La elección y sus dilemas (Toldot 5787)

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Es una de las escenas más conmovedoras emocionalmente de toda la Torá. Yaakov, vestido con la ropa de Esav, ha tomado la bendición de Esav. Se marcha y, poco después, entra Esav. Lo extraordinario no es lo que sucede a continuación, sino cómo lo describe la Torá, el lenguaje que utiliza y su arte narrativo:

Itzjak acababa de terminar de bendecir a Yaakov, y Yaakov apenas había salido de la presencia de su padre Itzjak, cuando su hermano Esav regresó de la cacería. También él había preparado una comida deliciosa y se la llevó a su padre. Entonces le dijo: “Que mi padre se siente y coma de la caza de su hijo, para que tu alma me bendiga”.

“¿Quién eres?”, preguntó su padre Itzjak.
“Soy tu hijo, tu primogénito, Esav”, respondió.
Itzjak fue presa de un violento temblor. “Entonces, ¿quién fue el que cazó una presa y me la trajo? Ya comí todo antes de que llegaras, y lo bendije… y bendecido quedará”.
Cuando Esav escuchó las palabras de su padre, lanzó un grito fuerte y amargo. Le dijo a su padre: “¡Bendíceme también a mí, padre mío!”.
“Tu hermano vino con engaño y tomó tu bendición”, respondió.
Esav dijo: “¿Acaso no se llama justamente Yaakov [el que se aferra al talón]? Dos veces me ha suplantado. Se llevó mi primogenitura y ahora se llevó mi bendición”. Y luego preguntó: “¿Acaso no te queda ninguna bendición para mí?”. […] Y Esav rompió a llorar en voz alta.
(Gén. 27:30-38)

En general, la Torá es parca en detalles, especialmente cuando se trata del estado emocional de sus personajes. Sus descripciones son sobrias y dejan que el lector complete lo que el texto omite: cómo son los personajes, dónde están, su lenguaje corporal y demás. Emmanuel Levinas tenía razón, sin duda, al considerar que esto constituye una invitación al Midrash, que convoca al lector a completar el texto en diálogo con la palabra escrita. La Torá se parece más a la radio que a la televisión: involucra activamente la imaginación de quienes la escuchan. Por eso, estamos ante un pasaje inusual por su explicitud literaria y la profundidad psicológica de su dramatismo.

Como lectores, sentimos con Itzjak y Esav, y también por ellos. Nos vemos atraídos hacia sus estados subjetivos. Entramos en la conciencia creciente de Itzjak, que empieza a darse cuenta de que ha sido engañado. También nos identificamos con Esav, cuyo primer pensamiento no es la traición ni el deseo de venganza, sino una decepción sencilla, aguda y conmovedora: “Bendíceme también a mí, padre mío”. Luego viene la impotencia de Itzjak: “Entonces, ¿qué puedo hacer por ti, hijo mío?”. Y finalmente, el llanto de Esav, aún más conmovedor si tenemos en cuenta lo que sabemos de él: es un hombre de campo, rudo en algunos aspectos e impulsivo en otros, alguien que no suele llorar, como más adelante lo hará Yosef. La escena de ambos juntos, padre e hijo, engañados y decepcionados, privados de lo que debería haber sido un momento de gran ternura e intimidad –el hijo alimentando al padre, el padre bendiciendo al hijo– resulta profundamente conmovedora. Podemos imaginar el cuadro que Rembrandt habría pintado de esta escena.

