El coraje de las crisis de identidad (Tzav 5781)

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Los buenos líderes conocen sus límites. No tratan de hacerlo todo por sí solos. Arman equipos. Crean un espacio para las personas que son fuertes donde ellos son débiles. Saben de la importancia de los controles y balances y de la división de poderes. Se rodean  de personas que son diferentes de ellos mismos. Saben del peligro de concentrar todo el poder en un solo individuo. Pero conocer tus límites, saber que hay cosas que tú no puedes hacer – y cosas que no puedes ser – puede resultar una experiencia dolorosa. Algunas veces deviene en crisis emocionales.

La Torá contiene cuatro relatos fascinantes de tales momentos. Lo que los une no son las palabras sino la música. Desde las épocas más tempranas de la historia judía, la Torá era cantada, no solo leída. Moshé, al final de su vida llama a la Torá un canto[1]. Diferentes tradiciones se desarrollaron en Israel y Babilonia, y desde alrededor del siglo X en adelante el canto comenzó a sistematizarse mediante notaciones musicales conocidas como taamei ha-mikra, notaciones de cantilación, creados por los Masoretas Tiberianos (guardianes de los textos sagrados del judaísmo). Una nota muy rara, conocida como shalshelet (cadena), aparece solamente cuatro veces en la Torá. En cada uno de los casos señala una crisis existencial. Tres de ellos están en el libro de Génesis. El cuarto, en nuestra parashá. Como veremos, el cuarto trata sobre el liderazgo. En términos generales, los otros tres también.

La primera instancia ocurre en la historia de Lot. Después de separarse de su tío Abraham, se asentó en Sodoma. Ahí se asimiló a la población local. Sus hijas se casaron con hombres del lugar. Él mismo se ubicó a la entrada de la ciudad, señal de que había sido nombrado juez. Entonces dos personas se le aparecen para avisarle que deje la ciudad porque Dios estaba por destruirla. Pero Lot vacila, y por encima de la palabra “vacila” – vaytmama – hay un shalshelet. (Génesis 19:16) Lot está desgarrado, conflictuado. Percibe que los que lo alertaron tienen razón. La ciudad, efectivamente, está por ser destruida. Pero él ha invertido todo su futuro en la identidad que ha desarrollado para sí y para sus hijas. Los ángeles lo arrastraron fuera de la ciudad por la fuerza – de no haberlo hecho, habría demorado hasta ser demasiado tarde.

El segundo shalshelet aparece cuando Abraham le pide a su servidor – tradicionalmente identificado como Eliezer – que consiga una esposa para su hijo Ytzjak. Los comentaristas sugieren que Eliezer tenía una profunda ambivalencia por esta misión. Si Ytzjak no se casara y tuviera descendencia, el patrimonio de Abraham podría pasar a Eliezer y a sus hijos. Abraham ya lo había dicho antes del nacimiento de Ytzjak: “Soberano Señor, ¿qué puedes darme, ya que carezco de descendencia y el que heredará mi patrimonio será Eliezer de Damasco?” (Génesis 15:2) Si Eliezer tuviera éxito en la misión  de traer una esposa para Ytzjak, y si la pareja tuviera hijos, la posibilidad de que algún día podría adquirir la fortuna de Abraham se disiparía completamente. Dos instintos estaban en conflicto en su interior: la lealtad con Abraham y su ambición personal. El versículo expresa: “Y él dijo: Señor, Dios de Abraham, envíame… con rapidez en este día, y muestra bondad hacia mi amo Abraham” (Génesis 24:12). Venció la lealtad a Abraham, pero no sin una intensa puja. De ahí el shalshelet (Génesis 24:12).

El tercer shalshelet nos trae a Egipto y a la vida de Iosef. Vendido como esclavo por sus hermanos, está ahora trabajando en la casa de un  egipcio importante, Potifar. Estando solo en la casa con la esposa de su amo, se halla en una situación de ser objeto de deseo. Él es hermoso. Ella quiere acostarse con él. Él se niega. Hacer tal cosa, dice, sería traicionar a mi amo, su esposo. Sería un pecado contra Dios. Pero por encima de “se negó” hay un shalshelet. (Génesis 39:8) indicando – como sugieren algunas fuentes rabínicas y comentaristas medievales – que lo hizo, pero con un considerable esfuerzo[2]. Casi sucumbió. En este caso, era más que el habitual conflicto entre el pecado y la tentación. Era un conflicto de identidad. Recordemos que Iosef estaba viviendo en una tierra nueva y desconocida. Sus hermanos lo habían rechazado. Habían dejado bien en claro que no querían que fuera parte de la familia. ¿Por qué no hacer en Egipto lo que hacen los egipcios? ¿Por qué no ceder al deseo de la esposa si era eso lo que ella quería? La cuestión para Iosef no era solamente “¿Está bien esto?” sino también “¿Yo soy un judío o un egipcio?”

