Tres aproximaciones a los sueños (Miketz 5781)

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En una de las transformaciones más grandes de toda la literatura, Iosef se convierte, súbitamente, de prisionero en Primer Ministro. ¿Qué es lo que tenía Iosef – un  foráneo absoluto de la cultura egipcia, un “hebreo,” un hombre que había languidecido en la cárcel por  una acusación falsa de intento de abuso – que lo marcó como el líder del imperio más grande del mundo antiguo?

Iosef tenía tres dones que muchos poseen individualmente, pero que  pocos tienen todos juntos. El primer es que tenía sueños. En un principio,  no sabemos si sus dos sueños de adolescente – el de las espigas de sus hermanos inclinándose hacia él, o el del sol, la luna y once estrellas inclinándose también – fueron presentimientos genuinos de un futuro de grandeza, o meramente la imaginación hiperactiva de un niño mimado con delirios de grandeza.

Solo en Miketz, la parashá de esta semana, descubrimos una pieza vital de información que hasta ahora. Iosef le dice al Faraón, quien también había tenido dos sueños: “La razón por la cual el sueño se le había dado al Faraón de dos maneras es que el tema había sido decidido firmemente por Dios, y Dios lo ejecutará próximamente” (Génesis 41:32). Sólo en retrospectiva nos damos cuenta de que el sueño doble de Iosef era una señal de que estos tampoco eran fruto de su imaginación. Iosef estaba realmente destinado a ser el líder ante quien se inclinaría su familia.

Segundo, igual que Sigmund Freud varios  siglos más tarde, Iosef tenía el don de la interpretación de los sueños de los demás. Interpretó los del mayordomo y el panadero en la prisión y, en esta parashá, los del Faraón. Sus interpretaciones no fueron mágicas ni milagrosas. En el caso del mayordomo y el panadero recordó que tres días más tarde sería el cumpleaños del Faraón (Génesis 40:20). Era costumbre de los gobernantes hacer una fiesta para la ocasión y decidir la suerte de determinadas personas (en Gran Bretaña el cumpleaños de la Reina sigue con esta tradición). Por lo tanto, era razonable suponer que los sueños del mayordomo y el panadero estarían relacionados con este evento, y con sus temores y esperanzas inconscientes.[1]

En cuanto a los sueños del Faraón, Iosef pudo haber conocido las tradiciones egipcias antiguas sobre las hambrunas de los siete años. Najum Sarna cita el texto de la región del Rey Djoser (aproximadamente en siglo XXVIII a.e.c.):

Yo estaba angustiado en el Gran Trono, y los que estaban en el palacio con gran aflicción del corazón, debido a un gran mal, ya que el Nilo no había aparecido en mi tiempo por el lapso de siete años. Los cereales escaseaban, los frutos estaban secos y todo lo comestible estaba en falta.[2]

Najum Sarna, Understanding Genesis

El logro más impresionante de Iosef, sin embargo, fue su tercer don, la capacidad de implementar los sueños, al resolver el problema del cual los sueños eran una alerta  temprana. Apenas relató lo de la hambruna de los siete años, continuó sin pausa para dar la solución:

“Ahora, que el Faraón busque un hombre sabio y con discernimiento y lo ponga a cargo de la tierra de Egipto. Que el Faraón nombre comisionados de la tierra y que retenga un quinto de la cosecha de Egipto durante los siete años de abundancia. Ellos deben recolectar todos los alimentos durante esos buenos años y almacenar los granos bajo la autoridad del Faraón para ser guardados como alimento en las ciudades. Este alimento debe quedar como reserva para el país, para ser utilizado durante los años de hambruna que vendrán sobre Egipto, para que el país no sea arruinado por la escasez.”

Génesis 41: 33-36

Hemos visto anteriormente a Iosef como un gran  administrador, tanto en la casa de Potifar como en la prisión. Fue este don, demostrado precisamente en el momento apropiado, que lo llevó a ser nombrado Virrey de Egipto.

