Edición Familiar: ¿Qué recibimos cuando damos? (Terumá 5780)

EDICION FAMILIAR: ¿QUÉ RECIBIMOS CUANDO DAMOS? (TERUMÁ 5780)

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Esta Edición Familiar es una guía al ensayo principal de Convenio y Conversación que puedes leer aquí.

IDEA CLAVE DE LA SEMANA

Cuanto más damos de nosotros, más grandes nos volvemos.

La explicación de la Torá sobre el diseño y construcción del Mishkán (el Templo móvil) es el pasaje más largo de todo el Libro de Shemot. Empieza esta semana en Terumá y se extiende a lo largo de todo el resto  de Shemot (solo haciendo un pequeño corte para contar la historia del Becerro de Oro).

Los Israelitas usaron su propio dinero para  construir el Mishkán y éste se convirtió en el lugar central para rendir culto a Dios y una forma de ver y sentir la presencia de Dios entre la gente. La descripción de la Torá sobre la construcción del Mishkán es extensa y detallada para enseñarnos cuán importante fue para los israelitas poner todos sus esfuerzos y cuidado para construirlo. 

Las secciones del Mishkán que discutimos en la parashá de esta semana, incluye el arca para las Tablas de la Ley, la cubierta del arca, la mesa para el pan de la proposición, la Menorá, las coberturas y paredes de todo el Mishkán, la división y el altar.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Por qué piensas que fue importante para los Israelitas pagar ellos mismos por la construcción del Mishkán?

Nuestra parashá comienza con estas palabras: El Señor habló a Moshé diciendo: “Dile a los israelitas que hagan una ofrenda para Mí; toma Mi ofrenda de todos aquellos a los que su corazón los mueve a dar.” (Shemot 25:1-2) Esta orden marca un punto de inflexión en la relación entre los israelitas y Dios. El primer concepto nuevo que aparece aquí es el Mishkán (el hogar portátil para la Divina Presencia durante la travesía del pueblo a través del desierto). Pero más que eso, se nos introduce un nuevo valor, resumido en la palabra que le dio el nombre a nuestra parashá, Terumá: regalo, contribución, ofrenda. La parashá nos dice algo muy profundo. Dar nos confiere dignidad. Recibir, no.

Hasta ese momento los israelitas habían sido receptores. Virtualmente todo lo que habían experimentado había sido dado por Dios. Él los liberó de la esclavitud, los sacó de Egipto, los guió a través del desierto, y creó un camino para ellos a través del mar. Cuando tuvieron hambre, Él les brindó comida. Cuando estaban sedientos, les dio agua. Aparte de la batalla contra los Amalekitas, no habían hecho prácticamente nada por sí mismos.

Los israelitas se volvieron dependientes, expectantes, irresponsables e inmaduros. La Torá registra sus repetidas quejas. Al leerlas, sentimos que era un pueblo desagradecido, petulante y quejumbroso.

Pero ser dependientes de Dios hasta este momento era necesario. No podrían haber cruzado el mar ellos solos ni haber encontrado alimentos y agua en el desierto. Quejarse les dio resultado, entonces un desarrollaron patrón poco saludable. El pueblo se quejó ante Moshé. Moshé se dirigió a Dios. Dios hizo un milagro. Desde la perspectiva del pueblo, quejarse funcionó. Sin embargo, ahora era momento de cambiar. Dios les estaba dando algo totalmente distinto. No tenía nada que ver con las necesidades físicas y todo que ver con las necesidades psicológica, moral y espiritual. Dios les dio la oportunidad de ser dadores.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Cuáles son los aspectos negativos de que todo te sea dado sin esfuerzo?
  2. ¿Cómo se parece esta relación (la transición de total dependencia a responsabilidad) a la relación de padres e hijos?

Todos los viernes por la mañana antes del amanecer, el Rebe de Nemirov solía desaparecer. No se lo podía encontrar en ninguna de las sinagogas de la ciudad, o casas de estudio, o en su casa. Un invierno, un erudito lituano llegó a Nemirov. Desconcertado por la desaparición semanal del Rebe preguntó a los estudiantes del Rebe: “¿Dónde está?”

“¿Dónde está el Rebe?”, respondieron, “¿Dónde más que en el cielo?” La gente de la ciudad necesita paz, ingresos, salud. El Rebe es un hombre santo y, por lo tanto, seguramente está en el cielo, suplicando por nuestra causa.” El lituano, sorprendido por lo crédula que era la gente del pueblo, decidió averiguar por sí mismo a dónde el Rebe desaparecía cada semana. Un jueves por la noche se escondió en la casa del Rebe. El oyó al Rebe sollozar y suspirar. Luego lo vio sacar un paquete de ropa y empezar a ponérsela. Eran las ropas de un trabajador del campo. El Rebe entonces buscó en un cajón, sacó un hacha, y salió hacia la quieta y oscura noche. Con cautela, manteniéndose fuera de la vista, el lituano lo siguió todo el camino a través de la ciudad y más allá, adentrándose en el bosque. Al amanecer, el Rebe estaba ocupado cortando un árbol, haciendo troncos, y dividiéndolo en leña. Luego apiló la madera en un paquete y caminó de vuelta a la ciudad.

Se detuvo afuera de una cabaña deteriorada y llamó a la puerta. Una anciana, pobre y débil, abrió la puerta. “¿Quién eres?”, preguntó. “Mi nombre es Vasily”, respondió el Rebe. “Tengo madera para vender, muy barata, casi en nada.” “No tengo dinero”, respondió la mujer. “Puedes pagarme más tarde”, dijo. “Confío en ti – y tú, ¿no confías en Dios? El encontrará una manera de ver que me paguen.” La mujer todavía estaba preocupada. Ella preguntó: “¿Pero quién encenderá el fuego? Estoy muy enferma.” “Yo encenderé el fuego”, respondió el Rebe, y lo hizo, mientras recitaba bajo su aliento las oraciones de la mañana. Luego regresó a su casa.

El erudito lituano, al ver esto, se quedó en la ciudad y se convirtió en uno de los discípulos del Rebe. Desde ese día, cuando la gente de la ciudad decía que el Rebe había ascendido al cielo, ya no se reía, sino que añadía: “Y tal vez aún más alto”.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Qué mitzvá cumplía el Rebe en esta historia?
  2. ¿Por qué el Rebe siempre hacía esto él mismo, en secreto, en vez de pedir a sus seguidores que lo hicieran por él?

Uno de mis recuerdos más tempranos, todavía candente a través de la nebulosa del tiempo olvidado, se remonta a mi niñez, quizás a mis seis o siete años. Fui bendecido por tener padres muy protectores. La vida no les había brindado muchas oportunidades y ellos tomaron la determinación de que nosotros, sus cuatro hijos, tuviéramos lo que a ellos les había sido negado. Mi padre, de bendita memoria, estaba muy orgulloso de mí, su primogénito.

A mí me parecía muy importante demostrarle mi gratitud. Pero, ¿qué le podía dar? Todo lo que tenía lo había recibido de mi madre o de él. Era una relación totalmente asimétrica.

Eventualmente, en una tienda encontré un trofeo como los de plata, pero de plástico. En su base estaba inscripto “Al mejor padre del mundo.” Hoy, después de tantos años, me conmueve el recuerdo de ese objeto. Era barato, banal, casi cómicamente absurdo. Lo inolvidable fue lo que él hizo después de recibirlo. Lo colocó sobre su mesita de luz donde permaneció – humilde, trivial – durante todos los años que viví en la casa.

Él me permitió darle algo, y luego demostró que mi obsequio era significativo para él. Con ese acto me brindó dignidad. Me permitió ver que podía dar algo aun a la persona que me había dado todo lo que yo poseía.

Hay una regla aparentemente extraña en la ley judía que representa esta idea. El Rambam explica, “Incluso una persona pobre, dependiente de la tzedaká (caridad), tiene la obligación de dar tzedaká a otra persona.” Aparentemente esto no tiene ningún sentido. ¿Por qué obligar a la persona que depende de la caridad a dar caridad a su vez? El principio de la tzedaká ciertamente consiste en que el que más tiene debe darle al que tiene menos de lo que necesita. Por definición, quien depende de la tzedaká no posee más de lo que necesita.

La realidad, sin embargo, es que la tzedaká va dirigida no solo a las necesidades físicas sino también a la situación psicológica. Necesitar y recibir tzedaká es, según una de las percepciones más profundas del judaísmo, esencialmente humillante. Como decimos en Birkat ha-Mazon, “Por favor, Oh Señor nuestro Dios, no nos hagas dependientes de obsequios o préstamos de otra gente, sino solo de Tu plena, abierta, sagrada y generosa mano, de tal forma que no tengamos que sufrir vergüenza ni humillación para siempre y por todos los tiempos.”

Muchas de las leyes de la tzedaká reflejan este hecho, tal como la de que es preferible que el dador no sepa quién es el receptor, y que el que recibe no sepa quién es el que da. De acuerdo a la famosa resolución de Rambam, el grado más alto de todos los niveles de tzedaká es aquel en que “se fortalece a un hermano judío dándole un obsequio, un préstamo, proponerle una sociedad o conseguirle un trabajo, hasta que se pueda fortalecer lo suficiente como para no depender de otros (para su subsistencia).” Esta no es la caridad en su acepción convencional. Es conseguir un empleo o ayudarlo a iniciar un negocio. ¿Por qué entonces es la forma más elevada de tzedaká? Porque le está devolviendo la dignidad a la persona.

Quien depende de la tzedaká tiene necesidades físicas que deben ser atendidas por otras personas o por la misma comunidad. Pero también tiene necesidades psicológicas. Y es por eso que la ley judía establece que se debe dar a los demás. Dar confiere dignidad, cosa que a ninguna persona le debe faltar. Todos merecen dignidad y auto-respeto.

Todo el relato de la construcción del Mishkán, el Santuario, es en realidad muy extraño. El Rey Shlomo dijo en su discurso de consagración del Templo de Jerusalem, “Pero, ¿realmente vivirá Dios en la tierra? ¡Si los cielos en toda su dimensión no Te pueden contener, cuánto menos esta Casa que he construido!”(Reyes I 8:27). Si esto se dijo acerca del Templo en toda su gloria, cuánto más apropiado sería para el Mishkán, el pequeño santuario portátil hecho de vigas y colgantes, que se desmontaba cada vez que el pueblo iniciaba una travesía y se rearmaba cada vez que acampaba. ¿Cómo sería posible que fuera una casa para el Dios que creó el universo, puso a imperios de rodillas, hizo milagros y portentos, y cuya presencia era de una intensidad difícil de soportar?

Pero yo creo que en una pequeña dimensión humana, lo que hizo mi padre cuando colocó mi humilde regalo a su lado durante todos esos años, fue quizás el acto más generoso  que tuvo hacia mí. Y lehavdil, comparaciones aparte, lo que hizo Dios cuando permitió a los israelitas presentarle sus ofrendas, y de ellas hacer un hogar para la Divina Presencia, fue un acto de inmensa aunque paradójica generosidad.

Esto nos dice algo de gran profundidad sobre el judaísmo. Dios quiere que tengamos dignidad. No estamos contaminados por el pecado original. No somos incapaces de hacer el bien sin la gracia Divina. La fe no es mera sumisión. Hemos sido creados a la imagen de Dios, somos Sus hijos, Sus embajadores, Sus socios, Sus emisarios. Él no quiere que seamos solo receptores sino que podamos dar. Él está dispuesto a vivir en el hogar que, pequeño y humilde, le hemos construido.

Esto es lo que se insinúa en el nombre dado a la parashá, Terumá. Normalmente se traduce como ofrenda, contribución, pero en realidad significa algo que elevamos. La paradoja de dar es que cuando elevamos algo para dar al otro, somos nosotros los elevados.

Yo creo que lo que nos eleva en la vida no es lo que recibimos sino lo que damos. Cuanto más damos de nosotros, más grandes nos volvemos.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Cómo puedes implementar este ideal en tu vida?

“Dar en lugar de recibir, actuar en lugar que actúen sobre nosotros, ser libre y no dependiente de otros seres humanos, depender de Dios únicamente: esto es lo que ha dado al judaísmo un tono distintivo. Esto es lo que hace de la tzedaká algo más que caridad. No es simplemente ayudar a los necesitados. Es permitir al afligido, en la medida de lo posible, a recuperar su capacidad de actuar independientemente. La responsabilidad yace en el corazón de la dignidad humana.”

Extraído de ‘To Heal a Fractured World’, p. 184

  1. ¿Cómo cambió la relación entre Israel y Dios la mitzvá de construir el Mishkán?
  2. ¿Qué encontramos en la ley que indica que incluso un pobre debe dar tzedaká?
  3. ¿Cuáles son los beneficios físicos y psicológicos de la mitzvá de dar tzedaká?

¿Quieres ganar un Sidur con los rezos diarios semanales de Koren Aviv? Este Sidur ha sido diseñado para ayudar a los jóvenes a explorar su relación con Dios así como los valores, historia y religión de su pueblo. Envía un correo electrónico a: CCFamilyEdition@rabbisacks.org con tu nombre, edad, ciudad y una pregunta u observación sobre la parashá de Convenio y Conversación Edición Familiar. Los participantes deben ser menores de 18 años. Cada mes seleccionaremos dos de las mejores, y ambos recibirán un Sidur dedicado por el Rab Sacks! Gracias a Koren Publishers por la amabilidad de donar estos maravillosos Sidurim.

en pocas palabras

  1. Al haber invertido sus riquezas en el Mishkán, los israelitas se encontraron que también habían generado un vínculo emocional y espiritual con él. El pueblo sentía responsabilidad tanto por la estructura física como por los objetos materiales usados allí, y, fundamentalmente, se preocupaban profundamente por los rituales y ceremonias que se llevaban a cabo en el Mishkán. Hasta este momento, los Israelitas  eran dependientes de Dios en todo sentido. Esta era su primera oportunidad para convertirse en socios igualitarios con Dios, para comenzar el proceso de terminar con su mentalidad de esclavos en preparación para la vida en su propia tierra como pueblo independiente.

LA IDEA CENTRAL

  1. Cuando se te provee todo, existe el riesgo de que puedas perder cualquier sentido del valor de las cosas. Te encuentras desanimado de asumir responsabilidades  y  no aprenderás las habilidades necesarias para convertirte en una persona independiente. “Los Israelitas se volvieron dependientes, expectantes, irresponsables e inmaduros.”
  2. De bebés, somos completamente dependientes de otros para sobrevivir. Lloramos para exigir que nos alimenten, que nos cambien, que nos hagan provecho, etc. Los niños pequeños continúan necesitando todo lo que un padre puede proveerles, pero en un punto nuestros padres nos empiezan a enseñar las habilidades para vivir de manera independiente, preparándonos, así, para la adultez. Algunos podrían hacer esto al darle a los niños de la familia la responsabilidad de las tareas domésticas. Algunos podrían darle una pensión semanal y enseñarles las responsabilidades financieras o esperar que sus hijos obtengan un trabajo y contribuyan económicamente. Esto es lo que les estaba ocurriendo a los Israelitas a escala nacional.

