El arco del universo moral (Haazinu 5780)

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Con lenguaje majestuoso, Moshé irrumpe en un canto, invistiendo su testamento final a los israelitas de todo el poder y de la pasión de que dispone. Comienza en forma dramática pero delicada, llamando al cielo y a la tierra a atestiguar lo que está por pronunciar, palabras que casi se reflejan en el discurso de Portia en el Mercader de Venecia, “La calidad de la merced no está forzada.”

Escuchad, oh cielos, lo que hablaré,

Escucha tú, tierra, las palabras de mi boca.

Deja que mis enseñanzas caigan como la lluvia

Y que mis palabras desciendan como el rocío,

Como chubascos sobre el nuevo césped,

Como la lluvia abundante para las tiernas plantas.

Deuteronomio 32:1-2

Pero este es un mero preludio al mensaje central que quiere transmitir Moshé. Es la idea conocida como tziduk ha-din, reivindicando la justicia de Dios. Moshé lo enuncia de esta forma:

 Él es la Roca. Sus obras son perfectas,

Y todos Sus caminos son justos.

Un Dios fiel que no hace el mal,

Elevado y justo es Él.

Deuteronomio 32:4

Esta es una doctrina fundamental del judaísmo en su comprensión del mal y del sufrimiento del mundo – una doctrina difícil pero necesaria. Dios es justo. Entonces, ¿por qué ocurren cosas malas?

¿Él es corrupto? No – el defecto está en Sus hijos,

Una generación desviada y perversa.

Deuteronomio 32:5

Dios recompensa el bien con el bien, el mal con el mal. Cuando nos ocurren cosas malas, es porque hemos sido culpables de hacer algo malo. La culpa radica no en nuestras estrellas sino en nosotros mismos.

Yendo al modo profético, Moshé prevé lo que ya ha anunciado, aún antes de que el pueblo haya cruzado el Jordán y entrado en la tierra. A lo largo del libro de Devarim nos ha estado advirtiendo sobre el peligro de que en su tierra, una vez superados las dificultades del desierto y olvidadas las penurias de las batallas, el pueblo se tornará complaciente y cómodo. Atribuirá sus logros  a sí mismo y se apartará de la fe. Cuando esto ocurra, le sobrevendrán desastres:

Yeshurun creció, engordó y pateó –

Tú te has vuelto grueso, obeso, pesado –

Ellos abandonaron al Dios que los creó

Y despreciaron a la Roca, su Salvador…

Desertaron de la Roca que los creó;

Y olvidaron al Dios que les dio la vida.

Deuteronomio 15:18

Esta, que es la primera vez que aparece la palabra Yeshurún en la Torá – de la raíz yashar, erguido – es deliberadamente irónica. Israel alguna vez supo lo que era ser erguido, pero caerá en el desvío por una combinación de riqueza, seguridad y asimilación con las costumbres de sus vecinos. Traicionará los términos del pacto y cuando ello ocurra verá que Dios ya no está con él. Descubrirá que la historia es un lobo hambriento. Separado de su fuente de fortaleza, será avasallado por sus enemigos. Todo lo que la nación alguna vez disfrutó se perderá. Este es un mensaje temible y terrible.

Sin embargo Moshé está llegando al final de la Torá con un tema que ha estado presente desde el principio. Dios, Creador del universo, creó un mundo que es fundamentalmente bueno: esa palabra se repite siete veces en el primer capítulo de Bereshit. Son los humanos,   con su libre albedrío por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, los que introducen el mal en el mundo y luego sufren las consecuencias. De ahí la insistencia de Moshé de que cuando aparecen los problemas y las tragedias, es necesario hurgar la causa en nosotros mismos y no culpar a Dios. Dios es recto y justo. Las limitaciones son nuestras, las limitaciones son de Sus hijos.

Esta es quizás la idea más difícil de todo el judaísmo. Está abierta a la más sencilla de las objeciones, una que ha resonado en casi cada una de las generaciones. Si Dios es justo, ¿por qué pasan cosas malas a gente buena?

