El juego infinito (Vaetjanán 5780)

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El popular autor y conferencista de las charlas TED, Simon Sinek, publicó recientemente un libro titulado El Juego Infinito[1], basado en la distinción primero articulada por James P. Carse,[2] que trata sobre la diferencia entre dos tipos de emprendimientos. Uno, el juego finito, tiene un punto de comienzo y otro de finalización. Obedece a reglas, reconoce límites y tiene ganadores y perdedores. La mayoría de los deportes son así. También frecuentemente en política: hay campañas, elecciones, normas y reglamentaciones, candidatos exitosos y derrotados. Las empresas pueden manejarse de igual manera cuando se concentran en las utilidades trimestrales, valor de las acciones, porcentaje de mercado y demás.

Pero también hay juegos infinitos. No tienen punto de partida ni tiempo de terminación, no hay ganadores ni perdedores claros, no hay reglas ni límites. El arte es así. También la música y la literatura. Beethoven no ganó. Bach no perdió. Grandes artistas cambian las reglas. Eso es lo que hicieron Beethoven, Schoenberg y Stravinsky; también Van Gogh, Cezanne y Picasso. La política puede ser así cuando se eleva por sobre las encuestas de opinión y pone su visión sobre temas más fundamentales, como la justicia, la equidad y la salud moral de la sociedad.  La educación es un juego finito cuando se concentra en los resultados de los exámenes y las calificaciones, o puede ser infinito cuando trata la extensión y la profundidad de comprensión y el desarrollo de la personalidad.

Los juegos finitos se llevan a cabo para para ganar. Los infinitos se juegan por su propio desarrollo. Los finitos generalmente se hacen frente a una audiencia de algún tipo. Los infinitos son participativos. Nos dedicamos a ellos porque son fuente de cambio. Van Gogh no necesitó vender sus cuadros para que su arte fuera considerado válido. Beethoven no buscó la popularidad cuando escribió sus últimas sonatas y cuartetos. James Joyce no aspiró a ser un bestseller cuando escribió su Ulysses.

Los juegos infinitos no son un medio para un fin: ganar el campeonato, dominar el mercado, vencer en una elección. Son lo que los psicólogos llaman autotélicos, o sea, que contienen su propósito en sí mismos. Lo hacemos porque la actividad es inherentemente creativa, exigente, inspiradora y ennoblecedora.

Ahora debe estar claro que estos no son meramente dos tipos de juego. Son dos formas diferentes de jugar un juego. Si en cualquier país, en cualquier tiempo, la política es tratada como un juego finito donde todo lo que importa son los ratings de popularidad y los resultados electorales, entonces rápidamente se torna superficial, trivial, sin inspiración. La calidad del liderazgo disminuye. El público se vuelve cínico y desilusionado. La verdad es erosionada y el vínculo social se debilita. Cuando la política se eleva con un sentido histórico y de destino por parte de sus líderes, cuando no es fruto de las ansias  de poder sino una forma de servicio-a-otros y de responsabilidad social, cuando es movida por ideales elevados y aspiración ética, el líder se transforma entonces en estadista y la política en un propósito noble.

Esto no significa denigrar los juegos finitos. Los necesitamos, porque en muchos ámbitos de la vida necesitamos reglas y límites de tiempo. Pero también necesitamos un espacio para los juegos infinitos porque están entre las formas de expresión más elevadas del espíritu humano.

Estas reflexiones me fueron provocadas por dos versículos de nuestra parashá:

Tengan la certeza de cumplir los mandamientos, decretos y leyes que el Señor vuestro Dios les ha ordenado. Hagan lo correcto y lo bueno ante la vista del Señor… (Deuteronomio 6:17-18)

El problema es que el primer versículo parecería abarcar las 613 mitzvot de la Torá. Son mandamientos, decretos y leyes. ¿Por qué entonces agrega la Torá “Hagan lo correcto y lo bueno ante la vista del Señor”? Ciertamente, el hecho de hacer lo que es bueno y lo correcto no es otra cosa que cumplir con los mandamientos, decretos y leyes. ¿No son dos formas de decir la misma cosa?

Sin embargo, como lo explica el Talmud[3]: “Harás lo que es bueno y correcto ante los ojos del Señor” significa que uno no debe hacer algo que no es bueno ni incorrecto aunque esté autorizado legalmente. Esta es la base de la importante ley judía dina debar metzra, “la ley de la propiedad contigua.” Cuando el propietario de una tierra vende una parcela, el titular del campo adyacente tiene el derecho de comprarlo. Si se vende a un tercero, el comprador debe devolver la parcela al vecino que le abonará el precio que fue acordado.

Esta ley no abarca la propiedad de la tierra como tal. En general, el dueño de la tierra tiene el derecho de venderla a quién le plazca. Se trata de hacer “lo bueno y lo correcto” – lo que a veces se llama menschlichkeit. Para el vecino, comprar esa tierra es un beneficio inmenso. Puede expandirse sin dispersar sus propiedades en lugares distantes. Para el comprador la pérdida de esta posibilidad de compra no le resulta significativa porque puede comprarla en otra localidad. La ley de bar metzra se aparta de los principios habituales de la ley para lograr el fin moral: ayudar al vecino.

