Itzjak y la plegaria (Jaiéi Sará 5787)

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Una escena de la parashá de esta semana ha dejado una huella en la ley judía. Abraham ha enviado a su siervo a buscar una esposa para Itzjak. El siervo encuentra a Rebeca y la lleva consigo de regreso. El primer vistazo que ella tiene de su futuro esposo es significativo. Itzjak ha «salido al campo al atardecer para meditar». Es una imagen muy apropiada.

Itzjak es la figura silenciosa entre los héroes del Tanaj. Yaakov y Moshé conocen a sus futuras esposas junto a un pozo, donde realizan actos de valentía y bondad. En el caso de Itzjak, es Rebeca quien realiza el acto de bondad junto al pozo, e Itzjak ni siquiera está allí. En su lugar, ha sido enviado el siervo de su padre para encontrarla.

Itzjak es reservado, interior, introspectivo. En su matrimonio, Rebeca suele ser la parte más activa. Meditar en un campo: ese es el gesto característico de Itzjak. Es un hombre de psicología compleja. ¿Cómo podría no serlo? Atado y a punto de ser sacrificado cuando era niño, solo podemos imaginar la huella que aquel momento dejó en su alma. El resultado –pues la Torá suele darnos solo indicios indirectos de los sentimientos íntimos de las personas– es que Itzjak resulta curiosamente opaco. Sabemos menos de él que de casi cualquier otra personalidad de Bereshit.

El Talmud, más interesado en la halajá que en la psicología, extrae su propia conclusión del versículo. La «meditación» de Itzjak era una plegaria. «Al atardecer» significa por la tarde. Si la conducta de Itzjak tenía implicaciones normativas, eso significaba que él había instituido la Minjá, la plegaria de la tarde. ¿Qué relación hay entre los patriarcas y la plegaria?

El Talmud recoge una famosa discrepancia entre los Sabios acerca del origen de las tres plegarias diarias. ¿Eran un sustituto de los sacrificios que antiguamente se ofrecían en el Templo? ¿O sus orígenes se remontaban aún más atrás en la historia de Israel?

Está escrito: Rabí Iose, hijo de Rabí Janiná, dijo: «Las plegarias fueron instituidas por los patriarcas». Rabí Ieoshúa, hijo de Leví, dijo: «Las plegarias fueron instituidas para reemplazar los sacrificios diarios».
Se ha enseñado de acuerdo con Rabí Iose, hijo de Rabí Janiná, y también de acuerdo con Rabí Ieoshúa, hijo de Leví.
Se ha enseñado de acuerdo con Rabí Iose, hijo de Rabí Janiná: Abraham instituyó la plegaria de la mañana, como está dicho: «Abraham se levantó temprano por la mañana y fue al lugar donde había estado de pie». Y «estar de pie» significa elevar plegarias, como está dicho: «Entonces Pinjás se puso de pie y oró».
Itzjak instituyó la plegaria de la tarde, como está dicho: «Itzjak salió al campo a meditar al atardecer». Y «meditar» significa elevar plegarias, como está dicho: «Plegaria del afligido cuando desfallece y derrama su meditación ante el Señor».
Yaakov instituyó la plegaria de la noche, como está dicho: «Y encontró (vayifgá) un lugar» (vayifgá), y peguiá significa plegaria, como está dicho: «Por tanto, no ores por este pueblo, ni eleves por ellos súplica ni clamor, ni intercedas (tifgá) ante Mí».
Se ha enseñado de acuerdo con Rabí Ieoshúa, hijo de Leví: ¿Por qué dijeron que la plegaria de la mañana podía recitarse hasta el mediodía? Porque la ofrenda diaria de la mañana podía presentarse hasta el mediodía. Rabí Yehudá, sin embargo, dice que podía recitarse hasta la cuarta hora, porque la ofrenda diaria de la mañana podía presentarse hasta la cuarta hora.
¿Y por qué dijeron que la plegaria de la tarde podía recitarse hasta la noche? Porque la ofrenda diaria de la tarde podía presentarse hasta la noche. Rabí Yehudá, sin embargo, dice que podía recitarse solo hasta la mitad de la tarde, porque la ofrenda de la tarde podía presentarse únicamente hasta ese momento.
¿Y por qué dijeron que la plegaria de la noche no tenía límite? Porque las partes y la grasa que no se habían consumido en el altar al anochecer podían ofrecerse durante toda la noche.

En esta discrepancia hay más en juego que la halajá y la historia. Lo que está en cuestión es la naturaleza misma de la plegaria.

En el judaísmo bíblico había dos tradiciones espirituales distintas. Por un lado estaban los patriarcas y los profetas. Eran, si podemos expresarlo así, personas corrientes con dones extraordinarios, sobre todo el don de poder hablar y escuchar la voz de Dios. Los patriarcas eran pastores. Moshé también lo fue. No vestían ropas de autoridad. Vivían lejos de las ciudades de su tiempo. A solas, apartados del ruido de la civilización urbana, escuchaban la palabra de Dios y respondían a ella. Elevaban plegarias según lo exigía cada situación. No había dos plegarias iguales. Hablaban desde lo más profundo de su ser con Aquel que es la profundidad de todo Ser. Esa es la plegaria patriarcal y profética.

Había otro tipo de personalidad religiosa: el sacerdote. Él sí vestía ropas especiales propias de su función. Era un «hombre santo», separado de los demás –ese es el sentido original de kadosh, «santo», en el judaísmo–. Para él, avodá, el «servicio» divino, significaba ante todo ofrecer un sacrificio. Todo lo relacionado con los sacrificios estaba sujeto a reglas detalladas y prescriptivas. Los temidim, o sacrificios regulares, tenían su propio horario –por la mañana y por la tarde–, su propio lugar –el Santuario y, más tarde, el Templo– y un ritual definido con precisión, que nunca variaba y siempre era el mismo.

La espontaneidad, esencial para el profeta, resulta desastrosa para el sacerdote. Nadav y Avihú, los dos hijos de Aarón, llevados por el impulso del momento, presentaron una ofrenda por iniciativa propia durante la inauguración del Santuario y murieron como consecuencia. Si el profeta representa el «ahora» de la vida religiosa, el sacerdote representa la eternidad. Hablan a distintas dimensiones del alma y responden a distintas necesidades de la sociedad. Sin espontaneidad, el espíritu se marchita; sin estructura, cae en el caos. Sin profetas, la fe de Israel habría envejecido; sin sacerdotes, nunca habría podido convertirse en el código de una nación.

La cuestión que enfrentaba a Rabí Iose, hijo de Rabí Janiná, y a Rabí Ieoshúa, hijo de Leví, era, por tanto, la siguiente: ¿a cuál de estas tradiciones pertenecía la plegaria? ¿A la de los patriarcas o a la de los sacerdotes? ¿A la súplica o al sacrificio? ¿Al diálogo personal del alma o al culto colectivo de la nación?

Uno de los hechos más notables y menos señalados del judaísmo es que hasta hoy mantenemos ambas prácticas, porque recitamos cada Amidá –la plegaria de pie– dos veces: primero en privado y en silencio, como individuos, y luego una segunda vez en público y colectivamente, como comunidad, en la repetición del oficiante. La plegaria silenciosa pertenece al mundo de Abraham, Itzjak y Yaakov, de Rajel y Janá: es privada, personal y puede incluir peticiones individuales, dentro de ciertos límites halájicos. La repetición del oficiante sigue la lógica de los sacrificios. Por eso no hay repetición en el caso de Maariv, el servicio vespertino, ya que en el Templo no había sacrificios nocturnos. De este modo, conservamos tanto la tradición patriarcal como la sacerdotal.

También es significativo que las plegarias tengan caracteres distintos, de acuerdo con las diferentes personalidades y trayectorias vitales de los patriarcas.

Mi predecesor, el difunto lord Jacobovits, de bendita memoria, solía señalar que la posición del sol en las distintas etapas del día reflejaba la de los propios patriarcas. Por la mañana, el sol está en el este, y Abraham comenzó su vida en el este, en Ur de los caldeos, es decir, Mesopotamia. A primera hora de la tarde, el sol se encuentra en lo alto, en el centro del cielo, lo que nos recuerda a Itzjak, que pasó toda su vida en la tierra de Canaán, que más tarde se convertiría en Israel. Al atardecer, el sol está en el oeste, como Yaakov, que terminó su vida en el oeste, exiliado en Egipto.

