Rabino Sacks Ajarei Mot // Kedoshim 5775 – El Chivo Expiatorio: Vergüenza y Culpa

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

El Chivo Expiatorio: Vergüenza y Culpa

Ajarei Mot // Kedoshim – 2015 / 5775

Rabino Sacks AjareiKedoshim 5775 [PDF] 

El más extraño y más dramático elemento del servicio de Iom Kippur, puesto en Ajarei Mot (Lev. 16: 7-22), era el ritual de dos cabras, una ofrecida en sacrificio, la otra enviada al desierto “para Azazel”. Eran en todas las intenciones y propósitos indistinguibles una de la otra: Eran elegidas para ser lo más similares posibles en tamaño y apariencia. Eran traídas ante el Sumo Sacerdote y el sorteo estaba escrito, una llevando las palabras “Para el Señor” y la otra “Para Azazel”. Aquella en la que el  sorteo decía “Para el Señor” era ofrecida como sacrificio. Sobre la otra el Sumo Sacerdote confesaba los pecados de la nación y era llevada a las colinas del desierto fuera de Jerusalén donde se sumergia a su muerte. La tradición nos dice que el hilo rojo sería atado a sus cuernos, la mitad del hilo era removido antes de que el animal fuera echado fuera. Si el rito era efectivo, el hilo rojo se tornaría blanco.

Mucho es confuso sobre el ritual. Primero, ¿cuál es el significado de “para Azazel”, al cual era enviada la segunda cabra? No aparece por ningún lado en la Escritura. Hay tres grandes teorías que surgieron en cuanto a su significado. De acuerdo a los sabios y a Rashi quiere decir “un lugar empinado, rocoso o duro”, en otras palabras la descripción de su destino. De acuerdo a la Torah la cabra era enviada a “un área desolada” (el eretz gezerah, Lev. 16:22). De acuerdo a los sabios era llevada a un barranco empinado donde caía a su muerte. Eso, de acuerdo a la primera explicación, es el significado de Azazel.

La segunda, sugerida crípticamente por Ibn Ezra y explícitamente por Nahmanides, es que Azazel es el nombre de un espíritu o demonio, uno de los ángeles caídos referido en Génesis 6:2, similar al espíritu-cabra llamado Pan en la mitología griega, Faunus en latín. Esta es una idea difícil, por lo que es que Ibn Ezra la alude, como hizo en casos similares, en forma de acertijo, enigma, que solo los sabios serían capaces de descifrar. Ibn Ezra escribe: “Yo te revelaré una parte del secreto por indicio: cuando alcances treinta y tres lo sabrás”. Nahmanides revela el secreto. Treinta y tres versos después, la Torah manda: “No deben ofrecer más sacrificios a los ídolos de cabra (serim), después de los cuales se van por el mal camino” (Lev. 17:7)

Azazel, en esta lectura, es el nombre de un demonio de fuerza hostil, algunas veces llamado Satán o Samael. Los israelitas fueron categóricamente prohibidos de rendir culto a tal fuerza. La creencia de que hay poderes que trabajan en el universo de forma distinta, o incluso hostil, a Dios, es incompatible con el monoteísmo judío. Sin embargo, algunos sabios creían que habían fuerzas negativas que eran parte de un séquito celestial, como Satán, quien trajo acusaciones contra los humanos o los tentó a pecar. La cabra enviada al desierto para Azazel era una forma de conciliación o propiciación de tales fuerzas para que las oraciones de Israel pudieran elevarse al cielo sin, por así decirlo, cualquier voz disidente. Esta forma de entender el rito es similar a la parte en la que los sabios dicen que hacemos sonar el shofar en un ciclo doble en Rosh Hashanah “para confundir a Satán” (1).

