Iosef y los riesgos del poder (Miketz 5780)

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Miketz representa la transformación más radical y súbita de la Torá. Iosef, en un solo día, pasa de la nada a héroe, de ser un prisionero que languidece olvidado en una celda, a virrey de Egipto; el hombre más poderoso del país y responsable de la economía de la nación.

Hasta ese momento, Iosef ha estado pocas veces en control de sus eventos. Más que causa, ha sido consecuencia; pasivo más que activo; objeto más que sujeto. Primero su padre, luego sus hermanos, después los midianitas e ismaelitas, luego Potifar y su esposa, más adelante el alcalde de la prisión, todos manejaron su vida. Uno de las factores más importantes fueron sus sueños, pero los sueños son cosas que ocurren, no que se eligen.

Lo que es determinante es cómo termina la parashá de la semana pasada. Habiendo hecho una interpretación favorable del sueño del jefe de los mayordomos, prediciendo que sería reinstalado en su puesto y que por lo tanto estaría en posición clave para hacer que el caso de Iosef sea reexaminado y por ende, liberado, el mayordomo “no recordó a Iosef, se olvidó de él.” El intento más concreto de Iosef de cambiar su destino quedó en la nada. Él estuvo en el centro de la escena durante gran parte del tiempo, pero no tenía el control.

Súbitamente todo esto cambia en forma total y definitiva. Se le ha pedido a Iosef que interprete los sueños del Faraón. Pero él va mucho más allá. Primero, interpreta los sueños. Segundo, los conecta con la realidad. No son solamente sueños. Se trata del futuro de la economía de Egipto de los próximos catorce años. Y se está por convertir en realidad, ya.

Después de haber hecho la predicción, hace el diagnóstico del problema. El pueblo padecerá de hambre durante los siete años de hambruna. Inmediatamente, en un rasgo de genio, resuelve el problema. Almacenar un quinto de la cosecha durante los años de abundancia, que será suficiente para el sustento durante los años de escasez.

Se le atribuye a Margaret Thatcher el haber dicho del asesor judío Lord (David) Young, “Otra gente me trae problemas, David me trae soluciones.”(1) Eso fue decididamente cierto en el caso de Iosef, y no tenemos ninguna dificultad en comprender la reacción de la corte egipcia: “El plan le pareció bueno al Faraón y a sus oficiales. Entonces el Faraón les preguntó ‘¿Podremos encontrar alguna persona como este hombre, en quien está el espíritu de Dios?’” (Génesis 41:37-38).

A la edad de 30 años, Iosef es el hombre más poderoso de la región, y su responsabilidad administrativa, absoluta. Viaja por todo el país, organiza la recolección de granos y asegura que el almacenaje sea seguro. La cantidad es tan vasta que, en palabras de la Torá, dejó de contarla porque sobrepasaba su capacidad de registro. Cuando terminan los años de abundancia, su posición es aún más dominante. Todos acuden a él por el alimento. El mismo Faraón le ordena a su pueblo: “Vean a Iosef y hagan lo que él les dice.”

Hasta ahora, todo está bien. En este punto, la narrativa se desplaza de Iosef virrey de Egipto, controlador de la economía, a Iosef, hijo de Yaakov y su relación con sus hermanos quienes, 22 años antes, lo habían vendido como esclavo. Es esta la historia dominante de los próximos capítulos, culminando con el discurso de Judá al comienzo de la parashá siguiente.

Una de las consecuencias de todo esto es que tiende a desplazar la actividad política y administrativa de Iosef al fondo. Pero si leemos cuidadosamente – no solo cómo comienza, sino cómo sigue – descubriremos algo inquietante. La historia es retomada en la parashá de la semana siguiente en el capítulo 47. Describe una secuencia extraordinaria de eventos.

Comienza cuando los egipcios han usado todo su dinero para comprar los granos. Se presentan ante Iosef diciendo que morirán si no acceden al alimento y él les contesta que lo entregará a cambio de su ganado. Ellos aceptan voluntariamente: le llevan sus caballos, asnos y ovejas y demás animales. Al año siguiente cambia el alimento por la propiedad de la tierra. El resultado de estas transacciones es que en un breve período – aparentemente apenas tres años – le ha transferido al Faraón todo el dinero, ganado y propiedad privada con la excepción de la tierra de los sacerdotes, que él permitió que retuvieran.

No solamente eso, sino que la Torá nos dice que Iosef “trasladó la población de cada ciudad, de un extremo de Egipto al otro” (Génesis 47:21) – medida que produjo una reubicación que más adelante fue utilizada contra Israel por los asirios.

