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Quiero, en este estudio, examinar una de las características más distintivas y menos comprendidas del judaísmo – la imaginación cronológica.
A veces un descubrimiento moderno cambia tanto nuestra manera de ver las cosas que nos permite revisitar verdades antiguas que han quedado profundamente oscurecidas y verlas con una claridad prístina como si fuera la primera vez. Ese es sin duda el caso de la física cuántica. Lo que nos permite es comprender de nuevo una forma bíblica de pensar la verdad que es profundamente diferente de la forma en que hemos estado acostumbrados a pensar en Occidente. Llamo al enfoque griego la imaginación lógica, y al enfoque judío, la imaginación cronológica.
Niels Bohr dijo célebremente acerca de la mecánica cuántica que si no te ha sorprendido profundamente, entonces aún no la has entendido. Sin entrar en los detalles de este territorio complejo, lo más impactante de la realidad subatómica que reveló es que no encaja en nuestras categorías lógicas estándar. ¿La luz es una onda o una partícula? ¿Las partículas subatómicas tienen posición o momento? ¿El gato de Schrödinger está vivo o muerto?(1)
La respuesta a cada una de estas preguntas nos recuerda la historia del rabino que escucha el relato de un esposo sobre un matrimonio infeliz y dice: «Tienes razón». Luego escucha el relato contradictorio de la esposa y dice: «Tienes razón». Su discípulo, que ha estado presente en ambas conversaciones, le dice al rabino: «Pero ambos no pueden tener razón», a lo que el rabino responde: «Tú también tienes razón».
Hay fenómenos, desde partículas subatómicas hasta disputas domésticas, a los que no se aplican las reglas estándar de la lógica aristotélica. El principal de ellos es el principio de contradicción que afirma que una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas. Dos afirmaciones contradictorias no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. La teoría de la complementariedad de Bohr, el principio de incertidumbre de Heisenberg y otras ideas contraintuitivas desafían esto directamente. La luz es tanto onda como partícula. El gato de Schrödinger está tanto muerto como vivo. Hay fenómenos que presentan características contradictorias hasta que nosotros, el observador, entramos en escena, momento en el cual la contradicción se resuelve retroactivamente.
Bohr cuenta la historia de cómo llegó a su teoría. Ocurrió después de que su joven hijo fuera sorprendido robando dulces de una tienda local. Niels experimentó emociones encontradas hacia su hijo y estaba en conflicto sobre cuál era la mejor manera de abordarlo a la luz de este evento. Primero se encontró pensando en esto como lo haría un juez. Su hijo era culpable de un delito y debía hacerse justicia. Pero también sentía emociones parentales de amor y compasión. Se dio cuenta de que no podía sostener ambos pensamientos de igual manera en su mente al mismo tiempo, y esto lo llevó a su investigación sobre la teoría de la complementariedad. Como juez justo de la situación, tenía que pensar de manera imparcial. Como padre, no podía evitar sentir compasión por su hijo, que había cometido un error. Una forma de pensar conduce a la justicia, la otra a la misericordia, pero estas son perspectivas conflictivas e implican diferentes tipos de relación.
Lo mismo ocurre con el conocido dibujo que puede verse como un pato o un conejo, pero no ambos al mismo tiempo. La multidimensionalidad de la realidad puede ser simplemente demasiado compleja para que la comprendamos en su totalidad de una sola vez. Pero lo que no podemos pensar simultáneamente, a menudo podemos pensarlo secuencialmente. Eso es lo que quiero decir con imaginación cronológica.
Debemos nuestros conceptos de lógica a los antiguos griegos. Los griegos pensaban el conocimiento como un tipo especial de visión. Aún hoy, en los lenguajes occidentales, conservamos esta metáfora visual. Hablamos de previsión e intuición, de personas con visión, y de «hacer una observación». Cuando entendemos algo decimos: «Ya veo». Para Platón, el conocimiento era una percepción profunda de un mundo más allá de los sentidos, donde no se ven las encarnaciones físicas sino la forma verdadera de las cosas. La metáfora guía de la epistemología griega, profundamente arraigada en la cultura, era la imagen de Zeus, jefe de los dioses, contemplando los asuntos humanos desde su elevada posición en el Monte Olimpo.
La cosmovisión de la Torá es muy diferente. El verdadero conocimiento se adquiere menos a través de ver (Dios no es visible, y a lo largo de la Biblia hebrea las apariencias engañan(2)), que a través de escuchar. La palabra clave es shemá, que significa «escuchar, oír, comprender, responder». El conocimiento, daat, no es una observación desapegada sino un compromiso personal íntimo: «Y Adam conoció a su esposa y ella concibió». Dios en la Torá no es un observador distante de los asuntos humanos, sino un participante activo. En el judaísmo, las palabras no son solo imágenes de la realidad, las «formas» de las cosas. Afectan las relaciones. Las palabras pueden herir e inspirar. Las palabras pueden bendecir o maldecir. Las palabras pueden crear nuevos hechos morales, como cuando hacemos una promesa. Las palabras moldean la realidad que describen. Esto es más parecido al principio de incertidumbre de Heisenberg, en el cual el observador afecta la realidad que observa, que a las teorías del conocimiento inspiradas en Grecia, en las que una afirmación puede ser verdadera o falsa, pero no ambas.
El psicoterapeuta Viktor Frankl señaló que lo que puede ser una contradicción en un espacio bidimensional no necesariamente lo es cuando añadimos una tercera dimensión. Así, un cuadrado no puede ser un círculo, y un círculo no puede ser un cuadrado. Pero ambos pueden ser sombras proyectadas por un mismo objeto, un cilindro, iluminado primero desde un lado y luego desde arriba. Añade la tercera dimensión y la contradicción desaparece. Tampoco es esto una mera curiosidad matemática. Como dijo Niels Bohr, uno de los maestros de la física cuántica: «Lo opuesto de una verdad trivial es una falsedad, pero lo opuesto de una verdad profunda bien puede ser otra verdad profunda».
Esto es absolutamente fundamental para el judaísmo. Hay más de una forma válida de ver el universo. Como mínimo, está el punto de vista de Dios y el punto de vista del ser humano, y son radicalmente distintos. La única vez en todo el Tanaj en que un ser humano es invitado a ver el mundo desde la perspectiva de Dios ocurre en los últimos cuatro capítulos del libro de Job, cuando Job finalmente comprende que el universo no es antropocéntrico. No todo existe para beneficio del ser humano. Dios está en el centro, no nosotros.
No menos significativo es que, aunque la Torá tiene un solo Autor, no habla con una sola voz. He argumentado a lo largo de estos estudios que hay al menos tres voces discernibles – una voz de sabiduría, una voz sacerdotal y una voz profética – correspondientes a los tres modos en que Dios se revela: a través de la creación, la revelación y la redención. Cada una capta algo de la realidad, pero ninguna por sí sola la describe completamente. Por eso la Torá es una interacción tan compleja de diferentes géneros y tonos de voz. El libro de Números, por ejemplo, está estructurado como una fuga entre ley y narrativa. No hay otro libro en toda la literatura que sea como este. A lo largo de Números vemos la interacción entre sensibilidades proféticas y sacerdotales, y comenzamos a entender cómo la ley – el «deber ser» de las cosas – surge de, y a su vez influye en, la historia, el «ser» o «haber sido» de las cosas.
¿Cómo se representa entonces la naturaleza tridimensional de la realidad con sus perspectivas conflictivas y verdades multifacéticas? Una de las formas en que la Torá lo hace es mediante lo que llamo la imaginación dialógica. Se nos muestra una situación desde dos puntos de vista radicalmente opuestos al mismo tiempo.
Dos ejemplos poderosos aparecen en Génesis 21 y 27. En Génesis 21, primero vemos a Sara y su alegría al sostener finalmente a su hijo tan esperado. Luego vemos el pathos de Hagar e Ishmael, expulsados del hogar y al borde de la muerte bajo el despiadado cielo del desierto. En Génesis 27, primero vemos a Rivká organizar para que su amado hijo Yaakov reciba la bendición, luego vemos a Itzjak y Esav, unidos en conmoción y angustia, al darse cuenta de lo sucedido.
