El nacimiento del perdón (Vaigash 5782)

Descarga aquí el ensayo en PDF


  

Hay instancias que cambian el mundo. Por ejemplo, cuando Johannes Guttenberg inventó la imprenta de tipos móviles en 1493 (aunque los chinos la habían inventado cuatro siglos antes); o cuando Faraday inventó el motor eléctrico en 1821; o cuando Tim Berners-Lee creó la red global (World Wide Web, www) en 1990. Hay algo semejante en la parashá de esta semana y de alguna forma puede haber sido no menos transformadora que las anteriores. Ocurrió cuando finalmente Iosef reveló su identidad ante sus hermanos. Cuando ellos quedaron mudos y en estado de shock, les dijo estas palabras:

“Yo soy vuestro hermano Iosef, al que ustedes vendieron a Egipto. Y ahora, no estén angustiados ni enojados con vosotros mismos por haberme vendido aquí, porque fue para salvar vidas que Dios me envió delante de ustedes…no fueron ustedes los que me enviaron aquí sino Dios.”(Génesis 45: 4-8)

Este es el primer registro de un momento histórico en el que un ser humano perdona a otro. 

Según el midrash, Dios había otorgado un perdón antes de este episodio1,  pero no siguiendo el sentido llano del texto. El perdón brilla por su ausencia en los relatos del Diluvio, de la Torre de Babel y de Sodoma. Cuando Abraham rezó audazmente en favor del pueblo de Sodoma, no le pidió a Dios que lo perdone. Su propuesta se refería a la justicia, no al perdón. Quizá habría personas inocentes allí, cincuenta o al menos diez. Habría sido injusto que murieran. Lo meritorio sería salvarlos, dice Abraham. Eso es bastante distinto a pedirle a Dios que los perdone.

Iosef perdonó. Esa fue la primera vez en la historia. Pero la Torá da a entender que los hermanos no captaron plenamente el significado de sus palabras. Después de todo, no pronunció explícitamente la palabra ‘perdonar’. Les dijo que no se angustiaran.  Dijo: “no fueron ustedes sino Dios”. Les dijo que su acción resultó, de alguna forma, positiva. Pero en teoría, todo esto sería compatible con hallarlos culpables y merecedores de castigo. Es por eso que la Torá cuenta un segundo evento años más tarde, después de la muerte de Yaakov. Los hermanos piden tener una reunión con Iosef temiendo que ahora él se vengara. Por eso prepararon este relato:

Enviaron un mensaje a Iosef diciendo: “Tu padre dejó estas instrucciones antes de morir: ‘Esto es lo que deben decirle a Iosef: Pido que él los perdone por los pecados y maltratos que han cometido’. Ahora por favor perdona los pecados de los servidores del Dios de vuestro padre”. Cuando recibió el mensaje, Iosef lloró. (Génesis 50: 15-18)

Lo que ellos dijeron fue una mentira piadosa, pero Iosef entendió por qué fue. Los hermanos usaron la palabra “perdonar” (la primera vez que aparece en la Torá) porque todavía no tenían la certeza de lo que quiso decir Iosef. ¿Es posible que alguien que haya sido vendido como esclavo pueda perdonar? Iosef lloró porque sus hermanos no lograron comprender que él los había perdonado ya tiempo atrás. No estaba enojado, resentido ni con deseo de venganza. Había dominado sus emociones y reformulado su comprensión de los hechos.

El perdón no aparece en todas las culturas. No es una cualidad humana universal ni un imperativo biológico. Esto lo sabemos por el trabajo del clasicista norteamericano David Konstan, Before Forgiveness: The Origins of a Moral Idea  (Antes del perdón: los orígenes de una idea moral)(2010)2. Ahí argumenta que no existía el concepto del perdón en la literatura griega antigua. Había otra cosa, muchas veces confundida con el perdón: el aplacamiento de la ira. 

Cuando una persona provoca un daño a otra, la víctima se enfurece y busca vengarse. Esto es decididamente peligroso para el causante y podría intentar calmar a la víctima y olvidarse del asunto. Pueden esgrimirse diversas excusas: no fui yo, fue otro. O, sí, fui yo, pero no lo pude evitar. O efectivamente, fui yo, pero en el pasado te he hecho tanto bien que este hecho insignificante lo puedes dejar pasar.

