Tener un por qué (Jaié Sara 5780)

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El título de nuestra parashá encarna una paradoja: se llama Jaié Sara, “La vida de Sara,” pero comienza con su muerte. Aún más, hacia el final detalla la muerte de Abraham. ¿Por qué una parashá sobre la muerte es llamada “vida”? A mí me parece que la respuesta es que – no siempre, pero con frecuencia – la muerte, y como la encaramos, es un comentario sobre la vida y cómo la vivimos.

Esto nos lleva a una paradoja aún más profunda. Un conocido comentario de Rashi acerca de la frase aparentemente superflua “los años de Sara” señala: La palabra ‘años’ se repite sin un número, indicando que fueron todos igualmente buenos. ¿Cómo puede alguien decir que todos los años de la vida de Sara fueron igualmente buenos? Dos veces, primero en Egipto y luego en Gerar, fue persuadida por Abraham de decir que era su hermana y no su esposa, y luego fue llevada al harén real, situación moralmente muy riesgosa.

Hubo años en los cuales, a pesar de la promesa repetida de Dios de múltiple descendencia, ella no era fértil, incapaz de concebir un solo hijo. Hubo un tiempo en el cual ella persuadió a Abraham de tomar a su sierva Agar y tener un hijo con ella, lo cual le produjo un fuerte conflicto espiritual. (1) Estos episodios reflejan una vida de incertidumbre y décadas de esperanzas incumplidas. ¿Cómo es posible afirmar, ni remotamente, que los años de Sara fueron todos igualmente buenos?

Esa es Sara. Con respecto a Abraham, el texto es igualmente desconcertante. Inmediatamente después de la compra de la parcela para enterrar a Sara, leemos: “Abraham era anciano, bien avanzado en años, y Dios había bendecido a Abraham en todo” (Génesis 24:1) Esto también es extraño. Siete veces Dios prometió a Abraham la tierra de Canaán. Pero cuando murió Sara, no tenía ni una sola porción de tierra para enterrarla, y tuvo que llevar adelante una complicada y aún humillante negociación con los hititas, forzado a admitir desde el comienzo que “Yo soy un extranjero y residente temporario entre ustedes” (Génesis 23:4). ¿Cómo puede decir el texto que Abraham fue bendecido en todo?

Igualmente inquietante es el relato de la muerte de Abraham, quizás el más sereno de la Torá: “Abraham tuvo su último respiro y murió a una buena edad, anciano y satisfecho, y fue reunido con su pueblo.” Le habían prometido que sería una gran nación, el padre de muchas naciones, y que heredaría la tierra. Ni una de esas promesas fue cumplida en vida. ¿Cómo es entonces que estaba “satisfecho”?

La respuesta es, nuevamente, que para comprender la muerte es necesario comprender la vida.

Tengo sentimientos encontrados acerca de Friedrich Nietzsche. Fue uno de los pensadores más brillantes de la era moderna, quizás también uno de los más peligrosos. Él mismo tenía ambivalencias con respecto a los judíos y tenía una postura negativa con respecto al judaísmo. (2) Pero una de sus afirmaciones más famosas es tan profunda como cierta: El que tiene un por qué en la vida puede soportar casi cualquier cómo. (3)

(En este contexto debo resaltar un comentario de su Genealogía de la Moral, que no he citado anteriormente. Habiendo criticado otras Escrituras Sagradas, luego escribió: “el Antiguo Testamento – bueno, eso es algo bien distinto: ¡todo mi respeto por el Antiguo Testamento! Encuentro en él grandes hombres, panoramas heroicos, y algo que es casi una rareza en la tierra, la incomparable ingenuidad del corazón fuerte, y aún más, encuentro un pueblo.” (4) Así que a pesar de su escepticismo respecto a la religión en general y de la herencia judeo-cristiana en particular, tuvo un genuino respeto por el Tanaj).

Abraham y Sara están entre los mayores ejemplos en toda la historia en lo que significa tener un Por Qué en la vida. Todo el curso de sus vidas fue producto de la respuesta a un llamado, a una voz Divina que les dijo que dejaran su hogar y su familia para dirigirse a un destino desconocido, a vivir en una tierra en la que serían extranjeros, a abandonar toda forma convencional de seguridad, y a tener la fe de creer que viviendo con normas de rectitud y justicia, estarían dando el primer paso para establecer una nación, una tierra, una fe y un modo de vida que sería una bendición para toda la humanidad.

La narrativa bíblica está, como señaló Erich Auerbach, “colmada de trasfondo,” queriendo indicar que una gran parte de la historia no está expresada. Debemos adivinarla. Es por eso que existe el Midrash que llena los espacios en blanco de la narración. En ningún caso es esto más marcado que en las emociones de las figuras principales. No sabemos lo que sintieron Abraham o Ytzjak mientras iban caminando hacia el Monte Moriá. No sabemos qué sintió Sara cuando entró en los harenes, primero el del Faraón y luego el de Avimelej de Gerar. Con algunas conspicuas excepciones, apenas sabemos lo que sintió alguno de los personajes de la Torá. Por eso las dos manifestaciones explícitas sobre Abraham – que Dios lo bendijo en todo y que terminó su vida satisfecho – son tan importantes. Y cuando Rashi afirma que todos los años de Sara fueron igualmente buenos, le está atribuyendo a ella lo que el texto bíblico refiere a Abraham, fundamentalmente la serenidad ante la muerte que proviene de una profunda tranquilidad en cuanto a su vida. Abraham supo que todo lo que le ocurrió a él, aún lo malo, fue parte de la travesía que Dios mandó a él y a Sara y que tuvo la fe de ‘caminar en el valle de la sombra de la muerte, sin temer ningún mal, sabiendo que Dios estaba con él’. Eso es lo que Nietzsche llamó “el corazón fuerte.”