Es una pregunta formulada no por los escépticos, los que dudan, sino por los verdaderos héroes de la fe. Lo escuchamos en la súplica de Abraham “¿Será que el Juez de toda la tierra no imparta justicia?” Lo escuchamos en el desafío de Moshé, “¿Por qué has hecho mal Tú a este pueblo?” Y resuena nuevamente en Jeremías: “Dios, Tú siempre tienes razón cuando discuto contigo. Pero debo plantear mi caso frente a Ti: ¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué son ellos tan felices? (Jeremías 12:1)

Es una discusión que nunca cesó. Siguió a través de toda la literatura rabínica. Se oyó también en los kinot, los lamentos, impulsados por las persecuciones de los judíos en la Edad Media. Aparece en la literatura producida en los albores de la expulsión de España y su eco continúa vibrando en las memorias del Holocausto.

El Talmud dice que de todas las preguntas que Moshé  le hizo a Dios, esta es la única que Él no respondió.[1]  La interpretación más simple y profunda está en el Salmo 92: “La canción del día de Shabat.” Aunque “los malvados crecen como el césped”, a la larga serán destruidos. Los rectos, por contraste, “florecen como la palmera y crecen como el cedro del Líbano.” El mal vence en el corto plazo pero nunca en el largo. Los malvados son como el césped mientras que los justos son como los árboles. El césped crece de la noche a la mañana, al árbol le lleva años alcanzar su altura plena. A la larga, las tiranías son derrotadas. Los imperios se debilitan y caen. La bondad y la verdad vencen en la batalla final. Como dijo Martin Luther King sobre el espíritu del Salmo: “El arco del universo moral es extenso, pero se inclina hacia la justicia.”

 Este compromiso de ver la justicia en la historia bajo la soberanía de Dios es una creencia difícil. Pero veamos las alternativas. Hay tres: La primera es decir que no existe ningún sentido en la historia. Homo hominis lupus est. “El hombre es como lobo para el hombre”. Como señaló Tucídides en nombre de los atenienses: “Los fuertes hacen lo que quieren, los débiles sufren lo que deben.” La historia es una lucha darwiniana para sobrevivir, y la justicia no es más que el nombre dado a la voluntad de poder del más fuerte.

La segunda, sobre la cual escribí en Not in God’s Name, es el dualismo, el concepto de que el mal no proviene de Dios sino de una fuerza independiente: Satanás, el Diablo, el Anticristo, Lucifer, el Príncipe de las Tinieblas, y tantos otros nombres dados a la fuerza que no es Dios sino que se opone a Él y a aquellos que Lo veneran. Esta idea que ha aparecido de forma sectaria en cada uno de los monoteísmos abráhamicos así como en los totalitarismos seculares modernos, es la más poderosa de toda la historia. Divide a la humanidad en los indiscutiblemente buenos y los irremediablemente malvados, dando curso a una larga secuencia de derramamiento de sangre y barbarie, del tipo que vemos hoy en día en muchas partes del mundo en forma de guerra santa contra el gran y el pequeño Satán. Esto  es  dualismo, no monoteísmo, y los Sabios, que lo llamaron shtei reshuyot, “dos poderes o dominios”,[2] (2) tenían razón en rechazarlo sumariamente.

La tercera alternativa, debatida extensamente en la literatura rabínica, es decir que la justicia existe ulteriormente en el mundo  venidero, en la vida después de la muerte. Aunque este es un elemento esencial del judaísmo, es impactante ver qué poco ha recurrido el judaísmo a él, reconociendo que el tema central del Tanaj se ubica en este mundo, en la vida antes de la muerte. Puesto que es aquí donde debemos trabajar en pos de la justicia, la igualdad, la compasión, la decencia, aliviar la pobreza y lograr, en lo que esté a nuestro alcance, la perfección de la sociedad y de nuestras propias vidas. El Tanaj casi nunca elige esta opción. Dios no le dice a Jeremías o a Job que las respuestas a estas preguntas están en el cielo y que las verán apenas dejen de estar sobre la tierra. La pasión por la justicia, tan característica del judaísmo, se disiparía al instante si esta fuera la única respuesta.

Aun siendo difícil la fe judía, ha tenido el efecto a lo largo de la historia de inducirnos a decir: si han ocurrido cosas malas, no culpemos a nadie más que a nosotros mismos, y trabajemos para superarlo.  Yo creo que fue esto lo que llevó a los judíos una y otra vez a emerger de la tragedia, conmovidos, lastimados, cojeando como Yaakov después de su encuentro con el ángel, pero listos para comenzar nuevamente, para asumir nuestra misión y fe, para atribuir nuestros logros a Dios y nuestras derrotas a nosotros mismos.

Yo creo que de esa humildad nace una fortaleza trascendente.


[1] Berajot 7a.

[2] Berajot 33b.


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Traductores

Carlos Betesh