La visión profética de los sacrificios (Vaikrá 5780)

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Los sacrificios, el tema de la parashá de esta semana, fueron centrales en  la vida religiosa de Israel en la época bíblica. Lo vemos no solo por la extensión del tema en la Torá sino también por el hecho de que abarcan en su libro central, Vaikrá.

No hemos tenido servicios sacrificiales desde la destrucción del segundo Templo, hace casi 2000 años. Lo que es profundamente relevante hoy en día es la crítica a los sacrificios por parte de los Profetas del primer Templo. Esa crítica fue profunda y aguda, y constituyó una gran parte de sus prédicas más poderosas. Una de las primeras fue la que expuso el profeta Samuel: “¿Le produce placer al Señor las ofrendas quemadas y los sacrificios tanto como el obedecer sus preceptos? Con certeza, la obediencia es mejor que los sacrificios, su cumplimiento, mejor que la grasa de los carneros.” (1 Samuel I 15:22).

Amos dijo en nombre de Dios: “Si Me ofreces una ofrenda quemada – o una ofrenda de harina – no las aceptaré; Yo no haré caso de tus obsequios de grasa… Pero deja que la justicia se eleve como el agua, la honestidad como un arroyo infinito” (Amos 5:21-24). De la misma forma, dice Oseas: “Porque yo deseo bondad, no sacrificios; obediencia a Dios, más que ofrendas quemadas. (Oseas 6:6)

Una crítica similar aparece en algunos Salmos: “Si Yo tuviera hambre, no te lo diría pues el mundo y todo lo que contiene es Mío. ¿Acaso como Yo la carne de los toros o bebo la sangre de las cabras?” (Salmos 50:8-15). “Señor, abre mis labios, deja que mi boca pronuncie Tu alabanza. Tú no deseas que yo te traiga sacrificios. Tú no quieres ofrendas quemadas. El verdadero sacrificio a Dios es un espíritu de arrepentimiento; Dios, Tú no despreciarás un corazón quebrado y contrito” (Salmos 51:17-19).

Jeremías parece sugerir que el orden de los sacrificios no fue la intención inicial de Dios: “Pues cuando Yo liberé a vuestros padres de la tierra de Egipto, no hablé con ellos ni les ordené lo concerniente a las ofrendas quemadas o los sacrificios. Pero esto sí es lo que les ordené: Tomen Mi propuesta, que Yo pueda ser vuestro Dios y ustedes Mi pueblo; caminen solo por la vía que les propongo, para que todo vaya bien con ustedes” (Jeremías 7:22-23).

El pasaje más contundente de todos es el del comienzo del libro de Isaías que leemos en Shabat Jazón, antes de Tishá Be’Av: “‘¿Qué necesidad tengo Yo de todos vuestros sacrificios?’ dice el Señor. ‘Tengo más que suficientes ofrendas quemadas, de corderos y de la grasa de los animales engordados; no Me da placer la sangre de los toros, de las ovejas y las cabras. Cuando te presentas ante mí, ¿quién te ha pedido esto, pisotear mis cortes? ¡Deja de traer ofrendas sin sentido! Vuestro incienso me resulta detestable’” (Isaías 1:11-13).

Toda esta línea de pensamiento expresada por muchas voces y sostenida a través de los siglos, es extraordinaria. El pueblo estaba siendo criticado, no por desobedecer la ley de Dios sino por cumplirla. Los sacrificios fueron ordenados. Sus ofrendas eran actos sagrados realizados en un lugar sagrado. ¿Qué fue lo que causó el enojo y la reprimenda de los Profetas?

No es que se oponían al sacrificio como tal. Jeremías anticipó el día en que “La gente descenderá de los pueblos de Judá y de los alrededores de Jerusalem… trayendo ofrendas quemadas, sacrificios, ofrendas de harina e incienso, y llevando ofrendas de agradecimiento a la Casa del Señor.” (Jeremías 17:26)

De igual forma dice Isaías: “Yo los traeré a Mi monte sagrado y permitiré que se regocijen en Mi casa de oración. Sus ofrendas quemadas y sacrificios serán bienvenidos en Mi altar, pues Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.” (Isaías 56: 7)

No criticaban la institución del sacrificio. Estaban cuestionando algo que era tan real entonces como lo es ahora. Lo que les angustiaba hasta lo más profundo de su ser era la idea de servir a Dios y al mismo tiempo actuar con desprecio, con crueldad, en forma injusta, insensible y despiadada hacia el otro. “Mientras yo tenga la gracia de Dios, lo demás no importa.” Esa era la idea que causó la mayor indignación a los Profetas. Si es eso lo que piensas, parecerían decir, entonces no has comprendido a Dios ni a la Torá.

Lo primero que nos dice la Torá acerca de la humanidad es que cada uno de nosotros fue hecho a la imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, si le haces mal a un ser humano, estás dañando la única creación que hizo Dios a Su imagen. Un pecado contra una persona es un pecado contra Dios.