En 2017 un libro inusual se transformó en bestseller internacional. Uno de los factores que lo hizo tan especial fue que la autora tenía noventa años y que ese fue su primer libro. Además, no era solamente una sobreviviente de Auschwitz sino que también lo fue de la Marcha de la Muerte en las postrimerías de la guerra, en muchos sentidos más brutal que los campos en sí.

El libro se llamó The Choice (La elección) y su autora es Edith Eger. (5) Ella, junto a sus padres y su hermana Magda, llegaron a Auschwitz en mayo de 1944, una de las tantas familias entre los 12.000 judíos que fueron transportados desde Kosice, Hungría. Sus padres fueron asesinados el primer día. Una mujer del campo le señaló la chimenea humeante y le dijo a Edith que comenzara a hablar de sus padres en tiempo pasado. Con admirable fuerza de voluntad y coraje, ella y Magda sobrevivieron el campo y la Marcha. Cuando soldados norteamericanos la sacaron de entre una pila de cadáveres, tenía fiebre tifoidea, neumonía, pleuresía y fractura de columna. Después de un año su cuerpo se curó, se casó y fue madre. La curación de su mente le llevó mucho más tiempo y posteriormente ese proceso se transformó en su vocación, en Estados Unidos donde se radicó.

Camino a Auschwitz, la mamá de Edith le dijo, “No sabemos dónde vamos ni qué es lo que va a ocurrir, pero nadie puede sacarte lo que tienes en la mente.” Esa frase fue su mecanismo de salvación. Inicialmente, después de la guerra, trabajó en una fábrica para ayudar a sostener la familia, pero más tarde estudió psicología en la universidad y se recibió de psicoterapeuta. Utilizó su propia experiencia de supervivencia para ayudar a otros a sobrevivir sus crisis de vida.

Al comienzo del libro ella hace una distinción sumamente importante entre ser víctima (lo que a uno le ocurre) y victimizarse (cómo se responde a lo que le ocurre). Esto es lo que dice de lo primero:

Estamos todos sujetos a ser víctimas en algún momento de nuestra vida. En alguna instancia sufriremos alguna aflicción, calamidad o abuso provocados por circunstancias, personas o instituciones sobre las cuales tenemos poco o ningún control. La vida es así. Eso es ser víctima. Viene de afuera.

Con respecto a lo segundo:

Por contraste, la victimización viene de adentro. Nadie puede transformarse en víctima salvo uno mismo. Nos convertimos en víctima no por lo que nos pasa sino porque elegimos victimizarnos. Desarrollamos una mentalidad de víctima – una forma de pensar y de ser que es rígida, culposa, pesimista, fijada en el pasado, incapaz de perdonar, punitiva y sin un límite saludable. (6)

En una entrevista al publicarse el libro, ella dijo: “He aprendido a no buscar la felicidad porque es externa. Has nacido con amor y has nacido con alegría. Está dentro. Siempre está ahí.”

Esto lo hemos aprendido por la extraordinaria actitud de sobrevivientes del Holocausto como Edith Eger y Viktor Frankl. Pero en realidad estaba ahí desde el principio, en Abraham y Sara que sobrevivieron a todo lo que les pasó, aún en lo que parecía que iba a desbarrancar su misión, y a pesar de todo encontraron la serenidad hacia el final de sus días. Sabían que lo que hace a una vida satisfactoria no es externo, sino interno, un sentido de propósito, misión, ser llamados, convocados, de comenzar algo que sería continuado por los que vinieran después que ellos, de traer algo nuevo al mundo por la forma en que vivieron sus vidas. Que lo importante era lo de adentro, no lo de afuera, su fe, no las circunstancias, que muchas veces son problemáticas.

Yo creo que la fe nos ayuda a encontrar el Por Qué, que a su vez nos permite soportar casi cualquier Cómo. La serenidad de las muertes de Sara y Abraham son un testimonio eterno de cómo vivieron.

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Fuentes

  1. He omitido deliberadamente la tradición (Targum Ionatán a Génesis 22:20) que dice que al momento de la Ligadura de Ytzjak, el Satán se apareció a Sara y le dijo que Abraham había sacrificado a su hijo, un shock que le causó la muerte. Esta tradición es moralmente problemática.
  2. El mejor estudio reciente es Robert Holub, Nietzsche’s Jewish Problem (El problema judío de Nietzsche), Princeton University Press, 2015.
  3. Friedrich Nietzsche, Twilight of the Idols (El ocaso de los ídolos), Maxims and arrows, 12.
  4. Friedrich Nietzsche, The Genealogy of Morality (La genealogía de la moral), Cambridge University Press, 2009, 107.
  5. Edith Eger, The Choice, Rider, 2017.
  6. Ibíd., 9.

Traductores

Carlos Betesh