La tercera interpretación y la más simple es que Azazel es un sustantivo compuesto que quiere decir “la cabra (ez) que fue enviada lejos (azal)”. Esto lleva a añadir una nueva frase al idioma en inglés. En 1530 William Tyndale produjo la primera traducción al inglés de la Biblia hebrea, un acto entonces ilegal que pagó con su vida. Buscando traducir Azazel al inglés, lo llamó “escapegoat”, i.e. la cabra que fue enviada lejos y liberada. En el curso del tiempo de la primera letra se dejó de usar, y la palabra en inglés “scapegoat” y la frase en español “chivo expiatorio” nacieron.

La pregunta real es: ¿de qué se trataba realmente el ritual? Era único. Las ofrendas de pecado y culpa son formas familiares de la Torah y una parte normal del servicio del Templo. El servicio de Iom Kippur era diferente en un respecto saliente. En cada otro caso el pecado era confesado sobre el animal que era sacrificado. En Iom Kippur, el Sumo Sacerdote confesaba los pecados del pueblo sobre el animal que no era sacrificado, el chivo expiatorio era enviado lejos, “llevando sobre él todas sus iniquidades” (Lev. 16:21-22).

La respuesta más simple e convincente fue dada por Maimónides en La Guía de los Perplejos:

No hay duda que los pecados no pueden ser llevados como una carga, y tomados del hombro de un ser para ser puestos en el hombro de otro ser. Pero estas ceremonias son de un carácter simbólico – por así decirlo, nos hemos liberado a nosotros mismos de hechos anteriores, los hemos arrojado detrás de nuestras espaldas, y los hemos removido de notros lo más lejos posible (2).

La expiación demanda de un ritual, de una representación dramática de remover el pecado y la limpieza del pasado. Eso está claro. Sin embargo Maimónides no explica por qué Iom Kippur demandaba un rito que no se usaba los otros días del año cuando las ofrendas de pecado o culpa eran llevadas (al Templo). ¿Por qué la primera cabra, en la que caía el sorteo de “Para el Señor” y la que era ofrecida como holocausto del pecado (Lev. 16:9) no era suficiente?

La respuesta está en el carácter dual del día. Dice la Torah:

Esta será una ley eterna para ustedes: En el décimo día del séptimo mes deberán ayunar y no hacer ningún trabajo…Esto es porque en este día deberán tener todos sus pecados expiados (yejaper), para que sean limpiados (le-taher). Ante Dios serán limpiados todos tus pecados (Lev. 16:29-30).

Dos procesos absolutamente diferentes se involucraban en Iom Kippur. Primero estaba kapara, expiación. Esta es la función normal de una ofrenda por el pecado. Segundo, estaba tehara, la purificación, algo normalmente realizado en un contexto diferente del todo, a saber la remoción de tuma, contaminación ritual, que se levantaría de un número de causas diferentes, entre ellas el contacto con un cuerpo muerto, enfermedades de la piel, o descarga nocturna. La expiación tiene que ver con la culpa. La purificación tiene que ver con contaminación o profanación. Estas son usualmente (3) dos palabras diferentes. En Iom Kippur fueron unidas. ¿Por qué?

Nosotros le debemos a antropólogos como Ruth Benedict (4) la distinción entre culturas de vergüenza y culturas de culpa. La vergüenza es un fenómeno social. Es lo que sentimos cuando nuestro mal hacer es expuesto a otros. Puede ser algo que sentimos cuando meramente imaginamos a otras personas sabiendo o viendo lo que hemos hecho. La vergüenza es la sensación de haber sido descubiertos, y nuestro primer instinto es escondernos. Eso es lo que Adán y Eva hicieron en el jardín del Edén después de haber comido del fruto prohibido. Estaban avergonzados de su desnudez y se escondieron.

