La pregunta no realizada (de “The Jonathan Sacks Haggada”)


Pesaj es una noche de preguntas, pero hay una pregunta que no hacemos, y es significativa. ¿Por qué hubo Pesaj en primer lugar? ¿Por qué los años de sufrimiento y esclavitud? Israel fue redimido. Volvió a ganar su libertad. Regresó a la tierra que había sido prometida a sus ancestros muchos siglos antes. Pero, ¿por qué la necesidad de exilio? ¿Por qué Dios no hizo que Abraham, Ytzjak o Yaakov simplemente heredaran la tierra de Canaán? Si lo israelitas no hubieran bajado a Egipto en los días de Yosef, no habría habido sufrimiento ni necesidad de redención. ¿Por qué Pesaj?

La pregunta es inevitable, dados los términos de la narrativa bíblica. La Torá indica que no hubo nada accidental en los eventos que llevaron a Pesaj. Siglos antes, Dios le dijo a Abraham en el ‘pacto de las partes’: ‘Ten por seguro que tus descendientes serán extraños en un tierra que no les pertenece, y que serán esclavizados y maltratados por cuatrocientos años’ (Génesis 15:13). Durante la Hagadá, mencionamos repetidas veces el hecho que toda la secuencia de eventos fue parte de un plan pre-ordenado. Dios ‘ya había calculado el final’ del sufrimiento. Cuando Yaakov bajó a Egipto él fue, decimos, anus al pi hadibur, ‘forzado por un decreto divino’. Dios mismo le dijo a Yaakov, ‘No temas descender a Egipto, porque te convertiré en una gran nación allí’ (Génesis 46:3) sin darle una idea de los sufrimientos que sus hijos deberían soportar. Los sabios dicen que al final de su vida, cuando Yaakov quería decir a sus hijos qué les sucedería ‘en el final de los días’ el don de la profecía le fue quitado. Sin saberlo, los israelitas eran parte de una narrativa que había sido escrita hacía mucho tiempo.

Un midrash – uno de los pocos lugares en los que los sabios expresaron su desasosiego sobre este estratagema de la providencia – expresa el problema en forma muy perspicaz:

El Santo Bendito Sea buscó cumplir el decreto que Él había mencionado a Abraham, que ‘tus descendientes serán extraños en una tierra que nos les pertenece’. Entonces Él hizo que Yaakov ame a Yosef más que a sus otros hijos, que lo vendieran a los ismaelitas que lo llevarían a Egipto, que Yaakov escucharía que Yosef aún estaba vivo y viviendo allí. El resultado fue que Yaakov y las tribus fueron a Egipto y se convirtieron en esclavos. Rabí Tanjuma dijo: “¿A qué se puede comparar esto? Al pastor que desea colocar el yugo en una vaca y la lleva al campo donde se debe arar. El ternero comienza a llorar por su madre. La vaca, escuchando al ternero llorar, corre al campo, y allí, mientras está distraída y su atención centrada en su hijo, se le coloca el yugo. (Tanjuma, Vaieshev, 4) 

El guión que Dios escribe para Su pueblo es tortuoso y atemorizante. Los sabios aplicaron a ese guión la frase ‘Cuan grandioso es Dios  y sus actos con la humanidad’ (Salmos 66:5). ¿Por qué quería que su pueblo experimente la esclavitud en Egipto? ¿Por qué el exilio en Egipto era el preludio necesario para la vida como una nación soberana en la tierra prometida?

El libro de Ioná cuenta una historia extraña. Dios le pidió a Ioná que transmita una advertencia al pueblo de Nínive. Su forma de actuar es la corrupción, la ciudad será destruida a menos que se arrepientan. Ioná escapa de su misión, y en el trascurso del libro aprendemos por qué. Sabía, dice, que el pueblo de Nínive, al escuchar las palabras del profeta, se arrepentiría y sería perdonado. Para Ioná, esto era injusto. Cuando la gente hace el mal, deben sufrir las consecuencias y ser castigados. Esto era particularmente cierto en el caso de Nínive, una ciudad de los asirios que serían la causa de mucho sufrimiento para Israel. El perdón de Dios entraba en conflicto con el sentido de justicia retributiva de Ioná. Dios decide enseñar a Ioná una lección moral. Le envía un árbol que le de sombra del ardiente sol. Al día siguiente, Él envía un gusano que provoca que el árbol se marchite y muera. Ioná es empujado hacia una depresión suicida. Dios le dice: ‘Estabas tan preocupado por este árbol, pero no lo cuidaste ni lo hiciste crecer. Creció durante la noche y murió en la noche siguiente. Pero Nínive tiene más de ciento veinte mil personas, y gran cantidad de ganado. ¿No debo preocuparme por esa gran ciudad?’ (Ioná 4:10-11).

Dios le enseña a Ioná a preocuparse al darle algo y luego quitárselo. La pérdida nos enseña a valorar las cosas, aunque sea muy tarde. Lo que tenemos, y luego lo perdemos, no lo damos por sentado. La visión religiosa no se trata de ver cosas que no están ahí. Se trata de ver las cosas que están allí y que siempre estuvieron, pero que nunca notamos ni prestamos atención. La fe es una forma de atención. Es una meditación sostenida sobre lo milagroso de lo que es, porque podría no haber sido. Lo que perdemos y recuperamos, aprendemos a apreciarlo en una forma que no lo habríamos hecho de no haberlo perdido en primer lugar. La fe se trata de no dar las cosas por sentadas.

Esta es la clave para comprender toda una serie de narrativas en el libro de Génesis. Sara, Rivka y Rajel desean tener hijos pero descubren que son estériles. Sólo a través de la intervención de Dios pueden concebir. Abraham atraviesa la prueba de la atadura de Ytzjak, sólo para descubrir que Dios, quien le pidió sacrificar a su hijo, le dice “Detente” en el último minuto. Es así como la familia del pacto aprende que tener hijos no es algo que simplemente sucede. Es la forma en la que el pueblo de Israel aprendió, en el despertar de su historia, a nunca dar los hijos por sentado. La continuidad judía, criar nuevas generaciones de judíos, no es natural, inevitable, un proceso que sucede por sí solo. Necesita de un esfuerzo y una atención constantes. Lo mismo se aplica a la libertad.

La libertad en el sentido bíblico – auto-restricción responsable – no es natural. Por el contrario, el orden natural en las sociedades humanas, tal como en el reino animal, es que los fuertes atormentan y dominan a los débiles. Nada es más raro o difícil de lograr que una sociedad con dignidad igualitaria para todos. Solamente concebirla requiere un gran desacoplamiento de la naturaleza. La Torá nos dice cómo se logró esto, a través de la experiencia histórica de un pueblo que sería para siempre portador del mensaje de Dios para la humanidad.

Israel debía perder su libertad antes de poder apreciarla. Sólo a aquello que perdemos podemos prestarle atención completa. Israel debía sufrir la experiencia de la esclavitud y la degradación antes de poder aprender, conocer y sentir en forma intuitiva que hay algo moralmente incorrecto acerca de la opresión. De otro modo, ni Israel ni otro pueblo, podría llevar este mensaje perpetuamente sin vivirlo cada año, sintiendo el duro sabor del pan de la aflicción y la amargura de la esclavitud. Entonces se creó, en el nacimiento de la nación, un deseo por la libertad que estaba en el centro de su memoria y su identidad.

Si Israel hubiera alcanzado su status de nación durante la época patriarcal sin la experiencia de exilio y persecución, habría dado la libertad por sentada, al igual que muchas otras naciones en la historia, y cuando la libertad es dada por sentado ya se ha comenzado a perderla. Israel se convirtió en un pueblo concebido en la esclavitud para que nunca deje de anhelar la libertad – y para saber que la libertad en cualquier cosa menos natural. Se requiere vigilancia constante, un esfuerzo moral constante. Israel descubrió la libertad al perderla. Que nunca más sea perdida.

Traductor

Abraham Maravankin

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