Hubo una vez, hace mucho tiempo, una nación en esclavitud

Fue una de las ideas más brillantes de la Biblia y la necesitamos hoy en Gran Bretaña. Cuenta la historia, dijo Moisés en el Libro del Éxodo. Cuando dejes la esclavitud y comiences el largo viaje a través del desierto hacia la libertad, cuenta la historia. Cuando llegues a la Tierra Prometida, cuenta la historia. En cada generación, cada año, cuenta la historia. Si quieres sobrevivir y lograr la inmortalidad como fe, cuenta la historia.

Fue más lejos. No te limites a contar la historia. Revívela. Represéntala como si acabara de suceder y estuviera fresca en tu memoria. Come matzá, el pan sin levadura de la aflicción, prueba el maror, las hierbas amargas de la esclavitud, y bebe cuatro copas de vino, una para cada etapa de liberación. No lo hagas en las sinagogas sino en tu casa, alrededor de la mesa, en presencia de tu familia. Sobre todo, enséñalo a tus hijos. Ayúdalos a ver tu historia como la de ellos. Deja que se sientan parte de ella. Empodéralos para que hagan preguntas. Involúcrate con ellos. Discute con ellos. Pero nunca dejes de contar la historia.

Eso es lo que los judíos de todo el mundo harán en esta Pascua, que comienza el lunes por la noche. Es el ritual religioso más antiguo practicado continuamente en el mundo, pero para mí nunca ha perdido su frescura. Entre mis primeros recuerdos están las noches en las que yo era el niño más pequeño, tomando mi turno para hacer las cuatro preguntas, comenzando “¿Por qué esta noche es diferente a las demás?”, sin la cual la historia no puede comenzar.

No fue sino hasta hace poco tiempo que entendí cuán poderoso es este ritual. Sucedió mientras miraba un documental sobre los templos construidos por el hombre que algunos eruditos identifican como el faraón del Éxodo, Ramsés II. Aún permanecen en pie, en Luxor, Karnak y Abu Simbel, asombrosos por su magnificencia, pero la civilización que los produjo se ha desvanecido. Impactado al reconocerlo, me di cuenta de que mis antepasados ​​pudieron haber estado entre los esclavos que construyeron esos templos, hace 33 siglos. Los egipcios los llamaban apiru, extranjeros, forasteros. La palabra puede estar vinculada al nombre bíblico hebreo.

Un antiguo registro de lo que pensaban los egipcios de esta nación de esclavos sobrevive en la forma de la tabla de Merneptah, una losa de granito negro hoy en el museo de El Cairo. Grabado con jeroglíficos por Merneptah, el sucesor de Ramsés, tiene la primera referencia a los israelitas fuera de la Biblia: “Israel está devastado, su semilla ya no existe”. Es un aviso necrológico, afortunadamente mal comprendido.

El Antiguo Egipto y el Antiguo Israel fueron dos civilizaciones que hicieron la pregunta más fundamental que cualquier cultura puede hacer. ¿Cómo se mantendrá vivo todo aquello que hemos hecho? La respuesta de Ramsés fueron unos edificios monumentales que durarían más que las arenas del tiempo. La respuesta de Moisés fue diferente. Inscribe tus valores en el corazón de tus hijos, y ellos en el de ellos, a lo largo de las generaciones. Cuéntales la historia. Asegúrate de que se conviertan en parte de ésta. Hazlo todos los años en el aniversario del Éxodo. Aún lo hacemos, habiendo transcurrido ya la mitad de la historia de la civilización.

Creo que es hora de que Gran Bretaña piense en la forma de contar su historia. No me refiero a lo obvio: enseñar a los niños historia británica. Ni que decir. Pero hay una diferencia entre historia y memoria. La historia nos cuenta lo que pasó. La memoria nos dice quiénes somos.

Durante muchos siglos, los británicos no necesitaron que se les recuerde quiénes eran. Pero hoy, en nuestra sociedad diversa, multiétnica y multicultural, lo necesitamos. Las historias integran. Crean memoria colectiva. Ayudan a que personas de orígenes y religiones muy diferentes sientan que pertenecen. Es por eso que todos los presidentes estadounidenses desde George Washington en 1789 han contado una historia, la historia estadounidense, en su discurso inaugural. Estados Unidos es una tierra de inmigrantes. Para pertenecer, necesitaban escuchar y formar parte de la historia de la nación.

Hoy, Gran Bretaña necesita su equivalente a la Pascua Judía. Y este año no podría haber tenido una mejor historia que contar: de cómo, hace 200 años, valientes cristianos, entre ellos John Newton y William Wilberforce, abolieron la trata de esclavos, una de las grandes victorias de la fe en la causa de la dignidad  e igualdad humanas. Las naciones necesitan historias si quieren mantener su identidad. La memoria es más poderosa que los monumentos.

Publicado por primera vez en The Times

Traductor

Inés Jawetz

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