Los tres episodios tratan de conflictos internos, y los tres sobre la identidad. Hay momentos en que cada uno de nosotros debe decidir, no solo “¿Qué debo hacer?” sino “¿Qué clase de persona seré?” Eso es especialmente determinante en el caso de un líder, lo que nos lleva al cuarto episodio, en este caso con Moshé ocupando el rol central.

Después del pecado del Becerro de Oro, Moshé, siguiendo las instrucciones de Dios había ordenado a los israelitas construir un Santuario que sería, en efecto, un hogar simbólico para Dios en el seno del pueblo. En ese entonces ya se había completado el trabajo y sólo le quedaba a Moshé iniciar a Aarón y sus hijos en el oficio. Moshé viste a Aarón con el ropaje especial del Sumo Sacerdote, lo unge con aceite y realiza varios sacrificios para la ocasión. Sobre la palabra vayishjat “y él sacrificó (el carnero sacrificial)” (Levítico 8:23) aparece un shalshelet. Ahora ya sabemos que se trata de una lucha interna en la mente de Moshé. Pero ¿qué era? No existe la más mínima señal en el texto que indique que estaba en crisis.

Pero una breve reflexión deja bien claro de qué se trataba la lucha interna de Moshé. Hasta ahora había sido el líder del pueblo judío. Aarón lo había asistido, acompañándolo en las misiones con el Faraón actuando como vocero y  asistente. Sin embargo, ahora Aarón estaba por emprender un nuevo rol de liderazgo por mérito propio. Ya no iba a estar un paso por detrás de Moshé. Haría lo que el mismo Moshé no podría hacer. Podía presidir la ejecución de los sacrificios en el Tabernáculo. Podía actuar en la avodá, el servicio sagrado de los israelitas a Dios. Una vez al año, en Iom Kipur, podía liderar el servicio que asegura el perdón del pueblo por sus pecados. Al dejar de ser la sombra de Moshé, Aarón estaba por convertirse en el líder que Moshé no estaba destinado a ser: el Sumo Sacerdote.

El Talmud agrega una nueva dimensión de lo significativo de este momento. En la Zarza Ardiente, Moshé se resistió repetidas veces al llamado de Dios para liderar al pueblo. Al final Dios le dijo que Aarón lo acompañaría, ayudándolo a hablar (Éxodo 4:14-16). El Talmud dice que ese fue el momento en que Moshé perdió la posibilidad de ser Sacerdote: “Originariamente (dijo Dios) Yo tenía la intención de que tú fueras el sacerdote y tu hermano Aarón, levita. Ahora él será sacerdote, y tú un levita.”[3]

Esa fue la lucha interna de Moshé, indicada por un shalshelet. Está por nombrar a su hermano para un cargo que él nunca podrá ejercer. Las cosas podrían haber sido distintas – pero la vida no se vive en el mundo del “podría haber sido.” Seguramente siente alegría por su hermano, pero le resulta inevitable tener una sensación de pérdida. Quizás ya sienta lo que descubrirá más tarde, que aunque fue profeta y libertador, Aarón tendría un privilegio negado a Moshé: ver a sus hijos y descendientes heredar su rol. El hijo de un sacerdote es sacerdote. El hijo de un profeta, raras veces lo es.

Lo que estas cuatro historias nos dicen es que llega un momento en el que debemos tomar una decisión acerca de qué somos. Es un momento de verdad existencial. Lot es un hebreo, no un ciudadano de Sodoma. Eliezer es el servidor de Abraham, no su heredero. Iosef es el hijo de Yaakov, no un egipcio de moralidad dudosa. Moshé es profeta, no sacerdote. Para decir que sí a lo que somos, debemos tener el coraje de decir que no a lo que no somos. El dolor y la lucha siempre acompañan a este tipo de conflictos. Ese es el sentido del shalshelet. Pero emergemos menos conflictuados que antes.

Esto es aplicable especialmente a los líderes, que es el motivo por el cual el caso de Moshé en nuestra parashá es tan importante. Había cosas a las cuales Moshé no estaba destinado. Nunca sería sacerdote. Esa tarea le correspondió a Aarón. Nunca lideraría al pueblo a través del Jordán. Ese sería el rol de Ieoshúa. Moshé tuvo que aceptar ambos hechos con gracia para ser honesto consigo mismo. Y los grandes líderes deben ser honestos consigo si es que serán honestos con aquellos a los que lideren.

Un líder nunca debe intentar ser todo para la gente. Debe estar satisfecho con lo que es. Los líderes deben tener la fortaleza de saber lo que no pueden ser si realmente tienen el coraje de ser leales a sí mismos.


  1. ¿Hay otras instancias en el Tanaj donde podríamos haber esperado ver un shalshelet?
  2. ¿Cómo es que la vacilación de Lot es diferente a la de los otros tres?
  3. ¿Crees que las luchas de identidad producen mejores líderes?

[1] Deuteronomio 31:19.

[2] Tanjuma, Vaieshev 8; citado por Rashi en su comentario a Génesis 39:8.

[3] Zevajim 102a.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan