Lej Lejá 5779 – Las cuatro dimensiones de la travesía

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Myriam Rozengurt

 

Las cuatro dimensiones de la travesía

Lej Lejá 5779

Rabino Sacks Lej Leja 5779 [PDF]

En las primeras palabras que dirige Dios al portador del nuevo pacto, ya aparecen algunos indicios de la naturaleza del heroísmo que éste vendrá a encarnar. La orden multifacética “Lej Lejá – ponte en marcha” contiene las bases de lo que será la vocación última de Abraham.

Rashi, siguiendo una antigua tradición exegética, traduce la frase como “Viaja por ti mismo”. (1) Según él, Dios le está diciendo “Viaja para tu propio beneficio y por tu bien. Allí haré de ti una gran nación; acá no tendrás el mérito de tener hijos.” Algunas veces es necesario abandonar el pasado para arribar a un futuro. En sus primeras palabras a Abraham, Dios ya está insinuando que lo que parece ser un sacrificio, a la larga no lo es. Abraham estaba por decir adiós a todas las cosas que nos resultan más significativas – la tierra, el lugar de nacimiento, la casa paterna, el ámbito al cual pertenecemos. Estaba por comenzar una travesía de lo familiar a lo no familiar, un salto a lo desconocido. Dar ese paso involucra tener confianza – en el caso de Abraham, confianza no en un poder visible sino en la voz no visible de Dios. Finalmente, sin embargo, Abraham descubrirá que había logrado algo que no hubiera sido posible de otra forma. Daría luz a una nueva nación cuya grandeza consistiría precisamente en vivir de acuerdo a esa voz y crear algo nuevo en la historia de la humanidad. “Ve por ti mismo” – cree en lo que te convertirás.

Otra interpretación, más midráshica, otorga el significado de la frase como “Viaja contigo mismo” – es decir que viajando de un lado a otro extenderás tu influencia no sobre una tierra, sino sobre muchas:

Cuando el Santo le dijo a Abraham “Deja tu tierra, tu lugar de nacimiento y la casa de tu padre…” ¿A qué se parecía Abraham? A un frasco de perfume con una tapa de cierre hermético puesta en un rincón para que su fragancia no fuera percibida. Apenas el frasco fue movido de ese lugar y se lo destapó, su aroma comenzó a propagarse. Entonces el Santo le dijo a Abraham “Abraham, hay en ti muchos actos buenos. Transita de un lugar a otro para que la grandeza de tu nombre se propague por Mi mundo.” (2)

A Abraham le fue ordenado dejar su lugar de origen a fin de dar testimonio de la existencia de un Dios que no está fijo en un lugar – Creador y Soberano de todo el universo. Abraham y Sara serían como un perfume, dejando una huella de su presencia en todo lugar donde estuvieren. En este midrash está implícita la idea de que en el destino de los primeros judíos ya se configuraba el de sus descendientes (3)  que estarían diseminados por todo el mundo para difundir el conocimiento de  Dios por toda la tierra. Curiosamente, el exilio es visto aquí no como castigo sino como corolario necesario a una fe que ve a Dios en todo lugar. Lej Lejá significa “Ve contigo mismo” – con tus creencias, con tu forma de vida, con tu fe.

Para una tercera interpretación, esta vez más mística, la frase significa

“Ve hacia ti mismo.” La travesía judía, dijo el Rab David de Lelov, es un viaje a la raíz del alma. (4) En las palabras del Rab Zushya de Hanipol, “Cuando llegue al Cielo, no me preguntarán, ¿Por qué no fuiste Moshé? Me preguntarán, Zushya, ¿Por qué no fuiste Zushya?” (5) A Abraham le pidieron que dejara todas las cosas que hace que seamos alguien diferente – porque solo haciendo una larga y solitaria travesía descubriremos quienes somos realmente. “Ve hacia ti mismo.”

Hay, sin embargo, una cuarta interpretación: “Ve solo.” Solo una persona que está dispuesta a estar en soledad, ser singular y única, puede adorar al Dios que está solo, es singular y es único. Solo el que es capaz de dejar atrás las fuentes naturales de su identidad – hogar, familia, cultura y sociedad – puede encontrar a Dios que se sitúa por encima y más allá de la naturaleza. Una travesía hacia lo desconocido es posiblemente una de las expresiones más grandes de la libertad. Dios quiso que Abraham y sus hijos fueran un ejemplo viviente de lo que significa servir al Dios de la libertad, en libertad, en nombre de la libertad.

