Rabino Sacks Emor 5775 – Santificando el nombre

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

Santificando el nombre

Emor – 2015 / 5775

Rabino Sacks Emor 5775 [PDF] 

Un Presidente es culpable de abuso sexual. Un Primer Ministro acusado con cargos de corrupción y soborno. Rabinos en muchos países acusados de impropiedad financiera, acoso sexual y abuso infantil. Que tales cosas pasan testifica a un profundo malestar en la vida judía contemporánea.

Más está en juego que la simple moralidad. La moralidad es universal. El soborno, corrupción y el mal uso del poder están mal, y mal igualmente, quien es culpable de ello. Cuando los culpables son líderes, algo más se involucra: los principios introducidos en nuestra parsha de Kiddush ha-Shem y Jilul ha-Shem: “No profanaras Mi santo nombre, para que Yo pueda ser santificado en medio de los israelitas, yo el Señor que os santifico” (Lev. 22:32).

Los conceptos de Kiddush y Jilul ha-Shem tienen una historia. Aunque son atemporales y eternos, su desdoblamiento ocurre a través del curso del tiempo. En nuestra parsha, y de acuerdo a Ibn Ezra, el verso tiene un sentido angosto y localizado. El capítulo en el que ocurre ha estado hablando sobre los deberes especiales del sacerdocio y el extremo cuidado que deben tener sirviendo a Dios dentro del santuario. Todo Israel es santo, pero los sacerdotes son una élite santa dentro de la nación. Fue su tarea preservar la pureza y la gloria del Santuario como el hogar simbólico de Dios en el medio de la nación. De ahí los mandamientos son una carga especial a los sacerdotes para tomar cuidado ejemplar como guardianes de lo santo.

Otra dimensión fue revelada por los profetas, quienes usaron la frase jilul ha-Shem para describir la conducta inmoral que trae la deshonra a las leyes de Dios y al código de justicia y compasión. Amós (2:7) habla del pueblo que “pisotea sobre las cabezas de los pobres y sobre el polvo del suelo, y niega justicia para el oprimido…y entonces profana mi santo nombre”. Jeremías invoca jilul ha-Shem para describir aquellos quienes eluden la ley emancipando a sus esclavos solo para re-capturarlos y re-esclavizarlos (Jer. 36:16). Malachi, el último de los profetas, dice que los sacerdotes corruptos de sus tiempos, “Desde donde el sol se levanta hasta dónde cae, Mi nombre es honrado entre las naciones….pero ustedes lo profanan” (Mal. 1:11-12).

Los sabios (1) sugirieron que Abraham estaba refiriéndose a la misma idea cuando retó a Dios por su plan para destruir Sodoma y Gomorra si esto significaba castigar a los justos al igual que a los malvados: “Lejos sea de ti (jalilah leja) hacer tal cosa”. Dios y el pueblo de Dios deben ser asociados con justicia. Fallar al hacerlo constituye jilul ha-Shem.

Una tercera dimensión aparece en el libro de Ezequiel. El pueblo judío, o al menos una parte significativa del pueblo, había sido forzado al exilio en Babilonia. La nación había sufrido la derrota. El Templo estaba en ruinas. Para los exiliados esta era una tragedia humana. Habían perdido su hogar, su libertad e independencia. También era una tragedia espiritual: “¿Cómo podemos cantar la canción del Señor en una tierra extraña?” (2). Pero Ezequiel lo vio como una tragedia para Dios también:

Hijo del hombre, cuando el pueblo de Israel estaba viviendo en su propia tierra, la contaminaron con su conducta y sus acciones….Los he dispersado entre las naciones, y fueron diseminados entre las naciones; los He juzgado de acuerdo a su conducta y sus acciones. Y donde sea que ellos fueron entre las naciones profanaron Mi santo nombre, porque se dijo de ellos, ‘Estos son el pueblo del Señor, y aún así tuvieron que dejar su tierra’. (Ez. 36: 17-20).

El exilio fue la profanación del nombre de Dios por el hecho de que Él castigó a su pueblo al dejarlos ser conquistados y fue interpretado por otras naciones como la demostración de que Dios no era capaz de protegerles. Esto recuerda la oración de Moisés después del becerro de oro:

“Señor”, he dicho, “¿por qué debe tu ira arder contra tu pueblo, al que sacaste de Egipto con gran poder y una poderosa mano? ¿Por qué deben los egipcios decir ‘Fue con gran maldad el intento de sacarlos, para matarlos en las montañas y barrerlos fuera de la faz de la tierra’? Apártate de tu feroz ira; cesa y no traigas desastre sobre tu propio pueblo.” (Ex 32: 11-12).

Esto es parte del pathos divino. Habiendo elegido identificar Su nombre con el del pueblo de Israel, Dios es, como si estuviera, atrapado entre las demandas de justicia por un lado, y por el otro la percepción pública. Lo que parece como retribución para los israelitas parece como debilidad ante el mundo. En los ojos de las naciones, cuyos dioses nacionales eran identificados con poder, el exilio de Israel no podría ser más que interpretado como la impotencia del Dios de Israel. Eso, dice Ezequiel, es un jilul ha-Shem, una profanación del nombre de Dios.

Un cuarto sentido fue más claro hacia el final del periodo del Segundo Templo. Israel había regresado a su tierra y reconstruido el Templo, pero cayeron bajo el ataque primero de los griegos seleúcidas en el reino de Antíoco IV, después por los romanos, ambos atentaron hacer ilegal la práctica del judaísmo. Por primera vez el martirio se convirtió en una característica significativa en la vida judía. La pregunta que surgió: ¿bajo qué circunstancias los judíos debían sacrificar su propia vida en lugar de trasgredir la ley?

