Rabino Sacks Trumá 5777 – La arquitectura de la santidad

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La arquitectura de la santidad  

Trumá – 25 de febrero, 2017 / 29 Shvat 5777

Rabino Sacks Teruma 5777 [PDF] 

Desde aquí hasta el final del libro de Éxodo la Torá describe, con minucioso detalle y gran extensión, la construcción del Mishkan, la primera casa de culto colectiva del pueblo judío. Se dan instrucciones precisas para cada elemento – el tabernáculo en sí, los marcos y los cortinados, y varios de los objetos contenidos en él – incluyendo sus dimensiones.

Por ejemplo leemos:

“Haz el tabernáculo con diez cortinas de lino finamente trenzado y con hilado de color azul, violeta y rojo, con querubines bordados en ellas por artesano calificado. Todas las cortinas serán del mismo tamaño – veintiocho cúbitos de largo y 4 cúbitos de ancho…Haz las cortinas de pelo de cabra para la tienda que cubre el tabernáculo – once en total. Las once cortinas tendrán el mismo tamaño – treinta cúbitos de largo y cuatro de ancho..Construye los marcos verticales de madera de acacia para el tabernáculo. Cada marco tendrá diez cúbitos de largo y un cúbito y medio de ancho…” (Ex. 26: 1-16)

            Y así sucesivamente. Pero por qué debemos saber cuál era el tamaño del tabernáculo? No iba a ser usado eternamente. Su función principal era durante los años de travesía por el desierto. Eventualmente fue reemplazado por el Templo, una estructura más grande y esplendorosa. Cuál puede ser entonces, el significado de las dimensiones de esta construcción modesta y portátil para la eternidad?

Para expresar la cuestión más críticamente aún: la idea misma de un tamaño específico para la casa de la Shejiná, la Divina presencia, no será fuente de confusión? Un Dios trascendente no puede estar contenido en un espacio, Salomón lo expresó de esta forma:

“Pero ciertamente vivirá Dios en la tierra? Los cielos, aún el cielo más elevado no Lo puede contener. Cuánto menos lo podrá hacer este templo que yo he construido.” (1Reyes 8: 27)

Isaías dijo algo parecido referente en nombre de Dios:

“El cielo es Mi trono y la tierra Mi taburete. Dónde está la casa que construirás para Mí? Dónde estará Mi lugar de descanso?” (Isa. 66: 1)

Por lo tanto ningún espacio físico, por más amplio que sea, es lo suficientemente grande. Por otra parte, ningún espacio es demasiado pequeño. Así lo cuenta un impactante midrash:

Cuando Dios le dice a Moshé ‘Hazme un tabernáculo,’ Moshé le dice atónito, ‘La gloria del Santo bendito sea, llena el cielo y la tierra, y sin embargo ordena ‘Hazme un tabernáculo?’…Dios le contesta: no como piensas tú pienso Yo. Veinte tablas al norte, veinte al sur y ocho al oeste son suficientes. En efecto, descenderé y confinaré Mi presencia hasta en un cúbito cuadrado.’ (Shemot Rabá 34: 1)

Entonces qué diferencia podía haber si el tabernáculo era grande o chico? De cualquier forma era un símbolo, un foco de la Divina presencia que está en todo lugar en que haya seres humanos que abran sus corazones a Dios. Sus dimensiones no deberían importar.

Yo encontré la respuesta a esta pregunta en forma indirecta e inesperada hace unos años. Había ido a la universidad de Cambridge para participar en una charla sobre ciencia y religión. Cuando terminó la sesión, un integrante del auditorio se acercó, una persona callada, humilde, y me dijo, “Yo he escrito un libro que creo que le puede interesar. Le voy a mandar un ejemplar.” En ese momento yo no sabía quién era.

