Rabino Sacks Shemini 5776 – Los peligros del entusiasmo

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Los peligros del entusiasmo

Shemini – 2 de abril, 2016 / 23 Adar II 5776

Rabino Sacks Shemini 5776 [PDF] 

Hurgar en la historia de las palabras a veces suele resultar tan revelador como excavar las ruinas de una ciudad antigua. Tomemos la palabra «entusiasmo». Hoy en día denota un sentido positivo. Un diccionario la define como «un sentimiento de enfático interés sobre un tema o actividad  en particular, y una avidez para involucrarse». Las personas con entusiasmo tienen brío, pasión y una excitación que suele ser contagiosa. Es uno de los dones que suele tener un gran maestro o un líder. La gente sigue a los apasionados. Si uno quiere influenciar a otros, debe generar entusiasmo.

Pero la palabra no siempre tuvo una connotación favorable. Originariamente se refería a los poseídos por un espíritu o demonio. En la Inglaterra del siglo XVII se usaba para denominar a las sectas protestantes extremistas y revolucionarias, y en forma general a los puritanos que combatían en la Guerra Civil Inglesa. Se convirtió en sinónimo de extremismo religioso, de fanatismo, y se veía como algo irracional, volátil y peligroso.

David Hume (1711-1776) el filósofo escocés, escribió un ensayo fascinante sobre el tema (1). Comienza señalando que «la corrupción de las cosas mejores produce las peores» y que esto es especialmente válido en referencia a la religión. Existen, dice, dos formas en que a una religión le puede ir mal: por la superstición o por el entusiasmo, fenómenos bastante dispares.

La superstición se produce por la ignorancia y el temor. Podemos tener a veces ansiedades y temores irracionales, y los enfrentamos apelando a remedios igualmente irracionales. El entusiasmo es lo opuesto: es el resultado del exceso de confianza. El entusiasta en estado de éxtasis religioso, tiende a creer que ha sido inspirado por Dios mismo y por lo tanto está dispuesto a ignorar el control y la razón.

El sentimiento de entusiasmo «se cree suficientemente calificado como para dirigirse a la Divinidad, sin ningún mediador humano.» La persona atrapada por este estado está tan absorbida por lo que considera el éxtasis sagrado, que siente que puede trasgredir las normas que gobiernan la conducta sacerdotal. «El fanático se consagra a sí mismo y se auto asigna un carácter sagrado, muy superior a lo que las normas y conductas ceremoniales pueden conferir a ningún otro.» Las normas y reglamentaciones, piensa el entusiasta, son para gente normal, no para uno. Nosotros, con la inspiración de Dios, sabemos más. Eso, decía Hume, puede ciertamente ser muy peligroso.

Tenemos una descripción precisa del pecado por el cual murieron los dos hijos mayores de Aarón, Nadav y Avihu. La Torá claramente considera que sus muertes son altamente significativas ya que se refiere a ellas en no menos de cuatro ocasiones (Lev. 10: 1-2, 16: 1, Num. 3: 4 y 26: 61). Fue una tragedia impactante, sobre todo por haber ocurrido en el día de la inauguración del servicio del Mishkan, un evento que debería haber sido una de las grandes celebraciones de la historia judía.

Los sabios mismos estuvieron perplejos por el episodio. El texto dice solamente que «ellos ofrecieron un fuego extraño (esh zará) ante el Señor, algo que Él no había ordenado, por lo que el fuego salió de la presencia del Señor, los consumió, y murieron frente al Señor.» Los sabios evidentemente sintieron que había alguna otra cosa, otro pecado o defecto de carácter como para justificar un castigo tan extremo y trágico.

Juntando claves del texto bíblico, los estudiosos especularon con que fueron culpables de entrar en el Recinto Sagrado (2); que habían tomado decisiones por su cuenta sin consultar con Moshé y Aarón; que no estaban suficientemente bien vestidos; que estaban intoxicados; que no se habían purificado con el agua del cántaro; que se consideraban a sí mismos tan importantes que permanecieron solteros, en la convicción de que ninguna mujer era lo suficientemente buena para ellos; o que estaban esperando con impaciencia la muerte de Moshé y Aarón para  reemplazarlos como líderes de Israel.

Algunos especulan que el pecado por el que fueron castigados no ocurrió en absoluto en ese día, sino meses antes en el Monte Sinaí. El texto dice que Nadav y Abihu, junto con setenta ancianos ascendieron al monte y «vieron al Dios de Israel» (Ex. 24: 10). Dios «no alzó la mano contra los líderes de los israelitas; ellos vieron a Dios, y comieron y bebieron» (Ex. 24: 11). La implicancia es que merecieron el castigo por no desviar la vista, y por dedicarse a comer y beber en un encuentro tan sagrado. Pero Dios demoró el castigo para no producir dolor en el día en que celebraba el pacto con el pueblo. (3)

Estas son todas interpretaciones midráshicas: verdaderas, válidas e importantes, pero no tienen en cuenta el sentido simple del texto. En cada una de las tres ocasiones en que se menciona su muerte, la Torá dice simplemente que «ofrecieron un fuego extraño.» El pecado que cometieron fue que hicieron algo que no les fue ordenado. Seguramente lo hicieron por los más elevados motivos. Moshé le dijo a Aarón poco después de la muerte de sus hijos que eso fue lo que quería decir Dios cuando dijo «Entre aquéllos que están cerca de Mí seré santificado» (Lev. 10: 3) Un midrash dice que Moshé estaba reconfortando a su hermano al decir: «ellos estaban más cerca de Dios que tú o yo» (4)

La historia de la palabra «entusiasmo» nos ayuda a comprender este episodio. Nadav y Abihu eran «entusiastas», no en el sentido contemporáneo de la palabra sino en el que se utilizaba en los siglos XVII y XVIII. Los entusiastas eran personas que, llenos de pasión religiosa, creían que Dios los estaba inspirando para hacer cosas que desafiaban las convenciones y las leyes. Eran sagrados, pero también potencialmente muy peligrosos. David Hume observó especialmente que el entusiasmo en este sentido era diametralmente opuesto a la mentalidad sacerdotal. En sus palabras, «todos los entusiastas han estado libres del yugo de los eclesiastas, y han expresado una gran independencia de la devoción; y un desprecio por las formas, ceremonias y tradiciones.»

Los sacerdotes comprenden el poder, y por lo tanto el peligro potencial, de lo sagrado. Es por eso que en los lugares sagrados los tiempos y rituales deben ser regidos por normas, de la misma forma que una central nuclear debe estar protegida por medio de la más rigurosa aislación. Pensemos en los accidentes que han ocurrido por fallas de este tipo: Chernobyl, por ejemplo o Fukushima en Japón en 2011. Los resultados pueden ser devastadores y persistentes.

Llevar un fuego extraño al Tabernáculo puede parecer una trasgresión menor, pero un solo acto no autorizado en el seno de lo sagrado crea una fisura en las leyes que con el tiempo puede transformarse en una importante grieta. El entusiasmo, así como puede parecer inofensivo en algunas de sus manifestaciones, puede transformarse rápidamente en extremismo, y en violencia religiosa fanática. Es eso lo que ocurrió en Europa durante las guerras religiosas en los siglos XVI y XVII y es lo que está pasando en algunas religiones hoy en día. Como observó Hume: «La razón humana y hasta la moralidad son rechazadas (por los entusiastas) por considerarlas guías falaces, y el fanático enloquecido se entrega ciegamente» a lo que él cree que es la inspiración Divina pero que en realidad puede ser un rencor frenético o una autovaloración extrema.

Ahora sabemos en detalle que el cerebro humano contiene dos sistemas diferentes, lo que Daniel Kahneman llamó «pensamiento rápido y lento». El cerebro rápido es el sistema límbico que produce las emociones, y especialmente la respuesta al temor. El cerebro lento es la corteza prefrontal que es racional, deliberativa, y capaz de analizar las consecuencias a largo plazo de las vías alternativas de acción. No es casual que tengamos ambos sistemas. Sin la respuesta intuitiva disparada por una situación de peligro, no podríamos sobrevivir. Pero sin el sector lento, deliberativo, nos encontraríamos teniendo una y otra vez  comportamientos destructivos y autodestructivos. La felicidad individual y la supervivencia de la civilización dependen del delicado equilibrio entre los dos.

Precisamente porque da origen a pasiones tan intensas, la vida religiosa en particular necesita los límites de la ley y del ritual, el minué delicado y completo del culto, para que el fuego de la fe pueda ser contenido, dando una luz y una imagen de la gloria de Dios. Caso contrario puede transformarse en un infierno sin control, desparramando destrucción y cobrando vidas humanas. En Occidente, después de muchos siglos, hemos contenido el entusiasmo al punto de que lo podemos considerar como una fuerza positiva. Pero, sin embargo, no debemos olvidar que no fue siempre así. Es por eso que el judaísmo tiene tantas leyes y dedica tanta atención al detalle – que cuanto más nos acercamos a Dios, más necesitamos.

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(1) David Hume, Of Superstition and Enthusiasm»  en Essays, Moral, Political, and Literary (1742-1754)

(2) Basado en la expresión en Lev.16: 1, que los dos hijos de Aarón murieron cuando «se acercaron al Señor» implicando que se habían acercado demasiado, o sea  que entraron en el Recinto Sagrado.

(3) Los setenta ancianos fueron castigados luego. Ver Rashi a Ex, 24: 10.

(4) Midrash Agadá (Buber) ad loc.

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