Los sabios entendieron el verso, “Mantendrás mis decretos y leyes que una persona debe mantener y vivir por ellos” (Lev. 18:5) para implicar “y no morirás por ellos” (3). Salvar la vida toma precedencia sobre muchos de los mandamientos. Pero hay tres excepciones: la prohibición contra el asesinato, relaciones sexuales prohibidas e idolatría, donde los sabios dictaminaron que era necesario morir antes que trasgredir. También dijeron que “en un momento de persecución” uno debe resistir a costa de la muerte incluso una exigencia de “cambiar los cordones de los zapatos”, es decir, realizar cualquier acto que pueda ser interpretado como pasar al enemigo, traicionando y desmoralizando a aquellos a quienes permanecieron fieles a la fe. Fue en este tiempo que la frase kiddush ha-Shem fue usada para significar la voluntad de morir como un mártir.

Una de las más conmovedoras de todas las respuestas colectivas de parte del pueblo judío fue la categorización de todas las víctimas del Holocausto como “aquellos que murieron al kiddush Hashem” que es, por el bien de la santificación del nombre de Dios. Esta no era una conclusión inevitable. El martirio en el pasado significaba elegir morir por el bien de Dios. Uno de los aspectos demoniacos del genocidio nazi fue que a los judíos no se les dio elección. Al llamarlos en retrospectiva mártires, los judíos dieron a las víctimas la dignidad en la muerte que les fue brutalmente robada en vida (4).

Hay una quinta dimensión. Así es como la suma Maimónides:

Hay otros tratos que también son incluidos en la profanación del nombre de Dios. Cuando una persona de gran estatura en la Torah, reconocida por su piedad, hace tratos en los que, aunque no son trasgresiones, causan que las personas hablen despectivamente de él, también es una profanación del nombre de Dios…Todo esto depende de la estatura del sabio…(5)

La gente mira a personas como modelos a seguir, esas personas deben actuar como modelos a seguir. La piedad en relación a Dios debe ser acompañada por un comportamiento ejemplar en relación de uno con los humanos. Cuando las personas asocian religiosidad con integridad, decencia, humildad y compasión, el nombre de Dios es santificado. Cuando se asocia con desprecio a otros y por la ley, el resultado es una profanación al nombre de Dios.

Lo común a las cinco dimensiones del significado es la idea radical, central a la auto-definición del judaísmo, que Dios ha arriesgado su reputación en el mundo, Su “nombre”, al elegir asociarlo con un y singular pueblo. Dios es el Dios de toda la humanidad. Pero Dios ha elegido a Israel para ser Sus “testigos”, Sus embajadores, al mundo. Cuando fallamos en este rol, es como si la posición de Dios ante los ojos del mundo ha sido dañado.

Por casi dos mil años el pueblo judío estuvo sin hogar, sin tierra, derechos civiles, seguridad y la habilidad de moldear su destino y suerte. Fue elegido en el rol de lo que Max Weber llamó “un pueblo paria”. Por definición un paria no puede ser un modelo a seguir. Eso cuando kiddush ha-Shem tomó su trágica dimensión como la voluntad de morir por la fe de uno. Ese ya no es el caso. Hoy, por primera vez en la historia, los judíos tienen tanto la soberanía e independencia en Israel, y libertad y equidad en cualquier otro lugar. Kiddush ha-shem debe ser por tanto restaurado a su sentido positivo de decencia ejemplar en la vida moral.

Eso es lo que llevó a los hititas a llamar a Abraham “un príncipe de Dios en medio nuestro”. Fue lo que llevó a Israel a ser admirado cuando se compromete con rescate y auxilio internacional. Los conceptos de kiddush y jilul ha-Shem forjan una conexión indisoluble entre lo santo y lo bueno.

Perdiendo eso y traicionamos nuestra misión como “una santa nación”. La convicción de que ser un judío involucra la búsqueda de la justicia y la práctica de la compasión es lo que llevó a nuestros ancestros a permanecer leales al judaísmo a pesar de todas las presiones por abandonarlo. Sería la última tragedia si perdemos nuestra conexión ahora, y el preciso momento en el que somos capaces de afrontar al mundo en términos iguales.

Hace mucho fuimos llamados a demostrarle al mundo que la religión y la moralidad van mano a mano. Nunca fue eso tan necesitado como en una era manejada por la violencia generada por motivos religiosos en algunos países, secularidad desenfrenada en otros. Ser un judío es estar dedicado a la proposición de que un Dios amoroso significa amar Su imagen, la humanidad. No hay reto más grande, y no hay en el siglo XXI un reto más necesario.

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(1) Bereishit Rabbah 49: 9.

(2) Psalm 137: 4.

(3) Yoma 85b.

(4) Hay un precedente. En la oración Av ha-Rajamim (Libro autorizado de oraciones – Authorised Daily Prayer Book, p. 426), compuesta después de la masacre de los judíos durante las Cruzadas, las víctimas fueron descritas como “aquellas que sacrificaron sus vidas al kedushat haShem”. Aunque algunas de las víctimas fueron a sus muertes voluntariamente, no todas lo hicieron.

(5)  Mishneh Torah, Hilkhot Yesodei ha-Torah 5: 11.

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