Un pueblo de dura cerviz (Ki Tisá 5779)

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Es un momento sumamente dramático. Los israelitas, apenas cuarenta días después de la mayor revelación de la historia, han fabricado un ídolo, el Becerro de Oro. Dios amenaza con destruirlos. Moshé, magnífico ejemplo de carácter del hombre que “lucha con Dios y con el hombre”, se enfrenta a ambos. A Dios, le ruega por misericordia para su pueblo. Cuando baja de la montaña y se enfrenta con Israel, destruye las tablas, símbolo del pacto. Convierte en polvo al becerro, lo mezcla con agua y obliga a los israelitas a beberlo. Ordena a los Levitas castigar a los transgresores. Después vuelve a ascender a la montaña en un prolongado intento de reparar la relación destruida entre Dios y el pueblo.

Dios acepta su ruego y le dice que grabe nuevamente las tablas sobre piedra. En este punto, sin embargo, Moshé le formula un pedido extraño:

“Y Moshé se apresuró y se arrodilló sobre la tierra, se inclinó y dijo: ‘Si he hallado gracia ante Tus ojos, mi Señor, que mi Señor vaya con nosotros, porque (ki) es un pueblo de dura cerviz (obstinado), y perdona nuestras iniquidades y nuestro pecado y tómanos como Vuestra heredad’”.

Éxodo 34:8-9

La complejidad de este versículo es evidente. Moshé le implora a Dios que permanezca con los israelitas usando de argumento el mismo atributo que Dios había expresado en su intención de abandonarlos:

“‘He visto a este pueblo’, le dice el Señor a Moshé, ‘y es un pueblo de dura cerviz. Ahora déjame solo para que se encienda Mi ira contra ellos y que pueda destruirlos. Después haré de ti una gran nación’”

Éxodo 32:9

¿Cómo puede ser que Moshé invoca la obstinación justamente como la razón para que Dios mantenga Su presencia ante ellos? ¿Qué significa cuando Moshé utiliza la palabra “porque” en la siguiente afirmación?: “Que pueda el Señor estar con nosotros porque es un pueblo de dura cerviz”.

Los estudiosos presentan varias una variedad de interpretaciones. Rashí lee la palabra ki como “si”: “Si son de dura cerviz, entonces perdónalos”(1). Ibn Ezra (2) y Jizkuni (3) lo interpretan como “sin embargo” o “pese al hecho de” (af al pi). Ibn Ezra también afirma que el versículo puede leerse como “(Yo admito que) es un pueblo de dura cerviz, y, por lo tanto, perdona nuestra iniquidad y pecado y tómanos como Tu heredad” (4).

Estas son todas lecturas directas y cada sabio le asignó a la palabra ki, un significado alternativo, que, habitualmente, no posee. También hay otra línea de interpretación más impactante aún, que puede ser trazada a lo largo de los siglos y que, en el siglo XX, fue expresada por el Rabino Ytzjak Nissenbaum. Él le atribuye a Moshé el siguiente argumento:

“Dios Todopoderoso, contempla con gracia a este pueblo, ya que lo que hoy es su mayor defecto, puede un día ser su mayor virtud. Si bien no hay dudas que es un pueblo obstinado, la desobediencia que hoy tienen por su dura cerviz, puede el día de mañana convertirse en lealtad hacia Ti. Las naciones pugnarán por asimilarlos pero ellos rehusarán. Poderosas religiones los urgirán a convertirse, pero resistirán. Sufrirán humillaciones, persecuciones y hasta tortura y muerte por el nombre que portan y la fe que profesan, pero ellos permanecerán fieles al pacto que sus antecesores han hecho Contigo. Morirán diciendo ani ma’amin (en español: “yo creo”). Este es un pueblo que impacta por su obstinación, y, aunque ahora la manifiestan como una falencia, vendrán tiempos en que esa misma obstinación la convertirán en su fortaleza más noble (5).”

El hecho de que el Rabino Nissenbaum vivió y murió en el gueto de Varsovia les confiere una intensidad adicional a sus palabras (6). Muchos siglos atrás, el Midrash expresó esencialmente lo mismo:

Hay tres cosas distintas que son inalterables: el perro entre las bestias, el gallo entre las aves e Israel entre las naciones. El Rabino Isaac ben Redifá citó en nombre del Rabino Ami: “Puedes pensar que este es un atributo negativo, pero en realidad es elogiable pues significa: ‘Sé judío o prepárate para ser ahorcado’” (7).

