El ángel que no sabía que era un ángel (Vaieshev 5780)

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La historia de Iosef y sus hermanos, desarrollada a lo largo de cuatro parashiot, es la más larga y a la vez la más compacta de todas las narrativas de la Torá. Nada en ella es accidental, cada detalle cuenta. Una instancia, sin embargo, parece ser gloriosamente irrelevante – y es la que contiene una de las ideas más hermosas de la Torá.

A gran velocidad se nos presentan los lineamientos principales de la historia. Iosef es envidiado y odiado por sus hermanos. La animosidad es tan profunda que no pueden conversar pacíficamente entre ellos. Los hermanos han dejado su hogar para pastar las ovejas y Yaakov le dice a Iosef que vaya a ver cómo progresan. Este encuentro pondrá en marcha el drama central del cual se desprenderá todo lo que sigue: el momento en el que los hermanos venden a Iosef como esclavo a Egipto.

Pero por poco todo eso no ocurrió. Iosef arribó a Shejem donde supuso que estarían sus hermanos, pero no estaban allí. Podría haber caminado durante un tiempo por los alrededores y al no encontrarlos, retornar a su casa. Ninguno de los eventos descritos en el resto la Torá habría ocurrido: Iosef como esclavo, Iosef como virrey, el almacenaje de alimentos en épocas de abundancia, el descenso de su familia a Egipto, exilio, esclavitud, éxodo… nada de eso. Toda la historia – revelada a grandes rasgos a Abraham en su visión nocturna – parecía estar por desbarrancarse. Entonces leemos lo siguiente:

Un hombre lo encontró (a Iosef) deambulando por el campo y le preguntó “¿Qué buscas?” Y él contestó “Estoy buscando a mis hermanos. ¿Puede decirme dónde están pastando sus ovejas?” “Ellos se fueron de aquí,” contestó el hombre, “Yo les oí decir ‘Vamos a Dothan.’” Entonces Iosef buscó a sus hermanos y los encontró en Dothan. (Génesis 37:15-17)

No conozco un pasaje comparable en toda la Torá. Tres versículos dedicados a un episodio aparentemente trivial y eminentemente olvidable, de alguien que pide a un desconocido instrucciones de cómo llegar a determinado lugar. ¿Quién era este personaje anónimo? ¿Y qué mensaje podemos imaginar que este episodio pueda transmitir a futuras generaciones, a nosotros? Rashi dice que era el ángel Gabriel. Ibn Ezra, que era un transeúnte. Ramban, sin embargo dice que “El Santo, bendito sea, lo envió para hacer de guía, sin su conocimiento.”

No sé si Ramban quiso decir sin el conocimiento de Iosef o del guía, yo prefiero pensar que ambos. El hombre anónimo – así lo sugiere la Torá – representa la intromisión de la providencia para asegurar que Iosef llegue a donde debía ir y de esa forma pueda continuar el drama. Es posible que él no supiera que tenía ese rol. Iosef con certeza no lo sabía. Para expresarlo de la forma más simple posible: él era un ángel que no sabía que era un ángel. Tenía un rol vital en la narrativa. Sin él nunca habría ocurrido. Pero no tenía cómo saber, en ese momento, cuál era la importancia de su intervención.

El mensaje no podría ser más significativo. Cuando el cielo desea que algo ocurra, y parece imposible, a veces envía a un ángel que baje a la tierra – un ángel que no sabía que lo era – para cambiar el curso de la historia. Permítanme contar la historia de dos de esos ángeles, sin los cuales posiblemente hoy el Estado de Israel podría no existir.

Una es la destacada joven de familia sefaradí que a los diecisiete años se casó con uno de los personajes de la familia ashkenazí más famosa del mundo. Su nombre era Dorothy Pinto, su marido James de Rothschild, hijo del gran barón Edmond de Rothschild que tanto hizo para apoyar el asentamiento en la tierra en los días previos a la proclamación del Estado.

Se produjo una coyuntura crítica durante la Primera Guerra Mundial que más adelante provocó la caída del Imperio Otomano y la colocación de Palestina bajo el mandato británico. De pronto, Gran Bretaña se transformó en una pieza absolutamente central para el sueño sionista. Una figura clave del movimiento sionista, Jaim Weitzman estaba en Gran Bretaña realizando experimentos y enseñando química en la Universidad de Manchester. Pero Weitzman era un inmigrante ruso, no un miembro prominente de la sociedad británica. Manchester no era Londres. La química no era la política. La familia judía mejor conectada y más influyente era la de los Rothschild. Pero Edmond estaba en Francia, James en el campo de batalla. Y no todos los miembros de la familia de los Rothschild británicos eran sionistas.

