La luz en el corazón de la oscuridad (Shemot 5779)

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Es una de las heroínas más inesperadas de toda la Biblia hebrea. Sin ella, Moisés podría no haber vivido. Toda la historia del éxodo habría sido distinta. Sin embargo, ella no era israelita. Por su coraje, no tenía nada que ganar y mucho para perder. Sin embargo, parecería no haber tenido ninguna duda, experimentado ningún reproche, sufrido ninguna duda. Si fue el Faraón el que decidió la muerte de los hijos de Israel, fue una integrante de su propia familia la que rescató el vestigio decisivo de esperanza: la hija del Faraón. Recordemos el contexto. El Faraón había decretado la muerte de cada niño israelita. Iojeved, la esposa de Amram, había tenido un hijo varón. Durante tres meses pudo mantenerlo a escondidas, pero no más. Temiendo su muerte certera si seguía a su cargo, lo colocó en un canasto para que flotara por el río Nilo, con la esperanza de que alguno lo viera y se apiadara de él. Así continúa:

La hija del Faraón fue a bañarse en el Nilo, mientras sus sirvientas caminaban por la costa. Vio el canasto entre los juncos y mandó a una de sus esclavas a recogerlo. Al abrirlo, vio al niño. El pequeño comenzó a llorar y ella se apiadó de él. “Este es uno de los niños hebreos”, dijo (2: 6).

Éxodo 2:6

Observen la secuencia. Primero ve al niño y se apiada de él. Una reacción natural, humana y compasiva. Solo después percibe quien puede ser ese niño. ¿Quién abandonaría a un recién nacido? Recordó el decreto de su padre contra los hebreos. Instantáneamente la situación cambió. Salvar al pequeño significaría desobedecer la decisión real. Eso sería muy grave para cualquier egipcio, y doblemente para un miembro de la familia real(1).

Tampoco está sola cuando ocurre el evento. Sus sirvientas están con ella; su esclava está a su lado. Debe correr el riesgo de que alguna de ellas, en un acceso de enojo, o simplemente por habladuría, le cuente a alguien el hecho. Los rumores abundan en las cortes reales. Sin embargo, ella no modifica su decisión. No le dice a una de sus sirvientas que lleve al niño para esconderlo con una familia lejana. Tiene el coraje de su compasión. No presenta variación alguna. Y ahora ocurre algo extraordinario:

La hermana (del niño) le dice a la hija del Faraón, “¿Llamo a una madre hebrea para que amamante al niño para ti?” “Anda”, contestó la hija del Faraón. La joven fue y buscó a la madre misma del niño. “Toma al niño y amamántalo,” dijo la hija del Faraón. ”Te pagaré por ello.” La mujer tomó al niño y lo amamantó.

Éxodo 2:7-9

La sencillez de la narración oculta la naturaleza sorprendente del encuentro. Primero, ¿cómo es que una niña – no cualquier niña, sino una perteneciente al pueblo perseguido – tiene la audacia de dirigirse a una princesa? No hay preámbulo elaborado “Su alteza real” o cualquier otra formalidad del tipo que se encuentra en la narrativa bíblica. Parecería que hablaran como si fueran iguales.

De la misma forma está implícito lo no pronunciado. “Tú sabes y yo sé” dice implícitamente la hermana de Moisés, “quién es este niño; es mi hermano menor.” Le propone el plan que por lo simple, es brillante. Si la verdadera madre puede guardar al niño en su hogar y criarlo, ambas minimizamos los peligros. No tendrás que explicarle a la corte cómo es que este niño súbitamente apareció.

Evitaremos el riesgo de criarlo: podemos decir que el niño no es hebreo y que esa mujer no es la madre sino solamente una criada. La inventiva de Miriam solo se equipara con la aceptación inmediata de la hija del Faraón. Ella sabe; comprende; da su consentimiento.

Luego, viene la sorpresa final:

Cuando el niño creció, (su madre) lo trajo a la hija del Faraón. Ella lo adoptó como su propio hijo y lo llamó Moisés, “Yo lo tuve del agua,” dijo.

Éxodo 2:10

La hija del Faraón no tuvo simplemente un momento de compasión. No se olvidó del niño. Tampoco el pasaje del tiempo disminuyó su sentido de la responsabilidad. No sólo queda comprometida con su bienestar; elige la más riesgosa de las estrategias: lo adopta y lo cría como su propio hijo. (2) Este es un ejemplo de coraje de primer orden.