En la primera declaración de la misión del pueblo judío, Dios dijo acerca de Abraham: “Pues Yo lo he elegido para que enseñe a sus hijos y a su descendencia a seguir la senda del Señor haciendo lo que está bien y lo que es justo.” (Génesis 18:19). El camino del Señor consiste en actuar con justicia y bondad hacia sus semejantes. En ese contexto, significa que Dios estaba invitando a Abraham a rezar por el pueblo de Sodoma, aun sabiendo que eran malvados y pecadores.

Es específicamente en Vaikrá, el libro de los sacrificios, donde encontramos los preceptos mellizos: amar al prójimo como a ti mismo, y amar al extranjero (Levítico 19:18, 33-34). Los sacrificios que expresan nuestro amor y sobrecogimiento ante Dios deberían conducirnos a amar al prójimo y al extranjero. Debería haber una transición sin interrupción, de los preceptos entre nosotros y Dios, y los preceptos entre nosotros y nuestros semejantes.

Amós, Oseas, Isaías, Mica y Jeremías todos fueron testigos de sociedades en las cuales las personas  eran puntillosas en llevar sus ofrendas al Templo; pero entre ellas  había soborno, corrupción, perversión de la justicia, abuso de poder y explotación de los desposeídos por parte de los poderosos. Los Profetas vieron en esto una profunda y peligrosa contradicción.

El mismo acto de llevar los sacrificios estaba lleno de ambigüedades. El pueblo judío no fue el único de la antigüedad en tener templos, sacerdotes y sacrificios. Los tenían casi todos. Era en esto precisamente que la religión de Israel en la antigüedad se asemejaba, superficialmente, a las prácticas de sus vecinos paganos. Pero los sistemas sacrificiales de las otras culturas estaban basados en creencias totalmente distintas. En muchas religiones los sacrificios eran vistos como una forma de aplacar o satisfacer a los dioses. Los Aztecas creían que las ofrendas sacrificiales alimentaban a los dioses y sostenían el universo. Walter Burkhart sostenía que los antiguos griegos sentían culpa cuando mataban animales para comer, por lo cual ofrecían sacrificios para tranquilizar sus conciencias.

Todas estas ideas son ajenas al judaísmo. Dios no puede ser sobornado o tranquilizado. Tampoco podemos llevarle algo que no es de Él. Dios sostiene el universo: el universo no lo sostiene a Él. Y lo malo corregido mediante sacrificios no exime otros males. Por lo que la intención y la actitud eran esenciales en el sistema sacrificial. El concepto de que “si yo llevo un sacrificio a Dios, Él pasará por alto mis otras falencias” – de hecho, la idea de que puedo sobornar al Juez de toda la tierra – transforma un acto sagrado en uno pagano, y conduce a un resultado precisamente contrario al deseado por la Torá. Transforma una práctica religiosa de un camino al bien y a lo correcto, en una manera de tranquilizar la conciencia de aquellos que practican el mal.

Servir a Dios es servir a la humanidad. Ese es el punto memorable señalado por Mica: “Él te ha dicho, Oh hombre, lo que es bueno, y lo que el Señor quiere de ti: hacer justicia, amar la bondad y caminar humildemente con tu Dios.” (Mica 6:6-8). Jeremías dijo del rey Josías: “Él abrazó la causa de los pobres y necesitados; entonces todo le fue bien: ¿no consiste en esto conocerme? dice el Señor” (Jeremías 22:16). Conocer a Dios, dice Jeremías, significa hacerse cargo de los necesitados.

Maimónides dijo esencialmente lo mismo al final de la Guía para los perplejos (III, 54). Él cita a Jeremías: “Sólo en esto tendrán gloria los humanos: ‘que puedan tener la comprensión para conocerme, que Yo soy el Señor que ejerce la bondad, justicia y rectitud en la tierra, puesto que eso Me place,’ dice el Señor” (Jeremías 9:23). Conocer a Dios es saber actuar con bondad, justicia y rectitud.

El peligro del sistema sacrificial, dicen los Profetas, es que puede conducir al pueblo a pensar que hay dos dominios separados, el Templo y el mundo, servir a Dios y cuidar a nuestros semejantes, y que éstos están desconectados. El judaísmo rechaza el concepto de dos dominios separados. Halájicamente son distintos, pero psicológica, ética y espiritualmente son parte de un único sistema indivisible.

Yo creo que amar a Dios es amar a nuestros semejantes. Honrar a Dios es honrar al otro. No podemos pedirle a Dios que nos escuche si no estamos dispuestos a escuchar a los demás. No podemos pedir a Dios que nos perdone si nosotros no perdonamos a los otros. Conocer a Dios es intentar imitarlo, lo cual significa, dijeron Jeremías y Maimónides, practicar la bondad, la justicia y la rectitud sobre la tierra.

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Traductores

Carlos Betesh