La ética de la santidad (Ajarei Mot – Kedoshim 5780)

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Kedoshim contiene los dos grandes mandamientos de amor de la Torá. La primera es  “Ama a tú prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Levítico19:18) Rabi Akiva lo llamó “el gran principio de la Torá.” La segunda no es menos exigente: «El extranjero que vive en tu seno debe ser tratado como los nativos. Ámalo como a ti mismo, pues tú has sido extranjero en Egipto. Yo soy el Señor tu Dios” (Levítico 19:34).

Estos son preceptos extraordinarios. Muchas civilizaciones tienen variantes de esta Regla de Oro: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti,” o la inversa, atribuida a Hillel: (a veces llamada la Regla de Plata). “Lo que es odioso para ti no lo hagas a tu prójimo. Toda la Torá es eso. Lo demás son comentarios. Ve y aprende.”[1] Pero estas son reglas de reciprocidad, no de amor. Las observamos por lo malo que nos ocurrirá si no lo hacemos. Son las reglas básicas de la vida grupal.

El amor es algo totalmente distinto y más exigente. Eso hace que estos dos preceptos sean una revolución en la vida moral. El judaísmo fue la primera civilización en colocar al amor en el corazón de la moralidad. Como lo menciona Harry Redner en su Ethical Life (Vida Ética), “La moralidad es la ética del amor. El principio inicial y el más básico está establecido claramente en la Torá: Amarás a tú prójimo como a ti mismo.” Y agrega: “El ‘amar a tu prójimo’ bíblico es una forma muy especial del amor, un desarrollo singular de la religión judaica y es muy poco probable encontrarlo fuera de ella.”[2]

Mucho se ha escrito sobre estos preceptos. ¿A quién se refiere exactamente con “tu prójimo”? ¿Y a quién con “el extranjero”? ¿Y qué es amar a otro como a uno mismo? Sin embargo aquí quiero hacer una pregunta distinta. ¿Por qué aparece este mandamiento aquí, específicamente en Kedoshim, un capítulo dedicado al concepto de santidad?

En ningún otro pasaje en toda el Tanaj se nos ordena amar al prójimo. Y sólo en otro sitio (Deuteronomio 10:19) se nos ordena amar al extranjero. (Los Sabios notoriamente afirman que la Torá nos ordena en treinta y seis oportunidades amar al extranjero, pero eso no es exactamente así. Treinta y cuatro de ellas tienen que ver con no oprimir o atormentar al extranjero y asegurar que tenga los mismos derechos legales que los nativos. Estos son preceptos que corresponden más a la justicia que al amor).

Y por qué aparece el precepto de amar al prójimo en el capítulo que contiene leyes tales como: “No aparees animales de distinto tipo. No siembres tu campo con semillas de distinto tipo. No vistas prendas hechas con tejidos de distintos tipos de material.” Estos son jukim, decretos, ordenanzas usualmente consideradas como que no tienen razón alguna, o por lo menos ninguna que podamos comprender. ¿Qué tienen que ver con la ordenanza  evidentemente moral de amar al prójimo? ¿Es un capítulo que contiene un conjunto de ordenanzas sin conexión, o hay algún hilo conductor que las une?

La respuesta va más a fondo. Casi todo sistema ético concebido hasta el momento ha buscado reducir la vida moral a un único principio o perspectiva. Algunos lo conectan con la razón, otros con la emoción, y aun otros con las consecuencias: haz lo que genere la mayor felicidad para la mayor cantidad posible de personas. El judaísmo es distinto. Más complejo y sutil. Contiene no solo una perspectiva, sino tres. Hay una comprensión profética de la moralidad, una perspectiva sacerdotal y el punto de vista de la sabiduría.

La moralidad profética contempla la calidad de las relaciones dentro de la sociedad, entre nosotros y Dios y entre nosotros y nuestros semejantes. Hay aquí algunos textos claves que definen esta moralidad. Dice Dios acerca de Abraham: “Pues Yo lo he elegido para que dirija a su descendencia y a su familia por la senda del Señor haciendo lo correcto (tzedaká) y lo justo (mishpat).”[3] Dios le dice a Oseas: “Yo Me uniré contigo en la rectitud (tzedek) y la justicia (mishpat), y en la bondad (jesed) y la compasión (rajamim).”[4] Él le dice a Jeremías, “Yo soy el Señor, que ejerce la bondad (jesed), la justicia (mishpat) y la rectitud (tzedaká) sobre la tierra, pues ellos Me placen, declara el Señor.”[5] Esas son las palabras proféticas clave: rectitud, justicia, bondad y compasión – no amor.

Cuando los Profetas hablan de amor es el amor de Dios a Israel y el amor que debemos demostrar  a Dios. Con sólo tres excepciones, ellos no hablan de amor en un contexto moral, o sea, nuestra relación con un otro. Las excepciones son la exclamación de Amós: “Odia la maldad, ama el bien; mantén la justicia en las cortes” (Amós 5:15); la famosa declaración de Mica: “Actúa con justicia, ama la misericordia y camina humildemente con tu Dios” (Mica 6:8) y la de Zacarías, “Por lo tanto ama la verdad y la paz” (Zacarías 8:19). Observemos que las tres tienen que ver con amar abstracciones, bondad, misericordia y verdad. No se trata de amar a personas.

La voz profética se refiere a cómo se conducen las personas en sociedad. ¿Son fieles a Dios, y uno a otro? ¿Están actuando con honestidad, justicia y con preocupación por las personas vulnerables de la sociedad? ¿Tienen integridad los líderes políticos y religiosos? ¿Tiene la sociedad una moral elevada que proviene de la percepción de que  las personas tratan bien a sus ciudadanos y les extrae lo mejor de sí? Una sociedad moral será exitosa; la inmoral o amoral, fracasará. Esa es la clave de la visión profética. Los Profetas no exigieron que las personas se amen unas a otras. Eso estaba fuera de su jurisdicción. La sociedad requiere justicia, no amor.

La voz de la sabiduría de la Torá y del Tanaj toma en cuenta el carácter y la consecuencia. Si uno vive virtuosamente, entonces a grandes rasgos, en los temas importantes le irá bien. Un buen ejemplo es el Salmo 1. La persona que se ocupa de la Torá será “como un árbol plantado frente a fuentes de agua, que da sus frutos en la estación y cuyas hojas no se marchitan – cualquier cosa que haga, prospera.” Esa es la voz de la sabiduría. A los que hacen las cosas bien, les va bien. Encuentran la felicidad (ashré). Las buenas personas aman a Dios, familia, amigos, y virtud. Pero la literatura de la sabiduría no habla de amar al prójimo o al extranjero.

La visión moral del Sacerdote que lo diferencia del Profeta y del Sabio está en la palabra clave, kadosh, “santo.” Algo o alguien que es santo está aparte, es distintivo, diferente. Los Sacerdotes fueron apartados del resto de la nación. No tenían la propiedad de la tierra. No trabajaban labrando la tierra. Su ámbito era el Tabernáculo o el Templo. Vivían en el epicentro de la Divina Presencia. Como ministros de Dios debían conservarse puros y evitar toda forma de impureza. Eran sagrados.

Hasta ahora, la santidad era vista como atributo especial de los Sacerdotes. Pero había una insinuación en que la entrega de la Torá que concernía no solo a los hijos de Aarón sino al pueblo en su conjunto: “Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación sagrada. (Éxodo 19:6). Nuestro capítulo lo desarrolla por primera vez. “El Señor le dijo a Moshé: “Hablaa toda la asamblea de Israel y diles: Sean santos porque Yo, el Señor vuestro Dios soy santo” (Levítico 19:1-2). Esto nos dice que la ética de la santidad  se aplica no solo a los Sacerdotes sino a toda la nación. Ella también se trata de ser distinguidos, puestos aparte, considerados en un nivel más elevado.

¿Qué significa esto en la práctica? Un dato decisivo está provisto por otra palabra clave utilizada a lo largo del Tanaj en relación con el Cohen, el verbo b-d-l: dividir, reservar, separar, distinguir. Eso es lo que hace el Sacerdote. Su tarea es “distinguir entre lo sagrado y lo secular” (Levítico 10:10) y distinguir entre lo impuro y lo puro”(Levítico 11:47). Eso es lo que hace Dios para su pueblo: “Ustedes serán sagrados para Mí, pues Yo, el Señor, soy sagrado y los he distinguido  (va-avdil) entre los otros pueblos para que sean Míos.” (Levítico 20:26).

Hay otro lugar en el que b-d-l es la palabra clave, significativamente en la historia de la creación en Génesis 1, donde aparece cinco veces.  Dios separa la luz de la oscuridad, el día de la noche, las aguas superiores de las inferiores. Por tres días Dios demarca diferentes dominios, en los tres días siguientes Él coloca los objetos o las formas de vida apropiadas en cada uno de esos dominios. Dios crea el orden a partir del tohu va-vohu, del caos. Y como último acto de creación, hace al hombre a Su “imagen y semejanza.” Este fue, claramente, un acto de amor. “Amado es el hombre,” dice Rabí Akiva, “porque fue creado a  imagen [de Dios].”[6]

Génesis 1 define la imaginación moral sacerdotal. A diferencia del Profeta, el Sacerdote no contempla la sociedad. Tampoco busca, como la figura de la sabiduría,  la felicidad. Está mirando la creación como obra de Dios. Sabe que cada cosa tiene su lugar: sagrado y profano, permitido y prohibido. Su tarea es hacer estas distinciones y enseñarlas a los demás. Sabe que  diferentes formas de vida tienen su propio lugar en el medio ambiente.  Es por eso que la ética de la santidad incluye reglas como esta: no aparear distintas especies de animales, no sembrar semillas de distinta naturaleza en un mismo campo y no usar vestimentas hechas con distintos tipos de fibra.

Sobre todo, la ética de la santidad nos dice que todo ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios. Dios creó a cada uno de nosotros con amor. Por lo tanto, si buscamos imitar a Dios – “Sé santo, porque Yo, el Señor tu Dios, soy santo” –  nosotros también debemos amar a la humanidad, y no en abstracto, sino en forma concreta, al prójimo y al extranjero. La ética de la santidad está basada en la visión de la creación-como-la-obra-de-amor-de-Dios. Esta visión considera a todos los seres humanos – nosotros, nuestro prójimo y el extranjero – como creados en la imagen de Dios y es por eso que debemos amarlos como a nosotros mismos.

Yo creo que hay algo único y contemporáneo en la ética de la santidad. Nos dice que la moralidad y la ecología están muy relacionadas. Ambas están referidas a la creación: la del mundo como obra de Dios y la humanidad como Su imagen. La integridad de la humanidad y la del medio ambiente natural, van de la mano. El universo natural y la humanidad fueron ambos creados por Dios, y está a nuestro cargo proteger el primero y amar el segundo.

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[1] Shabat 31a.

[2] Harry Redner, Ethical Life: The Past and Present of Ethical Cultures, Roman and Littlefield, 2001, 49-68.

[3] Génesis 18:19.

[4] Oseas 2:19.

[5] Jeremías 9:23.

[6] Mishná Avot 3:14

Traductores

Carlos Betesh