Rabino Sacks Vayakhel 5775 – El Espíritu de Comunidad

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

El Espíritu de Comunidad

Vayakhel – 2015 / 5775

Rabino Sacks Vayakel 5775 [PDF] 

 

¿Qué haces cuando tu pueblo ha hecho un becerro de oro, hace un motín y pierde su sentido ético y su dirección espiritual? ¿Cómo restauras el orden moral – no sólo entonces en los días de Moisés, sino incluso ahora? La respuesta está en la primera palabra de la parsha de hoy: Vayakhel. Pero para entenderla tenemos que volver a trazar dos viajes que fueron entre los más fatídicos en el mundo moderno.

La historia empieza en 1831 cuando dos hombres jóvenes, ambos en sus 20’s, uno de Inglaterra y otro de Francia, trazan viajes de descubrimiento que los cambiaría, y eventualmente cambiaría nuestro entendimiento del mundo. El inglés era Charles Darwin. El francés Alexis de Tocqueville. El viaje de Darwin a bordo del Beagle lo llevó eventualmente a las Islas Galápagos donde empezó a pensar sobre el origen y la evolución de las especies. El viaje de Tocqueville fue para investigar un fenómeno que se convirtió en el título de su libro: Democracia en América.

Aunque los dos hombres estaban estudiando cosas completamente distintas, uno la zoología y biología, y el otro política y sociología,  como veremos, llegaron a conclusiones sorprendentemente similares – la misma conclusión que Dios le enseñó a Moisés después del episodio del becerro de oro.

Darwin, como lo conocemos, hizo una serie de descubrimientos que lo llevaron a la teoría que conocemos como selección natural. Las especies compiten por los escasos recursos y solo el que mejor se adapta sobrevive. Lo mismo, creía Darwin, era verdad en los humanos también. Pero esto le dejó con serios problemas.

Si la evolución es la lucha por sobrevivir, si el fuerte gana y el débil se da contra la pared, entonces en todas partes prevalecería la crueldad. Pero no prevalece. Todas las sociedades valoran el altruismo. Las personas estiman a aquellos que hacen sacrificios en favor de otros. Esto, en términos darwinianos, no parece hacer sentido del todo, y él lo sabía.

El pueblo más valiente, más sacrificado, escribió en El Origen del Hombre “En promedio perecerían en mayor número que otros hombres”. Un hombre noble “a menudo no dejaba descendencia para heredar su noble naturaleza”. Esto parece apenas posible, escribió, la virtud “puede ser incrementada a través de la selección natural, esto es, por la sobrevivencia del más apto”. (1).

Fue la grandeza de Darwin que vio la respuesta, incluso cuando contradecía su tesis general. La selección natural opera en el nivel del individuo. Es un individuo hombre o mujer a quienes pasamos nuestros genes en la próxima generación. Pero la civilización trabaja en el nivel del grupo.

Como lo puso Darwin, “una tribu incluyendo muchos miembros quienes, de poseer un alto grado de espíritu patriota, fidelidad, obediencia, coraje, y simpatía, estaban siempre listos para dar ayuda uno al otro y a sacrificarse a ellos mismos por el bien común, serían victoriosos sobre casi todas las otras tribus; y esto sería la selección natural”. Cómo llegar del individuo al grupo era, dijo, “en el presente demasiado difícil para ser resuelto” (2).

La conclusión fue clara aunque los biólogos al día de hoy todavía argumentan sobre los mecanismos involucrados (3). Sobrevivimos como grupos. Un hombre contra un león: el león gana. Diez hombres contra un león: el león puede perder. Homo sapiens, en términos de fuerza y velocidad, es un pobre jugador cuando se ranquea contra los valores extremos del mundo animal. Pero los seres humanos tienen habilidades únicas cuando se trata de crear y sostener grupos. Tenemos un lenguaje. Nos podemos comunicar. Tenemos cultura. Podemos pasar nuestros descubrimientos a las futuras generaciones. Los humanos formamos un grupo mucho más grande y más flexible que cualquier otra especie, mientras que al mismo tiempo dejamos espacio para la individualidad. No somos hormigas en una colonia o abejas en una colmena. Los humanos son el animal que crea comunidad.

Mientras que en América Alexis de Tocqueville, como Darwin, encaró un gran problema moral que se sintió impulsado a resolver. Su problema, como hombre francés, era tratar de entender el rol de la religión en la América democrática. El sabía que en los Estados Unidos habían votado separar la religión del poder por la vía de la Primera Enmienda, la separación de la iglesia y el estado. Entonces la religión en América no tenía poder. Asumió que tampoco tenía influencia. Lo que descubrió fue exactamente lo opuesto. “No hay país en el mundo donde la religión cristiana retenga tanta influencia sobre las almas de los hombres que en América” (4).

