¿Qué está pasando? (Shelaj Lejá 5780)

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En marzo de 2020, mientras estaba presentando mi nuevo libro,[1] participé de un programa de radio de la BBC junto con Mervyn King, que había sido el titular del Banco de Inglaterra durante la debacle financiera de 2008. Él, junto con el economista John Kay, también presentaba un nuevo libro: Radical Uncertainty, decision making for an unknowable future.[2] (Incertidumbre radical, la toma de decisiones para un futuro incognoscible).

La pandemia del coronavirus recién estaba haciéndose sentir en Gran Bretaña, y tuvo como consecuencia hacer que ambos libros resultaran relevantes de una manera que ninguno de nosotros hubiera podido predecir. El mío trata del delicado equilibrio entre el “yo” y el “nosotros”: el individualismo versus el bien común. El de ellos, sobre cómo tomar decisiones cuando no se puede saber lo que depara el futuro.

La respuesta moderna a la segunda pregunta ha sido la de pulir y refinar las técnicas predictivas usando modelos matemáticos. El problema con estos modelos es que funcionan en un mundo relativamente abstracto, delimitado, cuantificable, y no pueden operar con el carácter desordenado e impredecible de la realidad. No intentan ni pueden considerar lo que Donald Rumsfeld llamó “los desconocidos desconocidos” y Nicholas Taleb tituló “los cisnes negros” – cosas que nadie espera pero que cambian la situación. Vivimos en un mundo de incertidumbre radical.

En consecuencia, ellos proponen un enfoque diferente. En cualquier situación crítica se preguntan: “¿Qué está pasando?” Citando a Richard Rumelt: “Una gran parte del trabajo estratégico es tratar de averiguar qué pasa. No solo decidir qué hacer sino el problema más fundamental que es entender la situación.”[3] La narrativa juega un papel significativo en la toma de decisiones acertadas en un mundo incierto. Debemos preguntarnos: ¿a qué historia corresponde esta parte?

Ni Rumelt, y tampoco King y Kay citan a Amy Chua, pero su libro Political Tribes (Tribus Políticas) es un clásico que describe la falla de comprensión de una determinada situación.[4] Capítulo tras capítulo documenta los desastres de la política exterior estadounidense, desde Vietnam a Iraq, porque los que tomaron las decisiones no comprendieron las sociedades tribales. No se puede usar la guerra para transformarlas en sociedades democráticas. No entender esto llevó a malgastar años, trillones de dólares y decenas de miles de vidas humanas.

Puede parecer raro sugerir que un libro escrito por dos economistas contemporáneos contenga la clave para explicar el misterio de los espías de nuestra parashá. Pero es así.

Pensamos que conocemos la historia. Moshé envió a doce espías a evaluar la tierra. Diez de ellos volvieron con un informe negativo. La tierra es buena, pero no es conquistable. Los habitantes son fuertes, las ciudades invulnerables, los habitantes son gigantes y nosotros somos como saltamontes. Solo dos de los doce, Ieoshua y Caleb, tuvieron una visión diferente. Podemos vencer. La tierra es buena. Dios está de nuestro lado. Con Su ayuda no podemos fallar.

Según esta lectura, Ieoshua y Caleb tenían fe, confianza y coraje, los otros no. Pero esto es difícil de entender. Los diez – no solo Ieoshua y Caleb – sabían que Dios estaba con ellos. Había aplastado a Egipto. Los israelitas habían vencido recientemente a los amalequitas. ¿Cómo podían esos diez – líderes, príncipes – no saber que podían vencer a los habitantes del lugar?

¿Qué pasaría si la historia no fuera para nada así? Si no fuera sobre la fe, la confianza o el coraje. Y si fuera sobre  “¿Qué está pasando?”  – comprender la situación y qué es lo que ocurre si cuando no lo haces. La Torá nos dice que esta es la lectura correcta y nos lo señala de una manera impactante.

El hebreo bíblico tiene dos palabras para denominar “espía”: lajpor y leragel (de dónde deriva la palabra meraglim, “espías.”) Ninguna de estas palabras aparece en nuestra parashá. Ese es el punto. En cambio, en no menos de doce oportunidades encontramos un verbo inusual, la-tur. Fue revivido en el hebreo moderno y significa (y también suena parecido a) “hacer un tour.” Taiar es un turista. Hay una diferencia absoluta entre un turista y un espía.

Malbim explica la diferencia sencillamente. Latur significa buscar lo bueno. Es eso lo que hacen los turistas. Van hacia lo bello, lo majestuoso, lo que inspira. No pierden el tiempo en tratar de encontrar lo que está mal. Lajpor y leragel son lo opuesto. Van a buscar las debilidades y vulnerabilidades del lugar. De eso trata el espionaje. El uso exclusivo del verbo latur en nuestra parashá – repetido doce veces – es para decirnos que los doce hombres no fueron enviados para espiar. Solo dos de ellos lo comprendieron.

Casi cuarenta años más tarde, cuando Moshé recuerda el episodio en Devarim 1:22-24 sí utiliza los verbos lajor y leragel. En Génesis 42, cuando los hermanos se presentan ante Iosef en Egipto para comprar alimentos, los acusa de ser meraglim, “espías”, palabra que aparece siete veces en ese capítulo. También define lo que es ser un espía: “Han venido para ver la desnudez de la tierra” (o sea, las partes vulnerables).

El motivo por el cual diez de los doce hombres volvieron con un informe negativo no fue por falta de coraje, confianza o fe.  Es que no comprendieron en absoluto cuál era la misión. Pensaron que habían sido enviados como espías. Pero la Torá no usa para nada la palabra “espía” en nuestro capítulo. Los diez hombres simplemente no entendieron lo que estaba pasando.