El carácter propio de los distintos momentos del día también se refleja en la vida de los tres patriarcas. Abraham es la mañana: el amanecer de una nueva fe. Fue él quien rompió los ídolos de su padre, al reconocer las contradicciones internas del politeísmo y el paganismo. Su trayectoria religiosa comenzó con un viaje que lo alejó de su hogar, de su lugar de nacimiento y de la casa de su padre, para dirigirse a un destino nuevo y desconocido. Abraham representa el comienzo: un nuevo capítulo en la historia religiosa de la humanidad.

Itzjak es la tarde. No hay nada espectacular en la tarde; no se produce ningún cambio cualitativo de la oscuridad a la luz o del día a la noche. En cambio, hay una transición lenta, un cambio casi imperceptible. Itzjak es el puente entre el día y la noche, y entre las vidas de Abraham y Yaakov, ambas llenas de acontecimientos dramáticos. Su propia vida es relativamente tranquila y pasiva. No es quien impulsa los acontecimientos. Sin embargo, sin un puente no podemos pasar de un ámbito a otro. Si Abraham es el iconoclasta, Itzjak representa el valor sereno de la continuidad, sin la cual todo el proyecto del pacto llegaría a su fin.

Yaakov es la noche. De noche contempla su gran visión de la escalera y los ángeles. De noche lucha con un adversario desconocido. Termina sus días en el exilio, al comienzo de la larga y oscura noche de la esclavitud. La gran fortaleza de Yaakov es que no deja ir. Nace aferrado al talón de su hermano. Se niega a soltar al desconocido que lucha con él. Si Abraham representa la originalidad e Itzjak la continuidad, Yaakov representa la tenacidad.

Los verbos asociados a cada uno también son diferentes. Abraham «se levanta temprano por la mañana» y «se pone de pie». En lo que respecta a la plegaria, él toma la iniciativa. Aunque reconoce que no es más que «polvo y ceniza», pronuncia la plegaria más audaz de todos los tiempos: «¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará justicia?». Esa es la plegaria como amidá.

Yaakov, en cambio, «se encuentra» con algo. No es él quien busca a Dios cuando huye de su hogar; es Dios quien lo busca a él. La expresión que usa la Torá justo antes de que Yaakov contemple la escalera de los ángeles es vayifgá ba-makom, que en hebreo rabínico podría interpretarse como «se topó con Dios». Hay experiencias espirituales que vivimos cuando menos las esperamos: cuando estamos solos, asustados o pensando en algo completamente distinto. Esa fue la visión de la plegaria de Yaakov. No todo en la vida del espíritu está bajo nuestro control. Las grandes experiencias transformadoras –el amor, una súbita sensación de belleza, una oleada de felicidad– suceden de manera imprevisible y nos dejan, en la célebre expresión de Wordsworth, «sorprendidos por la alegría». La grandeza de la revelación de Yaakov es que tuvo lugar de noche, en medio del miedo y la huida. Esa es la plegaria como peguiá.

Hay un tercer tipo de plegaria. Itzjak está «meditando» en el campo, pero la palabra sijá, en el hebreo moderno, no significa solo meditación, sino también, y sobre todo, conversación. Cuando el Talmud dice, en relación con Itzjak, ein sijá ela tefilá, podríamos traducirlo como «la conversación es una forma de plegaria», y en un sentido profundo es así. La plegaria es una conversación entre el cielo y la tierra. Pero la conversación también es una plegaria, porque en una conversación auténtica me abro a la realidad de otra persona. Entro en su mundo. Empiezo a ver las cosas desde una perspectiva que no es la mía. En el encuentro entre dos seres, ambos cambian.

Por eso, una conversación humana genuina es una preparación para la plegaria y una versión en miniatura de ella. En la plegaria presto atención a la presencia de Dios: escucho además de hablar, y me abro a una realidad distinta de la mía e infinitamente más vasta. Como resultado, me convierto en una persona diferente. La plegaria no es un monólogo, sino un diálogo. Antes de cada Amidá decimos: «Dios, abre mis labios, y mi boca proclamará Tu alabanza». En un sentido real, por tanto, cuando oramos no solo hablamos; también se nos habla y se habla a través de nosotros. Dios –y las tradiciones de la fe judía– hablan a través de nosotros. Las palabras que usamos ni siquiera son nuestras: pertenecen a miles de años de historia de nuestro pueblo, a su encuentro con Dios y a la manera en que expresó su respuesta. La plegaria es como una conexión eléctrica. Mientras dura, nos convertimos en un canal por el que fluye la energía del universo –la creación– y de la historia judía –la redención–, y hacemos nuestra esa energía. Esa es la plegaria como sijá.

