Rabino Sacks Ekev 5778 – Escucha, escucha verdaderamente

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Escucha, escucha verdaderamente

Ekev 5778

Rabino Sacks Ekev 5778 [PDF]

Hace unos veintitantos años, con la ayuda de la Ashdown Foundation preparé una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalem acerca del futuro del pueblo judío. Me producía temor la profundización de la división entre los religiosos ultraortodoxos y los seculares, entre las distintas versiones religiosas de la Diáspora y entre la Diáspora e Israel.

Fue el encuentro de las mentes más brillantes del judaísmo: académicos de 16 países representando todas las variables de la identidad judía. Había profesores de Harvard, Yale y Princeton además de los de la mayoría de las universidades israelíes. Resultó un brillante éxito, y a la vez un total fracaso.

Al promediar el segundo día, me dirigí a mi esposa Elaine y le dije: “La exposición es brillante. La escucha, inexistente.” Al final no aguanté más. “Vamos”, le dije. No pude tolerar más presentaciones excepcionales de mentes que eran parti pris, lúcidas, coherentes, pero totalmente impenetrables a ideas que estuvieran más allá de sus preconceptos. Estaban muy lejos de lograr soluciones para la temática de la división interna del judaísmo, y la conferencia en sí representaba ese problema a la perfección.

Decidimos viajar hacia el sur a Arad, para encontrarnos por primera vez con el gran (y muy secular) novelista Amos Oz. Se lo mencioné a un amigo. Hizo una mueca. “Qué”, me preguntó, “qué esperas lograr? Realmente, lo quieres convertir?” “No”, le contesté, “quiero hacer algo mucho más importante: lo quiero escuchar.”

Y así fue. Durante dos horas permanecimos en su estudio en el sótano de su casa rodeados de libros, al borde del desierto, y escuchamos. De ese encuentro se generó, creo, una auténtica amistad. Él siguió siendo secular. Yo seguí siendo religioso. Pero algo mágico, transformador, se produjo de cualquier manera. Nos escuchamos el uno al otro.

No puedo hablar por él, pero sí por mí mismo. Sentí la presencia de una mente profunda, un intelecto sensible, un maestro del lenguaje – Amos es una de las pocas personas que conozco que es incapaz de emitir una frase aburrida – y una persona que ha abierto un camino propio en lo que significa ser judío. Desde entonces he tenido un diálogo público con él, y otro con su hija Fania Oz-Salzberger. Pero comenzó con un sostenido y concentrado acto de escuchar.

Shemá es una de las palabras claves del libro de Debarim, donde aparece en no menos de 92 instancias. Es, de hecho, una de las palabras clave de todo el judaísmo. Es lo primordial en los dos pasajes que forman los primeros dos párrafos del rezo que llamamos Shemá, (1) uno en la parashá de la semana anterior, y el otro en esta.

Es más: es una palabra imposible de traducir. Significa muchas cosas: oír, escuchar, prestar atención, comprender, internalizar y responder. Es lo más cercano al verbo que en el hebreo bíblico significa “obedecer.”

En general, cuando uno se encuentra con una palabra, en cualquier idioma, que es intraducible, es que se está próximo al pulso palpitante de esa cultura. Para comprender una palabra no traducible, se debe estar preparado para salir de la propia zona de confort y entrar en una mentalidad muy distinta a la propia.

En el nivel más elemental, la Shemá representa el aspecto del judaísmo que en su época era el más radical: que Dios no puede ser visto. Solo puede ser oído. Moshé advierte insistentemente acerca de fabricar o adorar cualquier representación física de lo Divino. Es un tema que atraviesa toda la Biblia. Moshé le recuerda insistentemente al pueblo que en el Monte Sinaí “El Señor les habló desde el fuego. Ustedes han escuchado el sonido de las palabras, pero no vieron ninguna forma; había solo una voz” (Deut. 4: 12). Incluso cuando Moshé habla de ver, en realidad se refiere a escuchar. Un ejemplo clásico ocurre al comienzo de la parashá de la semana entrante:

             Mira (re’eh), estoy poniendo frente a ti una bendición y una maldición – la bendición si escuchas (tishme’u) los preceptos del Señor tu Dios que hoy te estoy dando; la maldición será si no escuchas (lo tishme’u) los preceptos del Señor tu Dios (Deut. 11: 26-28).

Esto afecta las metáforas más elementales del conocimiento. Hoy en día, en inglés, prácticamente todas las palabras destinadas a la comprensión o al intelecto están gobernadas por la metáfora de la vista. Hablamos de introspección, retrospección, visión de futuro, e imaginación. Hablamos de personas perceptivas, de hacer una observación, de adoptar una perspectiva. Decimos “parece tal cosa.” Cuando comprendemos algo decimos “sí, lo veo.” (2)  Toda esta constelación lingüística es el legado de los filósofos de la antigua Grecia, el ejemplo supremo de la historia de nuestra cultura visual.

