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Situada entre la prehistoria de la humanidad en su conjunto y el pacto particular con Abraham, la historia de la Torre de Babel constituye uno de los puntos de inflexión del relato bíblico y ocupa un lugar central en su visión de lo que puede salir mal en las civilizaciones y las sociedades.
La historia misma, contada en apenas nueve versículos, es una obra maestra condensada de virtuosismo literario y filosófico. Lo primero que debemos señalar es que su trasfondo histórico es excepcionalmente preciso. La torre, o zigurat, era el gran símbolo de las ciudades-estado de la antigua Mesopotamia, en el valle inferior del Tigris y el Éufrates, cuna de la civilización. Fue allí donde los seres humanos se asentaron por primera vez, desarrollaron la agricultura y construyeron ciudades.
Como deja claro la Torá, con una atención inusual a lo que podría parecer un detalle periférico, uno de los grandes descubrimientos de Mesopotamia, junto con la rueda, el arco y el calendario, fue la capacidad de fabricar materiales de construcción, especialmente ladrillos, hechos vertiendo arcilla en moldes, secándolos al sol y, finalmente, cociéndolos en hornos. Esto hizo posible construir edificios a una escala mayor y alcanzar alturas hasta entonces desconocidas. De allí surgió el zigurat, un edificio escalonado de muchos pisos que llegó a adquirir una profunda significación religiosa.
En esencia, estas antiguas torres, de las cuales se han descubierto los restos de al menos treinta, eran “montañas sagradas” hechas por el hombre, pues la montaña era el lugar donde el cielo y la tierra se encontraban de manera más visible. Las inscripciones de varios de estos edificios, descifradas por los arqueólogos, hacen referencia, al igual que la Torá, a la idea de que su cima “llega hasta el cielo”. El mayor de ellos, el gran zigurat de Babilonia al que se refiere la Torá, tenía siete pisos, unos 90 metros de altura y una base de aproximadamente las mismas dimensiones (para más detalles, véase Nahum Sarna, Understanding Genesis).
La historia de Babel no solo es históricamente precisa, sino que también está atravesada por recursos literarios: inversiones, juegos de palabras, ironías y dobles sentidos. Uno de los más magistrales es que las dos palabras clave, l-v-n, “ladrillo”, y n-v-l, “confundir”, son inversiones exactas una de la otra. Como ocurre tan a menudo en la Torá, la técnica literaria está estrechamente relacionada con el mensaje moral o espiritual que la Torá desea transmitir. En este caso, se trata precisamente del fenómeno de la inversión. Los resultados de la conducta humana a menudo son lo contrario de lo que se pretendía. Los constructores querían concentrar a la humanidad en un solo lugar (“Construyamos una ciudad… para que no seamos dispersados por toda la superficie de la tierra”). El resultado fue que fueron dispersados (“Desde allí el Señor los dispersó por toda la superficie de la tierra”). Querían “hacerse un nombre”, y lo consiguieron, pero el nombre que se hicieron, Babel, se convirtió en un símbolo eterno de confusión.
Su orgullo residía en su nueva capacidad tecnológica para construir edificios de una grandeza sin precedentes. No comprendieron, como ya lo había señalado el comienzo mismo de la Torá, que el mayor poder creativo es el lenguaje (“Y Dios dijo… y hubo”). No fue un problema técnico lo que hizo que abandonaran el proyecto, sino la pérdida de la capacidad de comunicarse. Lo sagrado para la Torá no es el poder, sino el uso que hacemos de él, y esto está intrínsecamente ligado al lenguaje: el medio en el que formulamos nuestros ideales, construimos posibilidades imaginativas e invitamos a otros a unirse a nosotros para hacerlas realidad. La palabra precede a la obra.
¿Cuál fue, entonces, el pecado de los constructores? El relato lo señala nuevamente mediante una serie de claves verbales. La primera es la expresión con la que el episodio comienza y termina, kol ha-aretz, “toda la tierra”. Comienza: “Toda la tierra tenía una misma lengua” (Gén. 11:1), y termina: “Desde allí el Señor los dispersó por toda la superficie de la tierra” (Gén. 11:9). La expresión kol ha-aretz aparece cinco veces en los nueve versículos. Todas las repeticiones de tres, cinco y, especialmente, siete veces en un pasaje bíblico señalan la presencia de un tema central. Un recurso estructural de este tipo tiene una gran importancia.
