Rabino Sacks Reé 5775 – El Segundo Diezmo y la Construcción de una Sociedad Fuerte

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

El Segundo Diezmo y la Construcción de una Sociedad Fuerte

Reé – 15 de agosto, 2015 / 30 Menajem Av 5775

Rabino Sacks Ree 5775 [PDF] 

El Israel bíblico desde la época de Yehoshua hasta la destrucción del Segundo Templo era una sociedad predominantemente agrícola.  Por lo tanto, es a través de la agricultura que la Torá plantea su programa religioso y social. Éste consta de tres principios fundamentales:

El primero es aliviar la pobreza. Por muchos motivos la Torá acepta los principios básicos de lo que hoy llamaríamos la economía de mercado. Pero aunque ésta es buena para la generación de riqueza, es menos buena para distribuirla equitativamente. Así, la legislación social de la Torá apunta, según palabras de Henry George, a “sentar las bases para un estado social en el cual la extrema pobreza y el estado de necesidad degradante fueran desconocidas.”

De ahí los mandatos de dejar restos de la cosecha para los pobres: leket, shikjá y peáh, las espigas de cereal caídas, los granos olvidados y las esquinas del campo sembrado. Estaba también lo producido el séptimo año, que pertenecía a todos y a nadie, y el maaser ani, el diezmo para los pobres que se daba el tercer y sexto año del ciclo de siete. La shmitá y yovel, el séptimo y décimoquinto año con la cancelación de deudas, emancipación de esclavos, y la devolución de la propiedad a sus antiguos dueños,  eran elementos esenciales para retornar la economía a una situación de equidad. O sea que el primer principio era que nadie debía ser desesperadamente pobre.

El segundo principio incluía la terumá y maaser rishon, la porción sacerdotal y el primer diezmo, que eran para los sacerdotes y a los Leviim respectivamente. Constituían la élite religiosa en la nación de los tiempos bíblicos, cuya misión era asegurar que el servicio a Dios, específicamente en el Templo, continuara estando en el corazón de la entidad nacional. También tenían otras funciones: la educación y la justicia, actuando como maestros y jueces.

El tercer principio era más personal y espiritual. Había leyes tales como la de llevar los primeros frutos a Jerusalem, y la de los tres festivales de peregrinación: Pesaj, Shavuot y Sucot, que coincidían con los ciclos agrícolas, y que tenían que ver con  la afirmación de una lección de gratitud y humildad. Enseñaban que la tierra le pertenecía a Dios y que el hombre era meramente inquilino o huésped. La lluvia, el sol y la tierra conducen a la cosecha gracias a Su bendición. Sin este recordatorio periódico, las sociedades se tornan inexorablemente materialistas y autosatisfechas. Los dirigentes y las élites se olvidan de que su misión es servir a la gente, y en cambio, esperan que sea a la inversa. Es así como las naciones en el apogeo de su éxito comienzan a declinar, preparando inconscientemente el terreno para su derrota.

Todo esto hace que una de las leyes de nuestra parashá – la ley del Segundo Diezmo – sea de difícil comprensión. Como notamos anteriormente, en el tercer y sexto año del ciclo de siete, se daba el diezmo a los pobres. Sin embargo, en el primero, segundo, cuarto y quinto año el diezmo era llevado por el campesino a Jerusalem y comido allí en un estado de pureza:

” Y habrás de comer ante el Señor tu Dios, en el lugar que habrá elegido para hacer morar Su Nombre allí, el diezmo de tu cereal, tu mosto y tu aceite, y los primogénitos de tus vacunos y ovinos, para que aprendas a venerar al Señor tu Dios, todos los días. (Deut. 14: 23)”

Y si el campesino vivía a gran distancia de Jerusalem, se le permitía otra alternativa:

” Trocarás el diezmo por dinero; atarás el dinero en tu mano y te encaminarás al lugar que habrá de elegir el Señor tu Dios. Y podrás trocar el dinero por todo lo que desee tu ser: vacunos, ovinos, vino, licor y por todo lo que te pida tu ser.”  (ibid. 25-26)

El problema es evidente. El segundo diezmo no iba destinado a los pobres, a los sacerdotes ni a los Leviim, por lo cual no era parte de ninguno de los dos primeros principios. Podría ser parte del tercero, para recordarle al agricultor que la tierra le pertenecía a Dios, pero esto también parece improbable. No había declaración alguna, como en el caso de los primeros frutos, ni ningún servicio religioso específico como en el caso de las otras fiestas. Salvo por estar en Jerusalem, la institución del segundo diezmo no tenía contenido perceptible ni espiritual alguno. Dónde está entonces la lógica del segundo diezmo?

Los sabios,[1] enfocándose en la frase “para que aprendas a venerar al Señor tu Dios”, afirmaron que era una forma de alentar a la gente al estudio. Al estar un tiempo en Jerusalem mientras consumían el diezmo o el alimento comprado con el sustituto monetario, podrían estar sometidos a la influencia de la ciudad sagrada, con su gente abocada al servicio divino o al estudio de los textos sagrados.[2] Esto se asemejaría a los grupos de las comunidades religiosas que en la actualidad  organizan viajes de estudio a Israel.

Maimónides, sin embargo, ofrece una explicación completamente distinta.

