La temporada del amor (extraído del Majzor de Pesaj Koren-Sacks)

Shir HaShirim (que se leerá en la tarde de Shabat de jol hamoed de Pesaj) no es el único libro bíblico que trata sobre el amor. Es una emoción compleja que no se puede definir desde una única perspectiva, ni  todas sus dimensiones se manifiestan al mismo tiempo. De una manera sutil y rica en complejidad, los Shalosh Regalim, las tres festividades de peregrinaciones, todas tienen su libro especial, cada uno sobre  el amor pero sobre sus diferentes fases.

Shir HaShirim, el cantar de los cantares, en Pesaj trata sobre el amor como pasión. Los amantes son jóvenes. No se menciona al matrimonio, al hogar, a los hijos, a la responsabilidad. No piensan en el mañana ni en los demás. Están obsesionados el uno por el otro. Viven conscientes de la ausencia del otro, anhelando la presencia. Así es cómo el amor debe ser algunas veces, para que sea profundo y transformador siempre. 

El libro de Ruth, el rollo que leemos en Shavuot, trata sobre el amor como lealtad: la lealtad de Ruth a Naomi, su suegra, y la de Boaz a Naomi, Ruth y  la herencia familiar. Es sobre la “misericordia”, la palabra acuñada por Myles Coverdale en su traducción de la Biblia en el año 1535, porque no podía encontrar una palabra en inglés que significara  la palabra jesed. Comenzando con la muerte, el duelo y la falta de hijos, y terminando con el matrimonio y el nacimiento de un hijo, es sobre el poder del amor para redimir el dolor y la soledad y “apaciguar la vida de este mundo”. Trata sobre lo que el Shir HaShirim no: sobre el matrimonio, la continuidad, y de mantener la fe con “los vivos y los muertos” (Ruth 2:20). Eso también, en el judaísmo, es una gran parte del amor,  ya que somos solo individuos: somos parte de la cadena viviente de generaciones. 

En Sucot, hay una tercera historia sobre el amor: el amor envejecido y sabio. Kohelet, Eclesiastés,  es un libro fácil de malinterpretar si se estudia como un libro de desilusiones, pero eso es porque contiene una serie de malas traducciones de su palabra clave: Hevel. Indistintamente esta palabra se traduce por “vanidad, vaporoso, insignificante, inútil, sin sentido”, y lleva a los lectores a pensar que su autor encuentra la vida sin propósito ni sentido. Hevel no significa eso: significa, en cambio, “un suspiro”. Es sobre la brevedad de la vida en la tierra. Comienza con el autor buscando la felicidad en la filosofía (jojmá), en el placer,  en la alegría, en la acumulación de riquezas, en  casas hermosas y jardines de recreo, en las perennes tentaciones seculares. Descubre que ninguna de ellas puede derrotar a la muerte. Que los objetos duran pero aquellos que los poseen no. Que la sabiduría puede ser eterna; pero que el sabio al final morirá. 

No derrotamos a la muerte al buscar  inmortalidad en este mundo, pero si al buscar la simjá, la alegría espiritual y moralmente texturizada sobre la que William Blake escribió “El que se une a la alegría, destruye la vida alada. El que besa el gozo mientras vuela, vive en la eternidad del amanecer”. El Kohelet enseña que la felicidad no se encuentra en lo que se  posee (a lo que uno se une), sino en lo se comparte. No existe en donde uno invierte el dinero, sino en donde uno da de sí mismo.  Vive en el trabajo y en el amor: “Disfruta de la vida con la mujer que amas todos los días de esta vida fugaz que te han dado bajo el sol, todos los días fugaces, porque esa es tu porción de la vida y en todo tu trabajo bajo el sol” (Eclesiastés 9:9). Este es el amor que ha crecido desde la pasión a la responsabilidad hasta la alegría existencial: la alegría de estar con alguien que uno ama.

El mensaje esencial del judaísmo no se encuentra en ninguno de estos libros, pero si en la combinación de los tres. Eros es el fuego que le da amor a su cualidad redentora, transformadora y dirigida hacia el otro. El matrimonio es el vínculo de pacto que convierte al amor en una promesa de lealtad y trae nueva a este mundo. El compañerismo, la experiencia y una vida bien vivida traen simjá, una palabra que aparece solo dos veces en el Shir HaShirim, ninguna vez en Ruth, pero sí diecisiete veces en Kohelet.

El amor como pasión; el amor como matrimonio, nacimiento y continuidad; el amor como felicidad eterna: tres etapas del amor, trazadas en el curso de la vida y en el curso de un año y en sus estaciones: Shir HaShirim en la primavera, Ruth en el tiempo de cosecha, Kohelet en otoño, cuando los días se hacen más fríos y las noches más largas. Con un toque maravilloso de casualidad, Kohelet  finaliza con el consejo: “Recuerda a tu Creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días de angustia y se acerquen los años en los que dirás: no encuentro placer en ellos” (12:1), lo que nos lleva de regreso a nuestra juventud, a la primavera y al Shir HaShirim donde comenzamos.


Traductor

Michelle Lahan

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