Rabino Sacks Itro 5775 – La estructura de la buena sociedad

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

La estructura de la buena sociedad

Itro – 2015 / 5775

Rabino Sacks Itro 5775 [PDF] 

En la Cámara de los Lores hay una sala especial que se usa, entre otras cosas, como el lugar donde los nuevos colegas son investidos antes de su introducción a la Cámara. Cuando mi predecesor Lord Jakobovits fue introducido, el oficial que lo invistió comentó que él era el primer rabino en ser honrado en la Cámara Alta. Lord Jakobovits respondió, “No, soy el segundo”, “¿Quién fue el primero?” preguntó con sorpresa el oficial. Lord Jakobovits apuntó a un gran mural que decora la sala que le da su nombre. Se conoce como la Sala Moisés por la pintura que domina la sala. Demuestra a Moisés trayendo los Diez Mandamientos bajando el Monte Sinaí. Entonces Moisés fue el primer rabino en adornar la Cámara de los Lores.

Los Diez Mandamientos que aparecen en la parsha de esta semana han tenido un lugar especial no sólo en el judaísmo sino también en las fronteras de la configuración de los valores que llamamos ética judeocristiana. En los Estados Unidos a menudo se encuentran adornando los juzgados americanos, aunque su presencia ha sido retada, en algunos estados con éxito, sobre las bases de que rompen la primera enmienda y la separación del estado y la iglesia. Siguen siendo la expresión suprema de la más alta ley a la que la ley humana está ligada.

Dentro del judaísmo también tienen un lugar especial. En los tiempos del Segundo Templo se recitaban en las oraciones diarias como parte del Shema, que entonces tenía cuatro párrafos en lugar de tres (1). Fue hasta que los sectarios empezaron a reclamar que solo estos y no los otros 603 mandamientos vinieron directamente de Dios que se terminó con la recitación de los diez mandamientos (2).

No obstante, el texto se retuvo en la mente judía. Incluso cuando se removió de las oraciones diarias comunales, fue preservado en el libro de oraciones como una meditación privada a ser dicha después de que el servicio formal ha sido concluido. En casi todas las congregaciones, la gente se para cuando se leen como parte de la lectura de la Torah, a pesar del hecho que Maimónides explícitamente hizo reglas en contra de esto (3).

Sin embargo su singularidad no es sencilla. Como principios morales, en su mayoría no eran nuevos. Casi todas las sociedades habían tenido leyes contra el asesinato, robos y falsos testimonios. Hay algo de originalidad en el hecho de que son apodícticos, esto es, simples declaraciones de “No harás”, opuesto a la casuística forma, “Si tal…..entonces….”. Pero son solo diez entre un cuerpo más grande de 613 mandamientos. No están incluidos en las descripciones de la Torah mismo como “diez mandamientos”. La Torah los llama el aseret ha-devarim, esto es, “diez enunciados”. Entonces la traducción griega, Decálogo, queriendo decir “diez palabras”.

Lo que los hace especiales es que son simples y sencillos de memorizar. Esto es porque en el judaísmo, la ley no está pensada sólo para los jueces. El pacto en el Sinaí, en consonancia con el profundo igualitarismo en el corazón de la Torah, se hizo no como otros pactos en el mundo antiguo, entre reyes. El pacto del Sinaí se hizo por Dios con el pueblo entero. Entonces la necesidad por una declaración simple de principios básicos que todos pueden recordar y recitar.

Más que esto, establecieron para todos los parámetros – la cultura corporativa, podríamos casi llamarlo – de la existencia judía. Para entender cómo, bien vale reflejar sobre su estructura básica. Hay un desacuerdo fundamental entre Maimónides y Nahmanides sobre el status de la primera oración: “Yo soy el señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, fuera de la tierra de la esclavitud”. Maimónides, en línea con el Talmud, sostenía que esto en sí mismo mandaba: creer en Dios. Nahmanides sostenía que no era un mandamiento del todo. Era un prólogo o preámbulo a los mandamientos (4). Investigaciones modernas sobre las antiguas fórmulas del pacto del Cercano Oriente tiende a apoyar a Nahmanides.