El mandamiento de consumir el segundo diezmo en comida en Jerusalem obligaba a la persona a donar una parte como caridad. Como no podía hacer otra cosa con el diezmo que usarlo salvo para comer o beber, estaba obligado a ceder una parte gradualmente. Esta regla atrajo a multitudes a congregarse en el lugar, y a fortalecer el vínculo de amor y hermandad entre los hijos de los hombres.[3]

Para Maimónides el segundo diezmo cumplía una función social. Fortalecía la sociedad civil, creaba vínculos de unión y amistad entre la gente y alentaba a los visitantes a compartir la bendición de la cosecha con otros. Desconocidos podían encontrarse y generar amistades en un ambiente de camaradería entre peregrinos, generándose un sentido de pertenencia, ciudadanía compartida e identidad colectiva. En efecto, Maimónides menciona algo parecido acerca de las festividades mismas:

El sentido de cumplir con las festividades es simple. El hombre obtiene    beneficios de estas reuniones: las emociones generadas renuevan la adhesión a la religión; conducen a un intercambio social y amistoso entre el pueblo.[4]

La atmósfera de Jerusalem – dice Maimónides – incitaba a la espiritualidad pública. La comida era siempre abundante ya que los frutos del cuarto año, los diezmos del ganado, del trigo, del vino y del aceite del segundo diezmo estaban presentes. No se podían vender ni guardar para el año siguiente, por lo cual una gran parte debía donarse especialmente (como lo indica la Torá) “al Leví, al extranjero, a la viuda y al huérfano.”

Escribiendo sobre Norteamérica en 1830, Alexis de Tocqueville acuñó una nueva palabra para describir el fenómeno que encontró allí y que consideró uno de los peligros de la sociedad democrática. La palabra era individualismo. La definió  como “un sentimiento maduro y calmo que induce a cada miembro de la comunidad a aislarse de la sociedad y separarse con su familia y amigos,” dejando “a la sociedad consigo misma.”[5]  Tocqueville creía que la democracia fomentaba el individualismo, dejando la actividad del bien común enteramente en manos del gobierno, que por lo tanto sería cada vez más poderoso, eventualmente amenazando a la libertad misma.

Fue una reflexión brillante y dos ejemplos recientes lo confirman. El primero fue descripto por Robert Putnam, el gran sociólogo de Harvard, en su estudio sobre las ciudades italianas en 1990.[6] Durante los años setenta todas las regiones italianas tuvieron gobiernos regionales semejantes, pero a lo largo de los siguientes veinte años, algunas prosperaron, otras se estancaron; algunas tuvieron gobiernos capaces y crecimiento económico, mientras que otras estuvieron plagados de corrupción e ineficacia. Putnam encontró que el principal factor era el nivel de actividad pública  de la ciudadanía.

El otro ejemplo es el experimento conocido como “el juego del viajante gratuito” diseñado para medir el grado de civismo dentro de un grupo. Existe siempre el conflicto potencial entre el interés propio y el bien común. Resulta tentador aprovecharse de los servicios públicos sin pagar la parte que le corresponde (por ejemplo, viajar en el transporte público sin pagar el boleto, de ahí el término “viajante gratuito”). De esa forma se obtiene el beneficio sin pagar. Cuando ello ocurre, se erosiona la confianza y disminuye el civismo.

El juego consiste en otorgar a cada uno de los participantes $ 10 e invitarlos a contribuir a un pozo común. El monto total se multiplica por, digamos, tres, y el monto se divide en partes iguales para cada uno de los jugadores. Si cada uno coloca $ 10, recibirá $ 30.-, pero si alguno decide no contribuir nada y hay seis jugadores, habrá $ 50 en el pozo y $ 150 después de la multiplicación. Cada uno de los jugadores recibirá entonces $ 25 pero uno tendrá $ 35: los 25 del pozo más los 10 originales.

Después de varias rondas, los otros jugadores notarán que no todos contribuyen equitativamente, lo cual los induce a aportar menos al pozo común. El grupo pierde y nadie gana. Sin embargo, si los otros jugadores tienen la posibilidad de castigar al que hace trampa pagando un dólar para hacerlo perder tres dólares, lo harán, y el que viaja gratis dejará de hacerlo, ganando todos.

Mientras escribía estas líneas, la economía griega entraba en un estado de colapso. Años antes, en 2008, el economista Benedikt Hermann hizo la prueba de analizar, en determinadas zonas geográficas y distintas culturas, cómo reaccionaban distintas personas en distintas ciudades del mundo frente al juego del viajante gratuito. Descubrió que en ciudades como Boston, Copenhagen, Bonn y Seúl, las contribuciones voluntarias al pozo común eran altas. Eran mucho menores en Istambul, Riyad y Minsk, donde la economía estaba menos desarrollada, pero la más baja de todas fue en Atenas. Es más, cuando los jugadores castigaban a los que viajaban gratis, estos no solo no dejaron de hacerlo, sino que castigaron a los que los castigaban.[7] Donde el nivel de civismo público es bajo, la sociedad pierde coherencia, y la economía se estanca.

De ahí la brillantez de la reflexión de Maimónoides de que el segundo diezmo existió para crear el capital social, lazos de confianza y altruismo recíproco entre los pobladores, expresado en compartir el alimento con desconocidos en el sagrado sitio de Jerusalem. Amar a Dios nos ayuda a ser mejores ciudadanos y ser más generosos, contrarrestando el individualismo que hace que las democracias fallen.

SacksSignature

[1] Sifrei ad loc. Una versión más extensa de esta interpretación se halla en Sefer ha-Chinnuj comando 360

[2] Ver también Tosafot, Baba Batra 21ª, s.v. Ki Mi Tzion

[3] Guía para los Perplejos III: 39

[4] Ibid III: 46

[5] Alexis de Tocqueville, Democracy in America, Book II ch.2

[6] Putnam, Robert D., Robert Leonardi and Raffaella Nanetti. Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton UP,1993

[7] Herrmann, B., C. Thoni, and S. Gachter. “Antisocial Punishment Across Societies.” Science 319.5868 (2008): 1362-367.

 

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