Rabino Sacks Vayakel y Pekudé 5777 – Campamentos y Travesías

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Campamentos y Travesías

Vayakel y Pekudé –  2017 / 5777

Rabino Sacks Vayakel 5777 [PDF] 

Hacia el final del libro de Éxodo, aparece una dificultad textual tan leve que puede pasar inadvertida, y sin embargo – como la interpreta Rashi – contiene una de las grandes claves de la identidad judía: un testimonio emocionante del desafío único que es el ser judío.

Ante todo, la situación: el Tabernáculo finalmente se completó. El relato de su construcción empleó muchos capítulos. Ningún otro evento de los años del desierto fue tan minuciosamente detallado. Ahora, el primer día del mes de Nissan, exactamente un año después de que Moshé le dijera al pueblo que comience a prepararse para el éxodo, reúne los marcos y colgaduras del Tabernáculo,  y pone el mobiliario y las vasijas en su lugar. Apenas lo ha hecho, hay una epifanía, una representación majestuosa de la Divina presencia:

“Y entonces la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo.” (Ex. 40: 34)

Hay una “sensación de conclusión”. (1) La historia ha llegado a su fin. Luego de un relato enmarañado y repleto de trastornos, los israelitas han construido un hogar para Dios y Su presencia está ahora en su medio. Pero para la Torá, nada es tan sencillo como parece. El texto resalta el breve párrafo siguiente:

Cuando la nube se elevó por sobre el Tabernáculo, los israelitas avanzaron en todas sus travesías, pero si la nube no se elevaba, no salían hasta que ello ocurriera. Porque la nube del Señor estaba sobre el Tabernáculo de día, y había fuego en la nube de noche, a la vista de toda la casa de Israel en todas sus travesías. (Ex. 40: 36-38).

El significado está claro. El Tabernáculo fue construido de tal forma que fuera portátil. Podía ser rápidamente desmantelado y sus componentes transportables, cuando pasaban los israelitas de una etapa de su camino a la siguiente. En el momento de continuar, la nube se trasladaba de su lugar de descanso en la Tienda de Reunión a una posición fuera del campo, señalando la dirección que debían tomar.

Sin embargo, hay una pequeña pero significativa diferencia entre las dos instancias de la frase bejol mas’ehem “en todas sus travesías”. En la primera, las palabras deben tomarse literalmente. Cuando se elevaba la nube y se adelantaba, los israelitas sabían que estaban por partir. Pero la segunda instancia no puede tomarse literalmente. La nube no estaba sobre el tabernáculo en todos los viajes. Al contrario: estaba sólo cuando dejaban de viajar y armaban las carpas. Durante las travesías la nube iba adelante.

Ante esto, Rashi hace el siguiente comentario:

El lugar donde se levanta el campamento también se llama massa, “travesía”…Porque del lugar del campamento siempre se parte hacia una nueva travesía y por eso llaman a todo “travesías”.(2)

El tema es lingüístico, pero el mensaje es portentoso. Rashi encapsuló en pocas palabras la verdad existencial de la identidad judía. Mientras no hayamos llegado a nuestra destinación, aún un lugar de descanso es meramente temporario. Todavía hay un lugar hacia el cual ir. En las famosas palabras del poeta Robert Frost:

Los bosques son hermosos, oscuros y profundos,

Pero yo tengo promesas que cumplir,

Y millas para recorrer antes de dormir.(3)

Ser judío es viajar, saber que aquí donde estamos es meramente un lugar de descanso, no aún un hogar. Está definido no por el hecho de estar aquí sino por el conocimiento de que eventualmente – dentro de un día, una semana, un mes, un año, un siglo o hasta un milenio – tendremos que seguir adelante. Por eso el tabernáculo portátil, aún más que el Templo de Jerusalem, se transformó en el símbolo de la vida judía.

Por qué es así? Porque los dioses de la antigüedad eran dioses de un determinado lugar: Sumeria, Memfis, Moab, Edom. Tenían un dominio específico. La teología estaba ligada a la geografía. 

Con Israel nace una nueva idea: que Dios, estando en todas partes, puede ser encontrado en cualquier lado.   

La sensación de seguridad no pertenece a un lugar sino a la persona, no al espacio físico de la superficie de la tierra sino al espacio espiritual del corazón humano.