El segundo elemento es el fonema (una unidad básica de sonido) sh-m, que aparece como sham, “allí”, o shem, “nombre”. Aparece siete veces en el pasaje. Está claramente relacionado con la palabra shamaim, “cielo”, el lugar que los constructores intentaban alcanzar al levantar la torre. Por tanto, los elementos temáticos del relato son claros. Es una historia sobre el cielo y la tierra. Pero ¿de qué manera? Para comprender el punto en cuestión debemos volver al primer capítulo de Bereshit y a su descripción de la creación.
Hay dos palabras decisivas en ese relato. La primera es tov, “bueno”, que aparece siete veces. Dios dice: “Haya”, y sucede, y Dios ve “que es bueno”. La creación de Bereshit 1 no trata primordialmente sobre el poder de Dios, sino sobre la bondad de Dios y del universo que creó. En su contexto histórico, esta es una afirmación extraordinaria. En su mayoría, los antiguos veían el mundo como un lugar peligroso y amenazador, lleno de peligros, desastres, hambrunas e inundaciones. Nada de esto tenía un significado general. Era el resultado del choque entre fuerzas enfrentadas, personificadas como conflictos entre los dioses. La religión consistía o bien en un intento de afirmar el poder humano sobre los elementos mediante la magia y el mito, o bien en una huida mística del mundo hacia un nirvana privado del alma. Frente a todo esto, el judaísmo hizo la asombrosa afirmación de que el mundo es bueno. Es inteligible. No es el resultado de colisiones ciegas y mutaciones aleatorias, sino de una única voluntad creadora. Esto por sí solo basta para distinguir al judaísmo como la más esperanzadora de las religiones del mundo.
Sin embargo, hay otra palabra clave, la raíz b-d-l, “separar”, “distinguir”, “dividir”. Aparece cinco veces en Bereshit 1. La bondad del universo es, en sí misma, una cuestión de orden, límites y distinciones. Dios separa los distintos ámbitos: día 1, la luz de la oscuridad; día 2, las aguas superiores de las inferiores; día 3 la tierra del mar. Y llena cada uno con sus objetos o formas de vida correspondientes: día 4, el sol y la luna; día 5, las aves y los peces; día 6, los animales terrestres y la humanidad. Tan importante era esta idea para el judaísmo que tenemos una ceremonia especial, havdalá, para señalar el final de Shabat y el comienzo de cada ciclo de “los seis días de la creación”. Al igual que Dios, comenzamos la creación mediante la havdalá: estableciendo, reconociendo y consagrando distinciones.
Esto también es fundamental para la cosmovisión judía. La bondad es orden; el mal es desorden: un acto, una persona o una entidad que se encuentra en el lugar equivocado. La palabra jet, pecado, procede de un verbo que significa “errar el blanco”. La palabra averá, al igual que su equivalente español “transgresión”, significa atravesar un límite, entrar en territorio prohibido. Muchos de los jukim, o “estatutos”, del judaísmo tienen como propósito inculcar el respeto por el orden inherente del universo y, por tanto, no mezclar leche, símbolo de la vida, con carne, símbolo de la muerte; lana, producto de un animal, con lino, producto vegetal; ni sembrar un campo con “mezclas” de semillas.
La creación misma es contemplada como la lenta aparición del orden a partir del caos. Esto, como señala el físico Gerald Schroeder (en Genesis and the Big Bang), está implícito en las palabras hebreas erev y boker: “Y fue la tarde (erev) y fue la mañana (boker)”. Erev en hebreo significa una mezcla indiferenciada de elementos. Boker procede de una raíz que significa “reflexionar, contemplar, buscar claridad”. Buena parte de los trabajos recientes en física, biología y cosmología ha convergido en el descubrimiento de que el nacimiento de las estrellas, los planetas y la vida misma es un proceso de aparición lenta de sistemas de orden cada vez más complejos que, por así decirlo, avanzan contra la corriente de la entropía.
