Rabino Sacks Teruma 5775 – La Gratitud del Trabajo

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

La Gratitud del Trabajo

Teruma – 2015 / 5775

Rabino Sacks Teruma 5775 [PDF] 

Hay un importante principio en el judaísmo, una fuente de esperanza y también uno de los principios estructurales de la Torah. Es el principio que Dios creó la cura antes de la enfermedad. Las cosas malas pueden suceder pero Dios ya nos dio el remedio si sabemos dónde buscarlo.

Entonces por ejemplo en Jukat leemos sobre las muertes de Miriam y Aarón y cómo a Moisés le fue dicho que moriría en el desierto sin entrar en la Tierra Prometida. Este es un encuentro pavoroso con la mortalidad. Sin embargo y antes de esto, primero escuchamos la ley del novillo rojo, el rito de purificación después del contacto con la muerte. La Torah lo ha puesto aquí para asegurarnos en avanzada que podamos ser purificados después de cualquier duelo. La mortalidad humana no nos impide finalmente estar en presencia de la inmortalidad Divina.

Esta es la clave para entender Teruma. Aunque no todos los comentaristas están de acuerdo, su real significancia es que es la respuesta de Dios en avance al pecado del becerro de oro. En estrictos términos cronológicos aquí está fuera de lugar.  Esta parasha de Teruma (y Tetzave) deberían haber aparecido después de Ki Tisa, la que cuenta la historia del becerro. Está puesto aquí antes del pecado para decirnos que la cura existió antes que la enfermedad, el tikkun (la reparación) antes del kilkul (el daño), el zurcido antes de la fractura, la rectificación antes del pecado.

Entonces para entender Teruma y el fenómeno del mishkhan, el Santuario y todo lo que implica, primero tenemos que entender lo que sucedió mal en el tiempo del becerro de oro. Aquí la Torah es muy sutil y nos da, en Ki Tisa, una narrativa que puede ser entendida en tres niveles muy diferentes.

El primero y más obvio es que el pecado del becerro de oro fue por el fracaso de liderazgo de Aarón. Esta es una abrumadora impresión que recibimos sobre la primera lectura de Éxodo 32. Sentimos que Aarón debió de haber resistido el clamor del pueblo. El debió haberles dicho que fueran pacientes. Debió de haberles demostrado liderazgo. No lo hizo. Cuando Moisés baja de la montaña y le pregunta qué ha hecho, Aarón responde:

“No estés enojado, mi señor. Sabes lo propensas que son estas personas al mal. Me dijeron ‘Haznos un oráculo que nos lidere, ya que no sabemos lo que le ha pasado a Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto. Entonces les dije, ‘Quien sea que tenga cualquier joya de oro, que se la quite’. Entonces me dieron el oro, y lo aventé al fuego, y ¡entonces se forjó este becerro!” (Ex. 32:22-24).

Esto es un fracaso de la responsabilidad. También es un espectacular caso de negación (“Aventé el oro al fuego, y ¡entonces se forjó este becerro!” (1). Entonces la primera lectura de la historia es la del fracaso de Aarón. Pero sólo la primera. Una lectura más profunda sugiere que es sobre Moisés. Fue su ausencia del campamento lo que creó la crisis en primer lugar. “El pueblo empezó a darse cuenta que le estaba tomando mucho tiempo a Moisés regresar de la montaña. Se reunieron alrededor de Aarón, y le dijeron “Haznos un oráculo que nos lidere. No tenemos idea de lo que le ocurrió a Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto” (Ex. 32:1).

Dios le dijo a Moisés lo que estaba ocurriendo y le dijo: “Baja, ya que tu pueblo, al que sacaste de Egipto, ha forjado ruina” (32:7). El trasfondo es claro. “Baja”, sugiere que Dios le está diciendo a Moisés que su lugar está con el pueblo a los pies de la montaña, no con Dios en la cima. “Tu pueblo” implica que Dios le está diciendo a Moisés que el pueblo era su problema, no el de Dios. El estaba a punto de renegar del pueblo.

Moisés apremiadamente reza a Dios por perdón, entonces descendió. Lo que sigue es un torbellino de acción. Moisés desciende, ve lo que ha pasado, rompe las tablas, quema al becerro, mezcla sus cenizas con agua y hace que el pueblo las beba, entonces pide ayuda en castigar a los que hicieron el mal. Él se ha convertido en el líder en el medio del pueblo, restaurando el orden donde un momento antes había caos. Sobre esta lectura la figura central fue Moisés. Él había sido el líder más fuerte de los fuertes. El resultado, fue que cuando él no estaba, el pueblo sintió pánico. Esa es la desventaja de un liderazgo fuerte.

