la curación de los enfermos o por el consuelo de los dolientes, lo hacemos específicamente «en medio de otros» que están enfermos o de luto. Como señaló Iehudá Haleví en El Kuzari, los intereses de los individuos pueden entrar en conflicto unos con otros, y por eso rezamos en comunidad, buscando el bien colectivo.
  2. Ver el capítulo 24 del libro de Ieoshúa
  3.  Esta es la interpretación que hacen Radak y Ralbag de este episodio. Abarbanel encuentra difícil creer que no se conservaran otras copias de la Torá, incluso durante los períodos de idolatría en la historia de la nación, y sugiere que lo que fue descubierto, sellado en el Templo, era la propia Torá de Moshé, escrita de su puño y letra.
  4. Ver Jeremías 31
  5.  Public Papers of the Presidents of the United States, Ronald Reagan, 1987, 1040-43.

Traductores

Abraham Maravankin