Rabino Sacks Jukat 5776 – Curando el trauma de la pérdida

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

Curando el trauma de la pérdida

Jukat – 16 de julio, 2016 / 10 Tamuz 5776

Rabino Sacks Jukat 5776 [PDF] 

Me llevó dos años recuperarme de la muerte de mi padre, de bendita memoria. Hasta el día de hoy, casi veinte años más tarde, no sé muy bien por qué. No murió joven, ni de repente, sino que había entrado bien en  los ochenta. En sus últimos años tuvo que soportar cinco operaciones, cada una de las cuales le consumió un poco más de vigor. Además, como rabino, tenía que oficiar en entierros y reconfortar a los deudos. Sabía en qué consistía el dolor.

Los rabinos han sido críticos de los deudos que se lamentan demasiado y durante mucho tiempo.(1) Decían que Dios se preguntaba de esa persona “Tú tienes más compasión que Yo?” Maimónides dictaminó: “Una persona no debe estar excesivamente acongojada por la muerte de un ser querido, como dijo ‘No  llores por el muerto ni te lamentes’ (Jer. 22: 10). Esto significa ‘no llores en exceso’. Porque la muerte es la modalidad del mundo, y el que se lamenta en exceso por la modalidad del mundo, es un tonto.”(2) Salvo raras excepciones, según la ley judía, el límite máximo del duelo es de un año, no más.

Sin embargo, saber todo esto no ayudó. No siempre dominamos nuestras emociones. Tampoco el asistir a otros te prepara para la experiencia de tu propia pérdida. La ley judía regula la conducta hacia afuera, no los sentimientos internos, y cuando habla de sentimientos, como los mandamientos de amar y no odiar, la halajá generalmente lo traduce en términos de comportamiento, suponiendo, en el lenguaje de Sefer ha-Hinuj que “el corazón sigue a la acción.”(3)

Yo sentí un agujero negro existencial, un vacío en la esencia del ser. Me apagaba mis sensaciones, dejándome incapaz de dormir o de estar en foco, como si la vida estuviera transcurriendo a distancia, y como si yo fuera un espectador viendo una película difusa y sin sonido. Esta condición eventualmente pasó pero mientras duró, cometí los peores errores de mi vida.

Menciono estas cosas porque constituyen el hilo conductor de la parashá Jukat. El episodio más impactante es el del momento en que el pueblo se queja por la falta de agua. Moshé hace algo mal, y aunque Dios provoca la salida del agua de una roca, también somete a Moshé  a un castigo casi insoportable: “Dado que no has tenido suficiente fe en Mí para santificarme ante los israelitas, entonces no traerás a esta asamblea a la tierra que Yo te he dado.”

Los comentaristas debaten sobre qué fue exactamente lo que hizo mal. Fue que perdió los estribos ante el pueblo (“Escuchen ahora, rebeldes”)?  Que golpeó la roca en vez de hablarle? Que quiso insinuar que el responsable no era Dios, sino que fueron él y Aarón los que hicieron que fluyera el agua (“sacaremos agua de esta roca para ustedes”)?

Lo que es aún más desconcertante es por qué se enfadó en ese momento. Había enfrentado el problema con anterioridad y nunca antes había perdido el control. En Éxodo 15 en Marah los israelitas se quejaron de que el agua era imbebible porque era amarga. En Éxodo 17 en Massá y Merivá, la queja era porque no había agua. Dios entonces le dijo a Moshé que golpee la roca, y el agua fluyó de ella. Entonces en esta parashá cuando Dios le dice a Moshé “Toma la vara….y háblale a la roca,” era ciertamente perdonable suponer que la debía golpear también, ya que era lo que Le había indicado la vez anterior. Moshé estaba siguiendo el orden precedente. Y si Dios no quiso que golpeara la roca, para qué le ordenó que llevara la vara?

Lo que es aún más difícil de entender es la secuencia de los hechos. Dios ya le había dicho a Moshé exactamente lo que quería que hiciera. Reúne a la gente. Habla a la roca y el agua fluirá. Eso fue antes de que Moshé, malhumorado, exclamara, “Oigan ustedes, rebeldes.” Es comprensible que uno pierda la compostura cuando enfrenta un problema que parece insoluble. Eso ya había ocurrido antes, cuando la gente se quejó por la falta de carne. Pero no tenía ningún sentido cuando Dios le dijo: “Háblale a la roca…saldrá de ella el agua, y sacarás el agua fuera de la roca para ellos, así puedes darle a la comunidad y a su ganado el agua para beber.” Moshé había recibido la solución. Por qué estaba tan irritado por el problema?

Sólo cuando perdí a mi padre pude comprender este texto. Qué había ocurrido poco antes? El primer párrafo del capítulo dice “El pueblo se detuvo en Kadesh. Allí murió Miriam y fue enterrada.” Solo después aclara que la gente no tenía agua.  Una tradición antigua explica que el pueblo había sido bendecido por la aparición milagrosa del agua por el mérito de Miriam. Cuando ella murió, el agua cesó.

Sin embargo, a mí me parece que la conexión más profunda no reside en la muerte de Miriam y la falta de agua, sino en su muerte y la pérdida de equilibrio de Moshé. Miriam era la hermana mayor. Había asegurado el destino del pequeño cuando, siendo bebé, lo colocó en una cesta que fue flotando por el Nilo. Tuvo la presencia de ánimo y el coraje de  hablarle a la hija del faraón y sugerirle que él fuera amamantado por una hebrea, reuniendo a Moshé con su madre asegurando que creciera sabiendo quién era y a qué pueblo pertenecía. Le debió a ella su sentido de identidad. Sin Miriam, nunca hubiera podido ser la cara humana de Dios para los israelitas, el dador de la ley, libertador y profeta. Al perderla, no sólo perdió a su hermana. Perdió el fundamento de su vida.

Estando de duelo se pierde el control sobre las emociones. Puedes estar enojado cuando la situación requiere calma. Pegas cuando deberías hablar y hablas cuando deberías estar en silencio. Aun cuando Dios te dijo qué debías hacer, escuchabas a medias. Oíste las palabras pero no ingresaron totalmente en tu mente. Maimónides hizo esta pregunta: cómo es que Yaakov, siendo profeta, no sabía que su hijo Joseph estaba vivo? Contesta: porque estaba de duelo, y la Shejiná no entra en nosotros en ese estado.(4) Moshé, en el episodio de la roca, no era profeta sino un hombre que recién había perdido a su hermana. Estaba sin consuelo y fuera de control. Fue el más grande de los profetas, pero también un ser humano, casi en ningún lado más humano que en este sitio.

Nuestra parashá es sobre la mortalidad. Ese es el tema. Dios es eterno, nosotros, efímeros. Como decimos en la plegaria de Unetane Tokef en Rosh Hashaná y Iom Kipur: somos “un fragmento de cerámica, una partícula de pasto, una flor que se marchita, una sombra, una nube, un hálito de viento.” Somos de polvo y al polvo retornaremos, pero Dios es la vida para siempre.

En un determinado nivel la historia de Moshé-en-la-roca trata de pecado y castigo. “Porque tú no has tenido suficiente fe en Mí para santificarme…entonces no traerás a esta asamblea a la tierra que Yo te he dado.” Puede que no tengamos la certeza de cuál fue el pecado o por qué mereció un castigo tan severo, pero por lo menos conocemos el campo, el territorio al que pertenece este relato.

Sin embargo a mí me parece que – aquí como en tantos otros pasajes de la Torá – hay una historia detrás de la historia, y es completamente distinta. Jukat trata sobre la muerte, la pérdida y el duelo. Miriam muere. A Aarón y a Moshé se les ha dicho que no entrarán a la Tierra Prometida. Aarón muere, y el pueblo hace duelo por él durante treinta días. Juntos conformaron el equipo de liderazgo más grandioso del pueblo judío: Moshé como profeta supremo, Aarón el primer Sumo Sacerdote y Miriam, quizás la más grande de todos ellos (5). Lo que nos está diciendo la parashá es que para cada uno de nosotros hay un Jordán que no podremos cruzar, una tierra prometida a la que no entraremos. “No es para ti completar esta tarea.” Ni para el más grande de los mortales.

Es por eso que la parashá comienza con el ritual de la Vaca Roja, cuyas cenizas, mezcladas con las cenizas de madera de cedro, la planta de hisopo y lana color escarlata disueltas en “agua viviente”, se esparcen sobre la persona que ha estado en contacto con un muerto para que pueda entrar en el Santuario.

Este es uno de los principios fundamentales del judaísmo. La muerte impurifica. Para la mayoría de las religiones a través de la historia, la vida-después-de-la-muerte ha demostrado ser más real que la vida misma. Es allí donde habitan los dioses, pensaban los egipcios. Ahí viven nuestros antepasados, creían los griegos, los romanos y muchas tribus primitivas. Es ahí donde encontrarás la justicia, aseguraron muchos cristianos. Allá está el Paraíso, decían muchos musulmanes. Los judíos creemos en la vida después de la muerte y en la resurrección de los muertos, pero el Tanaj está casi en silencio sobre este tema. “Los muertos no alaban a Dios” dice el Salmo. A Dios se lo encontrará en la vida, en esta vida, con todos sus riesgos y peligros, sus penas y duelos. Puede que no seamos más que “polvo y ceniza” como dijo Abraham, pero la vida es una corriente sin fin, “agua viviente” y es esto lo que simboliza la Vaca Roja.

La Torá mezcla con gran sutileza ley y narrativa – la ley antes que la narrativa porque Dios provee la cura antes que la enfermedad. Miriam muere. Moshé y Aarón están abrumados por el dolor. Moshé, por un momento, pierde el control y a él y a Aarón se les recuerda que son mortales y morirán antes de entrar en la Tierra Prometida. Pero esto, según Maimónides, es la “modalidad del mundo”. Somos almas corporizadas. Somos de carne y hueso. Envejecemos. Perdemos a nuestros seres queridos. Hacia afuera luchamos para mantener la compostura, pero internamente sollozamos. Sin embargo, la vida sigue y lo que nosotros iniciamos, otros lo continuarán.

Aquellos a los que hemos amado y luego perdimos, siguen viviendo en nosotros; y nosotros viviremos en quienes amamos. Porque el amor tiene la misma fuerza que la muerte (6) y lo bueno que hacemos, nunca muere. (7)

SacksSignature

 

 

(1) Moed Katan 27 b

(2) Maimónides Hiljot Avel 13: 11.

(3) Sefer ha-Hinuj mandamiento 16.

(4) Maimóides, Ocho Capítulos cap.7, basado en Pesahim 117 a.

(5) Hay muchos midrashim basados en el tema de la fe, coraje y prudencia de     Miriam.

(6) Shir ha-Shirim 8: 6.

(7) Ver Mishlei 10: 2, 11: 4.

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