Rashi, basándose en este pasaje talmúdico, dice que hacer lo bueno y lo correcto ante los ojos del Señor significa “el compromiso de actuar más allá del requerimiento estricto de la ley.”[4] Ramban acuerda con él pero va más allá al hacer una aseveración fascinante y fundamental:

Y la intención de esto es desde el principio que Dios pidió que se cumplan los mandamientos, testimonios y leyes como fueron ordenados por Él. Y ahora dice: aun teniendo en cuenta lo que no fue ordenado por Dios, presten atención de hacer lo que es bueno y correcto ante los ojos del Señor, porque Dios ama lo correcto y lo bueno. Esto es importante porque es imposible mencionar en la Torá todos los detalles del comportamiento de los hombres con sus vecinos, en los negocios o en reglamentaciones locales. La Torá menciona muchas de esas leyes, como “No chismosear,” “No te vengarás ni guardarás rencor,” “No permanecerás indiferente ante la sangre de tu vecino,” «No insultarás al sordo,” “Te pondrás de pie ante el anciano,” y así sucesivamente. Ahora señala que uno debe hacer lo bueno y lo correcto en todo, incluyendo el compromiso de actuar más allá de los requerimientos estrictos de la ley.[5]

Ramban parece concordar con Rashi, pero en realidad está planteando un tema diferente. Rashi dice: cumple con la ley y ve más allá de ella. Ramban dice: hay ciertas cosasque no pueden ser especificadas por la ley “porque es imposible mencionar en la Torá todos los detalles del comportamiento humano.” La Torá nos da algunos ejemplos: no chismosear, no vengarse, etc. Pero el resto depende de la situación, las circunstancias, la persona o las personas con las que se está tratando.

Con respecto a lo que desarrollamos al principio de este ensayo, no todo lo de la Torá es un juego finito. En gran parte lo es. Hay reglas, preceptos, decretos y leyes. Hay una halajá. Hay límites: leche, carne, dominio público, dominio privado. Hay comienzos y fines: la hora más temprana para decir la Shemá y la más tardía. Hay éxitos y fracasos: se cumple totalmente o no se cumple el precepto de la cuenta del Omer. Todo esto es finito, aunque esté dedicado Al-que-es-Infinito.

El tema planteado por Ramban (también por el Maguid Mishné[6]) es que hay sectores de la vida moral que no pueden ser reducidas a reglas. Eso se debe a que las reglas abarcan generalidades, pero las vidas humanas son particulares. Somos todos diferentes. También lo son las situaciones en las que nos hallamos. La gente buena sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo elogiar, cuándo desafiar. Escuchan la palabra no pronunciada, sienten el dolor oculto, se concentran en la otra persona más que en sí mismos, están guiados por un sentido moral profundamente internalizado que los aleja instintivamente de cualquier cosa que no sea lo bueno y lo correcto. Lo “bueno y lo correcto a los ojos del Señor” es parte de la vida moral que es un juego infinito.

Existe una delicada versión de tal persona en el Salmo 15: “La persona que camina sin culpa, que hace lo correcto, que expresa la verdad desde su propio corazón… que no hace ningún mal al otro, que no vitupera a otros… que cumple con un juramento aunque duela, que no cambia de parecer… Cualquiera que cumpla con todo esto, nunca será perturbado.”

Yo creo que cometemos un error fundamental al pensar que todo lo que debemos hacer es conocer y cumplir las reglas que gobiernan las interacciones bein adam le-javero, entre nosotros y nuestros semejantes. Las reglas son esenciales pero también incompletas. Debemos desarrollar la conciencia que nos permita no hacer el mal, dañar o herir a alguien aunque las reglas lo autoricen[7].  La vida moral es un juego infinito que no puede ser reducido a reglas. Necesitamos aprender e internalizar el sentido de “lo bueno y lo correcto.”

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[1] Simon Sinek, The Infinite Game, Portfolio Penguin, 2019.

[2] James P. Carse, Finite and Infinite Games, Free Press, 1986.

[3] Baba Metzia 108a

[4] Lifnim mishurat hadin significa “dentro de” no “más allá de” las demandas estrictas de la ley. El significado es: Yo tengo ciertos derechos en la ley pero puedo decidir no ejercerlos porque el bienestar de otra persona puede ser dañado si lo hago. “Dentro de” significa “no voy a llegar al límite de legitimar mi reclamo. Elijo no ejercer mi derecho.”

[5] Comentario de Ramban a Deuteronomio 6:18; ver también su comentario a Levítico 19:2 donde se expresa de manera similar.

[6] Ver el comentario de Maguid Mishné a Rambam, Hiljot Shejenim 14:3.

[7] Ramban desarrolló este y otros casos similares la idea de naval bi-reshut ha-Torá. Ver su comentario a Levítico 19:2

Traductores

Carlos Betesh