Estas narrativas subvierten cualquier tendencia simplista a moralizar, a dividir la realidad en blanco y negro. Nos obligan a ver el mundo desde más de un punto de vista. La única forma de tender un puente entre estas perspectivas es mediante la conversación. De ahí la idea de la verdad como diálogo. En Génesis, cuando el lenguaje se rompe, la violencia – el intento de imponer mi versión de la verdad sobre ti por la fuerza – suele estar esperando en la antesala.
La otra forma es a través de la imaginación cronológica. Proposiciones conflictivas pueden ser ambas válidas – lo opuesto de una verdad profunda puede ser otra verdad profunda – pero no al mismo tiempo. Un ejemplo clásico de esto es la interpretación del Rabino Joseph Soloveitchik en The Lonely Man of Faith de los dos relatos de la Creación en Génesis 1 y en los capítulos 2-3. En el primero, el ser humano es creado a imagen de Dios y se le otorga dominio sobre todas las demás formas de vida. En el segundo, el ser humano es formado del polvo de la tierra y se le ordena «servir y preservar» el jardín. En el primero, el hombre y la mujer son creados simultáneamente, uno junto al otro. En el segundo, la mujer es creada a raíz de la soledad del hombre, y existen cara a cara.
El Rabino Soloveitchik argumentó que el primer relato describe al ser humano «majestuoso», mientras que el segundo describe al ser humano «del pacto», y ambos somos nosotros. El resultado, explicó, es que ser humano es estar en conflicto, desgarrado entre las diferentes facetas de nuestro ser. Sin embargo, la Torá resuelve esta contradicción de la manera más simple y elegante: a través del tiempo.
«Seis días trabajarás y harás toda tu labor, pero el séptimo día es Shabat para el Señor tu Dios.» (Éx. 20:9-10)
Durante seis días somos majestuosos; en el séptimo somos del pacto.
La imaginación cronológica – lo que Bohr quiso decir cuando afirmó que podía ver a su hijo a través de los ojos de un juez y de un padre, pero no ambos al mismo tiempo – fue uno de los grandes aportes de Torat Kohanim. El sacerdote protege la frontera entre lo sagrado y lo secular, la eternidad y la mortalidad, lo físico y lo espiritual, lo infinito y lo finito. Sabe que estos son dos órdenes diferentes de realidad y es plenamente consciente del peligro que implica difuminar ese límite. En un nivel de realidad, todo lo que existe es Dios. En otro, todo lo que existe son los seres humanos y sus acciones y deseos. La separación entre el cielo y la tierra es lo que hace posible el universo y la vida humana. Pero su conexión es lo que hace significativa la vida humana.
El sacerdote resuelve la contradicción entre lo sagrado y lo secular viendo ambos como verdaderos y válidos, pero solo podemos experimentarlos en momentos diferentes. Los tiempos y lugares en los que nos centramos en nuestra condición humana y mortal son jol, seculares. Aquellos en los que nos centramos en Dios, el Eterno infinito, los llamamos kodesh. Están integrados en la forma de un ritmo del tiempo cuidadosamente calibrado: seis unidades (días, meses, años) de jol, seguidas por una séptima que es sagrada, con la adición ocasional de un quincuagésimo (día, año) después de una secuencia de siete sietes.
Los textos bíblicos que utilizan la voz sacerdotal se destacan por su precisión matemática. Así, como señaló Umberto Cassuto(3), el relato de la Creación no solo está dividido en siete días. También contiene la palabra «bueno» siete veces, «Dios» treinta y cinco veces y «tierra» veintiuna veces. El primer versículo contiene siete palabras, el segundo catorce, y la descripción del séptimo día, treinta y cinco. Todo el pasaje tiene 469 (7×67) palabras. Del mismo modo, Levítico 23, 25 y 26 están estructurados en torno a las palabras repetidas «siete» y «Shabat». La precisión matemática es esencial para la comprensión sacerdotal de la realidad, así como ahora sabemos que lo es para el universo, afinado con una precisión casi inimaginable para la aparición de la vida consciente. Si alguna de las constantes matemáticas que gobiernan la forma del universo hubiera sido siquiera ligeramente diferente, los elementos químicos necesarios para la vida simplemente no se habrían formado.(4)
Pero la precisión del sacerdote es diferente de la del científico. La división del tiempo en el calendario sacerdotal es una forma de vivir secuencialmente verdades diferentes y conflictivas. Ya hemos visto una en nuestro estudio de Sucot. El judaísmo abraza tanto lo universal como lo particular: la universalidad de nuestra humanidad, expresada religiosamente en el pacto noájida, y la particularidad de la relación de nuestro pueblo con Dios, ejemplificada en el pacto del Monte Sinaí. El calendario judío da peso a ambos. Está el ciclo de las tres festividades de peregrinación; Pesaj, Shavuot y Sucot, que representan la particularidad de la historia judía – el Éxodo, la entrega de la Torá y los años de travesía en el desierto. Y está el ciclo de las festividades del séptimo mes, Rosh Hashaná, Iom Kipur y nuevamente Sucot, que representan los universales de la condición humana: la Creación, la soberanía divina, la justicia, el juicio, la vida, la muerte, la lluvia y la renovación de la naturaleza.
