Rabino Sacks Shemini 5777 – La luz que hacemos

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La luz que hacemos

Shemini –  2017 / 5777

Rabino Sacks Shemini 5777 [PDF]  

Llegó el gran momento. Durante siete días – desde el 23 de Adar – Moshé consagró a Aarón y a sus sacerdotes. Ahora, en Rosh Jodesh Nissan, ha llegado el día en que Aarón comience a ejercer su servicio, dirigiéndose al pueblo en nombre de Dios:

Y ocurrió que en el octavo día,  Moshé llamó a Aarón y a sus hijos, y a los ancianos de Israel, y le dijo a Aarón: toma un toro joven como ofrenda de pecado, y un carnero como ofrenda quemada, sin defecto, y ofrécelo ante el Señor.

            Cuál es el significado del “octavo día”, la frase que le da el nombre a nuestra parashá? Para comprender el profundo simbolismo del número ocho, debemos retornar al principio mismo de la Creación.

En el inicio, cuando todo era “vacío y yermo”, Dios creó el universo. Día a día, el mundo se fue desarrollando. Primero estaban los dominios: la luz y la oscuridad, aguas superiores e inferiores, mares y tierra firme. Después vinieron los elementos que llenaron esos dominios: el sol, la luna y las estrellas, luego los peces y pájaros, y finalmente los animales terrestres, culminando con la humanidad. Luego, el Shabat, el séptimo día, el día de los límites y la santidad, en el cual primero Dios y luego el pueblo de Su pacto descansaron, para mostrar que hay un límite a la creación. Hay una integridad en lo natural. Todo tiene su lugar propio, su nicho ecológico, su función y la dignidad de la totalidad de ser. La santidad consiste en respetar los límites y honrar el orden natural.

De ahí los siete días. Pero, y el octavo día – el día posterior a la creación? Para saberlo, debemos acudir a la Torá she-be’al pé, la tradición oral.

El sexto día, Dios tomó la decisión más fatídica: crear un ser que como Él, tuviera la capacidad de crear. Admitamos que hay una diferencia fundamental entre la creatividad humana (“crear algo de algo”) y la creatividad Divina (“crear algo de la nada”). Por eso es que los seres humanos fueron creados “a semejanza de Dios” y no – como argumentó Nietzsche – dioses ellos mismos.

Pero la capacidad de crear va de la mano de la capacidad de destruir. No puede existir lo uno sin lo otro. Cada nueva tecnología puede ser usada para curar o para dañar. Cada poder puede servir para el bien o para el mal.

El peligro aparece inmediata y claramente. Dios le dice al primer hombre que no coma el fruto de un árbol. La naturaleza del árbol es irrelevante, lo que importa es su función simbólica. Representa el hecho de que la creación tiene límites – siendo el más importante el límite entre lo permitido y lo prohibido. Es por eso que debía haber, aún en el paraíso, algo que estaba prohibido. Cuando los dos primeros seres humanos comieron el fruto prohibido, la armonía esencial entre el hombre y la naturaleza se quebró. La humanidad perdió su inocencia. Por primera vez la naturaleza (el mundo que encontramos) y la cultura (el mundo que hacemos) entraron en conflicto. El resultado fue la pérdida del paraíso.

Los sabios estaban intrigados por la cronología de la narrativa. Según ellos, todo el drama de la creación y de la desobediencia de Adán y Eva tuvo lugar en el sexto día. En esa fecha fueron creados, fueron advertidos sobre el árbol, transgredieron la orden y fueron sentenciados al exilio.

Por compasión, Dios permitió que quedaran un día más. Les otorgó una jornada más en el Edén – principalmente por Shabat. Durante todo ese día, el sol brilló. Al atardecer Dios enseñó a los primeros seres humanos cómo hacer la luz: al finalizar el Shabat, la luz celestial comenzó a disminuir. Adán temió  ser atacado durante la noche por la serpiente. Entonces Dios iluminó su entendimiento, y él aprendió a frotar dos piedras para producir la luz que necesitaba.

Según los sabios, este es el motivo por el cual encendemos la vela de  havdalá al final de cada Shabat para el comienzo de la nueva semana.

En otras palabras, hay una diferencia fundamental entre la luz del primer día (“Y Dios dijo: hágase la luz…”) y la del octavo día. La luz del primer día es la iluminación que hace Dios. La del octavo día es la iluminación que Dios nos enseña a nosotros a hacer. Simboliza nuestra “sociedad con Dios en el trabajo de la creación.” No hay imagen más hermosa que ésta, en la cual Dios nos habilita a unirnos a Él para traer luz al mundo. En Shabat recordamos la creación de Dios. En el octavo día (motsei Shabat)  celebramos nuestra creatividad como imagen y socios de Dios.

Para comprender profundamente la totalidad de los dichos de los sabios, es necesario recordar uno de los grandes mitos del mundo de la antigüedad: la historia de Prometeo. Para los griegos, los dioses eran esencialmente hostiles a la humanidad. Zeus quería mantener en secreto el arte de hacer el fuego, pero Prometeo robó una chispa y le enseñó a los hombres a hacerlo. Cuando descubrió el robo, Zeus lo castigó encadenándolo a una roca, mientras un águila le picoteaba el hígado.

Con esta historia como telón de fondo, podemos apreciar el carácter revolucionario de la fe judía. Creemos que Dios desea que los seres humanos ejerzan el poder en forma responsable y creativa, dentro de los límites establecidos por la integridad de la naturaleza. La versión rabínica de cómo Dios enseñó a Adán y Eva el secreto de hacer el fuego es precisamente lo opuesto de la historia de Prometeo. Dios desea conferir dignidad a los seres que creó a Su imagen y semejanza como resultado de un acto de amor. Él no nos oculta los secretos del universo. No intenta mantener a la humanidad en un estado de ignorancia o dependencia. El Dios creativo nos induce asimismo a ser creativos y nos enseña a serlo. Él quiere que seamos guardianes del mundo que ha encomendado a nuestro cuidado. Esa es la significación del octavo día. Es la contrapartida humana del primer día de la creación.

Ahora comprendemos el simbolismo del octavo día en relación al Tabernáculo. Como hemos observado en otro texto, los paralelismos lingüísticos de la Torá muestran que la construcción del Mishkan en el desierto es un reflejo de la creación Divina del mundo. La intención del Tabernáculo era la de ser un universo en miniatura construido por seres humanos. Así como Dios creó la Tierra como hogar para la humanidad, los israelitas en el desierto crearon el Tabernáculo como hogar simbólico de Dios. Era su acto de creación.

Por eso debía comenzar en el octavo día, así como Adán y Eva comenzaron su tarea creativa ese día. De la misma forma que Dios les enseñó a hacer la luz, muchos siglos más tarde Él enseñó a los israelitas cómo hacer un lugar para la Divina presencia, para que también ellos pudieran estar acompañados por la luz – la luz de Dios, en la forma del fuego que consumía los sacrificios, y por la luz de la menorá. El primer día representa la creación Divina, el octavo día, la creación humana bajo la tutela y soberanía de Dios.

Ahora podemos ver la extraordinaria e íntima conexión entre cuatro temas:

  1. La creación del universo
  2. La construcción del santuario
  3. La ceremonia de havdalá al finalizar el Shabat
  4. El número ocho.

La historia de la creación nos dice que la naturaleza no es una contienda ciega entre fuerzas opuestas en la cual vence el más fuerte y el de más poder, la condición más importante. Es un lugar de orden y  armonía, el diseño inteligible de un solo Creador.

La armonía está permanentemente amenazada por la humanidad. En el pacto con Noaj, Dios establece un umbral mínimo de civilización humana. En el pacto con Israel, establece un código más elevado de santidad. Así como el universo es el hogar que Dios hace para nosotros, así también lo santo es el hogar que hacemos para Dios, simbolizado primero por el Mishkán, el Tabernáculo, luego el Templo y ahora la sinagoga.

Y comienza por la creación de la luz. Así como Dios comenzó haciendo luz en el primer día, así en la ceremonia de la havdalá iluminamos el octavo día, el comienzo de la creatividad humana, y al hacerlo nos convertimos en socios de Dios en la obra de la creación. Como Él, comenzamos creando la luz y procediendo a hacer distinciones (“Bendito eres Tú… que haces la distinción entre lo sagrado y lo profano, entre la luz y la oscuridad…”). Por lo tanto, el octavo día se constituye en el gran momento en el que Dios confía Su trabajo creativo al pueblo al que ha tomado como socio del pacto. Así fue con el tabernáculo, y así fue con nosotros.

Esta es una visión de gran belleza. Ve al mundo como un lugar de orden en el cual todo tiene su lugar y su dignidad dentro del ricamente diferenciado tapiz de la creación. Ser santo es ser un guardián de ese orden, tarea que nos fue delegada por Dios. Es un desafío intelectual y ético: intelectual para que seamos capaces de reconocer los límites de la naturaleza y ético porque es necesario tener la humildad de preservar y conservar al mundo para bien de las generaciones venideras.

En medio de lo que a veces puede parecer la oscuridad y el caos del mundo humano, nuestra tarea es crear orden y luz.

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