Si hay un factor que ha sido responsable de la inigualada fortaleza de la identidad judía durante los largos siglos en que fueron dispersados por todo el mundo, siempre en minoría en todos lados, es esto – el  concepto al que los judíos y el judaísmo han dado al nombre de galut, exilio. Único entre las naciones de los tiempos antiguos o modernos, salvo raras excepciones, no se convirtieron a la fe dominante ni se asimilaron a la cultura prevalente. La única razón fue que nunca confundieron un lugar en particular con el hogar, una estación temporaria con su destinación ulterior. “Ahora estamos aquí” decían al comienzo del servicio del seder, “el año que viene, en la tierra de Israel.”

Fuera de Israel, la vida judía es un pasaje, un camino, una ruta. Hasta un campamento, un lugar de descanso, es llamado travesía.

Y así fue. La Torá se convirtió, según la famosa frase de Heinrich Heine, en “el hogar portátil del judío.” A través de la historia los judíos se encontraron dispersados y diseminados entre las naciones, sin saber en ninguna instancia si serían obligados a partir y encontrar un nuevo hogar. En un solo siglo, el XV, los judíos fueron expulsados de Viena y Linz en 1421, de Colonia en 1424, de Augsburgo en 1439, de Bavaria en 1442, de Moravia en 1454, de Perugia en 1485, de Vicenza en 1486, de Parma en 1488, de Milán y de Luca en 1489, de España en 1492 y de Portugal en 1497. (4)

Cómo hicieron para sobrevivir, con su identidad intacta, su fe aunque severamente amenazada, aún sólida? Porque creyeron que Dios estaba con ellos, aún en el exilio. Porque estaban sostenidos por la frase del Salmo 23:4 “Aunque transite por el valle de la sombra de la muerte, no temeré por ningún mal, porque Tú estás conmigo.” Porque aún tenían a la Torá, el pacto inquebrantable con su promesa de que “pese a esto, cuando ellos están en la tierra de sus enemigos, no los rechazaré, no los detestaré ni los destruiré completamente, rompiendo mi pacto con ellos, Yo soy el Señor su Dios” (Lev. 26: 44). Porque fue un pueblo acostumbrado a la travesía, sabiendo que todo campamento es una vivienda temporaria.

En la historia no hay nada parecido a esta habilidad judía de viajar, moverse, acompañados sólo por la palabra divina, con la fe puesta en la destinación ulterior. Así fue como comenzó la historia judía, con el llamado de Dios a Abraham que deje su tierra, su lugar de nacimiento, la casa de su padre (Gen. 12: 1). Así continuó la historia judía durante más de cuatro mil años. Fuera de Israel, la única seguridad de los judíos era la fe en sí mismos y en el eterno registro en la Torá, la carta de amor de Dios al pueblo judío, su vínculo inquebrantable. Y durante todos esos siglos, aunque llamado despectivamente “el judío errante”, (5) se convirtieron en el testimonio viviente de la posibilidad de fe en medio de la incertidumbre, en el Dios que hizo posible esta fe, el Dios de todos lados, simbolizado por el Tabernáculo, su hogar portátil.

Y cuando llegó el momento de que los judíos hicieran un viaje más, a la tierra prometida a Abraham, y hacia la cual Moshé empleó su vida como líder en arribar, lo hicieron sin hesitación ni demora. Escenas de partida se repitieron una y otra vez durante los años 1948 a 1951 cuando una comunidad judía tras otra establecidas en las tierras árabes – el Magreb, Iraq, Yemen – dijeron adiós a los hogares en los que habitaron durante siglos y partieron hacia Israel. Ellos sabían que esos hogares eran meros campamentos, etapas en la travesía cuya destinación última yacía en otro lado.

Cómo y por qué ocurrió, está expresado en esas simples palabras de Rashi al final de Éxodo. Aún en estado de reposo, los judíos sabían que algún día debían levantar campamento, desmantelar el tabernáculo y seguir hacia adelante. “Hasta el campamento es llamado ‘travesía’.” Un pueblo que nunca deja de viajar es un pueblo que no envejece, que no se torna desgastado ni complaciente. Puede vivir el aquí-y-ahora, pero estará siempre consciente de su pasado distante y del llamado del futuro.

“Pero tengo promesas que cumplir / y millas que recorrer antes de ir a dormir.”

 

SacksSignature

  1. La frase corresponde a Frank Kermode.The Sense of an Ending, Oxford University Press, 1973.
  2. Rashi para Éxodo 40: 38
  3. “Stopping by woods on a snowy evening” de The Poetry of Robert Frost, London, Vintage, 2001. 224-225.
  4. Paul Johnson, A history of the Jews, Weidenfeld and Nicolson, 1987, 230-231
  5. Ver Galit Hasan Rokem y Alan Dundes, The Wandering Jew: Essays in the interpretation of a Christian Legend, Bloomington, Indiana University Press, 1986.

Leave a Reply