Del amor y el odio (Ajarei Mot-Kedoshim 5786)

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En el centro de los libros de Moshé se encuentra Sefer Vaikrá. En el centro de Vaikrá está el “código de santidad” (capítulo 19) con su llamado trascendental: “Seréis santos porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”. Y en el centro del capítulo 19 hay un breve párrafo que, por su ubicación, es el ápice, el punto más elevado, de la Torá:

No odies a tu hermano en tu corazón.
Reprende a tu prójimo y no cargues con pecado por su causa.
No te vengues ni guardes rencor contra nadie de tu pueblo,
sino ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. (Lev. 19:17-18)

Quiero, en este estudio, examinar la segunda de estas disposiciones: “Reprende a tu prójimo y no cargues con pecado por su causa”.

El Rambam y el Ramban coinciden en ver dos niveles de significado bastante diferentes en esta frase. Así lo expresa el Rambam:

Cuando una persona peca contra otra, esta última no debe odiarla y permanecer en silencio. Como se dice acerca de los malvados: “Y Absalón no habló conDE Amnón ni bien ni mal, aunque Absalón odiaba a Amnón”. Más bien, se le ordena hablar con él y decirle: “¿Por qué hiciste tal cosa contra mí? ¿Por qué pecaste contra mí en tal asunto?” Como está dicho: “Ciertamente deberás reprender a tu prójimo”. Si se arrepiente y le pide perdón, debe perdonarlo y no ser cruel, como está dicho: “Y Abraham oró a Dios…”.

Si alguien ve a su prójimo cometiendo un pecado o emprendiendo un camino que no es bueno, es un mandamiento hacerlo volver al bien y hacerle saber que está pecando contra sí mismo por sus malas acciones, como está dicho: “Ciertamente deberás reprender a tu prójimo…”.

De manera similar, el Ramban:

“Ciertamente deberás reprender a tu prójimo” – este es un mandamiento independiente, a saber, que debemos enseñarle la reprensión de la instrucción. “Y no cargar con pecado por su causa” – pues cargarás con pecado debido a su transgresión si no lo reprendes.

Sin embargo, me parece que la interpretación correcta es que la expresión “ciertamente deberás reprender” debe entenderse de la misma manera que “Y Abraham reprendió a Avimélej”. El versículo está diciendo así: “No odies a tu hermano en tu corazón cuando haga algo contra ti que no deseas, sino que debes reprenderlo, diciendo: ‘¿Por qué me hiciste esto?’, y no cargarás con pecado por su causa al encubrir tu odio en tu corazón y no decírselo; pues cuando lo reprendas, él se justificará ante ti o se arrepentirá de su acción y admitirá su pecado, y tú lo perdonarás”.

La diferencia entre ambas interpretaciones es que una es social y la otra interpersonal. Según la segunda lectura del Rambam y la primera del Ramban, el mandamiento trata sobre la responsabilidad colectiva. Cuando vemos a otro judío a punto de cometer un pecado, debemos intentar persuadirlo de que no lo haga. No se nos permite decir: “Eso es un asunto privado entre él y Dios”. “Todo Israel”, dijeron los Sabios, “es garante unos de otros”. Cada uno es responsable no solo de su propia conducta, sino también del comportamiento de los demás. Este es un capítulo fundamental en la ley y el pensamiento judío.

Sin embargo, tanto el Rambam como el Ramban son conscientes de que este no es el sentido literal del texto. Tomado en su contexto, lo que tenemos ante nosotros es un análisis sutil de la psicología de las relaciones interpersonales.

A veces se ha acusado al judaísmo, desde el cristianismo, de centrarse en la justicia más que en el amor (“Habéis oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen”). Esto es completamente falso. Hay una enseñanza maravillosa en Avot de Rabí Natan: “¿Quién es el mayor héroe? Aquel que convierte a un enemigo en amigo”. Lo que distingue a la Torá es su comprensión de la psicología del odio.

Si alguien nos ha hecho daño, es natural sentirnos agraviados. ¿Qué debemos hacer entonces para cumplir el mandamiento “No odies a tu hermano en tu corazón”? La respuesta de la Torá es: habla. Conversa. Confronta. Reprende. Puede ser que la otra persona tuviera una buena razón para hacer lo que hizo. O puede ser que haya actuado por malicia, en cuyo caso nuestra reprensión le dará, si así lo desea, la oportunidad de reconsiderar, disculparse, y nosotros deberíamos entonces perdonarlo. En cualquier caso, hablarlo es la mejor manera de restaurar una relación rota. Una vez más encontramos aquí uno de los motivos centrales del judaísmo: el poder del habla para crear, sostener y reparar relaciones.