La pregunta es: ¿tenía Iosef el derecho de hacerlo? Aparentemente lo hizo por propia voluntad. El Faraón no se lo pidió. Sin embargo, el resultado de todas esas medidas fue que un caudal de riqueza y poder sin precedentes quedó en manos del Faraón – poder que a la larga sería utilizado contra los israelitas. Más preocupante, en dos instancias encontramos la frase avadim le-Paró “esclavos del Faraón” – una de las frases clave del relato del Éxodo en la respuesta a las preguntas de los niños en el servicio del Seder (Génesis 47:19, 25). Con la diferencia de que fue dicho, no por los israelitas, sino por los egipcios.

Durante la época de hambre, los egipcios le dicen a Iosef: “Compra nuestra tierra a cambio de alimentos y nosotros con nuestra tierra seremos esclavos del Faraón.” (Génesis 47:19) Más adelante, aceptando el convenio permanente mediante el cual serán sirvientes del Faraón dándole una quinta parte de lo producido, manifiestan, “Tú has salvado nuestras vidas. Que podamos hallar favor en los ojos de nuestro señor; seremos esclavos del Faraón.”

Todo este pasaje, que comienza en nuestra parashá y continúa en la de la semana entrante, plantea una cuestión más seria. Tendemos a suponer que la esclavización de los israelitas en Egipto fue consecuencia o castigo por la venta de Iosef como esclavo por sus hermanos. Pero Iosef mismo convirtió a los egipcios en una nación de esclavos. Es más, creó un poder fuertemente centralizado que sería luego utilizado contra los israelitas.

Aaron Wildavsky en su libro sobre Iosef, Assimilation versus Separation, dice que Iosef “dejó al sistema en el que fue ascendido mucho menos compasivo que antes, al darle al Faraón mucho más poder que el que tenía.” (2) Leon Kass, en The Beginning of Wisdom (El comienzo de la sabiduría), dice acerca de la decisión de Iosef de hacer que el pueblo pague por la comida en los años de escasez (comida que ellos mismos habían entregado durante los años de abundancia): “Iosef está salvando vidas enriqueciendo al Faraón, haciéndolo rápidamente todopoderoso. Mientras que podemos felicitarlo por su capacidad de proyección, también inquieta este hombre que ejerce un poder casi divino sobre la vida y la muerte.” (3)

Es posible que la Torá trate de cualquier manera de evitar las críticas a Iosef. Estaba siendo leal al Faraón y actuando juiciosamente con respecto a Egipto. O quizás haya una crítica implícita a su carácter. Cuando era joven soñaba con el poder; de adulto lo ejerció, pero el judaísmo es crítico del poder y de quienes lo ambicionan. La otra posibilidad es que la Torá nos esté alertando sobre los riesgos y las tinieblas de la política. Una política que parece sabia para una generación, puede ser peligrosa para la próxima. O quizás estaba en lo cierto Leon Kass cuando dijo: “La sagacidad de Iosef es técnica y de conducción, no moral y política. Su fuerte es la proyección y el planeamiento, no la comprensión del alma del hombre.” (4)

Lo que representa este pasaje es la primera incursión de la política en la vida de la familia del pacto. Desde el comienzo de Éxodo hasta el final de Deuteronomio, la política dominará la narrativa. Pero esta es la primera introducción: el nombramiento de Iosef para una posición clave en la corte egipcia. Y de lo que nos habla es de la ambigüedad del poder. Por un lado, no es posible crear y sostener una sociedad sin él. Por el otro, casi invita al abuso. El poder es peligroso aun cuando está ejercido con las mejores intenciones por las mejores personas. Iosef actuó para fortalecer la mano del Faraón que había sido generoso con él, y que lo sería con el resto de su familia. No tenía cómo predecir qué podía causar ese mismo poder en manos del “nuevo Faraón que no conoció a Iosef.”

La tradición ha llamado a Iosef ha-tzadik, el justo. Por su parte, el Talmud dice que murió antes que sus hermanos porque “mostró aires de superioridad.” (5)

Aún un tzadik, cuando entra en la política, puede adoptar aires de superioridad y cometer errores, incluso con la mejor de las intenciones.

Yo creo que el gran desafío de la política es que sea humanitaria, que los políticos sean humildes, para que el poder, que siempre es peligroso, no sea usado para dañar. Ese es un desafío permanente que es una prueba hasta para los mejores.

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Fuentes

  1. De hecho, la cita exacta es: “otras personas vienen a mí con problemas. David viene a mí con sus logros.” Pero ha sido modificado en adaptaciones periodísticas para darle contexto. Ver Financial Times, 24 de Noviembre de 2010.
  2. Aaron Wildavsky, Assimilation versus Separation, Transaction, 2002, 143.
  3. Leon Kass, The Beginning of Wisdom, Free Press, 2003, 571.
  4. Ibid. 633-34.
  5. Berajot 55a

Traductores

Carlos Betesh