Cómo renovar una nación (Nitzavim-Vayelej 5780)

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El Talmud propone una lectura ingeniosa de la frase “Moshé nos ordenó la Torá como herencia de la congregación de Israel.” Observando que hay 613 preceptos y que el valor numérico de la palabra Torá es 611, entiende que de hecho Moshé nos entregó 611 preceptos, mientras que los otros dos restantes – “Yo soy el Señor vuestro Dios” y “No tendrás otros dioses delante de Mí,” (los primeros dos de los 10 mandamientos) – los israelitas los recibieron, no de Moshé, sino directamente de Dios.[1]

Los sabios podrían haber hecho una distinción diferente. Moshé nos dio 611 preceptos y hacia el final, en Vayelej nos dio dos meta-preceptos, preceptos acerca de los preceptos. Éstos son Hakel, el precepto de reunir al pueblo cada siete años para una lectura pública de las secciones principales de la Torá y “Ahora, escriban para ustedes esta canción.” (Deuteronomio 31:19) que la tradición interpreta como el precepto para escribir o tomar parte de la escritura de un Sefer Torá propio.

Estos dos preceptos están separados de todos los demás. Fueron dados después de recapitular toda la Torá en el libro de Devarim, las bendiciones y maldiciones y la ceremonia de la renovación del pacto. Están insertos en la narrativa en la que Moshé le cede el liderazgo a su sucesor, Ieoshúa. La conexión es que tanto las leyes como la narrativa tienen que ver con la continuidad. Las leyes están para asegurar que la Torá nunca envejecerá, que será reescrita en cada generación, que nunca será olvidada por el pueblo, y que nunca dejará de ser su constitución activa como nación. La nación nunca abandonará sus principios fundantes, su historia, identidad, la custodia del pasado y la responsabilidad por el futuro.

Observen la hermosa complementación de ambos preceptos. Hakel, la asamblea nacional, está dirigida al pueblo en su totalidad. Escribir un Sefer Torá, está dirigido al individuo. Esta es la esencia de la política del pacto. Tenemos responsabilidad individual y responsabilidad colectiva. En palabras de Hillel, “Si yo no estoy para mí, ¿quién lo estará? Pero si estoy sólo para mí, ¿qué soy?” En el judaísmo, el estado no lo es todo como en los regímenes autoritarios. Tampoco lo es todo el individuo, como en las democracias actuales radicalmente individualistas.  Una sociedad de pacto se construye cuando cada uno acepta la responsabilidad por todo, cuando los individuos se comprometen por el bien común. De ahí que el Sefer Torá – nuestra constitución escrita como nación – deba ser renovada en la vida del individuo (precepto 613) y de la nación (precepto 612).

La Torá describe la mitzvá de Hakel de esta forma:

“Al final de cada siete años, en el año de la cancelación de deudas, durante el festival de los Tabernáculos, cuando todo Israel acude a estar frente al Señor vuestro Dios en el lugar que Él elegirá, habrás de leer esta Torá ante ellos para que escuchen. Reúne a la gente – hombres, mujeres y niños, y los extranjeros que habiten en vuestras ciudades – para que puedan escuchar y aprender a reverenciar al Señor vuestro Dios y seguir cuidadosamente todas las palabras de esta Tora. Los niños, que no saben, lo escucharán y aprenderán a temer al Señor vuestro Dios por todos los años que vivan en la tierra que están cruzando el Jordán para poseer.”

Deuteronomio 31:10-13

Noten la inclusividad del evento. Sería anacrónico decir que la Torá es igualitaria en el sentido contemporáneo. Después de todo, en 1776, quienes dieron forma a la declaración de la Independencia de Estados Unidos podrían decir: “Nosotros consideramos que estas verdades son en sí evidentes, que todos los hombres fueron creados iguales,” mientras existía la esclavitud y ninguna mujer podía votar. Sin embargo, la Torá consideraba esencial que mujeres, niños y extranjeros fueran incluidos en la ceremonia de ciudadanía en la república de la fe.

¿Quién era el que leía? La Torá no lo especifica, pero la tradición adjudica ese rol al Rey. Eso era extremadamente importante. Ciertamente, la Torá separa la religión de la política. El Rey no era el Sumo Sacerdote, y el Sumo Sacerdote no era Rey.[2] Esto era revolucionario. En casi todas las sociedades de la antigüedad el jefe de estado era el titular de la religión; esto no era casual sino esencial en la visión pagana de la religión como factor de poder. Pero el Rey estaba subyugado a la Torá. Le fue ordenado tener un rollo especial de la Torá escrito para él; debía tenerlo consigo cuando se sentaba en el trono y leerlo “todos los días de su vida.” (Deuteronomio 17:18-20). En este caso también, al leer la Torá frente al pueblo reunido cada siete años, estaba demostrando que la nación como entidad política existía bajo el manto sagrado de la palabra Divina. Nosotros somos un pueblo, decía el Rey implícitamente, formado por el pacto. Si lo guardamos, floreceremos. Si no, fracasaremos.

