Rabino Sacks Vayerá 5778 – El espacio entre nosotros

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

El espacio entre nosotros

Vayerá 5778

Rabino Sacks Vayera 5778 [PDF]

Las historias relatadas en Bereshit en los capítulos 21 y 22 – la expulsión de Ismael y las ligaduras de Itzjak – son algunas de las más difíciles de comprender en todo el Tanaj. Ambas muestran acciones que nos chocan por lo casi insoportablemente severas. Pero las dificultades que presentan son aún más profundas.

Recordemos que Abraham fue elegido “Para instruir a sus hijos y a su familia a seguir la senda del Señor y hacer lo que es recto y justo.” Él fue elegido como padre. Las dos primeras letras de su nombre, Av, significan justamente eso. El término Avram equivale a “un padre poderoso.” Y según la Torá, Avraham es “padre de muchas naciones.”

Abraham fue elegido como modelo del rol de padre. Pero cómo se puede entender que el hombre que echó a su hijo Ismael, enviándolo al desierto junto a su madre Hagar, donde casi muere, pueda ser considerado como padre ejemplar? Y cómo puede ser modelo para las generaciones futuras, cuando estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Itzjak?

Estas no son preguntas sobre Abraham. Son preguntas que se refieren a la voluntad de Dios. Porque no fue Abraham el que quiso expulsar a Ismael. Al contrario, “lo angustió intensamente,” porque Ismael era su hijo (Gen.21: 11). Fue Dios el que le dijo que escuche a Sara y que eche al niño.

Tampoco fue Abraham el que quiso sacrificar a Itzjak. Fue Dios el que le ordenó que lo hiciera, citando a Itzjak como “tu hijo, tu único hijo, al que más quieres” (Gen.22: 2). Abraham estaba actuando en ambos casos en contra de sus emociones, de su instinto paterno. Qué nos dice la Torá acerca de la naturaleza de la paternidad? Parece muy difícil extraer un mensaje positivo a partir de estos eventos.

            Existe un problema aun más profundo, sugerido por las palabras que Dios dirigió a Abraham cuando lo convocó a ligar a su hijo: “Toma a tu hijo, tu único hijo, al que amas – Itzjak – y ve (lej lejá) a la región de Moriá. Sacrifícalo allí como ofrenda de fuego en la montaña que Yo te indicaré». Esas palabras inevitablemente nos recuerdan la primer convocatoria: “Sal (lej lejá) de tu tierra, de tu lugar de nacimiento, de la casa de tu padre”(Gen.12: 1). Estos son los únicos dos lugares en que aparece esa frase en la Torá. La última prueba para Abraham es un reflejo de la primera.

Pero observamos que en la primera, Abraham debía abandonar a su padre, dando la impresión de que estaba faltando a sus deberes como hijo. (1) Por lo tanto, como padre de sus hijos, o como hijo de su padre, a Abraham le fue ordenado actuar de una manera opuesta a lo que se supone que debiéramos hacer.

Todo esto es demasiado extraño para ser casual. Aquí hay un misterio a decodificar.

El límite de nuestra comprensión de estos eventos está en el abismo temporal entre el tiempo de entonces y el ahora. Abraham, como pionero de una nueva clase de fe y una nueva forma de vida, estaba estableciendo un nuevo tipo de relación entre las generaciones. Esencialmente, lo que estamos viendo en estos eventos es el nacimiento del individuo.

En la antigüedad, en los tiempos de Grecia y Roma, el fundamento de la sociedad no era el individuo, sino la familia. Los rituales religiosos se practicaban alrededor del fuego del hogar familiar, en el que el padre oficiaba de sacerdote, ofreciendo sacrificios, libaciones y llamados a los espíritus de los ancestros fallecidos. El poder del padre era absoluto. Las mujeres y los niños no tenían derechos ni personalidad legal independiente. Eran una mera propiedad del jefe de la familia que podían ser ultimados a su voluntad. Cada familia tenía sus propios dioses, y el padre era el único intermediario de los espíritus ancestrales con los cuales en algún momento se reuniría. No existían los individuos como se entiende en la actualidad. Únicamente familias, que estaban bajo el reinado absoluto del titular masculino.

La Torá constituyó un quiebre absoluto de esta mentalidad. La antropóloga Mary Douglas señaló que la Torá fue la única tradición en todo el mundo antiguo que no proponía sacrificios para los ancestros fallecidos, prohibiendo de hecho el intento de comunicación con sus espíritus. (2)

El monoteísmo era más que la simple creencia en un solo Dios. Porque cada uno fue creado a Su imagen, y porque cada persona podía establecer una relación directa con Él, el individuo súbitamente adquirió significación – no sólo los padres, sino las madres, y también los hijos. Ya no estaban fusionados en una sola unidad, con un solo control de la voluntad. Estaban por convertirse en personas por derecho propio, con su identidad e integridad particular. (3)

Estos cambios no se producen de un día para otro, y tampoco sin dolorosas dislocaciones. Es eso lo que ocurre en los dos extremos del relato de Abraham. Al comienzo de su misión, se le dijo a Abraham que se separe de su padre, y hacia el final, que se separe, de diferentes maneras, de sus dos hijos. Estos episodios penosos representan los agonizantes dolores de crecimiento de una nueva forma de pensar sobre la humanidad.

Primero separar, luego conectar. Esa parece ser la manera judía. Fue así como creó Dios al Universo, primero separando los dominios – día y noche, aguas superiores e inferiores, tierra y mar – y luego permitiendo que sean complementados. Y así es como creamos las verdaderas relaciones personales. Separando y dejando espacio para el otro. Los padres no debieran tratar de controlar a los hijos. Los integrantes de una pareja no deben intentar controlar al otro. Es la cuidadosa calibración de la distancia entre nosotros lo que permite hacer el lugar para que crezca cada uno.

En su reciente libro sobre héroes deportivos, The Greatest (El más grande) Matthew Syed expresa lo importante que es el estímulo de los padres para formar campeones, y agrega:

Dejar ir – es la paradoja esencial de la paternidad. Lo cuidas, lo alimentas, te sacrificas, y después observas cómo el pequeño vuela rumbo a lo desconocido, frecuentemente lanzando recriminaciones al partir. Experimentarás el dolor de la contracción estomacal por la separación, pero lo haces con una sonrisa y un abrazo, sabiendo que el deseo de proteger y amar no debe nunca transformarse en la tiranía de la sobreprotección. (4) 

Es este drama de la separación lo que recrea simbólicamente Abraham en su relación tanto con su padre como con sus hijos. En esta instancia de transformación global del nacimiento del individuo, Dios le está enseñando el delicado arte de abrir un espacio, sin el cual ninguna individualidad verdadera puede crecer.

En las palabras del poeta irlandés John O’Donohue, nuestro desafío es el de “Bendecir el espacio entre nosotros.” (5)

 

SacksSignature

(1) Ver Rashi a Gen. 11: 32

(2) Mary Douglas, Leviticus as Literature, Oxford University Press, 1999

(3) Ver Peter Berger, The Sacred Canopy, Doubleday,1967,117, donde habla de los hombres y mujeres “altamente individualizados” que “pueblan las páginas del Antiguo Testamento en un grado único en la literatura religiosa antigua.”

(4) Matthew Syed, The greatest: the quest for sporting perfection, London, John Murray 2017, 9.

(5) John O’Donohue, To bless the space between us, Doubleday, 2008

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