Una semana más tarde llegó el libro. Se llamaba ‘Sólo seis números’, subtitulado ‘Las fuerzas profundas que modelan el universo’. Con asombro descubrí que el autor era el entonces Sir Martin, ahora barón Rees, astrónomo Real, que luego fue presidente de la Real Sociedad, la más antigua y famosa entidad científica del mundo, y Master del Trinity College de Cambridge. En 2011 recibió el premio Templeton. Yo había estado charlando con el científico más distinguido de Inglaterra. Su libro era fascinante. Explicaba que el mundo está moldeado por seis constantes matemáticas que, si hubieran variado una millonésima o trillonésima de grado, habría significado el fin del universo, o por lo menos el fin de la vida. Si la fuerza de gravedad fuera ligeramente distinta, por ejemplo, el universo se habría expandido o implosionado de tal forma que no se formarían estrellas ni planetas. Si la eficiencia nuclear fuera ligeramente menor el cosmos consistiría solamente de hidrógeno y ninguna forma de vida habría aparecido. Si hubiera sido apenas mayor, habría una rápida evolución estelar y posterior decadencia, no dando tiempo para la evolución de la vida. La combinación de improbabilidades era inmensa.

Los comentaristas de la Torá, especialmente la ya fallecida Nejama Leibowitz, llamaron la atención sobre el hecho de que la terminología utilizada para la construcción del tabernáculo es la misma empleada para la descripción de la creación del universo por Dios. En otras palabras, el tabernáculo era un microcosmos, un recordatorio simbólico del mundo que hizo Dios. El hecho de que la Divina presencia haya descansado en él, no quiere sugerir que Dios está allí y no aquí, en este lugar y no en este otro. Quiere señalar, en forma potente y palpable, que Dios existe en todo el cosmos. El tabernáculo era una estructura especular hecha por el hombre para llamar la atención sobre el universo creado por la Divinidad. Era en el espacio, lo que el Shabat es en el tiempo: un recordatorio de la creación.

Las dimensiones del universo son precisas, matemáticamente exactas. Si se hubieran desviado en una fracción de grado, el universo, o la vida, no existirían. Sólo ahora los científicos están comenzando a percibir el grado de precisión, y todo este conocimiento resultará rudimentario para las generaciones futuras. Estamos al borde de un salto cuántico de nuestra comprensión de la profundidad de las palabras “Cuántas son tus obras, Señor; todas con sabiduría Tú las has hecho” (Sal. 104:24). La palabra “sabiduría” aquí – como ocurre tantas veces en el relato de la construcción del tabernáculo – significa “precisión, construcción exacta” (ver Maimónides, Guía para los Perplejos, III: 54)

Sólo en otro sitio de la Torá hay tanto énfasis en las medidas precisas: el arca de Noaj: “Entonces constrúyete un arca de madera de ciprés. Haz recintos en él y recúbrelos con brea por dentro y por afuera. Esta es la forma de realizarlo: el arca tendrá trescientos cúbitos de largo, cincuenta cúbitos de ancho y treinta cúbitos de alto. Construye un techo, dejando bajo el techo una abertura de un cúbito de alto en todo el perímetro” (Gen. 6: 14-16). El razonamiento es similar al caso del tabernáculo. El arca de Noaj simbolizaba el mundo en su construcción de orden Divino, el orden que los hombres arruinaron por su violencia y corrupción. Dios estaba por destruir al mundo, dejando sólo a Noaj, el arca y su contenido, como símbolos del vestigio de orden que quedaba, base sobre la cual Dios crearía un nuevo orden.

La precisión cuenta. El orden cuenta. El desplazamiento de solo algunas de las 3.1 billones de letras del genoma humano pueden conducir a alteraciones genéticas devastadoras. El famoso “efecto mariposa” – el aleteo de una mariposa en un lugar, puede causar un tsunami en otro lado, a miles de kilómetros de distancia – nos indica que pequeñas acciones pueden tener grandes consecuencias. Ese es el mensaje que quiere transmitir el tabernáculo.

Dios crea el orden en el universo natural. Nosotros estamos encargados de crear el orden en el universo humano. Eso implica un cuidado extremo en lo que decimos, lo que hacemos y lo que debemos contenernos de hacer. Hay una coreografía precisa para la vida moral y espiritual como la hay en la arquitectura precisa del tabernáculo. Ser bueno, específicamente ser santo, no consiste en actuar como nos impulsa el espíritu. Consiste en alinearnos con el Deseo que hizo al mundo. Ley, estructura, precisión: de estas cosas está hecho el cosmos, y sin ellos, no sería. Fue la señal de que lo mismo que se aplica al comportamiento humano, la Torá lo plantea con las dimensiones precisas del tabernáculo y del arca de Noé.

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