De Iosef entonces, aprendemos tres principios. El primero: soñar sueños. Nunca tener miedo de dejar volar la imaginación. Cuando las personas me piden consejos sobre el liderazgo, yo les digo que se tomen el tiempo, el espacio y la imaginación para soñar. En los sueños descubrimos nuestra pasión y seguir esa pasión es la mejor manera de vivir una vida gratificante.[3]

Muchas veces se considera que soñar no es práctico. No es así; es una de las cosas más prácticas que podemos hacer. Hay personas que ocupan meses planeando sus vacaciones pero ni un día para planear una vida. Se dejan llevar por los vientos del azar y de las circunstancias. Eso es un error. Los Sabios decían: “Cuando encuentren en la Torá la palabra vayejí, ‘Y ocurrió’, es siempre el preludio de una tragedia”.[4] Una vida vayejí es la que permitimos pasivamente que las cosas ocurran. Una vida yejí (“que sea”) es aquella en la que hacemos que las cosas ocurran, y son nuestros  sueños los que nos indican la dirección.

Teodoro Herzl, a quien más que cualquier otra persona le debemos la existencia del Estado de Israel, solía decir: “Si lo deseas, no es un sueño”. Una vez escuché una historia magnífica de Elie Wiesel. Hubo un tiempo en el que Teodoro Hertzl y Sigmund Freud vivieron en el mismo distrito en Viena. “Afortunadamente” dijo, “nunca se encontraron. ¿Se imaginan lo que habría pasado si se hubieran encontrado? Teodoro Herzl, hubiera dicho: ‘Tuve el sueño de un Estado judío.’ A lo cual Freud le habría contestado: ‘Dígame, Sr. Herzl, ¿durante cuánto tiempo ha estado soñando este sueño? Acuéstese en el diván que lo analizaré’. Herzl se hubiera curado de sus sueños y, hoy, no habría Estado judío”. Afortunadamente, el pueblo judío nunca se ha curado de sus sueños.

El segundo principio es que los líderes interpretan los sueños de los demás. Articulan lo incipiente. Encuentran la manera de expresar las esperanzas y los temores de una generación. En su discurso “Tengo un sueño”, Martin Luther King Jr. trató de tomar las esperanzas de los afroamericanos y darles alas. No fueron los sueños de Iosef los que lo transformaron en líder; fueron los del Faraón. Nuestros sueños nos dan una dirección, son los de los demás los que nos confieren la oportunidad.

El tercer principio es: encontrar la forma de llevar a cabo los sueños. Primero, ver el problema, luego encontrar la solución. El Kotzker Rebe en una ocasión llamó la atención sobre una dificultad en un escrito de Rashi. Rashi (Éxodo 18:1) dijo que a Itró se le dio el nombre de Ieter (que significa “él agregó”) porque “él agregó un pasaje de la Torá comenzando (con las palabras) “Elige de entre el pueblo…” (Éxodo 18:21). Esto ocurrió cuando Itró vio a Moshé liderando en soledad y le dijo que eso no era bueno, que iban a quedar exhaustos tanto él como el pueblo. O sea que debía elegir a buenas personas y delegar gran parte del peso del liderazgo en ellos.

El Kotzker señaló que el pasaje que Itró agrego a la Torá no comenzó con “Elige de entre la gente.” Comenzó varios versículos antes cuando dijo “Lo que estás haciendo no está bien.” (Éxodo 18:17) La respuesta del Kotzker fue muy simple. Decir que “Lo que estás haciendo no está bien” no es un agregado a la Torá – es meramente señalar el problema. El agregado consistió en la solución: delegar.

Los buenos líderes resuelven ellos mismos los problemas o se rodean de personas que los solucionen. Es fácil ver cuando las cosas salen mal. Lo que hace a un líder es  tener la capacidad de encontrar la manera de que salgan bien. El genio de Iosef no fue el de predecir los siete años de plenitud seguidos por siete años de hambruna, sino de diseñar un sistema de almacenaje que asegurara la disponibilidad de los  alimentos en los años de carencia y de hambre. Sueñen sueños; comprendan y articulen los sueños de los otros y encuentren las maneras de convertir los sueños en realidad – esos son los tres dones del liderazgo, a la manera de Iosef.


  1. Soñar sueños: ¿cuán grandes son las ideas que sueñas para tu vida?
  2. Comprender los sueños de los demás: ¿escuchas alguna vez las aspiraciones de otras personas y las ayudas a visualizarlas de forma más clara?
  3. Busca formas de transformarlos: ¿cómo puedes convertir esos sueños en realidad?

[1] Ibn Ezra 40:12 y Bejor Shor hacen esta sugerencia.

[2] Najum Sarna, Understanding Genesis, Nueva York, Schocken Books, 1996, 219.

[3] Uno de los textos clásicos sobre este tema es el de Ken Robinson, The Element: How Finding Your Passion Changes Everything, Nueva York, Penguin Books, 2009.

[4] Meguilá 10b.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan