Rabino Sacks Vayakel-Pekudé 5778 – Haciendo lugar

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Haciendo lugar

Vayakel-Pekudé 5778

Rabino Sacks VayakelPekude 5778 [PDF]

La parashá doble de esta semana y su extenso relato de la construcción del Santuario – una de las narrativas más largas de la Torá, que comprende trece capítulos – llega a un magnífico clímax:

Entonces la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el Santuario. Moshé no pudo entrar en la tienda de reunión porque la nube se había posado sobre ella, y la Gloria del Señor cubrió el Santuario. (Ex. 40: 34-35)

De eso se trataba la construcción del santuario: cómo hacer para traer a Dios, digamos, del cielo a la tierra, o por lo menos, descender de la cima de la montaña hasta el valle; del Dios remoto y del poder que inspira temor, a la Shejiná, la Presencia interna, Dios como shajen, vecino, íntimo, cercano, dentro del campo, en medio de la gente.

Pero aún así, nos preguntamos por qué la Torá se ha explayado con tanto detalle sobre la construcción del Mishkan, comprendiendo toda la extensión de Terumá y Tetzavé, mitad de Ki Tisá, y nuevamente en Vayakel y Pekudé. Después de todo, el Mishkan era, en el mejor de los casos, una residencia temporaria de la Shejiná, apropiada para los años de travesía en el desierto. En Israel fue suplantado por el Templo. Durante dos mil años, en ausencia del Templo su lugar fue ocupado por la sinagoga. Por qué motivo la Torá, siendo atemporal, dedica tanto espacio a una estructura esencialmente temporaria?

La respuesta es profunda y transformadora de vida, pero para llegar a ella debemos apuntar algunos hechos salientes. Primero, el lenguaje que utiliza la Torá en Pekudé tiene fuertes reminiscencias de la narrativa de la creación del universo:

Génesis 1-2                                                      Exodo 39-40

Y Dios vio que todo lo que Él hizo                   Moshé vio el trabajo calificado y

era bueno y observó que era muy                    observó que lo habían hecho;

bueno (1: 31)                                                         como Dios había ordenado, ellos

lo hicieron. (39-43)

 

Los cielos y la tierra y todos sus                       Todo el trabajo de Tabernáculo y

conjuntos fueron completados (2:1)                 de la Tienda de Reunión fueron                                                                                                completados (39; 32).

 

Y Dios completó todo el trabajo que            Y Moshé completó el trabajo

Él había hecho (2: 2).                                      (40: 33).

 

Y Dios bendijo…(2: 3).                                    Y Moshé bendijo… (39: 43)

 

Y lo santificó (2: 3)                                           Y tú lo santificarás y todos sus

recipientes (40: 9).

Claramente, la Torá quiere que conectemos el nacimiento del universo con la construcción del Mishkan, pero cómo y por qué?

La estructura numérica de ambos pasajes acrecienta esa conexión. Sabemos que el número clave de la narrativa de la creación es el siete. Hay siete días, y la palabra “bueno” aparece siete veces. El primer verso de la Torá contiene siete palabras hebreas, y el segundo, catorce. La palabra eretz, “tierra” aparece 21 veces, la palabra Elokim, “Dios”, 35 veces, etc.

De la misma forma, en Pekudé la frase “y Dios ordenó a Moshé” aparece siete veces en el relato de la confección de la vestimenta sacerdotal (Ex. 39:1-31) y otras siete veces en la descripción de la construcción del Santuario por Moshé (Ex. 40: 17-33).

Observen además un pequeño detalle, la aparentemente superflua y extraña “Y” al comienzo del libro de Éxodo: “Y estos son los nombres…” La aparición de esta conjunción sugiere que la Torá nos está diciendo que veamos a Génesis y Éxodo inherentemente conectados. Son parte de la misma narrativa extendida.

El factor final más relevante es que uno de los recursos estilísticos más significativos de la Torá es el quiasmo, o la “simetría en espejo” – un esquema representado por ABC/C’B’A’ como en el ejemplo “(A) “El que derrama (B) la sangre (C) del hombre, del hombre(C’) su sangre (B’) será derramada (A’)” (Gen 9: 6). Esta forma se puede dar en una sola frase, como en este caso, o en un párrafo, pèro también puede existir en mayores niveles de magnitud.

Lo que esto significa es que la narrativa llega a una especie de cierre cuando el final nos remite al comienzo – que es precisamente lo que ocurre al final de Éxodo. Nos recuerda también, precisamente, el comienzo de todos los comienzos, cuando Dios creó los cielos y la tierra. La diferencia es que en esta ocasión los seres humanos son los que han hecho la creación: los israelitas, con sus obsequios, su trabajo y sus habilidades.

Para explicarlo sencillamente: Génesis comienza con la creación por parte de Dios, del universo como lugar de residencia de los seres humanos. Éxodo termina con los seres humanos, los israelitas, creando un Santuario para la residencia de Dios.

Pero el paralelismo es más profundo que este – que nos informa sobre la diferencia entre  kodeshjol, lo sagrado y lo secular, lo santo y lo mundano.

Debemos al gran místico R. Isaac Luria el concepto del tzimtzum, la “auto-contracción” o “autolimitación.” Luria estaba perplejo por esta cuestión: Si Dios existe, cómo puede ser que exista el universo? En cada punto del tiempo y espacio el Infinito debería obturar lo finito. La mera existencia de Dios debería actuar como lo haría un Agujero Negro frente a todo lo que lo rodea. Nada, ni siquiera las ondas livianas pueden escapar a un Agujero Negro, tan apabullante es su atracción gravitacional. De la misma forma, nada físico ni material podría sobrevivir ni por un momento ante la presencia del Ser puro y absoluto de Dios.

La respuesta de Luria fue que para que pueda existir el universo Dios debe esconderse, tapar Su presencia, limitar Su ser. Eso es lo que llamó tzimtzum.

Ahora volvamos a las palabras claves, kodesh y jol. Uno de los significados de jol y de la raíz j-l-l es “vacío.” Jol es el espacio creado por Dios a través del proceso de autolimitación para que el universo pueda existir. Es como si estuviera “vaciado” de la pura luz Divina.

Kodesh es el resultado en paralelo, pero en la dirección opuesta. Es el espacio vaciado por nosotros para que sea sentida la presencia de Dios en nuestro medio. Es el resultado de nuestro propio tzimtzum. Ponemos en práctica esa autolimitación cada vez que dejamos de lado nuestros designios y deseos para actuar de acuerdo al deseo de Dios, no de acuerdo a nuestro deseo.

Por eso es que los detalles del Santuario están descritos tan minuciosamente: para demostrar que cada característica de su diseño no fue debido a una invención humana sino que fue dada por Dios. Por eso es que el equivalente de la palabra “bueno” en el relato de la creación en Génesis es “como Dios ordenó a Moshé.” Cuando anulamos nuestro deseo para hacer lo que es la voluntad de Dios, creamos algo que es sagrado.

O más sencillamente: jol es el espacio que Dios brinda a la humanidad. Kodesh es el espacio que brinda la humanidad a Dios. Y ambos espacios fueron creados de la misma manera: mediante un acto de tzimtzum, autolimitación.

Por eso, la fabricación del Santuario que abarca el último tercio del libro de Éxodo, no trata solamente de las características específicas de su construcción, del Santuario que los israelitas llevaron consigo en su travesía por el desierto. Se trata de un factor absolutamente fundamental en la vida religiosa, la relación entre lo sagrado y lo profano, kodesh y jol. Jol es el espacio que Dios hace para nosotros. Kodesh es el espacio que nosotros hacemos para Dios.

Así, durante seis días de la semana – los días que son jol – Dios nos da el espacio para qué seamos creativos. El séptimo día, el día que es kadosh, hacemos el espacio para Dios, reconociendo que somos Su creación. Y lo que es aplicable al tiempo, es aplicable al espacio. Existen lugares seculares donde buscamos nuestros designios. Y hay lugares santos en los cuales nos abrimos, totalmente y sin reservas, a los designios de Dios.

Si esto es así, tenemos ante nosotros una idea que tiene implicancias transformadoras de vida. El logro más alto no es la autoexpresión sino la autolimitación: hacer un lugar para otra cosa diferente a nosotros. Los matrimonios más felices son aquéllos en los que cada miembro de la pareja hace un lugar para que el otro o la otra sean ellos mismos. Buenos padres abren espacios para sus hijos. Grandes líderes abren espacios para sus seguidores. Están presentes cuando son requeridos, pero no los aplastan, inhiben, o tratan de dominarlos. Practican el tzimtzum, la autolimitación, para que los demás tengan espacio para el crecimiento. Es así como creó Dios el universo, y es así como permitimos a otros llenar nuestras vidas con su gloria.

 

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