Las ligaduras de Ytzjak   (Vaierá 5782)

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“Toma a tu hijo, tu único hijo, el que amas – Ytzjak – y ve a la tierra de Moriá. Ofrécelo allí como sacrificio ígneo en la montaña que Yo te indicaré.”

Génesis 22: 2

Así comienza el más famoso de los episodios de la Torá, pero además uno de los más moralmente problemáticos. La lectura convencional de este pasaje es que a Abraham se le estaba pidiendo una demostración de que su amor por Dios era supremo. Podría demostrarlo mediante la voluntad de sacrificar a su hijo, el que había estado esperando toda una vida.  

¿Por qué tenía que “probar” Dios a Abraham, dado que Él conoce al corazón humano más que nosotros mismos? Maimónides responde que Dios no necesita que Abraham compruebe su amor por Él. Más bien la prueba era una manera de demostrar, para todos los tiempos, cuál es el alcance del temor y el amor hacia Dios.1  

Sobre este principio hay poca discusión. La historia trata del temor y el amor por Dios. Kierkegaard escribió sobre este tema2 señalando que la ética es universal. Posee reglas generales. Pero el amor a Dios es particular. Es una relación personal de Tú-Yo. Lo que vivió Abraham durante esta prueba, dice Kierkegaard, fue una “suspensión teológica de lo ético,” o sea, la aceptación de que la relación Tú – Yo con Dios supera los principios universales que unen a los humanos entre sí.  

El Rabino Soloveitchik explica el episodio de la ligadura de Ytzjak en los términos de su conocida caracterización de la vida religiosa como dialéctica entre victoria y derrota, majestad y humildad, el hombre como señor creador y el hombre como servidor obediente.3 Hay momentos en los que “Dios le dice al hombre que renuncie a lo que más desea.”4 Debemos experimentar tanto la derrota como la victoria. En ese sentido las Ligaduras de Ytzjak no resultaban ser un episodio ocurrido una única vez sino el paradigma de la vida religiosa en su totalidad. En cualquier situación en la que tengamos un deseo apasionado – comer, beber, tener una relación física – la Torá nos pone límites a la satisfacción de ese deseo. Precisamente por el hecho de que nos jactamos de nuestro poder racional, la Torá incluye los jukim, estatutos, impenetrables a la razón.  

Estas son las lecturas convencionales y representan lo clásico de la tradición. Sin embargo, debido a lo que se conoce como “las setenta caras de la Torá,” yo quiero proponer una interpretación diferente. El motivo de ello es que una comprobación de la validez de la interpretación consiste en determinar si resulta coherente con el resto de la Torá, el Tanaj y el judaísmo en su totalidad. La lectura convencional tiene cuatro problemas: 

  1. Sabemos por el Tanaj y por evidencia independiente que ofrecer a un niño como sacrificio no era extraño en el mundo antiguo. Era común. El Tanaj menciona que así lo hizo Mesha, el rey de Moab. También Yiftah, el líder menos admirado del libro de Jueces. Dos de los reyes más malvados del Tanaj, Ahaz y Manashe, introdujeron esta práctica en Judea, por lo cual fueron condenados. Existe evidencia arqueológica – los restos óseos de miles de niños – de que el sacrificio infantil era común en Cartago y otros sitios de Fenicia. Era una práctica pagana.  
  1. El sacrificio infantil es visto con horror en todo el Tanaj. Micah pregunta retóricamente, “¿Entregaré a mi primogénito por mi pecado, el fruto de mi cuerpo por el pecado de mi alma?” (Micah 6:7) Y contesta, “Él nos ha mostrado, Oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué requiere Dios de ti? Qué actúes con justicia, que ames la misericordia y camines humildemente con tu Dios.” (Micah 6:8) ¿Cómo podría Abraham ser modelo de persona haciendo lo que a sus descendientes les estaba prohibido hacer?  
  1. Abraham fue elegido específicamente para ser el modelo de padre. Dios dice de él: “Pues lo he elegido para que enseñe a sus hijos y a su hogar a seguir los caminos del Señor haciendo lo correcto y lo justo.” ¿Cómo podía ser modelo de padre si estaba dispuesto a sacrificar a su hijo? Por el contrario, debería haberle dicho a Dios: “Si quieres probar cuánto te amo, tómame a mí y no a mi hijo.”  
  1. Como judíos – en realidad como seres humanos – debemos rechazar el principio de Kierkegaard de la “suspensión teológica de lo ético.” Esta es una idea que da carta blanca a los fanáticos religiosos para que cometan crímenes en nombre de Dios. Es la lógica de la Inquisición y de los atentados suicidas. No constituye la lógica del judaísmo bien entendido5 Dios no nos pide que no seamos éticos. Puede ser que a veces no comprendamos la ética desde Su perspectiva, pero nosotros creemos que “Él es la Roca, Su obra es perfecta, y todos Sus caminos son justos.” (Deuteronomio 32: 4)  