En ese momento Dorothy súbitamente adoptó un rol de liderazgo. Tenía solo diecinueve años cuando se encontró con Weitzman en diciembre de 1914 y entendía muy poco de las complejidades políticas vinculadas a la realización del sueño sionista. Pero aprendió rápidamente. Era perspicaz, activa, encantadora, hábil y decidida. Conectó a Weitzman con todos los que debía conocer y persuadir. Simon Schama, en su fundamental descripción en su obra Two Rothschilds and the Land of Israel (Dos Rothschilds y la Tierra de Israel), señala que “aun siendo tan joven… combinaba encanto, inteligencia y mucho más que una pizca de resolución férrea, en la proporción exacta para sonsacar compromiso del ambiguo, entusiasmo del poco entusiasta y adhesión del indiferente.”

La opinión de Schama acerca del efecto de sus intervenciones es que “mediante su incansable pero prudente diplomacia social, logró abrir caminos de influencia y persuasión en un tiempo que eran tremendamente necesarios.”(1) El resultado fue, en 1917, la Declaración de Balfour, un hito en la historia del sionismo – y no debemos olvidar que la declaración en sí se materializó por medio de una carta a Lord (Walter) Rothschild.

James, el esposo de Dorothy, en su testamento dejó los medios económicos para construir el Knesset, el edificio del parlamento de Israel. Dorothy a su vez, lo hizo para construir un nuevo edificio para la Corte Suprema, proyecto realizado por su sobrino Jacob, el actual Lord Rothschild. Pero de todas las cosas que hizo, las conexiones que logró para Jaim Weitzman entre los años 1914 y 1917 fueron las más importantes. Sin ellas podría no haberse materializado la Declaración de Balfour y por ende, el Estado de Israel.

La otra figura que no fue menos que Dorothy de Rothschild, fue Eddie Jacobson. Hijo de inmigrantes judíos pobres, nacido en el Lower East Side de Nueva York, se trasladó con su familia a Kansas City donde se hizo amigo de otro hombre joven llamado Harry Truman. Se conocían desde la adolescencia y profundizaron la relación en 1917 cuando hicieron juntos el servicio militar. Al terminar la Primera Guerra Mundial, abrieron un comercio de mercería, que fracasó en 1922 debido a la recesión.

De ahí en más fueron por caminos separados, Jacobson como viajante y Truman sucesivamente como administrador de un condado, senador, vicepresidente, y luego cuando falleció el presidente F.D. Roosevelt en 1945, asumió la presidencia de los Estados Unidos. A pesar de sus trayectorias tan distintas, siguieron siendo amigos y Jacobson visitaba a Truman con frecuencia, comentándole, entre otras cosas, acerca del destino de los judíos de Europa durante el Holocausto.

Después de la guerra, la postura de los Estados Unidos con respecto al Estado de Israel era profundamente ambivalente. El Departamento de Estado se oponía. Truman se negó a recibir a Jaim Weitzman. El 13 de marzo de 1948 Jacobson fue a la Casa Blanca y persuadió a Truman para que cambiara de idea y que recibiera a Weitzman. En gran parte como resultado de ese hecho, Estados Unidos fue el primer país en reconocer diplomáticamente a Israel el 14 de mayo de 1948.

Muchos años más tarde, Truman escribió:

Uno de los momentos de mayor orgullo de mi vida ocurrió a la hora 6:12 de la tarde del viernes 14 de mayo de 1948, cuando pude reconocer el nuevo Estado de Israel en nombre del gobierno de Estados Unidos. Sigo estando especialmente gratificado por el rol que tuve la fortuna de cumplir en la creación del Estado Israel secundando las inmortales palabras de la Declaración de Balfour, “el hogar nacional del pueblo judío.”

Dos personas, Dorothy de Rothschild y Eddie Jacobson aparecieron en la escena de la historia y conectaron a Jaim Weitzman con personas que de otra manera no hubiera conocido, entre ellos Arthur Balfour (2) y Harry Truman. Fueron como el desconocido que conectó a Iosef con sus hermanos, pero con consecuencias infinitamente más positivas. Pienso en ambos como ángeles que no sabían que eran ángeles.

Quizás esto sea válido no sólo para el destino de las naciones sino también para cada uno de nosotros en coyunturas críticas de nuestras vidas. Yo creo que hay momentos en los que nos sentimos perdidos, y entonces alguien nos dice o hace algo que nos levanta o nos encamina hacia una nueva dirección y destino. Años más tarde, mirando hacia atrás vemos cuán importante fue esa intervención, aun cuando en el momento no lo parecía. Es así como reconocemos que también nosotros nos habíamos encontrado con un ángel que no sabía que lo era. De eso trata la historia del desconocido de Iosef.

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Fuentes

  1. Simon Schama, Two Rothschilds and the Land of Israel [Dos Rothschilds y la Tierra de Israel], Collins, 1978, 196-98.
  2. Weitzman ya había conocido Arthur Balfour, pero sin Dorothy no habría tenido la influencia que eventualmente tuvo sobre un círculo de políticos eminentes.

Traductores

Carlos Betesh