Esto no hacía sentido del todo para Tocqueville, y le pidió a los americanos que se lo explicaran. Le dieron esencialmente la misma respuesta. La religión en América (hablamos de los primeros años de los 1830’s, recuerden) no se involucra en la política. Preguntó a clérigos por qué no. Otra vez fueron unánimes en su respuesta. La política es divisoria. Entonces si la religión se involucraba en la política, también sería divisoria. Por eso la religión se mantenía lejos de los asuntos de los partidos políticos.

Tocqueville prestó cercana atención a lo que la región hacia en América, y llegó a conclusiones fascinantes. Fortalecía el matrimonio, y él creía que matrimonios fuertes eran esenciales en las sociedades libres. Escribió: “Mientras que la familia sienta que se mantiene viva, el oponente de la opresión nunca está solo”.

Esto llevó al pueblo a formar comunidades alrededor del culto. Alentó al pueblo en esas comunidades a actuar juntos por el bien común. El mayor peligro de la democracia, dijo Tocqueville, es el individualismo. La gente llega a preocuparse por ellos mismos y no por los otros. Para los otros, el peligro es que las personas dejan su bienestar al gobierno, un proceso que termina con la pérdida de la libertad mientras que el Estado toma más y más responsabilidad de la sociedad como un todo.

Lo que protege a los americanos contra estos peligros gemelos, dice Tocqueville, es el hecho que, alentados por sus convicciones religiosas, forman asociaciones, caridades, asociaciones de voluntarios, lo que el judaísmo llama jevrot. Al principio desconcertado, después encantado, Tocqueville notó lo rápido que los americanos formaban grupos locales para lidiar con los problemas de sus vidas. Llamó a esto “el arte de la asociación”, y dijo sobre ello que era “el aprendizaje de la libertad”.

Todo esto era lo opuesto a lo que él (Tocqueville) conocía de Francia, donde la religión en la forma de la Iglesia Católica tenía mucho poder pero poca influencia. En Francia, dijo, “Había visto casi siempre el espíritu de la religión y el espíritu de la libertad marchando en direcciones opuestas. Pero en América encontré que estaban íntimamente unidas y que reinaban en común sobre el mismo país” (5).

Entonces la religión guardó los “hábitos del corazón” esenciales a mantener la libertad democrática. Santifica el matrimonio en el hogar. Guarda la moral pública. Lleva al pueblo a trabajar junto en localidades para resolver problemas por ellos mismos más que dejarle los problemas al gobierno. Si Darwin descubrió que el hombre es el animal que crea comunidad, Tocqueville descubrió que la religión en América es la institución que construye la comunidad.

Y todavía lo es. El sociólogo de Harvard Robert Putnam se volvió famoso en los 1990’s por su descubrimiento que más americanos que nunca está yendo a jugar bolos, pero cada vez menos van a clubs de boliche y a las ligas de boliche. Tomó esto como una metáfora para una sociedad que se ha convertido más individualista más que comunitaria. Lo llamó Jugando solo a los bolos (6). Era una frase que sumaba la pérdida del “capital social”, que es el alcance de las redes sociales a través del cual las personas se ayudan mutuamente.

Años más tarde, después de una exhaustiva investigación, Putnam revisó su tesis. Una poderosa tienda de capital social todavía existe y se puede encontrar en los lugares de culto. Los datos de la encuesta demostraron que las personas que frecuentemente asisten a la iglesia o a la sinagoga son más tendientes a dar dinero a la caridad, a hacer trabajo comunitario para una caridad, dar dinero a una persona sin hogar, pasar tiempo con alguien que se siente deprimido, ofrecer el asiento a un extraño, o ayudar a alguien a encontrar un trabajo. En casi todas las medidas, las personas que van a la iglesia o a la sinagoga son demostrablemente más altruistas que otras que no van a los lugares de culto.

Si altruismo va más allá de esto. Quienes rinden culto con frecuencia son significativamente ciudadanos más activos. Son más tendientes a pertenecer a organizaciones comunitarias, grupos cívicos o vecinales y a asociaciones profesionales. Se involucran, aparecen y lideran. El margen de diferencia entre estas personas y las más seculares es grande.

Probados en actitudes, religiosidad medida por su asistencia a la iglesia o a la sinagoga es el mejor predictor de altruismo y empatía: mejor que la educación, edad, ingreso, género o raza. Quizá lo más interesante de los descubrimientos de Putnam es que estos atributos no son relacionados con las creencias religiosas sino a la frecuencia con la que las personas asisten a los lugares de culto (7).

La religión crea comunidad, la comunidad crea altruismo, el altruismo nos aleja de nosotros mismos y nos acerca al bien común. Putnam va tan lejos como para especular que un ateo que fue regularmente a la sinagoga (quizá debido a que su cónyuge le hacía ir) sería más probable que sea voluntario o de dinero a la caridad que un creyente religioso que reza solo. Hay algo sobre el tenor de las relaciones con una comunidad que hacen el mejor tutorial de ciudadanía y  buena vecindad.