El Rabino Ami dice que los judíos son de dura cerviz en el sentido de que están dispuestos a morir por su fe. Como lo explicó Gersónides (Ralbag) en el siglo XIV: un pueblo obstinado puede ser lento en adquirir una fe, pero una adquirida, no la abandonará jamás (8).

Podemos captar una imagen fugaz de esta terquedad en un episodio narrado por Josefo, en uno de los primeros incidentes no violentos de desobediencia civil masiva. Ocurrió durante el reinado del emperador romano Calígula (37-41 e.c.). Él había dispuesto colocar su propia estatua en el recinto del Templo de Jerusalem enviando a su jefe militar, Petronio, a llevar a cabo la tarea si fuera necesario hacerlo por la fuerza. Josefo relata el encuentro entre Petronio y la población judía en Ptolemais (Acre):

“Entonces acudieron diez mil judíos a peticionar ante Petronio en Ptolemais para que no los obliguen a violar la ley de sus ancestros. ‘Pero si’ dijeron ‘está totalmente resuelto a llevar la estatua y erigirla, entonces nos deben matar primero a nosotros y después hacer lo que deseen… Puesto que mientras estemos vivos no podemos permitir estos hechos que van contra nuestra ley…’.

Entonces Petronio se dirigió a ellos en Tiberius y les dijo: ‘¿Harán ustedes la guerra contra César, pese a sus grandes preparativos bélicos y a vuestra debilidad?’ Ellos le replicaron: ‘Bajo ningún concepto haremos guerra contra César, pero moriremos antes de ver transgredidas nuestras leyes’. Y se arrojaron al piso extendiendo sus gargantas para ser ajusticiados diciendo que estaban dispuestos a morir… De esa forma, se mantuvieron firmes en sus convicciones listos para morir antes de ver erigida la estatua” (9).

Enfrentado con un desafío tan heroico y en tan gran escala, Petronio cedió y le escribió a Calígula (en palabras de Josefo): “No tome a estos diez mil hombres como distracción, pues si los mata, será maldecido públicamente por toda la eternidad”.

Este episodio recién relatado no es un hecho aislado. Tanto la literatura rabínica como las crónicas de la Edad Media están repletas de historias de martirio, de judíos dispuestos a morir con tal de no convertirse. En efecto, el concepto mismo de kidush Hashem (en español: la santificación del nombre de Dios) se asoció en la literatura halájica con la voluntad de “morir antes de transgredir”. En el siglo II de la era común, el cónclave rabínico de Lod (Lydda) que precisó las leyes del martirio, habría intentado limitar más que de alentar este fenómeno. Estas leyes delimitan tres pecados por los cuales se decía que “uno debe elegir morir antes de transgredir” (10). Hubo un caso de martirio que sobresalió por la audacia de su aspecto teológico. Este ocurrió durante la época de la expulsión de los judíos de España y fue registrado por el historiador judío Shlomo ibn Verga (siglos XV-XVI):

“Una de las barcas estaba infestada por la peste y el capitán depositó a los pasajeros en una isla deshabitada. Entre ellos, había un judío que se desplazaba con dificultad junto a su esposa y sus dos hijos. Su esposa falleció… El hombre cargó a sus dos niños hasta que tanto él como los pequeños se desmayaron de hambre. Cuando volvió en sí, vio que sus dos hijos habían muerto.

Con gran dolor se puso de pie y dijo: ‘Oh, Dios de todo el universo, has hecho grandes cosas para que yo me aparte de mi fe. Pero ten la certeza de que, aun en contra del deseo del cielo, judío soy y judío seguiré siendo y nada de lo que Tú me has hecho ni de lo que me harás, servirá para impedirlo’” (11).

Uno queda pasmado ante tanta fe, ante una fe tan obstinada. Seguramente esa idea de fe es la que está presente en el siguiente pasaje famoso que relata la entrega de la Torá en el monte Sinaí:

“Y estaban parados debajo de la montaña. El Rabino Abdbdimi ben Jamá ben Jasá dijo: “Esto nos enseña que el Santo, Bendito sea, dio vuelta la montaña por sobre ellos como un barril y dijo: ‘Si ustedes aceptan la Torá, bien. Si no, este será vuestro lugar de entierro’”. Rabá dijo: ‘Aun así, aceptaron la Torá en los días de Ajashverosh’, pues está escrito que los judíos confirmaron y la tomaron sobre sí, lo que significa que confirmaron lo que habían aceptado anteriormente” (12).