La culpa es un fenómeno personal. No tiene nada que ver con lo que otros pueden decir si saben lo que hemos hecho y todo que ver con lo que nos decimos a nosotros mismos. La culpa es la voz de la consciencia, y no es escapable. Puedes ser capaz de evadir la vergüenza escondiéndote o sin que te descubran, pero no puedes evadir la culpa. La culpa es auto-conocimiento. Hay otra diferencia, que explica por qué el judaísmo es abrumadoramente una cultura más de culpa que de vergüenza. La vergüenza ata a la persona. La culpa ata el acto. Es casi imposible remover la vergüenza una vez que la persona ha sido públicamente deshonrada. Es como una mancha indeleble en tu piel. Shakespeare hace que Lady Macbeth diga, después de su crimen, “¿Estarán limpias estas manos?” En las culturas de la vergüenza, el malhechor tiende a irse al exilio, donde nadie conoce su pasado, o a suicidarse. Los escritores teatrales los matan.

La culpa hace una distinción clara entre el acto de hacer el mal y la persona del malhechor. El acto estuvo mal, pero el agente permanece, en principio, intacto. Por eso es que la culpa puede ser removida “expiada de” por una confesión, remordimiento y restitución. “Odia al pecado pero no al pecador”, es el axioma básico de una cultura de culpa.

Normalmente los holocaustos de pecado y culpa, como su nombre lo implica, son sobre culpa. Expían. Pero Iom Kippur trata no solo de nuestros pecados como individuos. También confronta nuestros pecados como una comunidad unida por una responsabilidad mutua. Lidia, en otras palabras, con la dimensión social y la personal del mal hacer. Iom Kippur es sobre la vergüenza así como sobre la culpa. De ahí que haya que ser purificados (remover la mancha) así como expiados.

La psicología de la vergüenza es demasiado diferente a la de la culpa. Podemos descargar la culpa alcanzando el perdón – y el perdón solo puede ser garantizado por el objeto de nuestro mal hacer, por eso es que Iom Kippur solo expía pecados contra Dios. Incluso Dios no puede – lógicamente no puede – perdonar pecados cometidos contra nuestros compañeros humanos hasta que ellos mismos nos hayan perdonado.

La vergüenza no puede ser removida por el perdón. La víctima de nuestro crimen puede habernos olvidado, pero de cualquier manera nos sentimos contaminados por el conocimiento de que nuestro nombre ha sido deshonrado, nuestra reputación lastimada, nuestra posición dañada. Sentimos el estigma, la deshonra, la degradación. Por eso es que una ceremonia inmensamente poderosa y dramática tenía que tener lugar durante la cual las personas pudieran sentir y simbólicamente ver sus pecados llevados lejos al desierto, a la tierra de nadie. Una ceremonia similar tenía lugar cuando un leproso era limpiado. El sacerdote tomaba dos aves, mataba una, y liberaba a la otra para que volara lejos en los campos abiertos (Lev. 14:4-7). Otra vez el acto era uno de limpieza no de expiación y tenía que ver con vergüenza, no con culpa.

El judaísmo es una religión de esperanza, y sus grandes rituales de arrepentimiento y expiación son parte de esa esperanza. No estamos condenados a vivir para siempre con las fallas y los errores de nuestro pasado. Esa es la gran diferencia entre una cultura de culpa y una cultura de vergüenza. Pero el judaísmo también reconoce la existencia de la vergüenza. De ahí que el elaborado ritual del chivo expiatorio que parecía llevarse la tuma, la deshonra que es la marca de la vergüenza. Solo podía hacerse en Iom Kippur porque ese era el único día del año en el que todos compartían al menos vicariamente el proceso de confesión, arrepentimiento, expiación y purificación. Cuando una sociedad como un todo confiesa su culpa, los individuos pueden redimirse de la vergüenza.

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(1) Rosh Hashanah 16b.

(2) La Guía de los Perplejos, III: 46.

(3) Había excepciones. Un leproso – o más precisamente alguien sufriendo de una enfermedad de la piel conocida en la Torah como tsara’at – tenía que traer un holocausto de culpa (asham) adicionalmente a los rituales de purificación que se hacían (Lev. 14: 12-20).

(4) Ruth Benedict El Crisantemo y la Espada – The Chrysanthemum and the Sword  London, Secker & Warburg, 1947.

 

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