Sin embargo, el detalle más sorprendente aparece en la última frase. En la Torá, son los padres los que le dan el nombre al hijo, y en casos especiales, Dios mismo. Es Él el que le da el nombre de Ytzjak al primer niño judío; el ángel de Dios el que nombra a Yaakov, Israel; es Dios el que cambia los nombres de Abram a Abraham y Sarai a Sara. Ya encontramos un nombre adoptivo – Tzafenat Pa’neah – el nombre con el que era conocido Iosef en Egipto; sin embargo Iosef sigue siendo Iosef. Cuán insuperablemente extraño resulta que el héroe del éxodo, el más grande de todos los profetas, no tuviera el nombre que Amram y Iojeved sin duda alguna usaran hasta ahora, sino el dado por su madre adoptiva, la princesa egipcia. Un midrash nos llama la atención sobre este hecho:

Esta es la recompensa para los que actúan con bondad. Aunque Moisés tuvo muchos nombres, él único con el que es conocido en toda la Torá es el que le dio la hija del Faraón. Aún el Santo, Bendito sea, no lo llamó por ningún otro nombre. (3)

Efectivamente Miosés – Meses – es un nombre egipcio que significa “niño,” como en Ramsés (que significa el hijo de Ra, siendo Ra el más grande de los dioses egipcios).

Entonces, ¿quién era la hija del Faraón? En ningún lado figura explícitamente. Sin embargo, el primer libro de Crónicas (4: 18) la menciona, llamada Bitya, y es ella la que los sabios identifican como la mujer que salvó a Moisés. El nombre Bitya (a veces figurando como Batya) significa “la hija de Dios.” De ahí los sabios arribaron a una de las conclusiones más impactantes: “El Santo, Bendito sea, le dijo a ella: ‘Moisés no era tu hijo, pero lo llamaste hijo tuyo. Tú no eres mi hija, pero te llamaré hija Mía.’” Agregaron a eso que ella era una de las pocas personas (la tradición enumera nueve) que eran tan justas que entraron al Paraíso en vida. (5)

En lugar de “la hija del Faraón” leamos “la hija de Hitler” o “la hija de Stalin” y veremos lo que está en juego. La tiranía no puede destruir la humanidad. El coraje moral puede, a veces, encontrarse en el corazón de la oscuridad. Que la Torá sea la que relata la historia de la forma en que lo hace tiene enormes implicancias. Significa que con respecto a la gente, nunca debemos generalizar, nunca debemos crear estereotipos. Los egipcios no eran todos malvados: hasta del mismo Faraón nació una heroína. Nada puede señalar con más fuerza que la Torá no es un texto etnocéntrico; que debemos reconocer la virtud cuando la encontramos aún entre nuestros enemigos, y que el núcleo básico de los valores humanos – compasión, coraje, humanidad – es verdaderamente universal. La santidad puede no serlo, pero la bondad, sí lo es.

Afuera de Yad Vashem, el Memorial del Holocausto judío en Jerusalem, está la avenida de los gentiles, no-judíos, justos. La hija del Faraón es el símbolo supremo de lo que fueron y de lo que hicieron. Yo, por lo pronto, me sentí profundamente conmovido por ese encuentro en las orillas del Nilo entre una princesa egipcia y una niña israelita, Miriam, la hermana de Moisés. El contraste entre ambas – en términos de edad, cultura y poder – no podría ser mayor. Sin embargo, su profunda humanidad sirvió como puente para superar todas las diferencias, todas las distancias. Dos heroínas. Que nos sirvan de inspiración.

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Fuentes

  1. “Viendo que ella [la hija del Faraón] quería salvar a Moisés, ellas [sus sirvientas] le dijeron: ‘Señora, se acostumbra a que cuando un rey de carne y hueso emite un decreto, incluso si todo el mundo lo incumple, al menos sus hijos y los miembros de su casa lo cumplen. ¡Aún así incumples el decreto de tu padre!’” (Sotá 12b)
  2. Sobre la adopción de un niño abandonado en el mundo antiguo, ver Nahum Sarna, Exploring Exodus (New York: Schocken, 1986), 31–32
  3. Shemot Raba 1:26
  4. Vayikra Raba 1:3
  5. Derekh Eretz Zuta 1

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Myriam Rozengurt