Maimónides cita un texto clave como prueba. Se cuenta la historia (Samuel II 13) de cómo Amnón, uno de los hijos del rey David, violó a su media hermana Tamar. Cuando Absalón, hermano de Tamar, se entera del episodio, su reacción parece, a primera vista, serena:

Su hermano Absalón le dijo: “¿Ha estado contigo ese Amnón, tu hermano? Quédate tranquila ahora, hermana mía; él es tu hermano. No tomes esto a pecho”. Y Tamar vivió en casa de su hermano Absalón, desolada. Cuando el rey David oyó todo esto, se enfureció. Absalón no dijo una palabra a Amnón, ni buena ni mala…

Sin embargo, las apariencias engañan. Absalón está lejos de perdonar. Espera dos años, luego invita a Amnón a un banquete festivo en la época de la esquila de ovejas. Da instrucciones a sus hombres: “¡Escuchad! Cuando Amnón esté alegre por el vino y yo os diga: ‘Golpead a Amnón’, entonces matadlo”. Y así sucedió.

El silencio de Absalón no fue el silencio del perdón, sino del odio – el odio del que habló Pierre de LaClos en Les Liaisons Dangereuses cuando escribió la famosa frase: “La venganza es un plato que se sirve frío”.

Hay otro ejemplo igualmente poderoso en Bereshit:

Israel amaba a Yosef más que a todos sus otros hijos, porque era hijo de su vejez; y le hizo una túnica de muchos colores. Pero cuando sus hermanos vieron que su padre lo amaba más que a todos ellos, lo odiaron y no podían hablarle en paz (velo iajlu dabro leshalom, literalmente, “no podían hablar con él hacia la paz”). (Gén. 37:3-4)

Sobre esto, R. Yonatan Eybeschuetz (c. 1690-1764) comenta:

“Si hubieran podido sentarse juntos como grupo, habrían hablado entre sí, se habrían reprendido unos a otros, y finalmente habrían hecho las paces. La tragedia del conflicto es que impide a las personas hablar y escucharse mutuamente”. La falta de comunicación es a menudo el preludio de la venganza.

La lógica interna de los dos versículos en nuestra parashá es, por lo tanto, la siguiente: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Pero no todos los prójimos son amables. Hay quienes, por envidia o malicia, te han hecho daño. Por eso no te ordeno vivir como si fueras un ángel, sin ninguna de las emociones naturales del ser humano. Sin embargo, te prohíbo odiar. Por eso, cuando alguien te hace daño, debes confrontarlo. Debes decirle lo que sientes: tu dolor y tu angustia. Puede ser que hayas malinterpretado completamente sus intenciones. O puede ser que realmente haya querido hacerte daño, pero ahora, enfrentado a la realidad del perjuicio que te causó, pueda arrepentirse sinceramente. Si, en cambio, no hablas de ello, existe una posibilidad real de que guardes rencor y, con el tiempo, llegues a vengarte – como hizo Absalón”.

Lo que resulta tan impresionante de la Torá es que articula los ideales más elevados y, al mismo tiempo, nos habla como seres humanos. Si fuéramos ángeles, sería fácil amarnos unos a otros. Pero no lo somos. Una ética que nos ordena amar a nuestros enemigos, sin indicarnos cómo lograrlo, es simplemente invivible. En cambio, la Torá propone un programa realista: la comunicación.

Si somos honestos unos con otros, si hablamos las cosas, podemos lograr la reconciliación – no siempre, por supuesto, pero a menudo. Cuánto sufrimiento e incluso derramamiento de sangre podría evitarse si la humanidad prestara atención a este sencillo mandamiento.


PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Cómo podrían haber sido diferentes las cosas si los hermanos de Yosef hubieran encontrado una forma de expresar sus quejas hacia él?
  2. ¿Por qué el silencio es a veces más peligroso que una discusión?
  3. Piensa en una ocasión en la que te molestaste con alguien pero no dijiste nada. ¿Qué ocurrió con ese sentimiento?

Traductores

Abraham Maravankin