Comenzando la travesía (Jaié Sará 5781)

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Hace un tiempo, un periódico británico, The Times, entrevistó a un integrante de la comunidad judía y miembro de la Casa de los Lores (House of Lords) – llamémoslo Lord X – en su nonagésimo segundo cumpleaños. El periodista dijo, “La mayoría de las personas cuando llegan a los 92 años comienza a bajar las revoluciones. Pero usted parece que acelerara. ¿Por qué?”

La respuesta de Lord X fue: “Cuando uno llega a los 92, comienza a ver que la puerta se va cerrando, y tengo tantas cosas que hacer antes de que se cierre que cuanto más envejezco, más duro  trabajo.”

La parashá de esta semana sobre Abraham nos produce una impresión similar. Sara, su compañera fiel  durante todas las travesías, ha muerto. Él tiene 137 años. Lo vemos lamentando la muerte de Sara, pero inmediatamente entra en acción. Se involucra en una complicada negociación para comprar un sitio para enterrarla. Como claramente lo describe la narración, no es tarea fácil. Él le confiesa al pueblo local, el hitita, que es “un inmigrante y residente entre ustedes” (Génesis 23:4), dando a entender que sabe que no tiene derecho a comprar un terreno allí. Necesitará una concesión especial para lograrlo. Los hititas respetuosa pero firmemente tratan de desalentarlo. Él no necesita comprar el sitio: “ninguno de nosotros le negará un lugar para enterrar a su muerto.” (Génesis 23: 6) Podría enterrar a Sara en un cementerio ajeno. Igualmente respetuoso, pero no menos firme, Abraham manifiesta que está decidido a comprar el sitio. Y, finalmente, paga un precio exorbitante (400 shekels de plata) para lograrlo.

La compra de la Cueva de Majpelá es,  sin duda,  un evento muy importante, porque está registrado con gran detalle y con una terminología fuertemente legal, no sólo aquí sino en tres oportunidades subsecuentes en Génesis (aquí en 23:17, y luego en 25:9, 49:30 y 50:13) y, en cada ocasión, con igual formalidad. Acá, por ejemplo, lo vemos a Yaakov en su lecho de muerte, hablándoles a sus hijos:

Entiérrenme con mis padres en la Cueva en el llano de Efrón el hitita, la cueva en la tierra de Majpelá cerca de Mamré en Canaán, que Abraham adquirió como cementerio a Efrón el hitita. Allí Abraham y su esposa Sara fueron enterrados, ahí Ytzjak y su esposa Rebeca fueron enterrados y allí enterré a Leah. El campo y la cueva fueron comprados a los hititas.”

Génesis 49- 29,32

Acá se está insinuando algo significativo, de lo contrario ¿por qué especificar cada vez, con tanta  precisión, dónde estaba el campo y a quién se lo compró Abraham?

Inmediatamente después de la compra del terreno leemos, “Abraham era anciano, bien avanzado en años, y Dios había bendecido a Abraham en todo.” (Génesis 24:1) De nuevo esto parece sonar como el final de una vida, no el prefacio de una nueva acción, y nuevamente nuestra expectativa entra en confusión. Abraham se lanza aquí a una nueva iniciativa: esta vez la de encontrar una esposa adecuada para su hijo Ytzjak, que tenía, para ese entonces, por lo menos 37 años de edad. Abraham instruye a su sirviente de mayor confianza para que vaya “a mi tierra, a mi lugar de nacimiento” (Génesis 24: 2), para buscar a la mujer apropiada. Quiere que Ytzjak tenga una mujer que comparta su fe y su modo de vida. Abraham no estipula que debe provenir de su propia familia, pero en el trasfondo parece ser una suposición latente.

Como en el caso de la compra de la tierra, el transcurso de estos  eventos se describe con casi más detalle que en cualquier otro pasaje de la Torá. Cada intercambio de palabras queda registrado. El contraste con el episodio de las Ligaduras de Ytzjak no podría ser mayor. Allí, casi todo – los pensamientos de Abraham, los sentimientos de Ytzjak – quedan sin expresión. Aquí, se dice todo. Nuevamente, el estilo literario nos llama la atención sobre la importancia  de lo que está sucediendo, sin decirnos precisamente en qué consiste.

