Rabino Sacks Shoftim 5778 – Liderar es servir

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Liderar es servir

Shoftim 5778

Rabino Sacks Shoftim 5778 [PDF]

Nuestra parashá trata sobre la monarquía: “Cuando entres a la tierra que el Señor tu Dios te está dando, y hayas tomado posesión de ella y te hayas asentado y puedas decir ‘voy a elegir un rey que domine, como todas las naciones que nos rodean,’ elige al rey que sea el que el Señor tu Dios decida” (Deut.17: 14-15). Por lo tanto, debería ser relativamente fácil contestar la pregunta: Desde la perspectiva judía es bueno o malo tener un rey? Resulta, sin embargo, casi imposible de responder.

Por un lado, la parashá efectivamente dice: “elige un rey que domine.” Este es un precepto positivo. Maimónides lo cuenta entre los 613. Por el otro lado, en ningún otro precepto se afirma qué es lo que se debe hacer cuando el pueblo quiere ser “como las naciones que nos rodean.” La Torá no nos dice que debemos ser como todos los demás. La palabra kadosh, “sagrado” significa a grandes rasgos estar aparte, ser singular, distintivo, único. Se supone que los judíos deben tener el coraje de ser diferentes, de estar en, pero no ser completamente del mundo circundante.

El tema no se clarifica mayormente cuando vemos el famoso episodio en el que los israelitas, en los días de Samuel, efectivamente pidieron por un rey (1 Samuel 8). Samuel está molesto. Piensa que el pueblo lo rechaza. No es así, dice Dios, me están rechazando a Mí (1Sam. 8:7). Pero Dios no le ordena a Samuel negarse a ese pedido. Al contrario, le dice: diles lo que les va a costar la monarquía, qué es lo que pueden llegar a perder. Si después de eso, todavía quieren tener un rey, dáselos.

La ambivalencia persiste. Si tener un rey es bueno, por qué dice Dios que considera que el pueblo lo está rechazando a Él? Si es algo malo, por qué le dice Dios a Samuel que le dé lo que el pueblo quiere, aunque no sea realmente lo que Dios quiere que ellos deseen?

El registro histórico tampoco resuelve el tema. Hubo muchos reyes malos en la historia judía. De muchos de ellos, quizás la mayoría, dice el Tanaj: “Hizo el mal a los ojos de Dios.” Pero también hubo reyes buenos: David, que unificó la nación, Salomón, que construyó el Templo, Hezekiah y Josías que lideraron los renacimientos de la religión. Sería fácil decir que en su totalidad, la monarquía fue mala, porque hubo más reyes malos que buenos. Pero también podría decirse que sin los reyes David y Salomón, la historia judía no habría llegado a las alturas a las que arribó.

Aún tomando en cuenta cada vida en particular, la imagen está plagada de ambivalencias. David fue héroe militar, político genial y poeta religioso inigualado en la historia. Pero también fue el hombre que cometió un lamentable pecado contra el esposo de una mujer. Con Salomón, el registro es aún más irregular. Fue el hombre cuyo nombre era sinónimo de sabiduría, autor del Cantar de los Cantares, Proverbios y Kohelet. También fue el rey que desoyó las tres advertencias de la Torá referentes a la monarquía mencionadas en la parashá de la semana pasada: no tener demasiadas esposas, caballos ni riqueza. (Deut. 17: 16-17). Salomón – como dice el Talmud (1) – pensó que podía romper todas las reglas y seguir siendo ajeno a la corrupción. Pese a toda su sabiduría, estaba equivocado.

Aun dando un paso atrás y viendo las cosas en base a un principio abstracto, estamos percibiendo las contradicciones que hay en el judaísmo. Por una parte, “No tenemos otro Dios que Tú”, como decimos en Avinu malkenu (2). Por la otra, la frase con la que concluye el libro de Jueces (21: 25) reza: “En esos días, no hubo rey en Israel. Cada uno hacía lo que era bueno a sus ojos.” En síntesis: sin monarquía, anarquía.

Por lo tanto, para responder a la pregunta de si tener un rey es bueno o malo, la contestación inequívoca es sí-y-no. Y como era de esperar, los grandes comentaristas desarrollan todo el espectro de interpretaciones. Para Maimónides, tener un rey era bueno y un precepto positivo. Para Ibn Ezra era permitido, pero no obligatorio. Para Abarbanel era una concesión a la debilidad humana. Para Rabenu Behaye, constituía su propio castigo. Por qué la Torá es entonces tan ambivalente sobre este elemento central de su programa político?

La respuesta más simple fue dada por un observador externo, Lord Acton, quien vio con claridad que la Biblia hebrea fue el primer tutorial del mundo sobre la libertad. Es la persona que escribió “He aquí el ejemplo de cómo la nación hebrea ha puesto las paralelas sobre las cuales se ha logrado establecer la libertad…el principio de que las autoridades políticas deben ser probadas y reformadas según un código no construido por el hombre.” (3) Y también es el autor de la famosa frase: “Todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe en forma absoluta.”

Casi sin excepción, la historia ha transcurrido sobre lo que Hobbes describió como “una inclinación generalizada de toda la humanidad: un perpetuo y constante deseo de poder y más poder, que cesa solo con la muerte.” (4) El poder es peligroso. Corrompe. También decrece. Si yo tengo poder sobre ti, me transformo en un límite a tu libertad. Y puedo forzarte a hacer lo que no deseas hacer. O lo que los atenienses le dijeron a los melios: Los fuertes hacen lo que quieren, y los débiles sufrirán lo que deben.