Alternativamente, o junto con estas estrategias, el causante puede rogar, argumentar, o realizar algún ritual de degradación o de humillación. Es la manera de decirle a la víctima: “realmente, no soy una amenaza para ti”. La palabra griega sugnome, a veces traducida como perdón, en realidad según Konstan, significa exculpación o absolución. No es que te perdoné por lo que hiciste, sino que comprendo por qué lo has hecho: no pudiste evitarlo, las circunstancias estaban fuera de tu control o alternativamente, no tengo por qué vengarme porque dada tu actitud me has demostrado el respeto adecuado. Mi dignidad ha sido restablecida.

Hay un ejemplo clásico de una situación de apaciguamiento en la Torá. El comportamiento de Yaakov frente a Esav cuando se encuentran después de una larga separación. Yaakov huye de su casa al escuchar de Raquel la intención de Esav de matarlo luego de que de Ytzjak fallece (Génesis 27: 41). Antes del encuentro, Yaakov le envía un importante obsequio de ganado, diciendo: “Yo lo aplacaré con el obsequio que va antes de mí y después veré su rostro; quizás me acepte” (Génesis 32: 21).

Cuando los hermanos se encuentran, Yaakov se inclina ante Esav siete veces, un clásico ejemplo de autodegradación. Los hermanos se abrazan, se besan y va cada uno por su camino, no porque Esav haya perdonado a Yaakov, sino porque lo ha olvidado o ha sido aplacado.

El apaciguamiento como método de solución de conflictos existe hasta en los animales. Frans de Waal, estudioso de los primates, ha descrito rituales de apaciguamiento entre chimpancés, bonobos y gorilas de montaña3.  Hay luchas por la dominación entre los animales sociales, pero también existen formas de restaurar la armonía del grupo, por razones de supervivencia. O sea que existen conductas de apaciguamiento que son pre-morales y han existido desde los orígenes de la humanidad.

Pero no así el perdón. Konstan opina que la primera vez ocurre en la Biblia Hebrea, y cita el caso de Iosef. Lo que no aclara es por qué perdona Iosef, ni por qué la idea y el concepto nacen específicamente en el judaísmo.

La respuesta es que con el judaísmo nació una nueva moralidad. El judaísmo es (principalmente) una ética de la culpa, a diferencia de la mayoría de los otros sistemas que son éticas de la vergüenza. Una de las diferencias fundamentales entre las dos es que la vergüenza queda ligada a la persona. La culpa está ligada al acto. En las culturas de la vergüenza, cuando una persona comete un acto reprobable, esa persona queda marcada, manchada, profanada. En las culturas de la culpa lo que está mal es el acto, no el causante, no el pecador sino el pecado. La persona mantiene su valor fundamental (“el alma que nos has dado es pura,” como decimos en los rezos). Es el acto el que de alguna forma debe ser corregido. Es por eso que en las culturas de la culpa hay procesos de arrepentimiento, expiación y perdón. 

Eso es lo que explica el comportamiento de Iosef desde que aparecieron sus hermanos en Egipto por primera vez hasta el punto, en la parashá de esta semana, donde revela su identidad y perdona a sus hermanos. Es un caso de libro, el hecho de brindar a sus hermanos un curso de expiación, el primero en la  literatura. Iosef les está enseñando, y la Torá nos enseña a nosotros, lo que es ganarse el perdón. 

Recordemos lo ocurrido. Primero los acusa de un crimen que no han cometido. Dice que son espías. Los encarcela durante tres días. Después, tomando a Simón de rehén, les dice que deben volver a su hogar y traer consigo a Benjamín, el hermano menor. En otras palabras, los obliga a reproducir la escena en la cual vuelven a enfrentar a su padre con la ausencia de uno de los hermanos, Iosef. Vean lo que ocurre a continuación. 

Se dijeron uno al otro, «Ciertamente merecemos ser castigados (ashemim) debido al episodio de nuestro hermano. Nosotros vimos cuán angustiado estaba cuando nos rogó por su salvación, pero no quisimos escucharlo; es por eso que esta angustia ha descendido sobre nosotros «…Ellos no advirtieron que Iosef entendía todo lo que hablaban porque estaba usando un traductor. (Génesis 42: 21-23).

Esta es la primera etapa del arrepentimiento. Admitieron que habían obrado mal

Luego, después del segundo encuentro, Iosef hace que coloquen su copa de plata en el saco de Benjamin. Se descubre esta prueba incriminatoria y los hermanos son traídos de vuelta. Les dicen que Benjamin debe ser retenido como esclavo. 

«¿Qué podemos decir a mi señor? «replica Judá. ¿Cómo podemos demostrar su inocencia? Dios ha descubierto la culpabilidad de vuestros servidores. Somos ahora los esclavos de mi señor – todos nosotros y el que tuvo la copa» (Génesis 44: 16).

Esta es la segunda etapa del arrepentimiento. Por último, confiesan. Más que eso, admiten su responsabilidad colectiva. Esto es importante. Cuando los hermanos vendieron a Iosef, fue Judá el que lo propuso (Génesis 37: 26-27) con la complicidad de todos los demás, salvo Rubén. 

Por último, en el momento culminante de la historia, Judá mismo dice: «Entonces permítame permanecer aquí como esclavo en lugar del muchacho. ¡Déjelo volver con sus hermanos! «(Génesis 42: 32)

Judá, quien vendió a Iosef como esclavo, está dispuesto a entregarse con tal de que sea liberado su hermano Benjamin. Esto es lo que los sabios y Maimónides definen como el arrepentimiento completo, o sea, cuando las circunstancias se repiten y tiene la posibilidad de repetir la acción pero no lo hace, porque ha cambiado. 

Ahora Iosef puede perdonar, porque sus hermanos, liderados por  Judá, han pasado por las tres etapas del arrepentimiento : 1) admitir la culpa. 2) confesar y 3) cambiar la conducta. 

El perdón sólo existe en la cultura en la que existe el arrepentimiento. El mismo presupone que somos entes libres y moralmente responsables capaces de cambiar, específicamente cuando reconocemos que hemos hecho algo que está mal de lo cual somos responsables, y que no lo volveremos a hacer. La posibilidad de que esa transformación fuera factible en la Grecia antigua ni en cualquier otra cultura pagana, sencillamente no existía. En el caso de Grecia, era una cultura de vergüenza y honor que giraba sobre el doble concepto de carácter y destino4.  El judaísmo era, en cambio, la cultura del arrepentimiento y perdón cuyos conceptos centrales eran la voluntad y la elección. La idea del perdón fue adoptada por el cristianismo haciendo que la ética judeo-cristiana fuera el vehículo principal del perdón en la historia.

Arrepentimiento y perdón no son solo ideas entre muchas otras. Transformaron la situación humana. Por primera vez el arrepentimiento estableció la posibilidad de no estar condenado eternamente a repetir el pasado. Cuando me arrepiento, muestro que puedo cambiar. El futuro no está predestinado. Puedo hacer que sea distinto a lo que podría haber sido. El perdón nos libera del pasado. Rompe la irreversibilidad de la reacción y la venganza. Es el acto de deshacer lo ya hecho5

La humanidad cambió el día que Iosef perdonó a sus hermanos. Cuando perdonamos y somos dignos de ser perdonados, ya no somos prisioneros del pasado. La vida moral es la que abre el espacio para el perdón.


  1. ¿Cualquier persona es capaz de cambiar? 
  2. ¿Todos pueden ser perdonados? 
  3. ¿Quién es el principal beneficiado del acto de perdonar?

  1. Hay sugerencias midráshicas de que Dios parcialmente, o al menos mitigo los castigos de Adam, Eva y Abel. Se decía que Ishmael se había convertido en un penitente, y hay interpretaciones midráshicas que identifican a Keturah, la mujer con la que se casó Abraham después de que Sara falleciera, con Hagar, lo que implica que Abraham e Isaac se reunieron y reconciliaron con la sirvienta de Sara y su hijo.
  2. David Konstan, Before Forgiveness: the origins of a moral idea.Cambridge: Cambridge University Press, 2010.
  3. Frans de Wal, Peacemaking among Primates, Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989.
  4. Ver Bernard Williams, Shame and Necessity,Berkeley:University of California Press, 1993.
  5. Hannah Arendt señala este punto en el documento The Human Condition, Chicago: University of Chicago Press, 1958, 241.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan