Soledad y fe (Behalotejá 5780)

Descarga aquí el ensayo en PDF.


Haz clic aquí para descargar la Edición Familiar de esta semana.


Desde hace un tiempo me intriga uno de los pasajes de la parashá de esta semana. Después de una prolongada estadía en el desierto de Sinaí el pueblo está por comenzar la segunda parte de la travesía. Ya no están viajando desde sino hacia. Ya no están escapando de Egipto sino que van camino a la Tierra Prometida.

La Torá inserta un extenso prefacio a esta historia: los primeros diez capítulos de Bamidbar. El pueblo es censado. Se reúnen, tribu por tribu alrededor del Tabernáculo en el orden en el que marcharán. Se efectúan las preparaciones para purificar el campamento. Se fabrican trompetas de plata para reunir al pueblo y darle la señal de partida. Finalmente, el viaje comienza.

Lo que sigue es un anti-clímax monumental. Primero, hay una queja no explicitada (Números 11:1-3). Después leemos: “La plebe que estaba con el pueblo comenzó a clamar por una comida distinta, y nuevamente los israelitas comenzaron a lamentarse diciendo: «¡Si sólo tuviéramos carne para comer! Recordamos el pescado que comíamos en Egipto sin costo – y también los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajo. Pero ahora hemos perdido el apetito; ¡no vemos nada más que este maná!”(Números 11:4-6).

Los israelitas parecen haber olvidado que en Egipto habían sido esclavos, oprimidos, sus primogénitos asesinados, y que habían rogado a Dios para que los liberen. La memoria recogida por la tradición judía acerca de los alimentos  recibidos en Egipto son el pan de la aflicción y el sabor amargo, no carne y pescado. En cuanto al comentario de que era sin costo, algo les costó: la libertad.

Hubo algo monstruoso en el comportamiento del pueblo que llevó a Moshé a caer en lo que hoy llamaríamos una crisis nerviosa:

Le preguntó al Señor: “¿Por qué has traído esta aflicción a Tu servidor? ¿Qué he hecho yo para disgustarte, que has puesto sobre mí la carga de todas estas personas? ¿Yo concebí a toda esta gente? ¿Yo les di a luz? … No puedo cargar yo solo con todo este pueblo, el peso es demasiado para mí. Si esta es la forma en que Me tratarás, ve y mátame – si he encontrado favor en Tus ojos – pero no hagas que deba enfrentarme con mi propia ruina.”

Números 11:11-15

Ese fue el momento más bajo de la carrera de Moshé. La Torá no nos dice en forma directa lo que le pasaba, pero lo podemos inferir por la respuesta de Dios. Le dice que nombre a setenta ancianos para compartir el peso del liderazgo. De ahí deducimos que Moshé estaba sufriendo por la falta de compañía. Se había vuelto el hombre solitario de fe.

No fue el único personaje del Tanaj que se sentía tan solo que rogó morir. También pasó con Elijah cuando Jezebel decretó su arresto y muerte después de su enfrentamiento con los profetas de Baal (Reyes I 19:4). También ocurrió con Jeremías, cuando el pueblo repetidamente desoyó sus advertencias (Jeremías 20:14-18). Y Jonás, cuando Dios perdonó al pueblo de Nínive, aparentemente pasando por alto la advertencia de Jonás de que la ciudad sería destruida por Dios (Jonás 4: 1-3). Los Profetas se sintieron solos e ignorados. Portaban la pesada carga de la soledad. Sentían que no podían continuar.

Pocos libros han explorado este territorio con mayor profundidad que los Salmos. Repetidas veces oímos el lamento del Rey David en palabras como si fueran de Shakespeare: “en soledad lloro por mi estado paria”:

Estoy extenuado por mis lamentos

Toda la noche inundo mi lecho con mi llanto

y saturo mi catre de lágrimas.

Salmos 6:6

¿Cuánto tiempo, Señor? ¿Me has olvidado para siempre?

¿Por cuánto tiempo ocultarás Tu  rostro ante mí?

Salmos 13:1-2

¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?

¿Por qué estás tan lejos de salvarme, tan lejos de mis llantos de angustia?

Salmos 22:2

Desde las profundidades clamo por Ti, Señor…

Salmos 130:1

Y hay muchos salmos más de tono similar.

Algo parecido puede verse en tiempos modernos.  Cuando Rav Kook llegó a Israel, escribió: “No hay ninguna persona, joven o anciana, con la cual puedo compartir mis pensamientos, que sea capaz de comprender mi punto de vista, y esto me apena mucho.”[1]

El fallecido Rabí Iosef Dov Soloveitchik fue aún más directo. Cerca del comienzo de su famoso ensayo The lonely Man of Faith (El solitario hombre de fe), escribe sucintamente: “Me siento solo.” Y continúa: “Me siento solo porque a veces me siento rechazado y descartado por todos, aun mis amigos más íntimos, y las palabras del salmista, ‘Mi padre y mi madre me han abandonado’, suenan en mis oídos como el lastimero canto de la paloma.”[2] Este es un lenguaje extraordinario.