La explicación es simple e inesperada. A través de toda la historia de Abraham y Sara, Dios promete dos cosas: hijos y una tierra. La promesa de la tierra (“Levántate, camina por la tierra a todo lo largo y lo ancho, pues Yo te la daré.” Génesis 13:17) se repite no menos de siete veces. La promesa de hijos, cuatro veces. Los descendientes de Abraham serán “una gran nación.” (Génesis 12:22) y tantos como “el polvo de la tierra” (Génesis 13:16) y “las estrellas del firmamento” (Génesis 15:5); será el padre no de una nación, sino de muchas (Génesis 17:5).

A pesar de esto, cuando muere Sara, Abraham no tiene ni un centímetro de tierra que pueda considerar como propio, y tiene un solo hijo que podrá continuar con el pacto, Ytzjak, en ese entonces soltero. Ninguna de las promesas se ha cumplido. De ahí, el extraordinario detalle de las dos narrativas principales de Jaié Sara: la compra de la tierra y la búsqueda de una mujer para Ytzjak. Aquí hay una  enseñanza: la Torá disminuye la velocidad de la narrativa cuando aumenta el ritmo de los acontecimientos, para que no perdamos detalle alguno.

Dios promete, pero nosotros debemos actuar. Dios le prometió la tierra a Abraham, pero tuvo que comprar la primera parcela. Dios le prometió a Abraham muchos descendientes, pero Abraham debía asegurar que su hijo se casara, y con una mujer que compartiera la vida del pacto, para que pueda decir él, como decimos ahora, que tuvo “nietos judíos.”

Pese a todas las promesas, Dios no lo hizo ni lo hará Él solo. Por el mismo acto de autolimitación (tzimtzum) mediante el cual creó el espacio para la libertad humana, Dios nos da la responsabilidad, y solo ejerciéndola podemos arribar a la estatura plena de seres humanos. Dios salvó a Noaj del Diluvio, pero Noaj debía construir el Arca. Le dio la tierra de Israel al pueblo de Israel, pero ellos tuvieron que librar las batallas. Dios nos da la fortaleza para actuar, pero hacerlo nos corresponde a nosotros. Lo que cambia el mundo, lo que nos conduce a nuestro destino, no es lo que Dios hace por nosotros, sino lo que nosotros hacemos por Dios.

Esto es lo que entienden los líderes, y es lo que hizo que Abraham fuera el primer líder judío.  Los líderes asumen la responsabilidad de crear las condiciones mediante las cuales los designios de Dios puedan ser cumplidos. No son pasivos sino activos – aún en la ancianidad, como Abraham en la parashá de esta semana. En el capítulo siguiente a la búsqueda de la mujer para Ytzjak, leemos con sorpresa que Abraham se vuelve a casar y tiene ocho hijos más. Lo que nos puede decir esto – y hay muchas interpretaciones, (la más probable sería la explicación de que Abraham fue el “padre de muchas naciones.”) – ciertamente transmite la idea de que Abraham siguió siendo joven de la misma forma que Moshé, “sus ojos sin disminución y su vigor sin merma” (Deuteronomio 34:7). Aunque la acción requiere de energía, también genera energía. El contraste entre Noaj y Abraham en la ancianidad, no podría ser mayor.

Quizás, sin embargo, el punto más importante de esta parashá es que grandes promesas – una tierra, innumerables hijos – se transforman en realidad mediante pequeños inicios. Los líderes comienzan a vislumbrar un futuro, pero también saben que hay un largo camino entre aquí y allá; y solo podemos llegar mediante un acto a la vez, día por día. No hay atajos milagrosos – y si los hubiera, no ayudarían. Ir por un atajo podría culminar en un éxito como la calabaza de Ioná, que creció durante la noche y que en ese período también murió. Abraham adquirió solo una parcela y tuvo un solo hijo para continuar con el pacto. Sin embargo, no se quejó y murió sereno y satisfecho. Porque había comenzado. Porque les dejó a las generaciones futuras algo sobre lo cual construir. Todo gran cambio es el trabajo de más de una generación y ninguno de nosotros vivirá para ver el fruto de nuestro esfuerzo. Los líderes vislumbran la destinación, comienzan la travesía, y dejan detrás de ellos a los que la continuarán. Es lo suficiente para dotar de inmortalidad a una vida.


  1. ¿Qué podrían haber dicho o hecho Adán, Eva, Caín y Noaj para asumir sus respectivas responsabilidades?
  2. ¿Cuál fue la principal cualidad de Abraham?
  3. ¿Qué podemos hacer hoy para lograr que continúe el legado de Abraham?

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan