¿Qué significa esta avodá para ustedes?


Una de las habilidades más deslumbrantes de los sabios era conectar los puntos – los tres lugares en los que la Torá menciona a hijos haciendo preguntas, y el cuarto en el que se nos ordena “enseñar a tu hijo en ese día”- y los transforma en una serie de viñetas conocida como los arba banim, los cuatro hijos de la Hagadá, uno sabio, uno “malvado”, uno simple y uno que todavía no sabe preguntar.

El rashá resulta fascinante y complejo. Hoy seguramente lo llamaríamos el rebelde, el escéptico, el delincuente. A mí, por lo pronto, me resulta difícil describir a cualquier niño como un rashá, y por eso las comillas. Un enigma es simplemente este: ¿qué hay de malvado o subversivo en la pregunta “qué es este servicio para ustedes”? (Éxodo 12:26). Parece directo. El hijo quiere saber por qué sus padres hacen lo que hacen. Esto es lo que la mayoría de los hijos inquisitivos quieren saber acerca del comportamiento de los adultos. 

La Torá misma no trata al hijo como un rebelde ni a la pregunta como una provocación. El pasaje continúa: “Tú debes contestar: es la ofrenda de Pesaj para Dios, que salteó las casas de los israelitas en Egipto cuando castigó a los egipcios y salvó nuestras casas” (Éxodo 12:27). Es una respuesta directa a una pregunta directa. Sin embargo, los sabios percibieron algo discordante y disidente en el texto que los llevó a concluir que algo no era precisamente correcto. ¿Qué era? Hay tres respuestas principales a esta pregunta.

La primera es el enfoque adoptado por la Hagadá misma. En esta lectura, la palabra clave es lajem, “para ustedes”. “‘Para ustedes’, dice, no ‘para él’”. Es conocido cómo continúa el texto: “al apartarse de la comunidad, niega un ikar, un principio fundamental de la fe”. Cuál es exactamente el principio fundamental que niega el rashá es una pregunta digna de estudiarse aparte, pero algo queda claro. Para la Hagadá la disonancia está en la palabra lajem.

R. Meir Simja de Dvinsk ofreció una segunda interpretación. Notó que el texto en este punto dice “y cuando tu hijo te diga…” (Éxodo 12:26). El verbo normal para introducir una pregunta es lishol, no lemor, “preguntar”, no “decir”. Preguntar es buscar una respuesta. Decir es expresar una opinión. Por lo tanto, concluyó R. Meir Simja, lo que hace diferente a este hijo es que no está haciendo una pregunta auténtica sino un cuestionamiento retórico. No busca aprender sino desechar. Pregunta pero no está interesado en la respuesta. Según esta visión, la palabra clave es iomru.

El Talmud Yerushalmi, sin embargo, trae una tercera postura. Entiende que la pregunta del rashá es: “¿qué es todo este esfuerzo (toraj) que realizan cada año?”. De acuerdo a una lectura del Yerushalmi el hijo está preguntando por todos los esfuerzos de los preparativos de la ofrenda de Pesaj (Shibolei HaLeket). De acuerdo al Ritva, está preguntando por la Hagadá misma: ¿por qué retrasar la comida con tanta charla, tantas preguntas, respuestas y explicaciones? De todos modos, queda claro que la palabra clave para el Yerushalmi es avodá. Cuando el hijo pregunta “¿ma haavodá hazot lajem?”, no está preguntando “¿qué es este servicio para ustedes?” sino “¿qué es este trabajo duro para ustedes?”. Este es un punto profundo. Voy a argumentar que va al corazón mismo de la condición judía actual. 

Para entender la fuerza de la lectura del Yerushalmi, necesitamos ir hacia atrás, a un pasaje en el comienzo de la narrativa de la Torá sobre la esclavitud (Éxodo 1:13-14). Veamos la traducción del rabino Mordejai Edery1:

“E hicieron servir los egipcios a los hijos de Israel con dureza. Les amargaron sus vidas con trabajos duros, en argamasa y en ladrillos, y en todo trabajo en el campo. A todos sus trabajos los sometieron, haciéndolos trabajar con dureza”.

Y ahora la traducción del rabino Meir Matzliah Melamed2:

“Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza. Y les amargaron su vida con duro trabajo de barro y ladrillos, y con todo trabajo del campo. Todo el trabajo con que se servían de ellos, era con dureza”.

Lo que estas traducciones no llegan a transmitir – inevitablemente, por las convenciones literarias del español – es que estos dos versículos contienen la palabra avodá en una forma u otra cinco veces. Traducido de manera más literal, dice:

“Los egipcios hicieron trabajar a los hijos de Israel con dureza. Les amargaron sus vidas con trabajo duro, con barro y ladrillos, y con todo trabajo en el campo; todo trabajo que trabajaron para ellos fue duro”.

En total, la palabra aparece siete veces – un número significativo – en los primeros dos capítulos de Éxodo. La Torá intenta que nosotros prestemos atención a la palabra avodá en su doble sentido de trabajo duro y esclavitud como el leitmotiv del sufrimiento de los israelitas en Egipto. Por eso nuestra sorpresa cuando, durante la epifanía de Moisés en la zarza ardiente, escuchamos a Dios decir:

“Estaré contigo. Y esto será un signo para ti que soy Yo quien te envió. Cuando saques al pueblo de Egipto, servirán (taavdun) a Dios en esta montaña” (Éxodo 3:12).

Los israelitas van a saber que dejaron Egipto y la esclavitud cuando lleguen a la montaña y se dediquen a la avodá para Dios. Se usa la misma palabra para describir la esclavitud y la libertad, cautiverio y liberación, Egipto y éxodo. Ese, de acuerdo al Yerushalmi, es el punto que el rashá está remarcando. “¿Qué es esta avodá para ustedes? Nada ha cambiado. Allí éramos avadim, aquí somos avadim. Allí teníamos que trabajar para un patrón, aquí tenemos que trabajar para un Patrón. Allí era duro, aquí es duro. Todo lo que ha cambiado es la identidad del patrón. Allí era el Faraón. Aquí es Dios. Pero seguimos siendo avadim. Dime, querido padre, ¿cómo es que estamos mejor ahora que antes? ¿Por qué ser judío es un trabajo tan duro?”

*

Mientras escribo, el mundo judío reflexiona sobre el Pew Report sobre la judería de Estados Unidos, que muestra que fuera de la ortodoxia la tasa de matrimonios mixtos ha aumentado al 71 por ciento. El 32 por ciento de los jóvenes judíos se describe como “sin religión”. Menos de un tercio de los judíos estadounidenses pertenece a una sinagoga. El 48 por ciento no puede leer hebreo.

Más interesante desde un punto de vista sociológico, el reporte confirma una característica inusual del judaísmo estadounidense. Había un refrán en yiddish: vi es kristels zij, azoi yiddles zij. Los judíos adaptan su coloración a la sociedad circundante. Si los no judíos son religiosos, los judíos tienden a ser religiosos. Si son seculares, los judíos tienden a ser seculares.

Estados Unidos es diferente. Tomada en conjunto, la población de los Estados Unidos es una de las más religiosas del mundo, pero la comunidad judía es mucho menos religiosa. 56 por ciento de la población general, pero solo el 26 por ciento de la judía, describe a la religión como un componente importante en su vida. El 69 por ciento de la población general cree en Dios, frente a solo un 34 por ciento de los judíos. El 50 por ciento de la población general atiende un lugar de culto de manera mensual, contra un 23 por ciento de los judíos. Este es un fenómeno de larga data: ya fue destacado por los sociólogos en la década de 1960s. Pero sigue siendo una anomalía estridente.

Déjenme sugerir una posible explicación. Durante un siglo de reflexión sobre cómo mantener la identidad judía en una sociedad abierta y secular, muchas veces se defendió el argumento de que había que hacer más accesible al judaísmo. ¿Por qué poner barreras tan altas, demandas tan exageradas, leyes tan rigurosas y demandantes? Así que, una por una, las demandas se fueron nivelando hacia abajo. Shabat, kashrut y la conversión se hicieron más sencillos. Respecto a las leyes de taharat hamishpajá, en muchos círculos fuera de la ortodoxia cayeron completamente en desuso. La suposición era que cuanto menos demandante sea mantener el judaísmo, más judíos iban a seguir siendo judíos.

Para mostrar que esto es una falacia, una vez le pregunté a un grupo mixto de judíos observantes y no observantes que ordenen las fiestas de acuerdo a su dificultad. Todos estuvieron de acuerdo que Pesaj era la más pesada, Shavuot la más sencilla, y Sucot estaba en el medio. Entonces les pregunté qué fiestas eran respetadas por una mayor cantidad de judíos. Nuevamente, todos estuvieron de acuerdo: Pesaj era la más respetada, Shavuot la menos, y Sucot estaba en el medio. Hubo una pausa mientras el grupo lentamente se daba cuenta de lo que se había dicho. Era contra intuitivo pero innegable: cuanto más difícil es una fiesta, más gente la respeta. La prueba es Iom Kipur, por lejos el día más demandante de todos, y por lejos en el que más gente va a la sinagoga.

Esto no es un fenómeno aislado. Aquellos que estén familiarizados con la obra del economista conductual Dan Ariely, por ejemplo, conocerán el experimento que realizó en el que invitó a un grupo de personas a hacer formas de origami. Se mostró su obra y se les preguntó a los participantes y espectadores cuánto pagarían por esas obras. En promedio, la gente que hizo los modelos estaba dispuesta a pagar hasta cinco veces más que los espectadores. Hizo un segundo experimento, similar al primero pero con una diferencia: esta vez no había instrucciones sobre cómo hacer los modelos. En otras palabras, el trabajo era más duro. Esta vez los autores estaban dispuestos a pagar más todavía. ¿Su conclusión? Cuanto más difícil el desafío y cuanto más habilidad y tiempo hayamos invertido en algo, más vamos a valorarlo. Los sabios lo dijeron hace mucho tiempo. Lefum tzaara agra: de acuerdo al esfuerzo es la recompensa.

Una serie de estudios recientes con logros excepcionales, entre ellos Outliers de Malcolm Gladwell, The Genius In All Of Us de David Shenk, Talent Is Overrated de Geoffrey Colvin, Bounce de Matthew Syed y The Talent Code de Daniel Coyle, han demostrado precisamente esto: los logros extraordinarios son el resultado de una dedicación incesante (por lo menos 10.000 horas) y práctica profunda. Por eso la gente se esfuerza para entrar a las mejores universidades, ganar una medalla olímpica o el premio Nobel. También es el fenómeno que Mihaly Csikszentmihalyi llama “flujo” o “experiencia cumbre”, el punto en el que un desafío nos pone a prueba hasta el límite, obligándonos a una concentración total. Evidentemente, hay algunos desafíos que simplemente son demasiado difíciles y nos dejan sintiéndonos estresados e insuficientes. Pero en general valoramos más lo que nos pone a prueba de manera más intensa.

A veces también lo opuesto es verdad. Apreciamos la compra en un clic, la ventanilla de compra rápida, la comunicación instantánea y la búsqueda de computadora que toma unos microsegundos. Pero esto aplica cuando estamos buscando comodidad, no cuando estamos buscando sentido. Lo que buscamos en una religión es comodidad, nadie en su sano juicio recomendaría al judaísmo. Pero si estamos buscando sentido, ninguna religión es más profunda.

*

El Yerushalmi no nos dice cómo responderle al hijo que pregunta por qué el judaísmo es un trabajo tan duro, tan avodá. Hablando a título personal, esta es la respuesta que le daría:

“Mi hijo, haces una buena pregunta y te respeto por eso. Otros podrán llamarte un rashá, pero para mí no eres nada de eso. Estás siendo honesto. Estás diciendo lo que ves. Tienes razón en decir lo que pasa por tu mente. No podemos incentivar a los hijos a hacer preguntas y después enojarnos cuando hace las preguntas incorrectas o las preguntas correctas de manera inadecuada. No puedo darte una respuesta que resuelva todas tus dudas, pero puedo decir lo que he aprendido en el transcurso de mi vida.

Las personas están preparadas para realizar un largo y arduo entrenamiento para ganarse el sustento, para llegar a ser doctores, abogados, terapeutas o economistas. El judaísmo nos pide realizar un entrenamiento igualmente largo y arduo para vivir: no ser solo un doctor, abogado, terapeuta o economista sino también un ser humano que es más grande que su rol específico. El motivo es que el judaísmo toma a la vida – el arte de vivir en la imagen de Dios – con seriedad absoluta y fundamental.

Los antiguos egipcios esclavizaron a toda una población para construir edificios monumentales, pirámides, templos y palacios reales. Vieron a los edificios como un fin y a las vidas humanas – las vidas de las masas trabajadoras – como medios para ese fin. Los judíos, guiados por Dios, creían lo opuesto. Los edificios son un medio para un fin. Lo que importa son las vidas. La vida es sagrada.

Los griegos produjeron grandes obras de arte. Los judíos creían que la vida misma es un arte. Así como un artista invierte tiempo en perfeccionarse en su oficio, así también nosotros invertimos tiempo en perfeccionar nuestras vidas. El antiguo Egipto y la antigua Grecia fueron grandes civilizaciones. Nos legaron obras maestras de la arquitectura y el arte. Pero ninguna valoraba la vida – nuestras vidas como individuos que poseen una dignidad inalienable- de la manera que los judíos y el judaísmo lo hacía.

El judaísmo es trabajo duro porque la libertad es trabajo duro. Pesaj es especialmente duro porque es la fiesta de la libertad. La libertad se pone en peligro por dos vías: el individualismo y el colectivismo. El colectivismo – culto del sistema, el Estado, la nación, la raza- ha producido las peores tiranías de la historia. Esto no solo era verdad en los días de Moisés. Fue verdad en el siglo veinte con el fascismo y el comunismo. Es verdad en muchos países hoy.

El individualismo representa el peligro puesto. Cuando los individuos ponen la ganancia privada por encima del bien común, eventualmente la sociedad colapsa. Esto se cumplió con cada sociedad opulenta en la historia. Tiene una ráfaga momentánea de éxito y después entra en una decadencia larga o corta. Puedes decir de antemano cuándo una sociedad está a punto de comenzar su decadencia. Hay pérdida de confianza. Los líderes pierden estatura. Crecen las divisiones entre ricos y pobres. Falta solidaridad social. La gente gasta más y ahorra menos. Al enfocarse en el presente, ponen en peligro su futuro. Hay menos disciplina y más auto indulgencia, menos moralidad y más búsqueda del deseo. Las culturas envejecen de la misma manera que envejecen las personas, y comienzan a hacerlo cuando están en la cumbre misma de su poderío.

Una vez le pregunté al historia no judío Paul Johnson, quien escribió una gran History of the Jews, qué era lo que más le había llamado la atención en los años que pasó estudiando a nuestro pueblo. Contestó que, para él, ninguna civilización en la historia había manejado tan bien como los judíos el balance entre la responsabilidad personal y colectiva – el camino que evita el colectivismo por un lado y el individualismo por el otro.

De eso se trata Pesaj. Es sobre mi experiencia personal de libertad: en Pesaj debemos vernos a nosotros mismos como si personalmente hubiéramos salido de Egipto. Pero también se trata de nuestra experiencia compartida de libertad cuando contamos la historia de nuestro pueblo y la transmitimos a las generaciones futuras. El judaísmo es sobre el ‘Yo’ y el ‘Nosotros’. Sin nuestra voluntad de incentivar preguntas, argumentar, debatir e interpretar de manera interminable los textos antiguos, perderíamos el ‘Yo’. Sin la Halajá, el código que nos une a todos nosotros a través de los siglos y continentes, hubiéramos perdido el ‘Nosotros’. Y sí, es un trabajo duro. Pero te digo desde el fondo de mi corazón que no hay logro que valga que no traiga aparejado trabajo duro.”

Lo que necesitamos hoy en la vida judía no es formas de hacer más fácil el judaísmo. Lo que cuesta poco se valora todavía menos. Necesitamos encontrar maneras de mostrar cómo el judaísmo nos eleva hacia la grandeza. Cuando eso ocurra, la gente no va a preguntar ma haavodá hazot lajem, “¿por qué todo el trabajo duro?” Ni un atleta luchando compitiendo por la medalla de oro olímpica ni un científico probando una nueva línea de investigación harían esa pregunta; tampoco la hicieron Steve Jobs en Apple o Jeff Bezos en Amazon. Perseguir la grandeza siempre implica trabajo duro. El desafío real de nuestro tiempo es redescubrir por qué el judaísmo, dado que nos demanda grandes cosas, nos eleva a la grandeza. El resto es comentario.

En 2008, dos adolescentes estadounidenses, Alex y Brett Harris, escribieron un libro que se transformó en best-seller. Se llamó Do Hard Things (Haz cosas difíciles) y el subtítulo era A teenage rebellion against low expectations (Una rebelión adolescente contra las bajas expectativas). Necesitamos un equivalente judío. Esa será la respuesta a la pregunta que los jóvenes judíos todavía hacen: “¿qué significa esta avodá para ustedes?”

El siguiente artículo fue escrito por el rabino Sacks como Profesor de Pensamiento judío en la Yeshiva University. Se publicó en el Center for the Jewish Future de la Yeshiva University y la revista “Pesach To-Go 5774” del Rabbi Isaac Elchanan Theological Seminary

1 N. de. T.: En el original en inglés, R. Sacks cita la traducción Kaplan.

2  N. de T.: En el original en inglés, R. Sacks cita la traducción de Robert Alter.

Traductor

Ezequiel Antebi Sacca

Leave a Reply