Para comprender Las Ligaduras de Ytzjak debemos reconocer que gran parte de la Torá, especialmente Génesis, polemiza en contra de lo que la Torá considera una práctica pagana, inhumana y equivocada. Una institución a la que Génesis se opone es la familia antigua como la descrita por Fustel de Coulanges6 y recientemente reproducida por Larry Siedentop en Inventing the Individual.7 

Antes de la aparición de las primeras ciudades y civilizaciones, la unidad básica fundamental social y religiosa era la familia. Como lo plantea Coulanges, en la antigüedad había una conexión intrínseca entre tres factores: la religión doméstica, la familia y el derecho a la propiedad. Cada familia tenía sus propios dioses, y entre otros, los espíritus de los antepasados muertos a los cuales pedía protección, y a los 

que ofrecían sacrificios. La autoridad del padre de la familia, el paterfamilias, era absoluta. Tenía el poder sobre la vida o la muerte de su esposa y de sus hijos. La autoridad invariablemente pasaba, luego de su muerte, al primogénito. Mientras tanto, estando en vida, los hijos tenían el status de propiedad más que el de personas por derecho propio. Esta idea persistió aún más allá de la era bíblica, hasta en el principio de la ley romana de patria potestas.  

La Torá se opone a cada elemento de esta cosmovisión. Como observó la antropóloga Mary Douglas, una de las características más impactantes de la Torá es que no incluye sacrificios a antepasados fallecidos.8 Convocar a los espíritus de los muertos está explícitamente prohibido.  

Igualmente llamativo es el hecho de que, en las narrativas tempranas, la sucesión no pasa al primogénito: no a Ismael sino a Ytzjak; no a Esav sino a Yaakov; no a la tribu de Rubén sino a la de Leví (sacerdocio) y a Judá (reinado), no a Aarón sino a Moshé.  

El principio al que se opone toda la historia de Ytzjak, desde el principio al fin, es el concepto de que el niño es propiedad del padre. Primero, el nacimiento de Ytzjak es paralelo con de Samuel, ya que Jana al igual que Sara, es también incapaz de concebir en forma natural. Es por eso que cuando nace Samuel, Jana dice “Yo rogué por este niño, y el Señor me ha otorgado lo que le pedí. Por lo tanto, ahora se lo doy al Señor. Por toda su vida será dado al Señor.” (Samuel I 1: 27) Este pasaje es clave para comprender el mensaje del cielo dado a Abraham para que se detenga: “Ahora sé que temes a Dios, porque no me has privado de tu hijo, tu único hijo” (la frase aparece en dos instancias, en Génesis 22:12 y 16). La prueba no se trataba de si Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su hijo, sino si se lo entregaría a Dios.  

El mismo principio se repite en el libro de Éxodo. Primero, la supervivencia de Moshé es semi milagrosa ya que había nacido en el tiempo en el que el Faraón había decretado la muerte de todo niño israelita. Segundo, en la décima plaga de la muerte de los primogénitos egipcios, los recién nacidos israelitas fueron salvados milagrosamente. “Consagradme todo varón recién nacido. El primer varón nacido de vientre israelita Me pertenece a Mí, sea humano o animal.” Los primogénitos fueron originalmente designados para servir a Dios como sacerdotes, pero ese rol fue perdido después del pecado del Becerro de Oro. Sin embargo, la memoria del rol original persiste en la ceremonia de Pidión Haben, la redención del varón recién nacido.  

Lo que hacía Dios cuando le pidió a Abraham que entregara a su hijo no era un pedido de sacrificio, sino algo bien diferente. Quería que Abraham renunciara a la propiedad de su hijo. Quería establecer el principio no negociable de la ley judía de que los hijos no son propiedad de sus padres. 