¿Por qué este detalle? La pregunta es inevitable. En la Torá, la forma sigue a la función. Nada es accidental. Si un texto presenta un rasgo estilístico marcado, es porque existe una razón para ello. A lo largo de todo el capítulo, nuestras simpatías se inclinan hacia Esav y no hacia Yaakov. No es que sintamos que Esav era el heredero legítimo del pacto, que la historia haya tomado un rumbo equivocado o que las cosas deberían haber sido diferentes. Evidentemente, no es así. Rivká favorece a Yaakov y, en Bereshit, las madres conocen a sus hijos mejor que los padres. Esav, el cazador, el hombre que “despreció su primogenitura” después de haberla vendido, claramente no estaba destinado a ser el fiel seguidor de un Dios invisible y trascendente. El pacto de Abraham debía pasar necesariamente por Yaakov, el hijo descrito como “un hombre tranquilo, que permanecía en las tiendas”. ¿Por qué, entonces, la Torá se esfuerza tanto, utilizando recursos estilísticos poco habituales, por despertar nuestras simpatías hacia Esav, introducirnos en su mundo y permitirnos ver las cosas desde su perspectiva? Antes de responder, debemos ampliar nuestra mirada y examinar lo que sabemos de él y de sus descendientes a partir del resto de la Torá.

La primera cuestión es que Esav sí recibe una bendición de Itzjak:

“De la riqueza de la tierra será tu morada, y del rocío del cielo que está arriba. Vivirás por tu espada y servirás a tu hermano; pero cuando te rebeles, sacudirás su yugo de tu cuello”.
(Gén. 27:39-40)

La “riqueza de la tierra” y el “rocío del cielo” no están tan limitados, da a entender Itzjak, como para que no haya suficiente para ambos. Es una bendición de la que los dos hijos pueden disfrutar sin que uno tenga que disminuir lo que recibe el otro. En cuanto a la supremacía de Yaakov, solo durará mientras no abuse de ella. Si actúa con una arrogancia injustificada, Esav simplemente “sacudirá su yugo” de su cuello. Aquí existe una base para la coexistencia.

La segunda perspectiva aparece cuando Esav se casa fuera de la familia y toma por esposas a dos mujeres hititas. Esto fue “una fuente de amargura” para Itzjak y Rivká, y le proporciona a ella el pretexto necesario para reconciliar a Itzjak con Yaakov, además de darle a Yaakov una excusa legítima para abandonar el hogar.1 La reacción de Esav es interesante. Él “comprendió que las mujeres cananeas desagradaban a su padre Itzjak” e intenta mejorar la situación tomando una tercera esposa: Majalat, hija de Ishmael. El gesto fracasa por dos razones evidentes: no se divorcia de sus otras esposas y tampoco ha interiorizado que Ishmael también fue descartado como heredero del pacto de Abraham. Esav no está especialmente dotado de inteligencia, pero se preocupa por su padre y no quiere causarle sufrimiento.

El tercer pasaje ocurre veintidós años después, cuando los hermanos finalmente vuelven a encontrarse. Este es uno de los grandes pasajes de la Torá, lleno de profundidad y resonancias. Sin embargo, la narración superficial es clara (y existe un principio rabínico: “La Escritura nunca se aparta de su sentido literal”). Yaakov está lleno de temor ante el encuentro, un miedo que lo lleva a realizar preparativos elaborados que incluyen plegaria, diplomacia y guerra, además de un combate nocturno, a solas, con un adversario cuyo nombre no se menciona. Sin embargo, cuando finalmente se encuentran, Esav corre hacia Yaakov, lo abraza, llora y no muestra ninguna de la hostilidad que alguna vez había sentido. El drama interior se desarrolla por completo en el alma de Yaakov. Esav, fiel a su carácter, es rápido para enojarse y también rápido para olvidar. Cuando Yaakov, suplicándole que acepte un regalo de ganado y rebaños, utiliza la expresión profundamente significativa “por favor, acepta mi bendición”, aludiendo a aquel acontecimiento de veintidós años atrás, Esav no muestra ninguna señal de comprender la insinuación. Esav no guarda rencor, no porque perdone, sino porque olvida. No es un Absalón.

El cuarto pasaje (en Bereshit 36) es la lista de los descendientes de Esav. A primera vista, no se diferencia de las muchas otras genealogías de Bereshit, pero contiene dos datos importantes, uno explícito y otro implícito. El primero es la afirmación: “Estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom antes de que reinara un rey sobre Israel”. El segundo es el contraste entre el versículo final del capítulo 36 y el versículo inicial del capítulo 37: “Estas son las tribus de Esav, cada una con sus propios asentamientos en las tierras de su herencia [eretz ajuzatam]… Mientras tanto, Yaakov vivió en la tierra donde su padre había residido como extranjero [be-eretz megurei aviv]”. La implicación no podría ser más clara. Los descendientes de Esav se establecen geográfica y políticamente mucho antes que los de Yaakov. Ellos no tienen que atravesar los giros y las vueltas de la historia del pacto: el exilio, la esclavitud, la redención y los años en el desierto. Ambos acabarán heredando la riqueza de la tierra y el rocío del cielo, pero para uno el camino es directo, mientras que para el otro no podría ser más complicado.

La quinta perspectiva, mucho más adelante, tiene que ver con la naturaleza de la relación entre los israelitas y los edomitas. Aquí destacan especialmente dos versículos. El primero es la instrucción de Dios a los israelitas:

“Están pasando junto a las fronteras de sus hermanos, los descendientes de Esav, que viven en Seír. Aunque ellos les temen, tengan mucho cuidado de no provocarlos. No les daré ni siquiera un pie de su tierra, porque he dado el monte Seír como herencia a Esav”.
(Deut. 2:4-5)

El segundo es un mandato igualmente enfático:

“No aborrecerás al edomita, porque es tu hermano”.
(Deut. 23:7)

No hay nada en estos mandatos que nos recuerde el conflicto eterno entre las dos naciones, anunciado antes de su nacimiento: “Dos naciones hay en tu vientre… un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor”. Durante la época bíblica hubo tensiones periódicas y cambios de fortuna en la relación entre Edom e Israel.2 Sin embargo, desde el punto de vista normativo, los israelitas tenían la obligación de respetar tanto a los edomitas como su tierra.

¿Qué debemos deducir de todos estos datos? En el nivel más elemental, aquí encontramos una humanidad que desafía todos los estereotipos y las categorías convencionales. Esav es un hijo amado por su padre, a quien él también ama. Este hecho es tan notable que, a pesar de la evaluación generalmente negativa de Esav en la literatura midráshica, logra sobresalir:

Rabí Shimón ben Gamliel dijo: “Ningún hombre honró jamás a su padre tanto como yo honré al mío, y sin embargo descubrí que Esav honraba a su padre todavía más que yo”.

Existe una marcada tendencia en el Midrash a separar a los personajes bíblicos en completamente buenos y completamente malos. Hay buenas razones pedagógicas para ello, como señala R. Zvi Hirsch Chajes en su Mavo ha-Aggadot (publicado al comienzo de las ediciones habituales de Ein Yaakov). Para que sirvan eficazmente como modelos de conducta, los héroes bíblicos deben ser presentados como consistentemente heroicos y los personajes que no lo son, como villanos sistemáticos.

Sin embargo, debajo de esta capa del Midrash, la Torá enseña un mensaje diferente e igualmente importante, aunque requiere cierta madurez para apreciarlo. A saber: incluso los héroes tienen defectos y quienes no son héroes tienen virtudes, y esas virtudes son importantes para Dios. “El Santo, bendito sea, no priva a ninguna criatura de su recompensa”, dijeron los Sabios. El Esav que emerge de la Torá no posee la fe de Abraham, la firmeza de Itzjak ni la perseverancia de Yaakov. Está hecho de una materia mucho más tosca. Pero no carece de humanidad, de lealtad filial ni de una disposición decente, aunque de temperamento irascible.

Esto también forma parte del mensaje de la Torá. Así como no podemos predecir de antemano las acciones de Dios (“Seré quien seré”, “Tendré misericordia de quien quiera tener misericordia y mostraré bondad a quien quiera mostrar bondad”), tampoco podemos anticipar dónde brillará la imagen de Dios en los asuntos humanos. Fueron los sectarios de Qumrán, y no los rabinos, quienes dividieron a la humanidad entre los “hijos de la luz” y los “hijos de la oscuridad”. Ese dualismo antropológico es tan ajeno al judaísmo como lo es el dualismo teológico.

Sin embargo, en la historia de Esav hay algo mucho más fundamental en juego. Tiene que ver con el concepto mismo de elección. El libro de Bereshit es, entre otras cosas, una profunda reflexión sobre lo que significa ser elegido y lo que significa no serlo. No cabe duda de que la elección tiene profundas consecuencias psicológicas para ambas partes. Ser elegido significa, como descubre Yaakov, una vida de grandes exigencias y enormes dificultades. “Pocos y malos han sido los días de mi vida”, le dice al faraón. Pero no ser elegido también resulta profundamente perturbador. Lo vemos una y otra vez: en las dos ocasiones en que Hagar es expulsada, en las relaciones entre Yosef y sus hermanos, y de manera más explícita en el caso de Leá y Rajel:

“[Yaakov] también se casó con Rajel, y amó a Rajel más que a Leá… [Dios] vio que Leá era odiada [senuá]…”.

He traducido esta última expresión literalmente para transmitir toda su fuerza, tan impactante, en hebreo. Por supuesto, Leá no era odiada. Simplemente se sentía rechazada. Sin embargo, la sensación de rechazo cala tan hondo que la Torá no duda en compararla con el sentimiento de ser odiada. Y quien se siente rechazado puede llegar a odiar a cambio. Por eso los hermanos “odian” a Yosef (el verbo aparece tres veces, una repetición significativa, en el capítulo 37).

El amor elige. Pero la elección crea distanciamiento, que conduce a la tensión y que, en ocasiones, puede desembocar en conflictos e incluso en violencia, potencial o real. Este es un tema que aparece casi desde el comienzo del relato bíblico, cuando la elección de Dios de la ofrenda de Abel y no la de Caín conduce al fratricidio.

En la historia de Esav se insinúa algo de las consecuencias más profundas posibles. La elección de uno no significa el rechazo del otro. Esav no es elegido, pero tampoco es rechazado. Él también tendrá su bendición, su herencia y su tierra. También tendrá hijos que se convertirán en reyes, que gobernarán en lugar de ser gobernados. También sus virtudes serán reconocidas, sobre todo su amor y respeto por su padre. No es casualidad que nuestras simpatías se inclinen hacia él, como si la Torá quisiera transmitir a toda la humanidad, para siempre, el siguiente mensaje: no todos son elegidos para las exigencias espirituales y existenciales del pacto de Abraham, pero todos son preciosos para Dios. Cada uno tiene su lugar en el orden de las cosas, cada uno posee sus propias virtudes, talentos y dones, y cada uno es valioso a los ojos de Dios. Como Dios le dirá más adelante a Jonás: “Te preocupas por esta planta, aunque no la cuidaste ni hiciste que creciera… ¿Y no habría Yo de preocuparme por Nínive, esa gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir entre su mano derecha y su izquierda, y también muchos animales?” (Jonás 4:10-11).

O, como dice el Salmo:

“El Señor es bueno con todos, y su compasión alcanza a todas sus criaturas”.
(Sal. 145:9)

Ser elegido no significa que los demás no lo sean. Sentir seguridad en nuestra relación con Dios no depende de negar la posibilidad de que otros también tengan una relación diferente con Él. Yaakov era amado por su madre y Esav por su padre. Pero ¿qué ocurre con Dios, que no es ni padre ni madre, sino ambos y mucho más que ambos? En realidad, solo podemos conocer nuestra propia relación con nuestros padres. Nunca podemos conocer la de otra persona. ¿Me aman más que a mis hermanos o hermanas? ¿Menos? Una vez planteada, esa pregunta no puede sino conducir a la rivalidad entre hermanos, uno de los temas centrales de Bereshit. Pero la pregunta es inválida. Ni siquiera debería ser necesario plantearla. Un buen padre ama a todos sus hijos y jamás piensa en darles “menos” amor a unos que a otros. El amor no se puede cuantificar. No admite comparaciones. Yaakov es Yaakov, heredero del pacto. Esav es Esav, que hace lo que hace, es lo que es y disfruta de su propia herencia y bendición. ¡Qué verdad tan sencilla y qué belleza y sutileza en la manera de transmitirla! Es uno de los mensajes más profundos de la Torá para la humanidad. Y qué profundamente necesita escucharlo el mundo de hoy, en una época de “choque de civilizaciones”.