Pero entonces sigue un capítulo, Éxodo 33, que es uno de los  capítulos de la Torah más duros de entender. Empieza con Dios anunciando que, aunque Él enviará a un “ángel” o “mensajero” que acompañe al pueblo el resto de su viaje, Él Mismo no estaría en el medio “porque sois un pueblo terco y podría destruiros en el camino”. Esto estresa profundamente al pueblo (33:16).

En los versos 12-23, Moisés reta a Dios con este veredicto. Él quiere que la presencia de Dios vaya con el pueblo. Le pregunta “Déjame conocer Tus caminos” y “Rezo déjame ver Tu gloria”. Esto es difícil de entender. El intercambio completo entre Moisés y Dios, uno de los más intensos en la Torah, ya no es sobre pecado y perdón. Parece casi ser una búsqueda metafísica de la naturaleza de Dios. ¿Cuál es la conexión con el becerro de oro?

Esto es lo que pasa entre estos dos episodios que son los más confusos de todos. El texto dice que Moisés “tomó su tienda y la lanzó para él mismo fuera del campamento, lejos del campamento” (33:7). Esto seguramente debió haber sido precisamente el mal hacer. Si, como Dios y el texto han implicado, el problema había sido la distancia de Moisés como líder, la única cosa más importante que hacer ahora, para él, debió ser quedarse en el medio del pueblo, no posicionarse a sí mismo fuera del campamento. Además, la Torah justamente nos acaba de decir que Dios ha dicho que Él no estará en medio del pueblo – y esto causó estrés en el pueblo. La decisión de Moisés de hacer lo mismo seguramente habrá doblado su estrés. Algo profundo está pasando aquí.

Me parece a mí que en Éxodo 33 Moisés está tomando el acto más valiente de su vida. Le está diciendo a Dios “No es mi distancia la que es el problema. Es Tu distancia. El pueblo está aterrorizado de Ti. El pueblo ha atestiguado Tu abrumador poder. Te ha visto hacer que el más grande imperio caiga sobre sus rodillas. Te han visto convertir el mar en tierra seca, bajar comida del cielo y sacar agua de una roca. Cuando el pueblo escuchó Tu voz en el Monte Sinaí, vinieron a mi rogándome ser un intermediario. Me dijeron, ‘Tú nos hablas y nosotros escucharemos, pero no dejes que Dios nos hable para no morirnos’ (Ex. 20:16). Hicieron un becerro no porque quisieran alabar a un ídolo, sino porque querían un símbolo de Tu presencia que no fuera terrorífico. El pueblo Te necesita cerca. Necesita sentirte no en la cima de la montaña sino en el medio del campamento. E incluso si no pueden ver Tu cara, porque nadie puede hacerlo, al menos deja que vean algún signo visible de Tu gloria”.

Esto, me parece a mí, es la petición de Moisés que se ve respondida en la parsha de esta semana. “Deja que hagan para Mí un santuario en el que pueda habitar en medio de ellos” (25:8). Esta es la primera vez en la Torah que escuchamos el verbo sh-kh-n que significa “habitar” en relación a Dios. Como sustantivo literalmente significa “un vecino”. De esto se deriva una palabra clave en el judaísmo post-bíblico, Shekhinah, que significa la inmanencia de Dios como opuesta a su trascendencia, Dios-como-Uno-quien-está-cerca, la osada idea de Dios tan cerca como un vecino cercano.

En términos de teología de la Torah, la idea de un mishkan, un santuario o Templo, un hogar “físico” para la “gloria de Dios” es profundamente paradójica. Dios está más allá del espacio. Como dijo el Rey Salomón al inaugurar el primer Templo, “Mirad los cielos y los cielos de los cielos no Te pueden abarcar, ¿cuánto menos esta casa?”.  O como Isaías dijo en el nombre de Dios: “Los cielos son Mi trono y la tierra es Mi escabel. ¿Qué casa deberás construir para Mi, dónde puede ser Mi lugar de descanso?”.

La respuesta, como los místicos judíos han enfatizado, es que Dios no vive en una construcción sino en los corazones de quien la construye: “Deja que me hagan un santuario y habitaré entre ellos” (Ex. 25:8) – “entre ellos”, no “en el”. ¿Cómo sucedió esto? ¿Qué acto humano causa que la Divina presencia viva dentro del campamento, de la comunidad? La respuesta es el nombre de nuestra parasha, Teruma, significando, un regalo, una contribución.