Por el contrario, el judaísmo es más una cultura del oído que del ojo. Como puntualizó en su libro Kol haNevuah, el Rav David Cohen, discípulo del Rav Kook conocido como “el Nazirita”, el Talmud Babilónico utiliza la metáfora de la audición consistentemente. De tal forma que cuando se propone una prueba, dice Ta shemá ‘Ven y escucha.’ Cuando se trata de una inferencia dice Shemá miná. Cuando uno no está de acuerdo con una postura, dice Lo shemiyá leih ‘no pudo escucharlo.’ Cuando llega a una conclusión dice Mishmá, ‘de esto puede ser escuchado.’ Maimónides llama a la tradición oral, Mipi hashemua, de la boca de la que fue oído.’ En la cultura occidental entender es una forma de ver; en la judía, es una forma de escuchar.

Lo que Moshé nos está diciendo en todo Debarim es que Dios no pretende de nosotros una obediencia ciega. El hecho que en el hebreo bíblico no exista la palabra ‘obediencia’ en una religión de 613 preceptos, es en sí impactante (el hebreo moderno pidió prestado del arameo el verbo letzayet). Él quiere que escuchemos, no solo con nuestros oídos sino con los recursos más profundos de nuestra mente. Si Dios hubiera buscado simplemente la obediencia, habría creado robots, no seres humanos con voluntad propia. Realmente, si hubiera demandado obediencia, estaría muy contento rodeado de ángeles, que constantemente cantan loas a Dios y siempre obedecen a Su deseo.

Al crear Dios a los seres humanos “a Su imagen” estaba creando la otredad. Y el puente entre el Yo y el Otro es la conversación: hablar y escuchar. Cuando hablamos, les decimos a los otros quién y qué somos. Pero cuando escuchamos, permitimos que los otros nos digan quienes son. Esta es una instancia sumamente reveladora. Y si no somos capaces de escuchar a otras personas, ciertamente no lo seremos para oír a Dios, cuya otredad no es relativa sino absoluta.

Ahí reside la urgencia de Moshé en el énfasis duplicado de la parashá de está semana, la primera líne del segundo párrafo de la Shemá: “Si en realidad observas (shamo’a tishme’u) los preceptos que hoy te dicto, amar al Señor tu Dios y venerarlo con todo tu corazón y todo tu alma” (Deut. 11: 13). Una lectura más contundente sería “Si escuchas – digo, si escuchas verdaderamente.”

Uno casi puede imaginar a los israelitas diciéndole a Moshé: “Bueno. Suficiente. Ya te escuchamos.” Y Moshé contestando “No es así. Ustedes no parecen darse cuenta de lo que aquí está ocurriendo. El Creador de todo el universo está mostrando un interés personal en vuestro destino y bienestar: en el de ustedes, la más pequeña de todas las naciones y de ninguna forma la más virtuosa. Tienen idea de lo que esto significa?” Quizás todavía no la tenemos.

Escuchar a otro ser humano, ni hablemos a Dios, es el acto de abrir nuestra mente a otra radicalmente distinta a la nuestra. Exige coraje. Escuchar es hacer que uno sea más vulnerable. Mis certezas más profundas pueden tambalear por entrar en la mente de otro que piensa el mundo en forma sustancialmente diferente a la mía. Pero esto es esencial a nuestra humanidad. Es el antídoto del narcisismo: creer que somos el centro del universo. También es el antídoto del pensamiento fundamentalista ejemplificado por la frase del difunto profesor Bernard Lewis: “yo tengo razón, tú estás equivocado: vete al infierno.” (3)

Escuchar es un acto profundamente espiritual. También puede ser penoso. Es cómodo no tener que escuchar, no ser desafiado, no salir de la zona de confort. Hoy en día, los filtros de Google, los amigos de Facebook y el direccionamiento preciso de los medios de comunicación, facilitan vivir dentro de una eco cámara en la que solo podemos escuchar las voces que comparten nuestras ideas. Pero como dije en una conferencia TED el año pasado, “Es la gente que no es como nosotros lo que nos permite crecer.”

De ahí la idea transformadora de vida: Escuchar es uno de los más grandes tributos que podemos otorgar a otro ser humano. Ser escuchado, ser oído, es saber que alguien me toma en serio. Es un acto de redención.

Hace veinte años estaba sentado en el auditorio de la universidad en Jerusalem y escuché cómo una serie de grandes intelectos no se escuchaban entre sí. Llegué a la conclusión de que las divisiones en el mundo judío no se resolverían y que eso nunca iba a ocurrir hasta comprender la profunda verdad espiritual del desafío de Moshé: “Si escuchas – y quiero decir, si escuchas de verdad.”

 

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  1. Técnicamente, recitar la Shemá no es para nada un rezo. Es una acción fundamentalmente distinta: es un acto de Talmud Torá, el aprendizaje de la Torá (ver Menahot 99b). En el rezo, le hablamos a Dios. En el estudio, escuchamos a Dios.
  2. Ver George Lakoff y Mark Johnson, Metaphors we live by, University of Chicago Press, 1980.

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