Es por eso que tres de las cuatro matriarcas no pudieron concebir, salvo por milagro. La Torá quiere que sepamos que los hijos que nacieron fueron hijos de Dios, más que la resultante natural de un proceso biológico. Posteriormente, todos los integrantes de la nación de Israel serían llamados hijos de Dios. Una idea relacionada con esto reside en el hecho de que Dios eligió como vocero a Moshé, que no era “hombre de palabras». (Éxodo 4: 10) Era tartamudo. Moshé se convirtió en Su vocero porque el pueblo sabía que no eran palabras suyas las de su boca, sino de Dios.  

La evidencia más clara de esta interpretación reside en el nacimiento del primer ser humano. Cuando Eva dio a luz, dice “Con la ayuda de Dios he adquirido (kaniti) un hombre.” Ese niño, cuyo nombre proviene de ese verbo, “adquirir”, fue Caín, que resultó ser el primer asesino. Si te propones tomar posesión de tus hijos, pueden rebelarse con violencia.  

Si los análisis de Fustel de Coulanges y Larry Siedentop fueran correctos, resultaría que algo fundamental estaría en juego. Mientras existiera la creencia de que los hijos son propiedad de sus padres, el concepto de individuo no podría haber nacido. La familia era la unidad fundamental. La Torá representa el nacimiento del individuo como figura central de la vida moral. Debido a que los niños – todos los niños – pertenecen a Dios, la paternidad no constituye una posesión sino guardia y cuidado. Cuando llegan a la edad de la madurez (tradicionalmente doce años para las niñas, trece para los varones) los hijos se convierten en agentes morales independientes, con su propia dignidad y libertad.9  

Sigmund Freud también, notablemente, tuvo algo que acotar al respecto. Sostuvo que el factor fundamental de identidad humana es el complejo de Edipo, el conflicto entre padres e hijos ejemplificado por la tragedia de Esquilo.10  Al crear un espacio moral entre padres e hijos, el judaísmo ofrece una resolución no trágica a esa tensión. Si Freud hubiera tomado su psicología de la Torá en lugar de la mitología griega, podría haber arribado a una visión más esperanzadora de la condición humana.  

¿Por qué entonces le dijo Dios a Abraham sobre Ytzjak: “Ofrécelo como sacrificio ígneo”? Para que quede bien claro para todas las generaciones futuras que el motivo por el cual los judíos condenan el sacrificio infantil no es por la falta de coraje. El motivo es porque Dios es el Dios de la vida, no de la muerte. En el judaísmo las leyes de pureza y el ritual de la vaca roja señalan que la muerte no es sagrada, sino que impurifica. 

La Torá es revolucionaria, no solo en relación a la sociedad sino también a la familia. Ciertamente, la revolución de la Torá no fue completada durante la era bíblica. La esclavitud aún no había sido abolida. Los derechos de la mujer no habían sido actualizados totalmente. Pero el nacimiento del individuo – la integridad de cada uno de nosotros como agente moral de pleno derecho – fue una de las grandes revoluciones morales de la historia. 


  1. ¿Piensas que aprendemos más de la simplificación situaciones morales de nuestros antepasados del Midrash, o de las sutiles gradaciones de gris del texto original?  
  2. ¿Qué logramos al ver las imperfecciones de nuestros patriarcas y matriarcas? 
  3. ¿Estás de acuerdo con la interpretación de Ramban? ¿Qué es lo inherentemente problemático en señalar que los errores de nuestros antepasados impactan directamente sobre sus descendientes?

  1. Guia de los Perplejos III:24. 
  2. Søren Kierkegaard. Fear and Trembling, and The Sickness Unto Death, Garden City, NY: Doubleday, 1954
  3. Joseph B. Soloveitchik, “Majesty and Humility,” Tradition 17:2, Spring. 1978, pp. 25–37.
  4. Ibid., p. 36 
  5. Para leer más sobre este tema, ver Jonathan Sacks, Not in God’s Name, NY: Schocken, 2015.
  6. Fustel De Coulanges, The Ancient City: A Study on the Religion, Laws, and Institutions of Greece and Rome, (1864), Garden City, NY: Doubleday, 1956.
  7. Larry Siedentop, Inventing the Individual. London: Penguin, 2014.
  8. Mary Douglas, Leviticus as Literature. Oxford: Oxford UP, 1999.
  9. Posiblemente no sea accidental que la figura que enseñó la idea de “El derecho de los niños a ser respetados” fue Janusz Korczack, creador del famoso orfanato en Varsovia que falleció junto a los huerfanos en Treblinka. Ver Tomek Bogacki, The Champion of Children: The Story of Janusz Korczak (2009).
  10.  Frued argumentó, en Totem and Taboo, que el complejo de Edipo también fue central para la religión.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan