La historia que contamos sobre nosotros (Bo 5780)

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Algunas veces otros nos conocen mejor que nosotros mismos. En el año 2000, un instituto de investigaciones británico judío presentó una propuesta para que los judíos de ese país se redefinieran como grupo étnico y no como comunidad religiosa. Y fue el periodista no judío, Andrew Marr, que manifestó lo que parecía obvio. Dijo: “Todo esto es agua poco profunda, y cuanto más se avanza menos profunda resulta.”

Lo que escribió después de esto es lo que me pareció inspirador: “Los judíos siempre han tenido historias para todos nosotros. Tienen su Biblia, una de las más grandes obras de imaginación del espíritu humano. Han sido víctima de lo peor que puede causar la modernidad, un espejo de la locura de Occidente. Y sobre todo, han tenido la historia de su supervivencia genética y cultural desde el Imperio Romano hasta los años 2000, entretejiéndose y prosperando en medio de las confundidas y hostiles tribus europeas.” [1]

Los judíos siempre han tenido historias para nosotros. Me encanta ese testimonio. Y efectivamente, desde sus comienzos, la narración ha sido un tema central de la tradición judía. Cada cultura tiene sus historias. (El fallecido Elie Wiesel dijo una vez, “Dios creó al hombre porque a Dios le encantan las historias.”) Casi con certeza, la tradición se remonta a los días en que nuestros antecesores eran cazadores-recolectores, contando historias a la vera del fogón nocturno. Somos animales narradores.

Pero lo que es verdaderamente extraordinario es la forma en la que en la parashá de esta semana, al comienzo del Éxodo, Moshé les dice tres veces a los israelitas cómo transmitir la historia a las generaciones futuras.

  1. Cuando tus hijos te  pregunten: ‘¿Qué significa para ti esta ceremonia?’, entonces les dirás ‘Es el sacrificio de Pesaj al Señor, que salteó las casas de los israelitas en Egipto y evitó que afectara a nuestros hogares cuando castigó a los egipcios.’ (Éxodo 12:26-27)
  2. En ese día le dirás a tu hijo, ‘Yo hago esto por lo que el Señor hizo por mí cuando salí de Egipto.’ (Éxodo 13:8)
  3. “En los días que vendrán, cuando tu hijo te pregunte ‘¿Qué significa esto?’ Le dirás: ‘Con mano fuerte el Señor nos sacó de Egipto fuera de la tierra de la esclavitud.’” (Éxodo 13:14)

Los israelitas aún no habían salido de Egipto y Moshé ya les estaba diciendo cómo contar la historia. Se trata de un hecho extraordinario. ¿Por qué? ¿Por qué la obsesión con la narrativa?

La respuesta simple es que somos la historia que nos contamos. [2] Hay un vínculo intrínseco, quizás necesario, entre la narrativa y la identidad. En palabras del pensador que más hizo para colocar esta idea en el centro del pensamiento contemporáneo, Alasdair MacIntyre, “el hombre es esencialmente, en sus acciones y en su práctica como así también en sus ficciones, un animal narrador.”[3] Llegamos a saber quiénes somos mediante el descubrimiento de qué historia o historias formamos parte.

Jerome Bruner ha argumentado persuasivamente que la narrativa es fundamental para la construcción del sentido, y el sentido es lo que hace que la condición humana sea efectivamente humana.[4] Ninguna computadora necesita ser persuadida de cuál es su propósito en la vida, si hace lo que debe hacer. Los genes no necesitan estímulo motivacional. Los virus no requieren coaching. No necesitamos entrar en su mentalidad para entender lo que hacen y cómo lo hacen, porque no tienen mentalidad en la cual se pueda entrar. Pero los humanos sí tenemos. Actuamos en el presente por las cosas que hicimos en el pasado, y con el objeto de llegar al futuro deseado. Aun simplemente explicar qué es lo que estamos haciendo, es un relato. Tomemos a tres personas comiendo una ensalada en un restaurante: uno porque necesita bajar de peso, la otra porque es por principios, vegetariana, y el tercero por las leyes religiosas de restricción de ciertos alimentos.  En apariencia los tres actos son similares, pero responden a historias diferentes y tiene un sentido distinto para cada uno de los actores involucrados.

Pero, ¿por qué la narrativa y Éxodo?

Uno de los pasajes más fuertes que he leído sobre la naturaleza de la existencia judía está contenida en el libro de Jean-Jacques Rousseau Considerations on the Government of Poland (1772) (Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia). Es un lugar improbable para encontrar una visión de la condición judía, pero ahí está. Rousseau habla de los más grandes líderes políticos. El primero de ellos, dice, fue Moshé, quien “formuló y ejecutó el sorprendente acontecimiento de instituir un sentido nacional a un conjunto de fugitivos miserables, sin oficio, sin armas, sin talento, sin virtudes, sin coraje y que, al  no tener un centímetro de tierra propia, era una masa de extraños en la faz de la tierra.”