UNA VEZ SUCEDIÓ…

  1. El Rebe pasó su tiempo y sus esfuerzos previendo por las necesidades de la mujer pobre. El cumplió con la mitzvá de tzedaká. Aunque esta mitzvá generalmente se trata de una contribución económica, el tiempo es  valioso y el tiempo que se dedica al voluntariado, entra en esta mitzvá. Este también es un ejemplo de la mitzvá más amplia de jesed (bondad) o Guemilut Jasadim (actos de amor bondadoso). Mientras que el mensaje de Convenio y Conversación se enfoca en la terumá (donación) de los israelitas para construir el Mishkán, el valor es el mismo (o incluso un poco más profundo) cuando se trata de dar tiempo personal y esfuerzo, en vez de solo dinero.
  2.  El Rebe podría haberle pedido a alguno de sus seguidores que realice esto en su nombre. Sin embargo, él quería personalmente cumplir con la mitzvá. A pesar de la necesidad de comprometerse con otros valores religiosos (como la plegaria – él tenía que decir las plegarias matutinas mientras se encargaba de prenderle el fuego a la mujer, en vez de participar en el servicio de la sinagoga), y a pesar de comprometer su posición y dignidad como el Rebe del pueblo (se disfrazó de trabajador y realizó trabajo manual, que no era considerado apropiado de un hombre santo), él buscó un tipo diferente de dignidad al cumplir esta mitzvá de forma personal. También, como el Rambam nos enseña en  Hiljot Matanot Aniyim, una donación anónima es mucho más grande que una donación pública.

PENSANDO MÁS PROFUNDAMENTE

  1. Esto debería convertirse en un valor fundamental, que sea la base de las decisiones que tomamos en nuestras vidas. Las carreras que elegimos, la forma en que pasamos nuestro tiempo libre, y la manera en que destinamos nuestros recursos, debe reflejar este ideal. Además, es importante recordar que “cuanto más de nosotros damos” no solo se refiere a nuestros recursos financieros, sino también  a nuestro tiempo, energía y creatividad.

ALREDEDOR DE LA MESA DE SHABAT

  1. Hasta este momento, los Israelitas han dependido de Dios para todo. Cuando tenían hambre, Él les daba comida. Cuando estaban sedientos, Él les daba agua. Y cuando no estaban conformes, se quejan. La construcción del Mishkán fue la primera vez que se les pidió que asuman  responsabilidad sobre algo, de la misma manera que  un niño que se convierte en un adulto joven y se le pide que asuma cierta  responsabilidad sobre su vida, para prepararse para la adultez.
  2. La tzedaká no solo se orienta a las necesidades físicas de las personas. Necesitar y recibir tzedaká es, de por sí, humillante. Alguien que depende de la tzedaká tiene necesidades físicas, y deben ser satisfechas por otras personas o por la comunidad en conjunto. Pero también tienen necesidades psicológicas. Este es el motivo por lo que las leyes judías dictan que incluso quien recibe tzedaká debe dar a otros. Dar confiere dignidad y todos merecen dignidad y auto respeto.
  3. La tzedaká es una forma de abordar las necesidades físicas de la comunidad, asegurando que  aquellos que necesitan serán atendidos y sobrevivirán. Sin embargo, la mitzvá de tzedaká también aborda las necesidades psicológicas del dador. Todos tenemos la necesidad psicológica de sentir que estamos contribuyendo con la sociedad y que no solo tomamos de la sociedad. Dar a la sociedad conlleva a un sentimiento de dignidad, lo cual es de suma importancia para todos los seres humanos. Además, una sociedad que da es aquella que es fuerte, se preocupa por el débil y ayuda donde sea necesario. Estas leyes nos ayudan a convertirnos en una comunidad fuerte, que valora y se preocupa por todos los miembros.

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Esta Edición Familiar es una guía al ensayo principal de Convenio y Conversación que puedes leer aquí.

Traducción y edición

  • Iair Salem
  • Carlos Gómez
  • Inés Jawetz
  • Michelle Lahan
  • Abraham Maravankin