Lo que Moisés tuvo que hacer después del becerro de fue Vayakhel: llevar a los israelitas hacia una kehila, una comunidad. Lo hizo con el obvio sentido de restaurar el orden. Cuando Moisés bajó de la montaña y vio el becerro, la Torah dice que el pueblo estaba peruah, queriendo decir “salvaje, desordenado, caótico, revoltoso, tumultuoso”. Moisés “vio que el pueblo estaba salvaje y que Aarón los había dejado salirse de control y convertirse en un hazmerreír para sus enemigos”. El pueblo no era una comunidad sino una multitud.

Moisés lo hizo en un sentido más fundamental como lo vemos en el resto de la parsha. Empezó por recordar al pueblo de las leyes de Shabbat. Entonces les instruyó a construir el mishkan, el santuario, como un hogar simbólico para Dios.

¿Por qué estos dos mandamientos más que cualquier otros? Porque Shabbat y el mishkan son las dos formas más poderosas de construir comunidad. La mejor forma  de convertir a un grupo diverso, desconectado en un equipo, es hacerles construir algo juntos (8). Por eso el mishkan. La mejor manera de fortalecer las relaciones es dejar un tiempo para dedicarlo no a la búsqueda individual del interés común, sino a las cosas que compartimos, orando juntos, estudiando Torah juntos, y celebrando juntos: en otras palabras, Shabbat. Shabbat y el mishkan son las dos más grandes experiencias de construir comunidad de los israelitas en el desierto.

Más que esto: en el judaísmo, la comunidad es esencial para la vida espiritual. Nuestras oraciones más sagradas requieren un minyan. Cuando celebramos o lloramos lo hacemos como una comunidad. Incluso cuando nos confesamos, lo hacemos juntos. Maimónides pauta que “Aquel que se separa a sí mismo de la comunidad, incluso cuando no comete transgresiones sino meramente se mantienen a distancia de la congregación de Israel, no cumple con los mandamientos junto con su pueblo, se muestra a si mismo indiferente a su angustia y no observa los días de ayuno sino que va en su propio camino como una de las naciones que no pertenece al pueblo judío – tal persona no tiene ninguna parte en el mundo por venir” (9).

No siempre se ha visto así la religión. Plotino llamó a la búsqueda religiosa el vuelo del solo al Solo. Dean Inge dijo que la religión es lo que hace un individuo con su soledad. Jean-Paul Sartre dijo notoriamente: el infierno son los otros. En el judaísmo, es como una comunidad que nos encontramos ante Dios. Para nosotros la relación clave no es yo-Tú, sino Nosotros-Tú.

Vayakhel por tanto, no es un episodio ordinario en la historia de Israel. Marca una visión necesaria para emerger de la crisis del becerro de oro. Encontramos a Dios en comunidad. Nosotros desarrollamos virtud, fortaleza de carácter, y compromiso al bien común en comunidad. La comunidad es local. Es la sociedad con una cara humana. No es el gobierno. No es la gente a la que le pagamos para ver por el bien estar de otros. Es el trabajo que hacemos nosotros, juntos.

 

La comunidad es el antídoto al individualismo por un lado y la sobre-confianza en el estado del otro. Darwin entendió la importancia del humano floreciente. Tocqueville vio su rol en proteger la libertad democrática. Robert Putman ha documentado su valor en sostener el capital social y el bien común. Y empezó con nuestra parsha, cuando Moisés convirtió a una multitud rebelde en una kehila, una comunidad.

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(1) Charles Darwin, El Origen del Hombre – The Descent of Man, Princeton University Press, 1981, 158-84.

(2) Ibid., 166.

(3) Este es el argumento entre E. O. Wilson and Richard Dawkins. See Edward O.Wilson, La Conquista Social de la Tierra – The Social Conquest of Earth, New York: Liveright, 2012. Y la revisión de Richard Dawkins en la revista Prospect Magazine, Junio 2012.

(4) Alexis de Tocqueville, Democracia en América – Democracy in America, condensado con una introducción de Thomas Bender, New York, Modern Library, 1981, 182.

(5) Ibid., 185.

(5) Robert D. Putnam, Jugando solo a los Bolos: El Colapso y Renacimiento de la Comunidad Americana – Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. New York: Simon & Schuster, 2000.

(7) Robert D. Putnam and David E. Campbell. La gracia Americana: Cómo la religión nos Divide y Nos une – American Grace: How Religion Divides and Unites Us. New York: Simon & Schuster, 2010.

(8) Ver Jonathan Sacks, El Hogar que Construimos Juntos – The Home We Build Together, Continuum, 2007.
(9) Maimonides, Hilkhot Teshuvah 3: 11.

 

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