Maimónides describe la ceremonia de esta manera:

Sonaban las trompetas por todo Jerusalem para reunir al pueblo; y una plataforma elevada, hecha de madera, era traída al centro de la Corte de Mujeres. El Rey subía allí y se sentaba para que su lectura pudiera ser escuchada… El jazán de la sinagoga tomaba un Sefer Torá y se lo entregaba al dignatario principal de la sinagoga, quien a su vez se lo daba al sacerdote asistente del Sumo Sacerdote, este al Sumo Sacerdote y de ahí al Rey, para honrarlo mediante el servicio de múltiples personas… El Rey leía las partes que hemos mencionado hasta que llegaba al final. Entonces enrollaba el Sefer Torá diciendo la bendición después de la lectura, de la misma manera que se hace en la sinagoga… A los prosélitos que no sabían hebreo, se les pedía que tornen sus corazones y que escuchen con el máximo respeto y reverencia, como el día que fue entregada la Torá en el Sinaí. Hasta a los grandes estudiosos que conocían toda la Torá se les pedía escuchar con la máxima atención… Cada uno debía considerarse a sí mismos como si estuviera cargando la Torá por primera vez, como si la hubiera escuchado de la boca de Dios, ya que el Rey era un embajador que proclamaba las palabras de Dios.[3]

Mishné Torá Jaguigá 3:4-6.

Aparte de darnos una sensación de la grandeza de la ocasión, Maimónides hace una sugerencia radical: que Hakel es la reconstrucción de la Entrega de la Torá en el Sinaí – “como el día que fue entregada la Torá,” “como si la hubiera escuchado de la boca de Dios” – y por lo tanto sería una ceremonia de renovación del pacto. ¿Cómo llegó a esa idea? Casi con certeza por la descripción de Moshé de la Entrega de la Torá en Vaetjanán:

El día que se pararon frente al Señor vuestro Dios en Horeb, cuando el Señor vuestro Dios me dijo “Reúne (hakel) al pueblo ante Mí para que puedan escuchar Mis palabras, para que Me puedan reverenciar mientras vivan en la tierra, y de esa forma enseñar a sus hijos.”

Deuteronomio 4:10

Las palabras resaltadas figuran todas en el precepto de Hakel, especialmente la palabra misma Hakel, que solamente aparece una vez en otro lugar en la Torá. De esa forma el Sinaí era recreado en el Templo de Jerusalem cada siete años y así la nación, hombres, mujeres, niños y extranjeros, renovaban su compromiso con sus principios fundantes.

El Tanaj nos presenta vívidas descripciones de las ceremonias de renovación del pacto en los días de Ieoshúa (Ieoshúa 24) de Josiah (Reyes II 23) Asa (Crónicas II 15) y Ezra y Nehemías (Nehemías 8-10). Estos eran momentos históricos en los que la nación se comprometía nuevamente consigo misma después de un largo periodo de relajación religiosa. Por el hecho de Hakel y la renovación del pacto, Israel  resultó capaz de rejuvenecer eternamente, recuperando lo que Jeremías llamó “la devoción de tu juventud” (Jeremías 2:2).

¿Qué pasó con Hakel en los casi dos mil años que Israel no tuvo rey, país, Templo ni Jerusalem? Algunos estudiosos han hecho la curiosa sugerencia de que el minhag Eretz Israel, la costumbre de los judíos en y de Israel que duró hasta el siglo XIII de leer la Torá no una vez por año sino cada tres o tres años y medio, era para crear el ciclo de siete años, de manera que la segunda lectura terminara al mismo tiempo que Hakel, o sea, en la festividad de Sucot posterior al año sabático (una especie de Simjat Torá cada siete años).[4]

Yo propondría una respuesta bastante distinta. La institución de la lectura de la Torá los sábados a la mañana, que se remonta a la antigüedad, adoptó una nueva significación en los tiempos de exilio y dispersión. Hay costumbres que nos recuerdan a Hakel. La Torá es leída, como lo era entonces por el Rey en Hakel por a Ezra en su asamblea, parados en la bimá, una plataforma de madera elevada. El lector de la Torá nunca permanece solo, generalmente está acompañado por tres personas en la bimá: el segan, el lector y la persona llamada a la Torá, representando respectivamente a Dios, Moshé y los israelitas.[5]

De acuerdo a la mayoría de los halajistas, la lectura de la Torá es jovat tzibur, una obligación de la comunidad, en contraposición con el estudio de la Torá, que es jovat iajid, una obligación del individuo.[6] Por lo tanto, yo entiendo que kiriat ha-Torá debe ser traducido, no como la “Lectura de la Torá”  sino como “la Proclamación de la Torá.” Es nuestro equivalente del Hakel, transpuesto del séptimo año al séptimo día.

Es difícil para los individuos, y más para las naciones, permanecer siempre juveniles. Nos desviamos, perdemos el camino, nos distraemos, confundimos el sentido del propósito y con él nuestra energía y potencia. Yo creo que la mejor manera de permanecer siendo jóvenes es nunca perder la “devoción de la juventud,” las experiencias definitorias que nos han hecho lo que somos, los sueños que tuvimos no hace tanto tiempo de cómo cambiar el mundo para mejor, para que sea un lugar más agradable, más bello espiritualmente. Hakel fue el regalo de despedida de Moshé para nosotros, mostrándonos cómo sería posible lograrlo.


[1] Macot 23b-24a.

[2] Esta regla fue rota por algunos reyes jasmoneos, con consecuencias desastrosas a largo plazo.

[3] Mishné Torá Jaguigá 3:4-6.

[4] Ver R. Eljanan Samet, Iyunim be-Parashot ha-Shavua, segunda serie, 2009, volumen 2, 442-461.

[5] Shulján Aruj, Oraj Jaim 141:4, y el comentario de Levush ad loc.

[6] Esta es la visión de Ramban, reconocida por la mayoría como normativa. Ver por ejemplo Yalkut Iosef, Hiljot Kiriat ha-Torá.


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Traductores

Carlos Betesh