La Torá es una exploración sostenida de esta cuestión: hasta qué punto puede organizarse una sociedad que no esté basada en el poder? Con los individuos es diferente. Miguel Ángel, Shakespeare y Rembrandt no necesitaron poder alguno para ser genios creativos. Pero puede hacerlo una sociedad? Todos nosotros tenemos deseos. Esos deseos generan conflicto. El conflicto eventualmente lleva a la violencia. Ese fue el resultado del mundo antes del Diluvio, cuando Dios se arrepintió de haber creado al hombre sobre la tierra. De ahí la necesidad de un poder central para asegurar el reinado de la ley y la defensa del territorio

No es que el judaísmo argumente a favor de la impotencia. La más breve mirada a los dos mil años de historia en la diáspora nos dice que no hay dignidad alguna en la falta de poder, y después del Holocausto sería impensable. Diariamente deberíamos agradecer a Dios y a todos sus asistentes aquí en la tierra por la existencia del Estado de Israel y la restauración del poder de autodefensa de la nación judía, condición necesaria para el derecho colectivo a la vida.

En su lugar, el judaísmo aboga por la limitación, secularización y transformación del poder.

Limitación: los reyes de Israel fueron los únicos gobernantes del mundo antiguo que no tenían el poder de legislar. (5) Para nosotros, las leyes que cuentan provienen de Dios, no de seres humanos. Es cierto que en la ley judía los reyes podían emitir reglas temporarias para un mejor ordenamiento de la sociedad, pero eso también les correspondía a rabinos, cortes judiciales, o consejos locales (los shiva tuvei ha-ir).

Secularización: en el judaísmo los reyes no eran sumo sacerdotes y los sacerdotes no eran reyes. Los judíos fueron el primer pueblo en crear la “separación de poderes”, doctrina normalmente atribuida a Montesquieu en el siglo XVIII. Cuando alguno de los soberanos Asmoneos buscó combinar los dos poderes, el Talmud registra la oposición de los sabios: “Que la corona real te sea suficiente; deja la corona sacerdotal para los descendientes de Aarón.(6)

Transformación: para el judaísmo es fundamental la idea del liderazgo como servicio. Hay un mensaje extraordinario al respecto en nuestra parashá: el rey debe tener su propio sefer Torá “y lo deberá leer todos los días de su vida...sin considerarse superior a los integrantes de su pueblo, ni alejarse de los preceptos ya sea hacia la derecha o hacia la izquierda” (Deut. 17: 19-20). La humildad es la esencia de la realeza, porque liderar es servir.

No haber recordado esto provocó lo que retrospectivamente puede haber sido la decisión política más desastrosa de la historia judía. Después de la muerte de Salomón, el pueblo se acercó a Rehoboam, su hijo, pidiéndole que alivie la carga a la que le habían sometido los proyectos de Salomón. El rey pidió la opinión de sus consejeros que dijeron sobre su pedido: “Si hoy accedes, serás un servidor de este pueblo y si lo sirves y le das una respuesta favorable, siempre serán tus sirvientes” (1 Reyes 12: 7). Observen la triple repetición de la palabra servir en este versículo. Rehoboam ignoró el consejo. El reino se dividió y la nación nunca más se recuperó completamente.

La naturaleza radical de esta transformación se puede comprobar recordando los dos grandes símbolos arquitectónicos de los primeros imperios del mundo antiguo: los zigurat mesopotámicos y las pirámides de Egipto. Ambos son monumentales afirmaciones hechas en piedra de una sociedad jerárquica, ancha en la base y angosta en la cima. El pueblo estaba para sostener al líder. El gran símbolo judío, la menorá, invierte el triángulo: ancho arriba, angosto en la base. El líder está para sostener al pueblo.

En términos contemporáneos, Jim Collins en su libro From Good to Great (de lo bueno a lo grande) (7) nos comenta, en base de una extensa investigación, que las grandes organizaciones son las que poseen ‘líderes de nivel 5’, personas que en sí son modestas pero ferozmente ambiciosas para su equipo. No buscan su propio éxito, sino el del grupo que ellos lideran.

Esto resulta contrario a lo que intuimos. Pensamos que los líderes son personajes sedientos de poder. Muchos de ellos lo son. Pero el poder corrompe. Es por eso que la mayoría de las carreras políticas terminan en fracaso. Aún la sabiduría de Salomón no lo salvó de esa tentación.

De ahí proviene la idea transformadora: Liderar es servir. Cuanto mayor es el éxito, más necesario es trabajar para recordar que estás en ese lugar para servir a los demás; ellos no están para servirte a ti.

 

SacksSignature

(1) Sanhedrin 21b

(2) La fuente proviene de Rabbi Akiva en Taanit 25b.

(3) Lord Acton, Essays on the History of Liberty, Indianapolis, Liberty Classics 1985, 8.

(4) Hobbes, The Leviathan, Book I ch. 11.

(5) Ver, Michael Walzer, In God’s Shadow: Politics in the Hebrew Bible, Yale University Press, 2012

(6) Kiddushin 66a.

(7) James Collins, From Good to Great, Harper Business, 2001.

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