ALREDEDOR DE LA MESA DE SHABAT

  1. Si ser elegido no significa que los demás sean rechazados, ¿cómo debería influir esto en la manera en que los judíos entienden su lugar entre los demás pueblos?

  2. ¿Qué nos enseña Esav sobre la importancia de reconocer la bondad en personas cuyos valores, decisiones o compromisos religiosos son diferentes de los nuestros?

  3. ¿Por qué resulta tan difícil aceptar que otra persona pueda ser amada y bendecida sin que eso disminuya lo que nosotros tenemos?


Edición familiar

CUESTIONES MORALES, DESARROLLADO POR SHOSH HILL

Toldot: el héroe que llevamos dentro

RESUMEN DE LA PARASHÁ

Después de esperar mucho tiempo y rezarle a Dios, Itzjak y Rivká son bendecidos con dos hijos gemelos, Esav y Yaakov. A medida que crecen, Yaakov se convierte en un estudioso de la Torá, mientras que Esav se convierte en cazador.

Esav vende impulsivamente su derecho de primogenitura a Yaakov a cambio de un plato de sopa de lentejas rojas. Cuando Itzjak ya es anciano y está ciego, siente que su vida se acerca al final y quiere bendecir a sus hijos. Envía a Esav a cazar y preparar una comida, con la intención de darle la bendición del primogénito. Rivká escucha la conversación y le dice a Yaakov que se disfrace de Esav. Yaakov lo hace y recibe la bendición. Cuando Esav descubre lo sucedido, queda desconsolado y le pide a su padre que también lo bendiga.

  • ¿Por qué Rivká no le dijo directamente a Itzjak quién creía ella que debía recibir la bendición?

  • Si mentir está mal, ¿por qué Yaakov aceptó engañar a su padre, tal como le sugirió Rivká?

  • ¿Puede surgir algo bueno de hacer algo malo?

Miremos más de cerca

הַבֲרָכָה אַחַת הִוא־לְךָ אָבִי

«¿Acaso no te queda una sola bendición, padre mío?» (Gén. 27:38)

EL RABINO SACKS NOS ENSEÑA:

“En ocasiones, el Midrash tiende a separar a los personajes bíblicos entre completamente buenos y completamente malos, y existen buenas razones para ello. Para que sirvan eficazmente como modelos de conducta, los héroes bíblicos deben ser vistos como consistentemente heroicos, y quienes no son héroes, como villanos. La Torá enseña un mensaje diferente e igualmente importante: incluso los héroes tienen defectos y quienes no son héroes tienen virtudes, y esas virtudes son importantes para Dios”.

CUESTIONES MORALES

¡HABLEMOS!

  • ¿Por qué creen que es importante que la Torá muestre que incluso los héroes cometen errores?

  • ¿Qué buenas cualidades creen que tenía Esav?

  • ¿Cómo puede ayudarnos a tratar a los demás con mayor justicia saber que incluso las personas “malas” tienen cualidades buenas?

Fuentes


  1. “Mi vida me resulta insoportable por culpa de estas mujeres hititas”, le dice a Itzjak. “Si Yaakov se casa con una mujer hitita como ellas… ¿para qué quiero seguir viviendo?” (Gén. 27:46). ↩

  2. Véase II Samuel 8:14; II Reyes 8:20. ↩

Traductores

Abraham Maravankin

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