Rabino Sacks Emor 5777 – La dualidad del tiempo judío

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La dualidad del tiempo judío

Emor –  2017 / 5777

Rabino Sacks Emor 5777 [PDF]  

Junto a la santidad del lugar y de la persona, está la santidad del tiempo, tema que la parashá Emor desarrolla en su aparentemente simple listado de festividades y días sagrados (Lev. 23: 1-44).

El tiempo juega un importante papel en el judaísmo. La primera cosa que Dios declaró sagrado fue un día: el Shabat, la conclusión de la creación.

La primera mitzvá dada a todo el pueblo judío antes del Éxodo, fue la ordenanza de santificar el tiempo, definiendo y aplicando el calendario judío (Ex. 12:1-2).

Los profetas fueron los primeros hombres de la historia en ver a Dios en la historia, señalando el tiempo mismo como el sitio del encuentro Divino-humano. Antes de entonces, virtualmente, todas las demás religiones y civilizaciones anteriores han identificado a Dios, realidad y verdad con la atemporalidad.

Isaiah Berlin solía citar a Alexander Herzen que comentaba acerca de los eslavos, que tenían poca historia y sólo geografía. Los judíos, decía, eran a la inversa: mucha historia y muy poca geografía. Mucho tiempo, pero poco espacio.

Por lo tanto el tiempo en el judaísmo es un medio esencial para la vida espiritual. Pero hay una característica del enfoque judío del tiempo que ha recibido menos atención de lo que debiera: la dualidad que rige a través de toda su estructura temporal.

Veamos, por ejemplo el calendario en su totalidad. El cristianismo utiliza el calendario solar. El islam, el lunar. El judaísmo: ambos. Nosotros contamos el ciclo mensual mediante la luna, y el ciclo de las estaciones por el sol.

Ahora tomemos el día. Las jornadas normalmente tienen un comienzo identificable, ya sea al caer la noche o al comenzar el día – o como en Occidente – un lugar intermedio. Para el judaísmo el día comienza al anochecer (“Y fue al atardecer y fue el día, un día”). Pero si miramos la estructura de los rezos – el de la mañana instituido por Abraham, el de la tarde por Itzjak y el del atardecer por Yaakov –  hay una sensación de que la plegaria del día comienza a la mañana, y no la noche anterior.

Los años también suelen tener un comienzo fijo – el “año nuevo”. En el judaísmo, según la Mishná (Rosh Hashaná 1:1), hay por lo menos cuatro años nuevos. El primero del mes de Elul es el año nuevo para el diezmo de los animales. El 15 de Shevat (según Bet Shammai, el primero), es el año nuevo de los árboles. Estas fechas son específicas y secundarias, y las otras dos son más fundamentales.

De acuerdo a la Torá, el primer mes del año es Nisan. Este fue el mes en que se secó la tierra después del diluvio (Gen. 8: 13)[1]. Fue el día en que los israelitas recibieron su primer mandamiento como pueblo (Ex. 12: 2). Un año más tarde fue el día de la dedicación del Tabernáculo y de la inauguración del servicio de los sacerdotes (Ex. 40: 2). Pero la festividad que llamamos Rosh Hashaná se celebra seis meses más tarde.

El tiempo sagrado en sí viene de dos maneras, como lo clarifica Emor. Está el Shabat y están las festividades y ambas se anuncian por separado. El Shabat fue santificado por Dios en el comienzo de los tiempos. Las festividades fueron santificadas por el pueblo judío a quienes se les dio la responsabilidad y la autoridad de fijarlas en el calendario.

De ahí la diferencia en las bendiciones que decimos: en Shabat alabamos a Dios que “santifica el Shabat”. En las festividades alabamos a Dios que santifica a “Israel y los tiempos sagrados” significando que es Dios el que santifica a Israel, pero es éste el que santifica los tiempos sagrados, determinando los días en que se celebran las festividades.

Aun en las festividades hay un ciclo dual. Uno es el formado por las tres celebraciones de peregrinaje: Pesaj, Shavuot y Sucot. Estos son días que representan momentos históricos clave en el amanecer del tiempo judío – el Éxodo, la entrega de la Torá y los cuarenta años de travesía en el desierto. Son las festividades de la historia.

El otro está dado por el número siete y el concepto de santidad: Shabat, el séptimo día; Tishreí, el séptimo mes, con las tres festividades de Rosh Hashaná, Iom Kipur y Sucot; el séptimo año, Shemitá; y el Jubileo, que marca cuando se completa el ciclo de siete veces los siete años.

Estos tiempos (con la excepción de Sucot que pertenece a ambos ciclos) tienen menos que ver con la historia que con lo que, a falta de mejor palabra, definiremos como metafísica y jurisprudencia, ulteriores verdades del universo, de la condición humana, y las leyes tanto naturales como morales bajo las cuales vivimos.

Cada una de ellas refiere a la creación (Shabat, un recuerdo de ella, Rosh Hashaná, su aniversario), soberanía divina, juicio y justicia, junto con las condiciones humanas de vida, muerte, mortalidad. Por eso en Iom Kipur enfrentamos a la justicia y al juicio. En Sucot/Sheminí Atzeret rogamos por la lluvia, celebramos la naturaleza (los arba minim, lulav, etrog hadassim y aravot, que es la única mitzvá que hacemos con objetos naturales no procesados), y la lectura de Kohelet, la más profunda meditación sobre la mortalidad de todo el Tanaj.

En el séptimo año y en los del jubileo reconocemos la propiedad de Dios de la tierra de Israel y de los hijos de Israel. Por eso, liberamos a los esclavos, cancelamos deudas, dejamos descansar la tierra, y devolvemos las propiedades a sus dueños originales. Todo esto no tiene que ver con la intervención de Dios en la historia sino con su rol de Creador y dueño del universo.

Una forma de ver la diferencia entre el primero y segundo ciclo es comparar las plegarias de Pesaj, Shavuot y Sucot, con las de Rosh Hashaná y Iom Kipur. La amidá de las primeras comienza con la frase “Nos elegiste entre todas las naciones.” El énfasis es sobre la particularidad judía.

Por el contrario, la amidá de Rosh Hashaná y Iom Kipur comienza hablando de “todo lo que Tú has hecho, todo lo que has creado”. Se enfatiza la universalidad: del juicio que afecta a toda la creación, todo ser viviente.

Aun Sucot tiene un sesgo marcadamente universalista, por el sacrificio de los setenta toros, que representan las “setenta naciones”. Según Zacarías 14, es la festividad que algún día será celebrada por todas las naciones.

Por qué la dualidad? Porque Creador es tanto el Dios de la naturaleza como el de la cultura. Es el Dios de todos en general, y del pueblo del pacto en particular. Es el Autor de tanto la ley científica (causa) como de la ley religioso-ética (mandamiento).

Encontramos a Dios en ambos ciclos temporales, el que representa el movimiento de los planetas, y la línea histórica del tiempo, que representa los eventos y la evolución de la nación de la que formamos parte. Esta dualidad da origen a dos tipos de líderes religiosos: el profeta y el sacerdote, y la diferente conciencia del tiempo que cada uno representa.

Desde la época de los antiguos griegos el mundo ha buscado un solo principio que explicara todo; o el punto único que buscó Arquímedes que moviera el mundo; o la única perspectiva (lo que los filósofos llaman “la visión desde el no-lugar”) desde la cual poder ver la verdad en toda su objetividad.

El judaísmo nos dice que no hay tal punto. La realidad es más complicada que eso. No hay un único concepto del tiempo. Se necesitan por lo menos dos perspectivas para poder ver la realidad en tres dimensiones, y eso es también válido para el tiempo como para el espacio. El tiempo judío tiene dos ritmos simultáneos.

El judaísmo es al espíritu lo que la teoría complementaria de Niels Bohr es a la física cuántica. En física la luz es a la vez onda y partícula. En el judaísmo el tiempo es a la vez histórico y natural. Inesperado, opuesto a lo intuitivo, ciertamente. Pero glorioso en su negativa de simplificar la rica complejidad del tiempo: el avanzar del reloj, el crecimiento de las plantas, el envejecimiento del cuerpo y la eterna profundidad de la mente.

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[1] Aunque este es el tema de una discusión en la Gemara Rosh HaShana 11b (citado por Rashi en Bereishit capítulo 8:13) entre el Rabino Yehoshua que dice que esto ocurrió en Nisan y el Rabino Eliezer que dice que sucedió en Tishreí.

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