Una de las consecuencias más bellas de la imaginación cronológica – vista claramente en nuestra parashá de Behar – es su capacidad de reconciliar lo real con lo ideal. La historia está llena de mundos ideales. Los llamamos utopías, una palabra que significa «ningún lugar», porque ninguna utopía ha ocurrido jamás. Torat Kohanim tiene un enfoque diferente, en verdad único, hacia los mundos ideales. Los vivimos, periódicamente, en el aquí y ahora del tiempo real. En Shabat participamos en un ensayo general completo de la Era Mesiánica, cuando nadie ejercerá poder, político o económico, sobre nadie más. Algo similar ocurre con las dos grandes instituciones de la parashá: Shemitá y el año del Jubileo, el séptimo y el quincuagésimo año. Al cancelar deudas, liberar esclavos, dejar que los productos de la tierra sean disfrutados por todos por igual, y devolver la propiedad ancestral a sus dueños originales, habitamos un mundo en el que las desigualdades de la economía de mercado han sido corregidas y, por un año, a veces dos, suspendemos el mundo de la competencia y vivimos en un mundo de cooperación y fraternidad entre iguales.
No hay ningún otro sistema como este, y le da a la verdad – no la verdad que pensamos o descubrimos, sino las verdades que vivimos y a las que debemos lealtad – un carácter tridimensional que no tiene en el mundo de blanco o negro de la lógica aristotélica(5). Ese es el poder del pensamiento dialógico y cronológico, y proviene de la profundidad que adquiere la realidad cuando añadimos a la naturaleza bidimensional de la humanidad la tercera dimensión que es Dios.
PREGUNTAS PARA PENSAR
- ¿Por qué es tan difícil el pensamiento dialéctico (sostener dos verdades diferentes en la mente o el corazón al mismo tiempo)?
- ¿Qué verdades vives y a cuáles debes lealtad?
- ¿Cómo cambia tu percepción del éxito y el valor el hecho de tomar un día libre cada semana?
Fuentes
- El gato de Schrödinger es el nombre dado al experimento mental propuesto por el físico austríaco Erwin Schrödinger en 1935 para ilustrar la naturaleza paradójica de la física cuántica. Consiste en imaginar un gato en una caja sellada cuyo destino depende de un evento aleatorio previo que involucra partículas subatómicas. Según la interpretación de Copenhague de la teoría cuántica, las partículas existen solo en un estado de probabilidad hasta que son medidas. De ello se deduce que el gato está vivo o muerto sólo cuando se abre la caja. Hasta entonces, es igualmente cierto decir que está vivo y que está muerto.
- Piénsese en Yosef, visto por sus hermanos pero no reconocido, o en los espías enviados por Moshé que vieron la tierra pero malinterpretaron lo que vieron.
- Umberto Cassuto, Commentary on Genesis, vol 1 (Jerusalem: Magnes Press 1961), pp. 12-15.
- Un relato clásico es Martin Rees, Just Six Numbers (London: Weidenfeld & Nicolson, 1999).
- No es que Aristóteles fuera estrictamente aristotélico. Fue uno de los primeros filósofos en darse cuenta de que diferentes disciplinas intelectuales tienen distintos criterios de verdad y distintas lógicas internas.
Traductores
Abraham Maravankin