Un universo ordenado es un universo pacífico, en el que cada forma de existencia, inanimada, animada y humana, ocupa su lugar apropiado. La violencia, la injusticia y el conflicto son formas de desorden: una incapacidad de respetar la integridad de cada forma de vida o, en el caso de la humanidad, donde “cada vida es como un universo”, de cada persona. Ese era el estado del universo antes del Diluvio, cuando “toda carne había corrompido su camino sobre la tierra”.
Esto no era una idea abstracta. El mundo del mito, contra el cual el judaísmo constituye una protesta sostenida, era un mundo en el que no se respetaban los límites. Había seres humanos que eran como dioses y dioses que eran como seres humanos. Existían extraños híbridos mitológicos, como la esfinge, mitad humana y mitad animal. El éxtasis religioso solía ir acompañado de una ruptura ceremonial de los límites de diversas maneras. Para la mente judía, esto es paganismo, y nunca es moralmente neutro. Dios crea orden; el hombre crea caos; y el resultado es inevitablemente destructivo.
El límite más fundamental aparece en la primera frase de la Torá: la distinción entre el “cielo” y la “tierra”. Nunca antes ni después, salvo en religiones o culturas influenciadas por el judaísmo, se había concebido a Dios de una manera tan radicalmente trascendente. Dios no debe ser identificado con nada que exista en la tierra. “Los cielos son los cielos del Señor”, dice el salmista, “pero la tierra la dio a los hijos del hombre”. Esta división ontológica es fundamental. Dios es Dios; la humanidad es humanidad. No puede haber confusión entre ambos.
Ese fue el pecado de los constructores de la torre. Su aspiración de “llegar al cielo” era ridícula, y la Torá incluso hace de ello una broma. Ellos creen que su construcción, de unos noventa metros de altura, ha llegado al cielo, mientras que Dios tiene que “descender” para verla. En general, lo único que hace reír a Dios en la Torá es la pretensión de los seres humanos cuando se consideran semejantes a los dioses. Sin embargo, era algo peor que ridículo. El Netziv (Rabí Naftalí Zvi Yehudá Berlín, 1817-1893), escribiendo en la Rusia zarista y anticipando proféticamente los peores excesos del comunismo, ve Babel como el primer totalitarismo del mundo, en el que, para conservar a las masas como una sola entidad, se suprime toda libertad de expresión. Para él, ese es el significado de que “toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras”. Embriagados por su poder tecnológico, los constructores de Babel creen haberse vuelto semejantes a los dioses y poder construir su propia cosmópolis, un universo en miniatura hecho por el hombre. No contentos con la tierra, querían construir una morada en el cielo. Es un error que muchas civilizaciones han cometido, y el resultado es la catástrofe.
En tiempos modernos, la recreación de Babel está asociada de manera más evidente con el nombre de Nietzsche (1844-1900). Durante los últimos diez años de su vida padeció una enfermedad mental grave, pero poco antes de su colapso final tuvo una visión que se ha hecho justamente célebre:
“¿No han oído hablar de aquel hombre loco que encendió una linterna a plena luz de la mañana, corrió al mercado y gritó sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”…? “¿Adónde se ha ido Dios?”, gritó. “Yo se lo diré. Lo hemos matado, ustedes y yo. Todos nosotros somos sus asesinos… Dios ha muerto. Dios permanece muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo nos consolaremos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que el mundo había poseído hasta entonces ha muerto desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién limpiará esta sangre de nosotros?… ¿No es demasiado grande para nosotros la grandeza de este acto? ¿No debemos nosotros mismos convertirnos en dioses para parecer dignos de él?”
Como señaló George Steiner (en In Bluebeard’s Castle), transcurrieron menos de tres cuartos de siglo entre Nietzsche y el Holocausto, entre su visión del asesinato de Dios y el intento deliberado y sistemático de asesinar al “pueblo de Dios”. Hitler llamó a la conciencia “una invención judía”.
Cuando los seres humanos intentan convertirse en algo más que humanos, rápidamente se convierten en menos que humanos. Como señaló Lord Acton, incluso la gran ciudad-estado de Atenas, que produjo a Sócrates, Platón y Aristóteles, se destruyó a sí misma cuando “la posesión de un poder ilimitado, que corrompe la conciencia, endurece el corazón y confunde el entendimiento de los monarcas, ejerció su influencia desmoralizadora”. Lo que salió mal en Atenas, escribe, fue la creencia de que “no existe una ley superior a la del Estado: el legislador está por encima de la ley”.