Así pues, hay tres modos de espiritualidad, y experimentamos cada uno de ellos a lo largo de un solo día. Está la búsqueda humana –Abraham, la plegaria de la mañana–, el encuentro divino –Yaakov, la plegaria de la noche– y el diálogo –Itzjak, la plegaria de la tarde–. De ese modo, tres acontecimientos de la vida de los patriarcas –el madrugar de Abraham, la meditación de Itzjak en un campo y la visión nocturna de Yaakov– se convirtieron no solo en hechos del pasado, sino en posibilidades permanentes para quienes seguimos sus pasos, guiados por su precedente, elevados por su ejemplo, enriquecidos por su espíritu y convocados a alcanzar sus alturas.


Preguntas para la mesa de Shabat

  1. El judaísmo mantiene unidas la espontaneidad y la estructura en la plegaria. ¿Cómo podemos preservar tanto la sinceridad espiritual personal como la disciplina de una práctica religiosa heredada?
  2. Los patriarcas representan distintas experiencias espirituales. ¿Cuál nos resulta más familiar y qué podríamos aprender de las demás?
  3. El Rabino Sacks describe la conversación auténtica como una forma de plegaria, porque nos abre a la realidad de otra persona. ¿Qué hace que una conversación nos transforme? ¿Puede suceder lo mismo en la plegaria?

Edición familiar

ASUNTOS MORALES, DESARROLLADO POR SHOSH HILL

Jaiéi Sará: Dar un poco más

Resumen de la parashá

Al comienzo de la parashá de esta semana nos enteramos de la triste noticia de que Sará, la querida esposa de Abraham, ha fallecido. Abraham la entierra en la cueva de Majpelá, en la ciudad de Hebrón.

Algún tiempo después, Abraham envía a su siervo a su tierra natal, Aram Naharayim, para encontrar una esposa para su hijo Itzjak. Cuando el siervo llega, reza a Dios para que lo guíe hacia la mujer adecuada. Poco después, Rivká aparece junto al pozo. Es hija de Betuel, hijo de Najor, hermano de Abraham. Por sus palabras y sus acciones, el siervo de Abraham reconoce que Rivká es, en efecto, la pareja adecuada para Itzjak. Rivká no solo se ofrece a sacar agua para el siervo, sino que también se ofrece a sacar agua para sus diez camellos.

¿Por qué crees que Abraham envió a su siervo a buscar una esposa para Itzjak, en lugar de ir él mismo?

¿Cómo supo el siervo que Rivká era la persona adecuada para Itzjak? ¿Ella hizo algo que te recuerde a las acciones de Abraham en el pasado?

Miremos más de cerca

גַּם לִגְמַלֶּיךָ אֶשְׁאָב

(Gén. 24:19)

«También sacaré agua para tus camellos».

El Rabino Sacks nos enseña:

«Mientras satisface la petición de agua del desconocido, Rivká identifica una necesidad que él no ha mencionado y también la atiende.

La ética judía tiene los pies bien puestos en la tierra. Si alguien necesita algo, dáselo. Si alguien está solo, invítalo a tu casa. Si alguien que conoces ha perdido recientemente a un ser querido, visítalo y consuélalo. Si sabes de alguien que ha perdido su trabajo, haz todo lo posible por ayudarlo a encontrar otro. Los Sabios llamaron a esto “imitar a Dios”».

Cuestiones morales: ¡hablemos!

Rivká hace más de lo que le piden. ¿Por qué puede ser importante darse cuenta de lo que otra persona necesita? ¿Por qué es mejor que hacer exactamente lo que te han pedido?

Los Sabios llaman a este tipo de bondad «imitar a Dios». ¿Te gusta la idea de que podemos actuar más como Dios por la manera en que tratamos a los demás? ¿Por qué?

La bondad de Rivká requiere esfuerzo y tiempo. ¿Deberíamos ayudar siempre a los demás, incluso cuando nos resulta incómodo? ¿Por qué sí o por qué no?

Traductores

Abraham Maravankin

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