“El Señor habló a Moisés diciendo, ‘Dile a los israelitas que Me traigan una ofrenda. Tú deberás recibir la ofrenda para Mi de cada uno lo que su corazón le mueva a dar”. Esto resultó ser el punto de inflexión en la historia judía.

Hasta ese momento los israelitas habían sido recipientes de los milagros y salvaciones de Dios. Él los había rescatado de la esclavitud a la libertad e hizo milagros para ellos. Había sólo una cosa que Dios no había hecho todavía, a saber, dar a los israelitas la chance de regresar algo a Dios. La misma idea suena absurda. ¿Cómo podemos, nosotros creación de Dios, darle algo de regreso a Dios quien nos hizo? Todo lo que tenemos es Suyo. Como dijo David, en la reunión a la que él llamó al final de su vida para iniciar la construcción del Templo:

Riqueza y honor vienen de ti; tú eres el gobernador de todas las cosas…¿Quién soy yo, y quiénes mi pueblo, que podamos dar tan generosamente como esto? Todo viene de ti, y nosotros te hemos dado solo que viene de tu mano (I Crónicas 29:12, 14).

Esa finalmente es la lógica del mishkan. El regalo más grande de Dios para nosotros es la posibilidad de dar para Él. Desde una perspectiva judía la idea está cargada con riesgo. La idea de que Dios pueda estar en necesidad de regalos es muy cercana al paganismo o la herejía. Sin embargo, conociendo el riesgo, Dios se permitió a Sí mismo ser persuadido por Moisés de causar a Su espíritu descanso dentro del campamento y permitir que los israelitas le dieran algo de regreso a Dios.

En el corazón de la idea del santuario está lo que Lewis Hyde bellamente describió como el trabajo de la gratitud. Su estudio clásico, El Regalo, (2) ve hacia el rol de dar y recibir regalos, por ejemplo, en momentos críticos de transición. Cita la historia talmúdica de un hombre cuya hija está a punto de casarse, pero que se le ha dicho que ella no sobrevivirá al final del día. La mañana siguiente el hombre visitó a su hija y vio que todavía estaba viva. Sin saberlo ninguno de los dos, cuando ella colgó su sombreo después de la boda, el perno perforó una serpiente que de otra manera la hubiera picado y matado. El padre quería saber lo que su hija había hecho para merecer la intervención divina. Ella respondió “Un hombre pobre vino ayer a la puerta. Todos estaban tan ocupados con la preparación de la boda que no se dieron tiempo de atenderlo. Entonces tomé la porción que estaba pensada para mí y se la di”. Fue este acto de generosidad lo que fue la causa de su liberación milagrosa (3).

La construcción del santuario fue fundamentalmente importante porque le dio a los israelitas la chance de regresarle a Dios. Más tarde la ley judía reconocería que dar es una parte integral de la dignidad humana cuando hicieron la notable ley de que incluso un pobre que depende completamente de la caridad sigue siendo obligado a dar caridad (4). Estar en una situación donde sólo recibes, y no das, es carecer de dignidad humana.

El mishkan se convirtió en el hogar de la Divina presencia porque Dios especificó que será construido solo de contribuciones voluntarias. Dar crea una sociedad con gracia al permitirnos hacer nuestra contribución al bien público. Por eso es que construimos el santuario como una cura para el pecado del becerro de oro. Un pueblo que solo recibe y no puede dar, está atrapado en la dependencia de carecer de respeto a sí mismo. Dios permitió al pueblo acercarse a Él, y Él a ellos, dándoles la oportunidad de dar.

Por eso es que una sociedad basada en derechos y no en responsabilidades, sobre la que reclamamos pero no damos a los demás, siempre eventualmente irá mal. Por eso es que lo más importante en un regalo que un padre le da un hijo es la oportunidad de devolver. La etimología de la palabra Teruma insinúa esto. Significa, no una simple contribución, sino literalmente algo “levantado”. Cuando damos, no es solo nuestra contribución sino nosotros mismos quienes somos levantados. Sobrevivimos por lo que nos es dado, pero alcanzamos la dignidad por lo que damos.

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(1) En Deuteronomio 9:20, Moisés revela un hecho que ha sido mantenido en secreto para nosotros hasta este punto: “Dios también expresó un gran enojo hacia Aarón, amenazando con destruirle, entonces en ese momento, también recé por Aarón”.

(2) Lewis Hyde, El regalo: Cómo el Espíritu Creativo Transforma al Mundo – The Gift: How the Creative Spirit Transforms the World. Edinburgh: Canongate, 2006.

(3) Shabbat 156b.

(4) Maimonides Hilkhot Shekalim 1: 1, Mattenot Ani’im 7: 5.

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