Lej Lejá significa: deja detrás de ti todo lo que hace que los seres humanos sean predecibles, no libres, limitados. Deja atrás las fuerzas sociales, las presiones familiares, las circunstancias de tu nacimiento. Los hijos de Abraham fueron convocados a ser el pueblo que desafió las leyes de la naturaleza porque se negaron a ser definidos como productos de la naturaleza. Eso no significa que fuerzas económicas, biológicas o psicológicas no tengan participación en la conducta humana. Lo tienen. Pero con la suficiente imaginación, determinación, disciplina y coraje podemos elevarnos por sobre ellas. Abraham lo logró. También, en la mayoría de las veces, lo hicieron sus hijos.

Los que viven según las leyes de la historia están sujetos a las leyes de la historia. Cualquier cosa natural, dijo Maimónides, está sujeta a la desintegración y declinación. Es lo que ocurrió con virtualmente toda civilización que apareció en el escenario mundial. Abraham, sin embargo, se convertiría en el padre de un am olam, un pueblo eterno, que no entraría en decadencia ni en descomposición, un pueblo dispuesto a estar fuera de las leyes de la naturaleza. Lo que para otras naciones es innato – tierra, hogar, familia – en el judaísmo está sujeto a los preceptos religiosos. Debe ser producto del esfuerzo. Involucra una travesía. No está dado desde el inicio ni puede darse por sobreentendido. Abraham debe dejar atrás las cosas que hacen que la mayoría de los pueblos sean lo que son, sentando las bases para una tierra, un hogar judío y una estructura familiar, sujeta no a las fuerzas económicas, pulsiones biológicas o conflictos psicológicos, sino a la palabra y a la voluntad de Dios.

Lej Lejá en este sentido significa estar preparado para llevar a cabo una travesía frecuentemente solitaria: “Ve solo.” Ser hijo de Abraham es tener el coraje de ser diferente, de desafiar los ídolos de la época, cualesquiera que fueran los ídolos y las épocas. En la era del politeísmo significó ver el universo como el producto de una sola voluntad creativa – y por lo tanto no sin sentido, sino coherente y significativo. En la era de la esclavitud significó no aceptar el status quo en nombre de Dios, sino desafiarlo en nombre de Dios. Cuando el poder era venerado, significó construir una sociedad preocupada por los desposeídos, la viuda, el huérfano y el extranjero. Durante siglos en los cuales la masa humana estaba hundida en la ignorancia, significó honrar la educación como la llave para la dignidad humana y crear escuelas para la alfabetización universal. Cuando la guerra era una prueba de hombría, significó la lucha por la paz. En las épocas de individualismo y radicalización, como en la actualidad, es saber que no somos lo que poseemos sino lo que compartimos; no lo que adquirimos sino lo que damos; que hay algo más elevado que el apetito y el deseo – fundamentalmente el llamado que nos llega, igual que a Abraham, desde fuera de nosotros, convocándonos a hacer un aporte al mundo.

“Los judíos,” escribió Andrew Marr, “realmente han sido diferentes; han enriquecido al mundo y lo han desafiado.” (6) Es el coraje de viajar solo, si fuera necesario, ser diferente, nadar en contra de la corriente, hablar en la era del relativismo de lo absoluto, de la dignidad humana, dignidad bajo la soberanía de Dios que nació en las palabras de Lej Lejá. Ser judío es estar dispuesto a escuchar la pequeña, débil voz de la eternidad que nos impulsa a viajar, a movernos, a avanzar, continuando la travesía de Abraham hacia un destino desconocido en el horizonte lejano de la esperanza.

 

SacksSignature

  1. Rashi, 12: 1.
  2. Bereshit Rabá 39: 2.
  3. Sobre el principio “Lo que les pasó a los padres es un presagio de lo que ocurriría a los hijos” ver, por ejemplo Najmánides, comentario a Génesis 12:6. Sobre el uso de este principio por parte de Najmanides, ver Ezra-Tzion Melamed, Mefarshei Hamikra (Jerusalem: Magna Press, 1875), vol. 2 950-53.
  4. David de Lelov, Pnei Ha-Hassidut (Jerusalem, 1987) vol. 1 pág. 88.
  5. Ephraim Lundschitz, Kli Yakar a Bereshit, 12: 1.
  6. Andrew Marr, The Observer, 14 mayo 2000.

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