Solo cuando Dios es Dios puede el hombre ser hombre. Esto significa mantener separados el cielo y la tierra, y organizar esta última únicamente bajo la soberanía consciente del primero. Sin esto, hay poco que impida a los seres humanos sacrificar a muchos por el bien de unos pocos, o a unos pocos por el bien de muchos. Solo el respeto por la integridad de la creación impide que los seres humanos se destruyan a sí mismos. La humildad ante el orden Divino es nuestra última, y mejor, salvaguarda contra la apropiación por parte de la humanidad de un poder sin límites, de una fuerza sin derecho. Babel fue la primera civilización, pero, por desgracia, no la última, que comenzó con un sueño de utopía y terminó en una pesadilla de infierno. Un mundo de tov, de bondad, es un mundo de havdalá, de límites y fronteras. Quienes atraviesan esos límites y transgreden esas fronteras se hacen un nombre, pero el nombre que se hacen es Babel: caos, confusión y pérdida de ese orden que es condición previa tanto de la naturaleza, el mundo que Dios crea, como de la cultura, el mundo que nosotros creamos.
Alrededor de la mesa de Shabat
- ¿Existe alguna forma de totalitarismo en nuestro mundo, con grupos de personas que intentan imponer una única manera de pensar a todos?
- ¿De qué manera esta historia puede servir como antídoto contra ese totalitarismo?
Edición familiar
LA MORALIDAD IMPORTA, DESARROLLADO POR EL RABINO COBI EBRAHIMOFF
Noaj: Persona de interés
RESUMEN DE LA PARASHÁ
La parashá describe a Noaj como un hombre justo “en su generación”. Hace todo lo que Dios le ordena. Construye el Arca, reúne a los animales y almacena provisiones. La Torá nos dice tres veces que Noaj hizo todo lo que Dios le había ordenado. Además, es la única persona de todo el Tanaj que es descrita como un tzadik, una persona justa.
- ¿Por qué creen que la Torá dice que Noaj era justo “en su generación”?
- ¿Qué aprendemos de estas palabras? ¿Es un elogio?
UNA MIRADA MÁS CERCANA
נֹחַ אִישׁ צַדִּיק תָּמִים הָיָה בְּדֹרֹתָיו
“Noaj era un hombre justo, una persona íntegra en su generación.” (Gén. 6:9)
El Rabino Sacks nos enseña:
“Durante todo el relato –la advertencia del Diluvio, la construcción del Arca, la reunión de los animales y el comienzo de la lluvia– Noaj no dice nada. No reprende a sus contemporáneos, no reza por ellos ni cuestiona la justicia del Diluvio, como hará Abraham. Noaj no demuestra responsabilidad colectiva.”
El Rabino Sacks explica además:
“La Torá establece un alto estándar para la vida moral. No basta con ser justo si eso significa dar la espalda a una sociedad culpable de hacer el mal. Debemos tomar posición. Debemos protestar. Debemos expresar nuestro desacuerdo, incluso cuando la posibilidad de cambiar la opinión de los demás sea pequeña. Esto se debe a que la vida moral es una vida que compartimos con otros. En cierto sentido, somos responsables de la sociedad de la que formamos parte. Hay momentos en los que cada uno de nosotros debe asumir el liderazgo.”
LA MORALIDAD IMPORTA: ¡HABLEMOS!
- ¿Es más admirable destacarse por ser justo cuando se vive entre personas buenas que pueden influir positivamente en uno, o ser una buena persona cuando quienes nos rodean son corruptos y ejercen una mala influencia?
- ¿Por qué creen que Noaj permaneció en silencio mientras todos los demás hacían el mal?
- ¿Cuándo es importante alzar la voz, incluso si da miedo o sentimos que no servirá de nada?
- Noaj era justo, pero no intentó ayudar a los demás. ¿Creen que es suficiente ser bueno cuando las personas que nos rodean hacen el mal? ¿Qué pequeña acción podrían realizar para generar un cambio positivo en su escuela o en su comunidad?
Traductores
Abraham Maravankin
