Pensando lenta y rápidamente (Ajarei Mot 5779)

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Si unimos los descubrimientos recientes de la neurociencia con la tradición midráshica es posible arrojar una nueva luz sobre el misterio central de Iom Kipur: se trata del episodio de los dos machos cabríos, aparentemente idénticos, de las cuales el Sumo Sacerdote elige uno al azar como ofrenda de pecado, y el otro como chivo expiatorio, liberado para morir en el desierto.

En los ensayos anteriores sobre Ajarei Mot en Convenio y Conversación vemos al chivo expiatorio como figura en la tradición judía, y en forma muy distinta, en otras culturas. Pero existen otras dimensiones del rito que requieren explicación. Argumentamos que había dos chivos porque Iom Kipur representa el proceso dual de kapará, expiación, y tahará, purificación, conectados respectivamente con la culpa y la vergüenza. Pero eso no explica por qué los dos animales debían ser lo más parecido posible uno al otro, ni por qué debían ser elegidos al azar (goralot). Aparentemente, estos procedimientos fueron ideados para inspirar sentimientos de temor y penitencia por parte de las masas que colmaban el Templo en el día más sagrado del año, pero ¿cómo? y ¿de qué manera?

A través de los siglos, los sabios trataron de dilucidar este misterio. Dos animales de similar apariencia pero distinto destino, sugieren la idea de mellizos. Esta y otras pistas llevaron al Midrash, el Zohar y comentaristas clásicos como Najmánides y Abarbanel a la conclusión de que los dos chivos, de algún modo, simbolizaban a los mellizos más famosos de toda la Torá: Yaakov y Esav.

También hay otras pistas. La palabra se’ir, “chivo”, se asocia en la Torá con Esav. Él y sus descendientes habitaron la tierra de Seir. La palabra se relaciona con se’ar, “peludo”, que es como nació Esav: “todo su cuerpo era como una vestimenta peluda” (Génesis 25: 25). Cuando Rebeca urgió a Yaakov a que simule que era Esav para recibir la bendición de Ytzjak, Yaakov dijo: “Mi hermano Esav es peludo (sa’ir) mientras que yo tengo la piel lampiña” (Génesis 27: 11). Según la Mishná, se ataba un hilo rojo al chivo expiatorio y “rojo” (Edom) era el nombre alternativo de Esav. Por lo tanto, existía una tradición que de alguna forma el chivo expiatorio simbolizaba a Esav. Azazel, el lugar o la identidad misteriosa a la que estaba destinado el chivo era Samael, el ángel guardián de Esav.

Particularmente, la expresión “dos cabritos de entre las cabras,” mencionado en el ritual del Sumo Sacerdote, nos recuerda una expresión muy similar, shnei gedi’ei tzim, mencionado en Génesis 27, en la escena del engaño de Yaakov en la que Ytzjak le pide a Esav que capture un animal salvaje y le prepare la comida para que pueda bendecirlo. Rebeca le dice a Yaakov: “ve al rebaño y tráeme dos cabritos selectos de entre las cabras así puedo preparar una comida sabrosa para tu padre, como a él le gusta”. Estos paralelismos verbales en la Torá no son mera coincidencia. Son parte de su sostenida intertextualidad, su prosa finamente enhebrada en la que un versículo arroja luz sobre otro.

O sea que los dos machos cabríos del servicio del Sumo Sacerdote evocan de múltiples maneras las figuras de Yaakov y Esav, específicamente la escena en la que Yaakov pretende ser Esav, vistiendo sus ropajes para que pueda ser olido y percibido como su hermano. Fue ahí que en respuesta a la pregunta de su padre, “¿Quién eres, hijo mío?”, Yaakov dijo estas palabras: “Yo soy tu primogénito, Esav,” a lo que Ytzjak le respondió: “La voz es la de Yaakov, pero las manos son las de Esav” (Génesis 27: 22).