Pensaron que su objetivo era encontrar la “desnudez” de la tierra, dónde era vulnerable, en qué lugar podrían ser superadas sus defensas. Buscaron, pero no lo encontraron. Los habitantes eran fuertes, la ciudad inexpugnable. La mala noticia acerca de la tierra fue que no había suficientes malas noticias para indicar que fuera débil y conquistable. Pensaron que su trabajo era ser espías, y cumplieron con la tarea. Fueron sinceros y abiertos. Informaron lo que vieron. Basados en la inteligencia recogida avisaron al pueblo que no atacara – no ahora y no desde ahí.

Su equivocación fue que ellos no debían ser espías. Se les dijo latur, no lajpor ni leragel. Su labor era de explorar, viajar, ver cómo era la tierra e informar. Debían ver lo bueno de la tierra, no lo malo. Entonces, si no debían ser espías, ¿cuál era el objetivo de la misión?

Sugiero que la respuesta se encuentra en un pasaje del Talmud[5] que establece: Está prohibido para un hombre casarse sin haber visto antes a la mujer. ¿Por qué? Si se casara sin haberla visto antes, luego podría verla poco atractiva. Se incrementarían las tensiones y – dice el Talmud – se nos ha ordenado a “amar al prójimo como a uno mismo.” De ahí la idea, primero ver, luego amar.

Lo mismo es aplicable al casamiento entre un pueblo y su tierra. Los israelitas estaban viajando hacia la tierra que fue prometida a sus ancestros. Pero nadie la había visto. ¿Cómo podían entonces reunir las energías requeridas para librar las batallas necesarias para su conquista? Se estaban por casar con una tierra que no habían visto. No tenían idea de por qué estaban luchando.

Los doce hombres fueron enviados para latur: explorar e informar las cosas buenas de la tierra para que el pueblo supiera que valía la pena luchar por ella. Su tarea era viajar y explorar, no espiar y denunciar. Pero dos de ellos, Ieoshua y Caleb, escucharon atentamente y comprendieron cuál era la misión: ser los ojos de la congregación, hacerles conocer la belleza y lo bueno que allí había, la tierra que les había sido destinada desde los tiempos de su antepasado Abraham.

Los israelitas no necesitaban espías en esa etapa. Como dijo Moshé muchos años más tarde “No confiaron en el Señor vuestro Dios que fue delante de ustedes en la travesía, con fuego a la noche y nube de día, para buscar lugares donde acampar y mostrarles el camino por donde ir” (Deuteronomio 1:32-33). Dios les iba a mostrar por dónde ir y por dónde atacar.

El pueblo necesitaba algo completamente distinto. Moshé les había dicho que la tierra era buena. En la que “manaba leche y miel.” Pero Moshé no había visto nunca la tierra. ¿Por qué habrían de creerle? Necesitaban un testimonio ocular independiente. Era esa la misión de los doce. Y en realidad, los doce hombres cumplieron con esa misión. Cuando retornaron, lo primero que dijeron fue “¡Fuimos a la tierra que nos enviaste y en la que efectivamente mana leche y miel! Acá está su fruto.” (Números 13:2) Pero como diez de ellos pensaron que la tarea era de espionaje, continuaron diciendo que la conquista era imposible y que por lo tanto, la tragedia sería  inevitable.

La diferencia entre los diez hombres y Ieoshua y Caleb no es que los primeros carecían de fe, confianza y coraje y los otros sí. Es que los primeros no comprendieron la historia y los otros sí.

Me resulta fascinante que uno de los principales economistas y un ex-titular del Banco de Inglaterra discutan sobre la importancia de comprender la narrativa al enfrentarse con la toma de decisiones en condiciones de inestabilidad radical. Pero también resulta ser la verdad profunda de nuestra parashá.

Diez de los doce hombres pensaron que eran parte de una historia de espionaje. El resultado fue que buscaron las cosas equivocadas, llegaron a conclusiones erróneas, desmoralizaron al pueblo, destruyeron la esperanza de toda una generación y serán recordados eternamente como los responsables de uno de los peores fracasos de la historia judía.

Lean Political Tribes de Amy Chua que mencioné anteriormente y verán un análisis muy similar respecto a los fracasos devastadores de Estados Unidos en Vietnam, Afganistán e Iraq.[6]

Escribo estas palabras en momentos en  que la pandemia del coronavirus está en su apogeo. ¿Alguien ha identificado la narrativa de la cual formamos parte? Yo creo que la historia que contamos afecta las decisiones que tomamos. Captar la historia en forma equivocada puede provocar la pérdida de futuro de toda una generación. Captarla bien, como Ieoshua y Caleb, nos permite llegar a la grandeza.

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[1] Morality: Restoring the Common Good in Divided Times, Hodder, 2020.

[2] John Kay and Mervyn King, Radical Uncertainty, Bridge Street, 2020. Cité este libre en Convenio y Conversación de la parashá Emor.

[3] Richard Rumelt, Good Strategy/Bad Strategy, Crown Business, 2011, 79.

[4] Amy Chua, Political Tribes, Penguin, 2018.

[5] Kidushin 41a.

[6] Un ejemplo más positive podría ser la comparación del Plan Marshall luego de la Segunda Guerra Mundial con las condiciones punitivas del Tratado de Versalles después de la Primera Guerra Mundial. Estos fueron el resultado de dos narrativas muy diferentes: los vencedores castigando a los vencidos, y los vencedores ayudando a ambos bandos a reconstruir. 


Traductores

Carlos Betesh