Rabino Sacks Mishpatim 5777 – El empujón de Dios

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

El empujón de Dios  

Mishpatim – 25 de febrero, 2017 / 29 Shvat 5777

Rabino Sacks Mishpatim 5777 [PDF] 

En primera instancia, en Itró, estuvieron los aseret hadibrot, las “diez exclamaciones” o principios generales. Ahora en Mishpatim aparecen los detalles. Comienzan de esta forma:

Si compras un sirviente hebreo, debe servirte por seis años. Pero en el séptimo año quedará libre, sin que tenga que pagar nada… Pero si el sirviente declara “Yo quiero a mi amo, a mi mujer y a mis hijos y no deseo quedar libre,” entonces el amo debe llevarlo ante los jueces. Será conducido a una puerta o al marco de la misma, será perforada su oreja con un punzón, y será su sirviente de por vida. (Ex. 21: 2-6)

Acá hay una pregunta obvia: por qué comenzar aquí? Hay 613 preceptos en la Torá. Por qué Mishpatim, el primer código legal, comienza en este lugar?

La respuesta es igualmente obvia. Los israelitas sufrieron por la esclavitud en Egipto. Debía haber ocurrido por alguna razón, ya que Dios sabía que eso iba a acontecer. Evidentemente era Su intención  que ocurriera. Siglos antes ya le había dicho Dios a Abraham qué era lo que iba a pasar:

Al atardecer Abram cayó en un sueño profundo, y una oscuridad densa y atemorizante lo envolvió. Entonces el Señor le dijo a él: “Debes saber con certeza que durante cuatrocientos años tus descendientes serán extranjeros en un país que no es el suyo y que serán esclavizados y maltratados allí. “ (Gen. 15: 12-13)

Aparentemente esta era una primera experiencia necesaria destinada a constituir a los israelitas como nación. Desde el comienzo mismo de la historia humana, el Dios de la libertad buscó que hubiera un culto libre, de seres humanos libres, pero uno tras otro, el pueblo abusó de esa libertad; primero Adán y Eva, después Caín, luego la generación del Diluvio y por último los constructores de Babel.

Dios comenzó nuevamente, esta vez no con toda la humanidad, sino con un hombre, una mujer, una familia, que serían los pioneros de la libertad. Pero la libertad es difícil. La buscamos para nosotros, pero se la negamos a otros cuando la de ellos entra en conflicto con la nuestra. Tan profunda es esta verdad que luego de que transcurrieran sólo tres generaciones de los hijos de Abraham, los hermanos de Yosef estaban dispuestos a venderlo a él como esclavo: una tragedia que sólo terminó cuando Judá estuvo dispuesto a entregar su propia libertad con tal de que su hermano Benjamín quedara libre.

Fue necesaria la experiencia colectiva de los israelitas, su profunda, íntima, personal, esforzada y amarga experiencia de la esclavitud – una memoria que jamás debería olvidar – para transformarlos en un pueblo que nunca más entregue a sus hermanas y hermanos a la esclavitud, en un pueblo capaz de construir una sociedad libre, el más difícil logro en el ámbito de la vida humana.

Por lo tanto no resulta sorprendente que las primeras leyes enunciadas después del Sinaí se refieran a la esclavitud. Habría sido una sorpresa que tratara sobre cualquier otra cosa. Pero ahora viene la verdadera cuestión: si Dios no quiere la esclavitud, si la considera una ofensa a la condición humana, por qué no la abolió de inmediato? Por qué permitió que continúe aún restringida y regulada? Es concebible que Dios, que puede hacer manar agua de una piedra, arrojar maná del cielo, y transformar el mar en tierra firme, no pueda cambiar el comportamiento humano? Es que hay áreas donde el Todopoderoso no tiene, por así decirlo, poder?

En el año 2008 el economista Richard Thaler y el profesor de derecho Cass Sunstein publicaron un libro fascinante llamado Nudge (empujón). En él trataron el problema fundamental de la lógica de la libertad. Por un lado, la libertad depende de evitar una legislación excesiva. O sea, crear un espacio dentro del cual el pueblo tiene el derecho de elegir por sí mismo.

Por el otro lado, sabemos que la gente no siempre elige correctamente. El antiguo modelo en el que estaba basado la economía clásica, que en la intimidad la persona elegirá racionalmente, resultó inexacta. Somos profundamente irracionales, descubrimiento al que varios académicos judíos han hecho importantes contribuciones. Los psicólogos Solomon Asch y Stanley Milgram demostraron cuánto influye nuestro deseo de conformar, aun sabiendo que la otra gente se equivoca. Los economistas israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que cuando tomamos decisiones económicas, frecuentemente calculamos mal los efectos que producirán y no alcanzamos a reconocer nuestras motivaciones, hallazgo este que le significó a Kahneman recibir el premio Nobel.

Cómo hacer para evitar que la gente cause daño sin restringirle la libertad? La respuesta de Thaler y Sunstein es que hay acciones indirectas mediante las cuales se puede influenciar a las personas. En una cafetería, por ejemplo, se pueden resaltar los alimentos sanos y dejar la comida chatarra en un lugar más inaccesible y menos visible. Es posible ajustar sutilmente lo que se llama la “arquitectura de la elección” de la gente.

Eso es exactamente lo que hace Dios con el tema de la esclavitud. No la suprime, pero la circunscribe tanto, que pone en marcha un proceso que efectivamente, aún después de muchos siglos, la gente la abolirá por su propia voluntad.

Un esclavo hebreo se libera después de seis años. Si se ha acostumbrado tanto a su condición que no desea ser libre, está obligado a protagonizar una ceremonia estigmatizante, la perforación de una oreja, que quedará como una señal visible de vergüenza para siempre. En Shabat, no se puede obligar a los esclavos a trabajar. Todas estas medidas tienden a transformar el destino de esclavitud de por vida en una condición temporaria, que se percibe como una humillación más que algo inscripto en forma indeleble en el ser humano.

Por qué hacer las cosas de esta manera? Porque la gente debe elegir libremente abolir la esclavitud si es que en realidad, quieren ser libres. Tuvo que transcurrir un período de terror después de la Revolución Francesa, para demostrar cuán errado estaba Rousseau cuando escribió en el Contrato Social que había que obligar a la gente a ser libre. Esa es una contradicción intrínseca que llevó, según el título de la gran obra de J.L. Talmon respecto del pensamiento de la revolución francesa, a la democracia totalitaria.

Dios puede cambiar la naturaleza, dijo Maimónides, pero no puede, o no quiere, cambiar la naturaleza humana, precisamente porque el judaísmo fue construído sobre el principio de la libertad humana. Entonces no pudo abolir la esclavitud de un momento para otro, pero Él pudo cambiar la arquitectura de nuestra elección, o, en pocas palabras, darnos un empujón, señalando que la esclavitud está mal, y que nosotros debemos ser los que la abolimos, en nuestro propio tiempo, por medio de nuestro propio entendimiento. Efectivamente, llevó mucho tiempo, y en Estados Unidos, no sin una guerra civil. Pero ocurrió.

En algunas instancias Dios nos da un empujón. Lo demás ya depende de nosotros.

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