El significado de este texto tan extraño parece ser este: en el Sinaí el pueblo no tuvo otra opción que la de aceptar el pacto. Habían sido rescatados de Egipto. Dios dividió el mar para ellos, les mandó maná del cielo y agua de las rocas. Aceptar el pacto en esas condiciones no puede decirse que haya sido una elección libre. La verdadera prueba sería cuando Dios estuviera oculto. La cita de Rabá de Meguilat Ester es adecuada y precisa. Este texto (la meguilá) no contiene el nombre de Dios. Los rabinos sugieren que el nombre de Esther alude a la frase haster astir et panai (en español: “Yo con certeza ocultaré Mi rostro”). Meguilat Ester relata el primer decreto de genocidio contra el pueblo judío. Que los judíos siguieran siendo judíos bajo esas condiciones es una prueba concreta de que, efectivamente, reafirmaron el pacto. Obstinados en su descreimiento durante gran parte de la era bíblica, se volvieron obstinadamente creyentes de ahí en más. Ante la presencia de Dios, Le desobedecieron. Confrontados con Su ausencia, permanecieron leales a Él. Esa es la paradoja del pueblo de dura cerviz.

No es casualidad que la narrativa principal de esta meguilá comienza con las palabras: “Y Mordejai no quiso inclinarse” (Esther 3:1). El momento en que Mordejai rechaza reverenciarse ante Hamán pone a la narración en movimiento. Mordejai también es obstinado, ya que si hay algo difícil de realizar cuando uno es de dura cerviz, es inclinarse ante alguien. Si bien hubo momentos en que a los judíos les resultó difícil inclinarse ante Dios, nunca estuvieron dispuestos a inclinarse ante nada menos que Él. Por eso, de todos los pueblos que han entrado en el plano de la historia, los judíos, aún en el exilio, dispersos y siendo en todos lados minoría, no se asimilaron a la cultura prevalente ni se convirtieron a la fe dominante.

“Perdónalos porque son un pueblo de dura cerviz”, dice Moshé, porque vendrá un tiempo en que la obstinación no será para ellos una falencia trágica, sino una noble y desafiante lealtad. Y así fue.

Fuentes

  1. Rashi, comentario a Éxodo 34:9.
  2. En su comentario “breve” a Éxodo 34:9. En su comentario más extenso cita esta visión en nombre de Rabino Ioná ibn Iana (R. Marinus, 990-1050).
  3. Ezequías ben Manoa, un rabino francés y exégeta que vivió durante el siglo XIII.
  4. Ibn Ezra, comentario más extenso.
  5. Esta es mi paráfrasis del comentario citado en nombre del Rabino Ytzjak Nissenbaum en Iturei Torá Shemot, de Aaron Yaakov Greenberg (Tel Aviv, 1976).
  6. Para ver el excepcional discurso del Rabino Nissenbaum en el Ghetto de Varsovia, ver “To Mend the World”, Emil Fackenheim (Nueva York: Schocken, 1982), 223.
  7. Beitza 25b; Shemot Raba 42:9
  8. Ralbag, comentario a Éxodo 34:9
  9. Josefo “Antigüedad de los judíos”, libro 18, capítulo 8. Citado en “Conscience and Civil Disobedience in the Jewish Tradition,” de Milton Konvitz, en “Contemporary Jewish Ethics”, ed. Menachem Kellner (New York: Sanhedrin Press, 1978), 242–43.
  10. Sanhedrin 74a. Los tres pecados eran asesinato, idolatría e incesto. El martirio fue un problema complejo en varios momentos de la historia judía. Los judíos se debatieron entre dos ideales contrapuestos. Por un lado, el auto-sacrificio era una de las formas más altas de Kidush Hashem, la santificación del nombre de Dios. Por el otro, el judaísmo tiene una marcada preferencia por la vida y su preservación.
  11. En “A Jewish Reader”, Najum Glatzner (New York: Schocken, 1975), 204–5. Fue este versiculo que inspiró la famosa ficción sobre el desafío de un hombre a Dios en nombre de Dios, “Yossl Rakover Talks to God” (New York: Vintage, 2000).
  12. Shabbat 88a. Ver el ensayo “Mount Sinai and the Birth of Freedom,” p. 149

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Traductores

Carlos Betesh

Editores

Micaela Masri Salem