En épocas de soledad, he encontrado un gran solaz en estos pasajes. Me dicen que yo no estoy solo cuando me siento solo. Otras personas han estado en esa situación antes que yo.

Moshé, Elijah, Jeremías, Jonás y el Rey David están entre los más grandes líderes espirituales que han existido. Sin embargo, es tal el realismo psicológico del Tanaj que nos proporciona un atisbo fugaz de sus almas. Eran individuos destacados, pero humanos, no sobrehumanos. El judaísmo evita constantemente caer en una de las tentaciones más grandes de la religión: borrar el límite entre el cielo y la tierra, transformando a héroes en dioses o semidioses. A las figuras más notables del judaísmo de la primera etapa histórica, la tarea no les resultó fácil. Nunca perdieron la fe, pero en ocasiones esta estuvo exigida hasta el punto de quiebre. Es la honestidad sin concesiones del Tanaj la que hace que resulte tan convincente.

Las crisis psicológicas que habían experimentado eran comprensibles. Estaban llevando a cabo tareas casi imposibles. Moshé intentaba transformar una generación forjada en la esclavitud en un pueblo libre y responsable. Elijah fue uno de los primeros Profetas en criticar a los reyes. Jeremías tuvo que decirle al pueblo lo que éste no quería escuchar. Jonás tuvo que enfrentar el hecho de que el perdón Divino se extiende aún hasta los enemigos de Israel y puede sobrepasar las profecías de condena. David tuvo que luchar contra desafíos políticos, espirituales y militares, además de una vida personal atormentada.

Al comentarnos acerca de sus luchas internas espirituales, el Tanaj nos transmite algo de grandes consecuencias. En su aislamiento, soledad y profunda angustia, estos personajes llamaron a Dios “desde las profundidades,” y Dios les contestó. No hizo que sus vidas fueran más fáciles. Pero sí contribuyó a hacerles sentir que no estaban solos.

La soledad misma los llevó a una cercanía sin par con Dios. En nuestra parashá, en el próximo capítulo, Dios defiende el honor de Moshé ante el menosprecio de Miriam y Aarón. Después de desear su propia muerte, Elijah se encontró con Dios en el Monte Horeb “con una suave, pequeña voz.” Jeremías halló la fortaleza para continuar profetizando y Jonás recibió una lección de compasión por parte de Dios mismo. Separados de sus contemporáneos, se unieron con Dios. Descubrieron la profunda espiritualidad de la soledad.

Escribo estas palabras mientras el mundo entero está en una situación de cierre casi total por la pandemia del coronavirus. La gente no se puede reunir. Los niños no pueden ir a la escuela. Casamientos, bar y bat mitzvás y funerales no pueden realizarse con la presencia de la gente que normalmente concurriría. Las sinagogas están cerradas. Los deudos no pueden decir Kadish. No existen antecedentes de una época como esta.

Muchas personas están ansiosas, solas, aisladas, privadas de compañía. Para ayudarlas, Natan Sharansky publicó un video describiendo cómo soportó los años de soledad en el gulag soviético como prisionero de la KGB. De decenas de relatos de quienes los soportaron, inclusive el del fallecido John McCain  (N. del T.: Senador norteamericano capturado y torturado durante 5 años en la guerra de Vietnam),  el confinamiento solitario es el castigo más aterrador de todos. En la Torá, la primera aparición de la frase “no es bueno” es cuando dice “no es bueno que el hombre esté solo.” (Génesis 2:18)

Pero existen utilizaciones de la adversidad, y consuelo en la soledad. Cuando nos sentimos solos, no estamos solos, porque grandes héroes del espíritu humano a veces sintieron lo mismo  – Moshé, Elijah, David y Jonás. También maestros de nuestros tiempos como el Rav Kook y Rav Soloveitchik. Fue precisamente esa soledad lo que les permitió desarrollar una relación más profunda con Dios. Estando en las profundidades, alcanzaron las alturas. Se encontraron con Dios desde el silencio del alma y se sintieron acogidos.

Esto no significa minimizar el impacto de la pandemia del coronavirus ni sus consecuencias. Pero podemos emular el coraje de muchas personas, desde los tiempos bíblicos hasta los actuales, que sufrieron profundamente su soledad pero que buscaron a Dios y se encontraron con que Dios los buscaba a ellos.

Yo creo que el aislamiento contiene, en sí mismo, posibilidades espirituales. Podemos usarlo para profundizar nuestra espiritualidad. Podemos leer el libro de Salmos reconectándonos con alguna de las poesías religiosas más grandes que el mundo ha conocido. Podemos rezar más profundamente, desde el corazón. Y podemos encontrar solaz en las historias de Moshé y de otros que han tenido momentos de angustia pero que los superaron, su fe fortalecida por el encuentro intenso con la Divinidad. Es cuando estamos solos que descubrimos que no lo estamos, “porque Tú estás conmigo.”


Descarga aquí el ensayo en PDF.


[1] Igrot Ha Ra’ayah 1:128

[2] Joseph Dov Soloveitchik, The Lonely Man of Faith, Doubleday, 1992, 3.


Traductores

Carlos Betesh