¿Quiénes eran entonces Yaakov y Esav? ¿Qué representaban y qué relación tiene esto con Iom Kipur y la expiación? La tradición midráshica tiende a retratar a Yaakov como perfecto y a Esav como malvado. Sin embargo, la Torá es más sutil. Esav no es la personificación del mal. Su padre lo amaba y quiso darle la bendición. Los sabios dicen que de alguna forma – al honrar a su padre – era un modelo supremo de hombre (1). Y en Deuteronomio Moshé ordena “No desprecies al edomita (o sea, a los descendientes de Esav) porque él es tu hermano” (Deuteronomio 23: 8).

En la Torá, Esav no es la personificación del mal. Más bien es un hombre impulsivo. Esto lo vemos en la escena en la cual vende su primogenitura a Yaakov. Al llegar un día exhausto de cazar, ve que Yaakov está preparando un guiso de lentejas:

Él le dijo a Yaakov “¡Rápido, déjame comer algo de ese guiso rojo! ¡Estoy hambriento!”… Yaakov le contestó, “Primeramente véndeme tu primogenitura.” “Mira, estoy por morir,” dijo Esav. “¿Para qué me sirve la primogenitura?” Pero Yaakov dijo “Primero júrame.” Esav pronunció el juramento, vendiéndole la primogenitura a Yaakov. Entonces Yaakov le dio un poco de pan y del guiso de lentejas. Comió, bebió y luego se levantó y se fue. De esa forma Esav despreció su primogenitura.

Génesis 25: 30-34

La estampa de la impetuosidad de Esav – la venta de una parte de su heredad por un plato de sopa – se refuerza por la singular descripción del acto, en la modalidad consecutiva en staccato de cinco verbos (literalmente “comió, bebió, se levantó, se fue, despreció”). Cada vez que vemos a Esav tenemos la impresión de una figura siempre manejada por la emoción del momento, ya sea hambre, devoción filial, deseo de venganza o al final, generosidad de espíritu.

Yaakov es lo opuesto. No revela sus sentimientos. Piensa y actúa a largo plazo. Eso es lo que hizo cuando vio la oportunidad de comprarle la primogenitura a Esav, cuando trabajó durante siete años por Rajel (tiempo “que le resultó como siete días”) y cuando define los términos para el pago de su trabajo con Labán. Cuando reprocha a su hijo Iosef por lo aparentemente presuntuoso de sus sueños, la Torá nos dice que sus hermanos estaban celosos de Iosef “pero su padre guardó el tema en su mente.” Yaakov nunca actúa en forma impulsiva. Piensa larga y cuidadosamente antes de decidir.

La impetuosidad no solo es ajena a él sino que la critica cuando la ve en sus hijos. En su lecho de muerte, maldice a sus tres hijos mayores con estas palabras:

Rubén, tú eres el primogénito. Inestable como el agua, no progresarás. Simón y Leví…¡maldita sea vuestra ira, tan feroz, y vuestra furia, tan cruel!”.

Génesis 49: 3-7

Actuar en base al enojo y la impetuosidad es para él señal de una personalidad despreciable con la cual no quiere estar asociado.

¿Qué tiene que ver esto con el pecado, la transgresión, la expiación y los dos machos cabríos?

En años recientes ha habido una revolución en nuestra comprensión del cerebro humano y con ella, de la mente humana. Un texto clave lo constituye el libro de Antonio Damasio Descartes’ Error (El error de Descartes) (2). Damasio descubrió un hecho inusual en pacientes que habían sufrido un daño en la corteza prefrontal ventromedial. Su capacidad de pensar estaba intacta, pero la posibilidad de sentir era cercana a cero. Como resultante, eran incapaces de tomar decisiones. Podían razonar infinitamente, pero no definir el curso de acción para un lado o para el otro.
Una gran cantidad de trabajos posteriores ha demostrado que Descartes y Kant estaban errados al afirmar que somos, primero y principal, animales racionales. David Hume tenía razón en su concepto de que somos seres primariamente emocionales que tomamos decisiones en base a sentimientos, deseos e impulsos de las cuales somos apenas conscientes. Justificamos nuestras elecciones, pero las tomografías cerebrales muestran que la decisión estaba tomada antes de darnos cuenta de ello.

Estamos más impulsados por la emoción y menos por la razón de lo que creían los pensadores del Iluminismo. Este descubrimiento nos ha llevado a nuevas disciplinas como la economía conductual (lo que las personas realmente hacen más que lo que la teoría dice que hacen), la inteligencia emocional, y estudios interdisciplinarios que ligan a la neurociencia con la política y la moralidad.

Tenemos, en efecto, un sistema dual, o un cerebro de dos canales. A esto se refiere Daniel Kahneman con el título de su famoso libro Thinking, fast and slow. (Pensando, rápida y lentamente) (3) Un canal es rápido, instintivo, emocional y subconsciente. El otro es más lento, consciente, deliberativo y calculador. El primero nos permite reaccionar velozmente a situaciones potencialmente peligrosas, Sin él, nuestros antepasados no hubieran podido sobrevivir. Muchas de estas reacciones instintivas son benignas. Es natural tener empatía, y con ella, la tendencia a sentir el dolor del prójimo y acudir a su ayuda. Desarrollamos un fuerte sentido vincular que nos conduce a defender a los miembros de nuestra familia o comunidad. Pero no todos los instintos son benévolos. La ira, la envidia, los celos, el temor, el odio y el deseo de venganza pueden haber sido funcionales en alguna etapa, pero frecuentemente son destructivas en el plano social. Es por eso que la capacidad de “pensar lentamente”, hacer una pausa y reflexionar, es tan significativa. Todos los animales tienen deseos. Sólo los humanos somos capaces de juzgar los deseos – preguntarse, ¿debo o no debo satisfacer este deseo?

Estos descubrimientos recientes de las neurociencias y disciplinas relacionadas no nos dicen nada nuevo. Más bien, han reivindicado una interiorización antigua que fue frecuentemente obturada por el racionalismo Iluminista. No podemos vivir, elegir ni amar sin emoción. Pero uno de los temas fundamentales de Génesis es que no toda emoción es benigna. El comportamiento instintivo, impulsivo, puede llevar a la violencia. Lo que se necesita para ser portador del pacto con Dios es la capacidad de “pensar lentamente” y actuar deliberadamente. Ese es el contraste entre Ytzjak e Ishmael (de quien se ha dicho “Será un hombre como asno salvaje; su mano se alzará contra todos y serán alzadas todas las manos contra él,” (Génesis 16: 12). Aún mayor es el contraste entre Yaakov y Esav.

Esto nos conduce a Génesis 27 y al momento en que Yaakov viste el ropaje de Esav y le dice al padre: “Yo soy Esav, tu primogénito.” Los dos machos cabríos del servicio del Sumo Sacerdote y los dos machos cabríos preparados por Rebeca simbolizan nuestra dualidad: “Las manos son las de Esav, pero la voz es la de Yaakov.” Cada uno de nosotros alberga un Esav y un Yaakov en nuestro ser, el cerebro impulsivo y emocional, y el reflexivo y deliberativo. Podemos pensar rápida o lentamente. Nuestro destino, nuestro goral, nuestro libro de vida, será definido por cuál de los dos elegimos. ¿Será nuestra vida dirigida “al Señor” o “a Azazel,” a las vicisitudes aleatorias del azar?

Este es el drama moral simbolizado por los dos machos cabríos, uno dedicado “al Señor,” y el otro “a Azazel” y echado al desierto. El poder del ritual es que no habla con abstracciones – razón versus emoción, diferimiento del instinto en lugar de la gratificación. Es apasionante, visceral, y más aún cuando evoca, en forma consciente o no, la memoria de los mellizos, Yaakov y Esav, juntos al nacer pero totalmente divergentes en carácter y destino.

¿Quién soy yo? Es la pregunta que Iom Kipur nos obliga a hacernos. Para ser Yaakov, tenemos que liberarnos de y renunciar al Esav que tenemos dentro, a lo impulsivo que nos puede llevar a vender nuestra primogenitura por un plato de sopa, perdiendo la eternidad en busca del deseo.

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  1. Ver Shemot Rabá 46:4, Bamidbar Rabá 1:15.
  2. Antonio R. Damasio, Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain (El error de Descartes: emoción, razón y el cerebro humano)(New York: Putnam, 1994).
  3. Daniel Kahneman, Thinking, Fast and Slow (Pensando, rápida y lentamente) (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2011)

Traductores

Carlos Betesh