Moshé, dijo, “tuvo el atrevimiento de hacer de esa tropa errante y servil un cuerpo político, un pueblo libre, y mientras vagaba por el desierto sin más que una piedra para servir de almohada, le dio la institución perdurable, a prueba del tiempo, fortuna y conquistadores, que 5000 años de historia no han logrado destruir ni debilitar.” Esta nación singular, dice, con frecuencia tan vituperada y diseminada, “sin embargo se ha mantenido hasta nuestros días, mezclada entre otras naciones sin asimilarse a ellas.”[5]

El genio de Moshé, dice, yace en la naturaleza de las leyes que conservaron a los judíos como pueblo singular. Pero esa es solo parte de la historia. La otra figura en la parashá de esta semana en la institución de la narración como deber religioso fundamental, reviviendo y recordando los eventos del Éxodo cada año, y en particular, haciendo que los niños sean parte central de la historia. Al notar que en tres de los cuatro pasajes referentes a la narrativa (tres en esta parashá y la cuarta en Vaetjanán) se hace referencia a los hijos haciendo preguntas, los sabios llegaron a la conclusión de que siempre que sea posible, la narrativa de la noche del Seder debe ser en respuesta a las preguntas formuladas por ellos. Si nosotros somos la historia que contamos sobre nosotros mismos, mientras no se pierda la historia nunca se perderá nuestra identidad.

Esta idea tuvo su expresión hace unos años en un fascinante encuentro. El Tíbet ha sido gobernado por los chinos desde 1950. Durante el levantamiento de 1959 el Dalai Lama, cuya vida corría peligro, huyó a Dharamsala en la India donde muchos de sus seguidores han vivido desde entonces. Viendo que su exilio podría ser prolongado, pidió consejo a los judíos, a quienes consideraba expertos en mantener la identidad en el exilio. Quiso saber cuál era el secreto. La historia de ese encuentro, que duró una semana, fue relatada por Roger Kamenetz en su libro The Jew in the Lotus[6] (El judío en el Loto). Una de las cosas que le recalcaron fue la importancia de la memoria y la narrativa para mantener viva la cultura y la identidad del pueblo. Hablaron de Pesaj y del servicio del Seder en particular. En este marco, dignatarios norteamericanos y rabinos llevaron a cabo en 1997 un Seder especial en Washington con la presencia del Dalai Lama. Esto es lo que él escribió a los participantes del evento:

En nuestro diálogo con los rabinos y los estudiosos judíos, el pueblo del Tíbet aprendió acerca del secreto de la supervivencia espiritual en el exilio: uno de los secretos es el Seder de Pesaj. Durante 2000 años incluso en tiempos muy difíciles, el pueblo judío recuerda su liberación de la esclavitud y su libertad y esto les ha traído esperanza en momentos complicados. Damos las gracias a nuestras hermanas y hermanos judíos por agregar en su celebración de la libertad el pensamiento de la libertad del pueblo tibetano.

Las culturas son moldeadas por la variedad de historias de las que son protagonistas. Algunas de ellas tienen un rol especial en registrar la auto comprensión de los relatores. Son las llamadas narrativas centrales. Tratan sobre grandes masas de personas: tribu, nación, civilización. Mantienen al grupo unido horizontalmente a través del espacio y verticalmente a través del tiempo, dándole una identidad compartida que se transmite a través de las generaciones.

Ninguna ha sido tan fuerte como la historia de Éxodo, cuyo marco y contexto está desarrollada en nuestra parashá. Les dio a los judíos la identidad más tenaz vista en nación alguna. En las épocas de opresión les dio una esperanza de libertad. En los tiempos de exilio, una promesa de retorno. Les contó a doscientas generaciones de niños judíos quiénes eran y de qué historia formaban parte. Se transformó en la narración central del mundo sobre la libertad, adoptada por una variedad sorprendente de grupos desde los puritanos en el siglo XVII a los afroamericanos en el XIX y los budistas tibetanos en la actualidad.

Yo creo ser un personaje en la historia de nuestro pueblo, para escribir mi propio capítulo, y como yo, somos todos. Ser judío es verse como parte de esa historia, lograr que se mantenga viva en nuestro tiempo y hacer lo mejor posible para entregarla a los que vendrán después de nosotros.


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Fuentes

[1] Andrew Marr, The Observer, Domingo 14 de Mayo de 2000.

[2] Ver Alasdair MacIntyre, After Virtue: a study in moral theory, Londres, Duckworth, 1981; Dan P. McAdams, The Stories We Live By: Personal Myths And The Making Of The Self, Nueva York, Guilford Press, 1997.

[3] MacIntyre, op. Cit., 201.

[4] Jerome Bruner, Actual Minds, Possible Worlds, Harvard University Press, 1986.

[5] Jean-Jacques Russeau, The Social Contract and other later political writings, Cambridge University Press, 2010, 180.

[6] Roger Kamanetz, The Jew in the Lotus, HarperOne, 2007.

Traductores

Carlos Betesh