La otra cuestión fundamental es cómo dividirlos. Casi todas las representaciones de los Diez Mandamientos los dividen en dos, por “las dos tablas de piedra” sobre las cuáles fueron grabados. Hablando toscamente, los primeros cinco son sobre la relación entre los humanos y Dios, los segundos cinco son sobre la relación entre humanos. Hay, sin embargo, otra forma de pensar las estructuras numéricas en la Torah.

Los siete días de la creación, por ejemplo, son estructuras como dos conjuntos de tres seguidos por un séptimo abarcando todo. Durante los primeros tres días Dios separó dominios: luz y oscuridad, las aguas de arriba y las aguas de abajo, y mar y tierra seca.  Durante los segundos tres días Él llenó cada uno con los objetos apropiados y formas de vida: sol y luna, pájaros y peces, animales y el hombre. El séptimo día se separó de los otros como santo.

De la misma forma las diez plagas consistieron en tres ciclos de tres seguido por un autónomo décimo. En cada ciclo de tres, los primeros dos fueron advertidos mientras que el tercero atacó sin advertencia. En el primero de cada serie, el faraón fue advertido en la mañana, en el segundo a Moisés le fue dicho “entra antes del faraón” al palacio, y así. La décima plaga, a diferencia del resto, fue anunciado desde el principio (Ex. 4:23). Fue menos una plaga que un castigo.

Similarmente me parece a mí que los mandamientos están estructurados en tres grupos de tres, con un décimo que está aparte del resto. Así entendido, podemos ver cómo forman la estructura básica, la gramática profunda, de Israel como una sociedad unida por un pacto con Dios como “un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Los primeros tres – Ningún otro dios aparte de Mí, no grabar imágenes y no tomar el nombre de Dios en vano – definen al pueblo judío como “una nación bajo Dios”. Dios es nuestro sumo soberano. De ahí que toda otra regla terrenal está sujeta a los imperativos generales que unen a Israel con Dios. La soberanía divina trasciende todas las otras lealtades (ningún otro dios aparte de Mí). Dios es una fuerza viviente, no un poder abstracto (no grabar imágenes). Y la soberanía presupone reverencia (No tomes Mi nombre en vano).

Los primeros tres mandamientos, a través los cuales las personas declaran su obediencia y lealtad a Dios sobre todo lo demás, establecen el principio más importante y singular de una sociedad libre, a saber los límites morales del poder. Sin esto, el peligro incluso en democracia es la tiranía de una mayoría, contra la cual la mejor defensa es la soberanía de Dios.

Los segundos tres mandamientos – el Shabat, honrar a los padres y la prohibición del asesinato – son todos sobre el principio de la condición de vida creada. Establecen los límites de la idea de autonomía, a saber, que somos libres de hacer lo que queramos mientras tanto no lastime a otros. Shabat es el día dedicado a ver a Dios como creador y al universo como Su creación. Entonces, un día en siete, todas las jerarquías humanas son suspendidas y todos, amos, esclavos, empleador, empleado, incluso los animales domésticos, son libres.

Honrar a los padres reconoce nuestra condición humana de haber sido creados. Nos dice que no todo lo que importa es el resultado de nuestra elección, el principal de ellos es el hecho de que existimos en absoluto. Las decisiones de otras personas importan, no solo las nuestras. “No matarás” restablece el principio central del pacto noédico que el asesinato no es solo un crimen contra el hombre sino contra Dios en cuya imagen somos. Entonces los mandamientos del 4 al 6 forman la jurisprudencia básica de la vida judía. Nos dicen que recordemos de dónde venimos si debemos ser conscientes de cómo vivir.

Los terceros tres – contra el adulterio, robo y dar falso testimonio – establecen las instituciones básicas sobre las cuales depende la sociedad. El matrimonio es sagrado porque es el lazo humano más cercano al pacto entre nosotros y Dios. No sólo es el matrimonio la institución humana por excelencia que depende de la lealtad y la fidelidad. Es también la matriz de una sociedad libre. Alexis de Toqueville lo pone mejor: “Mientras el sentimiento de familia se mantenga vivo, el oponente de la opresión nunca está solo” (5).

La prohibición contra los robos establece la integridad de la propiedad. Mientras Jefferson definía como derechos inalienables aquellos de “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad”, John Locke, más cercano al espíritu de la Biblia hebrea, los vio como “vida, libertad y propiedad”. Los tiranos abusan de los derechos de propiedad de las personas, y el asalto de la esclavitud contra la dignidad humana es que me priva de poseer la riqueza que yo creo.

La prohibición del falso testimonio es la precondición de justicia. Una sociedad justa necesita más que una estructura de leyes, cortes y agencias del orden. Como el Juez Learned Hand dijo, “La libertad está en los corazones de los hombres y mujeres; cuando se muere ahí, ninguna constitución, ni ley, ni corte lo pueden salvar; ninguna constitución, ni ley ni corte pueden incluso hacer mucho por ayudar”. No hay libertad sin justicia, pero no hay justicia sin que cada uno de nosotros acepte responsabilidad individual y colectiva de para “decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”.

Finalmente viene la prohibición autónoma contra envidiar la casa de tu vecino, esposa, esclava, empleada, buey,  burro, o cualquier otra cosa que le pertenezca a él o a ella. Esto parece extraño si pensamos en las “diez palabras” como mandamientos, pero no si pensamos en ellas como los principios básicos de una sociedad libre. El más grande reto de cualquier sociedad es cómo contener el universal, inevitable fenómeno de la envidia: el deseo de tener lo que le pertenece a alguien más. La envidia está en el corazón de la violencia (6). Fue la envidia que llevó a Caín a matar a Abel, que hizo que Abraham e Isaac temieran por su vida porque se casaron con mujeres hermosas, lo que llevó a los hermanos de José a odiarlo y venderlo a la esclavitud. Es la envidia lo que lleva al adulterio, robo y falso testimonio, y fue la envidia por sus vecinos lo que llevó a los israelitas una y otra vez a abandonar a Dios a favor de las prácticas paganas del momento.

La envidia es el fracaso de entender el principio de la creación como está dispuesta en Génesis 1, que todo tiene su lugar en el esquema de cosas. Cada uno de nosotros tiene propias tareas y propias bendiciones, y somos amados y queridos por Dios. Vive bajo estas verdades y hay orden. Abandónalas y hay caos. Nada es más inútil y destructivo que dejar que la felicidad de alguien más disminuya la tuya, que es lo que hace la envidia. El antídoto a la envidia es, como famosamente lo dijo Ben Zoma, “el regocijo en lo que tenemos” y no preocuparnos por lo que no tenemos todavía. Las sociedades de consumo están construidas en la creación e intensificación de la envidia, que es por lo que lleva a las personas a tener más y a disfrutar menos.

Treinta y tres siglos después de que fueron dados por primera vez, los Diez Mandamientos siguen siendo la guía más simple y corta a la creación y mantenimiento de una buena sociedad. Muchas alternativas han sido intentadas, y la mayoría terminó en lágrimas. El sabio aforismo permanece verdadero: Cuando todo lo demás falla, lea las instrucciones.

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(1) Mishnah Tamid 5:1, Berakhot 12a.

(2) No sabemos quienes fueron lo sectarios: pudieron haber incluido a los primeros cristianos. El argumento era que sólo estos fueron directamente escuchados de Dios por los israelitas. Los fueron escuchados solo a través de Moisés.

(3) Maimonides, Responsa, Blau Edition, Jerusalem, 1960, no. 263.

(4) Maimonides, Sefer ha-Mitzvot, mandamiento positivo 1; Nahmanides, Glosa ad loc.

(5) Alexis de Tocqueville, Democracia en América – Democracy in America, Vintage, 1954, vol. 1, 340.

(6) El mejor libro en la materia es, Helmut Shiecj, Envidia; una Teoría del Comportamiento Social  – Envy; a Theory of Social Behaviour. New York: Harcourt, Brace & World, 1969.

 

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