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Una secuencia de versículos en la parashá de esta semana dio origen a un hermoso pasaje talmúdico que encontró su lugar en el Sidur. Se encuentra entre las lecturas que recitamos después del servicio de Arvit al concluir el sábado por la noche, cuando el Shabat llega a su fin. Este es el texto en el que se basa:
«Porque el Eterno, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no practica el favoritismo hacia las personas ni acepta soborno. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole pan y vestido.» (Éx. 10:17–18)
La yuxtaposición de estos dos versículos – el primero acerca de la supremacía de Dios, el segundo sobre Su cuidado por los solitarios y desamparados – no podría ser más impactante. El Poder de todos los poderes cuida de quienes no tienen poder. El Infinito se preocupa por los pequeños. El Ser que está en el corazón mismo de la existencia escucha a quienes viven en los márgenes: el huérfano, la viuda, el extranjero, el pobre, el excluido, el olvidado. Sobre esta idea, el sabio del siglo III Rabí Iojanán construyó la siguiente enseñanza:
Dondequiera que encuentres la grandeza del Santo, bendito sea, allí encontrarás Su humildad. Esto está escrito en la Torá, repetido en los Profetas y mencionado por tercera vez en los Escritos. Está escrito en la Torá: «Porque el Eterno, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no practica el favoritismo hacia las personas ni acepta soborno». (Éx. 10:17)
Inmediatamente después está escrito: «Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole pan y vestido». (Éx. 10:18) Se repite en los Profetas, como está dicho: «Así dice el Alto y Sublime, el que habita para siempre y cuyo Nombre es Santo: Habito en las alturas y en santidad, pero también con el quebrantado y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y vivificar el corazón de los quebrantados.» (Is. 57:15) Y aparece por tercera vez en los Escritos: «Cantad a Dios, cantad salmos a Su Nombre; exaltad al que cabalga sobre las nubes; el Eterno es Su Nombre, y alegraos delante de Él.» (Sal. 68:5) Inmediatamente después está escrito: «Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en Su santa morada.» (Sal. 68:6)
(Talmud Babilónico, Meguilá 31a)
Es este pasaje el que fue incorporado al servicio ashkenazí al finalizar el Shabat. Su presencia allí nos recuerda que, cuando termina el día de descanso y regresamos a las preocupaciones de la semana, no debemos quedar tan absorbidos por nuestros propios intereses que olvidemos a quienes han sido menos favorecidos. Preocuparnos únicamente por nosotros mismos y por quienes dependen directamente de nosotros no es «el camino de Dios».
Uno de los aspectos más singulares de ser Gran Rabino es que uno llega a conocer personas a las que, de otro modo, nunca habría conocido. Hubo tres momentos que me impresionaron profundamente.
De vez en cuando, Elaine y yo organizamos cenas para personas tanto de la comunidad judía como de fuera de ella. Habitualmente, al finalizar, los invitados agradecen a los anfitriones. Sin embargo, solo una vez un invitado no solo nos dio las gracias, sino que además pidió permiso para entrar en la cocina y agradecer personalmente a quienes habían preparado y servido la comida. Fue un acto de gran sensibilidad. Pero igual de interesante fue saber quién lo hizo. Fue John Major, primer ministro del Reino Unido. La grandeza es humildad.
La sinagoga más antigua de Gran Bretaña es Bevis Marks, en el corazón de la City de Londres. Construida en 1701, fue la primera sinagoga levantada expresamente como tal en Londres. La edificaron los judíos españoles y portugueses, los primeros que regresaron a Inglaterra – o que pudieron practicar públicamente el judaísmo, pues algunos habían sido marranos – después de que Oliver Cromwell autorizara en 1656 el regreso de los judíos tras la expulsión decretada por Eduardo I en 1290.
Inspirada en la Gran Sinagoga de Ámsterdam, ha permanecido prácticamente sin cambios desde entonces. Solo la incorporación de la iluminación eléctrica ha marcado el paso del tiempo y, aun así, en ocasiones especiales los servicios se celebran a la luz de las velas, tal como ocurría en aquellos primeros años.
En el servicio conmemorativo del tricentenario, celebrado en 2001, el príncipe Carlos asistió a la sinagoga. Allí conoció tanto a miembros de la comunidad como a dirigentes del judaísmo británico. Lo verdaderamente notable fue que dedicó tanto tiempo a conversar con los jóvenes que estaban prestando servicio de seguridad como con las personalidades más destacadas de la comunidad. Por razones de seguridad, muchas personas se ofrecen voluntariamente para vigilar los eventos comunitarios, como parte del trabajo de una de nuestras organizaciones más valiosas, el Community Security Trust. Con frecuencia, la gente pasa junto a ellos sin apenas reparar en su presencia. Pero el príncipe Carlos sí los vio, y les hizo sentir tan importantes como cualquier otra persona presente en aquella brillante celebración. La grandeza es humildad.
Sarah Levene (no es su verdadero nombre) murió trágicamente siendo aún joven. Ella y su esposo habían sido bendecidos por Dios con un éxito extraordinario y poseían una inmensa fortuna. Sin embargo, no gastaban su dinero en sí mismos. Daban tzedaká a una escala extraordinaria, tanto dentro como fuera de la comunidad judía, en Gran Bretaña, Israel y otros lugares. Fueron dos de los mayores filántropos de nuestro tiempo.
Cuando Sarah falleció, entre quienes más sintieron su pérdida estaban los camareros y camareras de un conocido hotel de Israel donde solían hospedarse. Resultó que ella conocía a cada uno de ellos: sabía de dónde provenían, cuál era su situación familiar, las dificultades que atravesaban y los problemas que enfrentaban. Recordaba no solo sus nombres, sino también los de sus esposos e hijos. Siempre que alguno necesitaba ayuda, ella se aseguraba de que la recibiera, discretamente y sin llamar la atención. Era una costumbre que mantenía en todos los lugares que visitaba.
Después de su muerte descubrí cómo ella y su esposo habían llegado a casarse. Él era mayor que ella y amigo de sus padres. Sarah tenía unas semanas libres durante el verano antes de comenzar el año académico, y el señor Levene (tampoco es su verdadero nombre) le ofreció un trabajo temporal.
Una tarde, al terminar la jornada, ambos se dirigían a reunirse con los padres de Sarah para cenar.
En el camino pasaron junto a un mendigo. El señor Levene, muy cuidadoso en el cumplimiento de la mitzvá de la tzedaká, metió la mano en el bolsillo y le dio una moneda. Mientras seguían caminando, Sarah le pidió prestada una suma considerable de dinero, prometiéndole devolvérsela al final de la semana, cuando cobrara su salario.
Él aceptó. Entonces Sarah regresó corriendo hasta donde estaba el mendigo y le entregó el dinero.
—¿Por qué hiciste eso? – le preguntó él –. Yo ya le había dado algo.
—Lo que tú le diste – respondió ella – le alcanzaba para hoy, pero no era suficiente para cambiar su vida.
Al final de la semana, el señor Levene le pagó su sueldo. Ella le devolvió casi todo el dinero, recordándole que debía reembolsarle el préstamo.
—Aceptaré el dinero – le dijo él –, porque no quiero privarte de tu mitzvá.
Pero, como él mismo me contó después de la muerte de Sarah:
—Fue en ese momento cuando decidí pedirle que se casara conmigo, porque su corazón era más grande que el mío.
Durante todo su matrimonio dedicaron tanto tiempo y energía a distribuir su riqueza entre causas benéficas como a obtenerla. Fueron responsables de muchos de los proyectos educativos, médicos y ambientales más sobresalientes de nuestro tiempo. He tenido el privilegio de conocer a otros grandes filántropos, pero nunca a ninguno que supiera los nombres de los hijos de los camareros del hotel donde se hospedaba; ninguno que se preocupara más por aquellos a quienes los demás apenas advertían, ni que ayudara con tanta discreción, eficacia y humanidad. La grandeza es humildad.
Esta idea – contraintuitiva, inesperada y capaz de transformar la vida – es una de las grandes contribuciones de la Torá a la civilización occidental. Se expresa en las palabras de nuestra parashá, cuando Moshé habló al pueblo del «Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, poderoso y temible», cuya grandeza no reside solamente en ser el Creador del universo y el arquitecto de la historia, sino también en que «Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole pan y vestido». Quienes actúan de ese modo son los verdaderos hombres y mujeres de Dios.
PREGUNTAS PARA PENSAR
- ¿Cómo crees que puede medirse la «grandeza»? ¿Puedes sugerir algunas maneras?
- ¿Por qué la Torá vincula el poder supremo de Dios con Su cuidado por las personas más vulnerables?
- ¿Puedes recordar alguna ocasión en la que una persona poderosa te trató con una amabilidad inesperada? ¿Cómo te impactó esa experiencia?
Traductores
Abraham Maravankin
